El secreto bajo el hielo 1
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El secreto bajo el hielo

El secreto bajo el hielo

Por Claudia Levin

© inepub.com

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—Maja Nyberg.

—Sara Vikander, policía de Norrbotten. Su madre me ha dado este número.

—Una voz sin prisa, de alguien que ya había hecho esa llamada otras veces—.

Estamos en el lago, en la desembocadura.

Un técnico del ayuntamiento revisaba esta tarde las balizas de la zona de hielo débil y ha visto algo debajo. Lo estamos sacando.

Maja apoyó la mano en la mesa. Esperó a que la mujer dijera «un cuerpo», y la mujer lo dijo.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

Le salió antes de pensarlo. Era la pregunta que hacía por teléfono a otros policías, en nombre de otras familias, y Vikander tardó un segundo en contestar, como si también lo hubiera notado.

—No puedo decirle nada de eso todavía. Su madre está en la orilla. Sería mejor que viniera.

—¿Han avisado a Umeå?

—Sí.

—Voy en el vuelo de la tarde. Llego al lago sobre las siete.

—Aquí estaré.

Colgó. Guardó el informe sin releer la veintinueve, apagó el ordenador y esperó un momento de pie, con el abrigo en la mano, mirando la planta de abajo a través del hueco de la escalera.

Luego hizo lo que hacía siempre: llamó a un taxi, llamó a Helena, que no contestó, y buscó en el bolso el cargador, el frontal y el pasaporte, que no necesitaba para un vuelo interior y que llevaba de todos modos desde hacía años, por costumbre de aeropuertos.

Dejó una nota en la mesa de Elin, la responsable de comunicación, con tres palabras: «Lago.

No comunicar». Elin la vería el lunes. Si para el lunes hacía falta comunicar algo, ya lo sabría por otras vías.

En el taxi marcó el número de Tomas. Contestó al segundo tono.

—Estoy con ella —dijo—. En la orilla. No quiere entrar en casa.

—¿Ha comido?

—A mediodía. Britt le ha llevado algo.

—Que no hable con nadie que no sea la policía.

—Ya. Hay una furgoneta de la televisión regional en el camino. Los tengo en la puerta.

—Gracias.

—Coge el vuelo. Aquí estamos.

Le sorprendió la palabra, «estamos», y no supo por qué. Tomas llevaba ocho años en la fundación; se sentaba con las familias cuando las familias no podían sentarse con nadie. Era lógico que estuviera. Era lógico que dijera «estamos».

En el control de seguridad de Arlanda le pidieron que se quitara las botas.

Lo hizo sin protestar, con el abrigo sobre el brazo, y pensó que hacía tres días había pasado por ese mismo arco con una carpeta de discursos y una lista de periodistas.

La chica del control le devolvió las botas con una sonrisa que Maja no tuvo fuerzas para devolver, y se sintió mal por eso durante tres pasos.

El avión salió con retraso. Fuera, a las cuatro y cuarto, ya era de noche, y la pista de Arlanda era una línea de luces azules sobre nieve gris.

Maja había hecho ese vuelo con otras familias más veces de las que quería contar: una madre de Skellefteå, dos hermanos de Kiruna que no se hablaban, un padre que había llorado en el control de seguridad y luego había pedido una cerveza con toda la calma del mundo.

Sabía en qué asiento se sentaban los que no querían hablar y sabía que ella, esa tarde, era una de ellos.

Puso el abrigo en el asiento de al lado y miró la ventanilla, donde no había nada que ver.

En Luleå la nieve estaba apilada en montones sucios a los lados de la terminal, y el aire, al salir, le entró por la nariz como algo sólido.

Alquiló el coche sin mirar el modelo. Neumáticos de clavos, el asiento a veinte grados, la radio dando el parte de carreteras: la E4 limpia, la comarcal con placas a partir del cruce.

Menos veinte fuera. Condujo con las largas hasta que el tráfico en sentido contrario la obligó a bajarlas, y volvió a subirlas.

Los postes de las cunetas pasaban con sus reflectores.

En el kilómetro treinta un cartel de alces; en el cincuenta, el desvío.

Iba pensando en cosas útiles: si Helena tendría el móvil cargado, si Vikander habría pedido ya el expediente de 2001, si la forense de Umeå trabajaba en domingo.

No pensaba en la palabra que no había dicho por teléfono.

Con las familias, ella nunca la decía antes que la policía.

A la altura del desvío la carretera bajaba hacia el valle y el lago aparecía a la izquierda como una ausencia, una extensión sin luces entre dos orillas con luces.

Maja lo había visto así cientos de veces desde el asiento de atrás del coche de su madre, con Elsa delante cambiando la emisora.

Apretó el volante y la imagen se fue. El pueblo empezaba con el aserradero y terminaba con la iglesia, y la casa estaba después, sola, con el lago detrás.

Antes de llegar vio las luces: dos furgonetas y un coche en la entrada, un foco portátil, y más lejos, sobre el hielo, otra luz distinta, blanca y fija, dentro de una tienda de lona.

Aparcó en la cuneta, mirando hacia la salida, y anduvo.

Tomas estaba en la puerta del camino, con el plumífero oscuro cerrado hasta la barbilla y las manos en los bolsillos, hablando con una mujer que sostenía un micrófono sin logotipo.

No levantaba la voz. Cuando vio a Maja, dijo una frase más, la mujer asintió y dio un paso atrás, y él vino hacia ella.

—Está en la orilla. Vikander está con ella.

—¿Y el…?

—Lo han sacado hace media hora. Están terminando. —Se subió las gafas con el dorso de la mano—. Yo abrí la casa el martes, como cada año, y me quedé para ayudar a recoger. Cuando el técnico llamó, tu madre estaba en la cocina. Fue ella la que bajó primero.

—Gracias por quedarte.

—No hay que dar las gracias.

Maja dejó caer un guante al sacar el móvil. Tomas lo recogió antes de que ella se agachara y se lo tendió sin comentario. Luego volvió a la puerta, donde otra furgoneta acababa de aparcar.

Tomas siempre había sido así: contenía a la gente sin que la gente se sintiera contenida.

Maja lo había visto hacerlo en salas de espera de hospitales y en aparcamientos de comisarías, y ahora lo veía hacerlo en la puerta de su casa.

Le pareció, un momento, que era lo único que funcionaba esa noche.

El camino hasta el agua estaba pisado por muchas botas. Alguien había puesto cinta entre el embarcadero y el primer abedul, y detrás de la cinta había una mujer de uniforme, un hombre con un anorak naranja del ayuntamiento y, un poco apartada, Helena.

Helena llevaba el abrigo de camello. Estaba de pie, muy derecha, con las manos juntas delante, como en las fotografías de los actos. Miraba la tienda sobre el hielo. Cuando Maja llegó a su lado no se volvió.

—Es ella —dijo.

—No lo sabemos.

—Es ella.

La mujer de uniforme se acercó. Tenía cuarenta y pocos años, el pelo recogido bajo el gorro y un cuaderno pequeño en la mano, de los de espiral, con un lápiz metido en el alambre.

—Sara Vikander. Hemos hablado por teléfono.

—Gracias por llamarme.

—El técnico —dijo Vikander, y señaló con el lápiz al hombre del anorak, que miraba al suelo— revisa las balizas todos los sábados.

El hombre levantó la cabeza. Tenía la cara roja de frío y las manos metidas en las axilas.

—Después del acto hubo mucha gente sobre el hielo —dijo—. Vengo a comprobar que nadie ha movido nada. Hoy el hielo nuevo estaba limpio, sin nieve, y se veía. —Se calló, como si la frase siguiente no fuera suya—. Se veía una forma.

Maja conocía la zona. Las balizas rojas marcaban el sitio donde el río entraba en el lago y el hielo no engordaba nunca; de niñas tenían prohibido acercarse, y la prohibición había sido tan seria que ni siquiera Elsa la rompía.

Ahora, en la oscuridad, las balizas eran puntos que la luz de la tienda tocaba y soltaba.

—Hemos abierto desde tablas —siguió Vikander—. El cuerpo va a Umeå esta noche.

—¿Quiere verlo? —añadió, en el mismo tono.

Maja pensó en la pregunta como pensaba en todas las preguntas de ese tipo: en lo que costaba después.

En la tienda, la luz blanca se movía; alguien había apagado un foco y encendido otro.

Más allá, el lago era una superficie sin nada, con la orilla de enfrente marcada por una fila de luces amarillas donde pasaba la carretera.

—No —dijo—. ¿Qué necesita de nosotras?

—Mañana, con luz, hablaremos con calma. Ahora necesito que su madre entre en casa. Lleva aquí desde las tres.

—Ya lo sé.

Helena no se había movido. Maja la cogió del brazo por encima del abrigo y no notó ninguna resistencia, pero tampoco ningún movimiento.

—Mamá.

—Es ella.

—Entonces lo sabremos.

Helena la miró por fin. Tenía la cara seca y los ojos muy abiertos, con esa fijeza que Maja había visto en otras madres y que nunca había querido ver en la suya.

—No hay nada que saber —dijo Helena—. Lleva veinticinco años ahí. Lo he dicho siempre.

Vikander no dijo nada. Escribió algo en el cuaderno.

—¿Es antiguo? —preguntó Maja. Lo preguntó a la policía, no a su madre, y en voz más baja—. El cuerpo.

Vikander levantó la vista del cuaderno y sostuvo la mirada un momento, calculando cuánto podía decir y a quién.

—No es un cuerpo antiguo —dijo—. Es lo único que puedo decirle esta noche.

Sobre el hielo, dos hombres salieron de la tienda cargando una camilla cerrada y la llevaron por las tablas hasta la orilla, donde esperaba una furgoneta blanca sin distintivos con el motor en marcha.

Helena la siguió con la vista hasta que las puertas se cerraron.

Luego la furgoneta subió por el camino, pasó entre las luces de las televisiones y tomó la comarcal, y Maja vio sus faros rodear el lago por la carretera de enfrente, pequeños, hasta que la curva del bosque se los tragó.

No era un cuerpo antiguo. Su madre decía que estaba ahí desde 2001. Las dos cosas estaban delante de ella, sobre el mismo hielo, y una de las dos no podía ser verdad.