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L a casa de Britt estaba a ochenta metros por el jardín, y el jardín era un pasillo de nieve pisada entre dos setos que nadie recortaba desde octubre.
Maja fue detrás de su madre y de Tomas con el frontal apagado en el bolsillo.
En el porche de Britt seguían los esquís, tres pares, apoyados en la pared como si alguien fuera a usarlos por la mañana; el par más corto era del tamaño de una niña de ocho años.
Maja pasó por delante sin mirarlos dos veces.
—Siéntate —dijo Britt a Helena.
Helena no se sentó. Se quedó de pie junto a la ventana de la cocina, de espaldas a la mesa, mirando el lago. Desde allí se veía la tienda sobre el hielo, que ya estaban desmontando, y las dos luces de los coches de policía en el camino.
—Van a apagarlo todo —dijo Helena—. No van a dejar a nadie.
—No hay nada que vigilar, mamá.
—Hay que estar.
Cogió el abrigo del respaldo, donde acababa de dejarlo. Tomas se levantó al mismo tiempo, sin prisa, y descolgó una manta del perchero de Britt como si supiera exactamente dónde estaba.
—Voy con ella —dijo—. Diez minutos.
—Media hora —dijo Helena.
—Media hora.
Salieron. La puerta dejó entrar un golpe de frío que llegó hasta las tazas.
Maja se sirvió ella misma. Britt se sentó por fin, frente a ella, con las manos alrededor de su taza.
—¿Han dicho algo?
—Que no es antiguo.
Britt dejó la taza en la mesa muy despacio, con las dos manos, como si pesara.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que no lleva veinticinco años en el agua. Lo demás lo dirá Umeå.
—Entonces no es ella.
—Mamá dice que sí.
Britt no contestó. Miró la ventana, donde ahora se veía el abrigo claro avanzando hacia la orilla con la manta al lado, y luego volvió a mirar la mesa.
—Tu madre lleva un cuarto de siglo diciendo que sí a todo lo que sale del lago —dijo—. Es su manera de esperar.
—Ya.
—Aquella noche también dijo que sí. Antes de que llegara nadie.
Yo llevaba la linterna y ella iba delante, y cuando las huellas se acabaron en la orilla se paró y dijo: es ella, está ahí.
Como si el lago le hubiera contestado. —Britt se miró las manos—.
Yo dije que había que llamar. Me acuerdo de que me odió por eso durante una semana.
Maja no había oído nunca esa parte. Sabía lo de las huellas y lo de la linterna; no sabía lo del odio.
—¿Y tú?
Maja pensó en la pregunta y no encontró una respuesta que pudiera decir en esa cocina. Bebió un sorbo de café, que estaba muy fuerte y muy caliente, y le agradeció a Britt las dos cosas.
—Yo tengo que hablar con Vikander —dijo—. Necesitan el expediente de 2001, la muestra de referencia, el dentista. Todo lo que no se pidió en su día porque no hacía falta.
—Ve. De ella me ocupo yo. Y Tomas.
—Tomas ha estado toda la semana.
—Toda la semana. Abrió la casa el martes y no se ha ido. Ha hecho la compra, ha contestado el teléfono, ha sacado la basura. Tu madre no le ha dado las gracias ni una vez y él no las ha pedido.
Lo dijo sin entonación, como una lista. Por la ventana, dos figuras en la orilla, una recta, otra un poco inclinada hacia ella, hablando o callando, no se podía saber.
Vikander llamó a la puerta a las diez. No entró; se quedó en el escalón con la nieve hasta los tobillos y el cuaderno en la mano.
—Necesito una hora con usted en el salón municipal. Hemos montado allí. Cuanto antes tenga los datos, antes los tiene Umeå.
—Voy.
Maja se puso el abrigo. Britt ya estaba de pie, pasando la palma por una mesa que estaba limpia.
—Cuando vuelvan los meto en casa —dijo—. A los dos.
En el salón municipal habían empujado las sillas plegables contra la pared y habían puesto dos mesas juntas bajo el mapa del término. Olía a calefacción y a café de máquina. Vikander se sentó frente a ella y abrió el cuaderno por una página con fecha.
Sobre la mesa había una carpeta con una etiqueta antigua, del archivo de Luleå, y encima un folio impreso esa misma tarde.
Vikander le dio la vuelta para que Maja lo leyera: dos párrafos, fecha de enero de 2001, «accidente probable», «sin indicios de delito», «sin actuaciones pendientes». Veinticinco años en dos párrafos.
—Esto se reabre mañana —dijo Vikander—. Con lo que sea que haya en la furgoneta.
Le preguntó lo que Maja habría preguntado: dónde estaba el expediente de 2001, qué muestras se tomaron entonces, si existía ficha dental, quién era el médico de cabecera, qué ropa llevaba Elsa la última vez, si había cicatrices, fracturas, un empaste.
Maja contestó a todo. La muestra de referencia era de Helena, sangre, tomada en enero de 2001 en el centro de salud de Luleå; había además un cepillo de pelo, precintado, en el archivo de la policía de Norrbotten; el dentista había muerto, pero la clínica seguía y guardaba fichas.
Lo sabía porque había ayudado a otras familias a buscar exactamente esas cosas, y porque, a los veinte años, cuando entró en la fundación, lo primero que hizo fue leer el expediente de su hermana de principio a fin, dos veces, y anotar todo lo que faltaba.
—El miércoles, en el acto. ¿Cuánta gente hubo sobre el hielo?
—Trescientas personas, más o menos. Voluntarios, prensa, vecinos. La fundación pone una alfombra desde el embarcadero hasta la mitad del lago para las coronas. Nadie pasa de las balizas; hay dos personas del ayuntamiento vigilando.
—¿Grabaron?
—Sí. Nuestra responsable de comunicación graba todos los años. Fotografía, vídeo, un dron para el plano general.
Vikander lo anotó y subrayó algo.
—Necesitaré todo eso. El lunes, si puede ser.
—El lunes.
—Usted trabaja en esto —dijo Vikander. No era una pregunta.
—Dirijo la fundación desde 2018.
—Lo sé. —Vikander pasó una página—. Se lo digo porque va a saber lo que le estoy pidiendo y lo que no. Y porque cuando le diga que no puedo contarle algo, va a saber que es verdad.
—Entendido.
—Mañana, con luz, quiero ver la casa, el embarcadero y el camino. Y quiero hablar con su madre cuando pueda hablar.
—Podrá.
Vikander la miró como si dudara de eso, y no dijo nada.
—Mi madre no está bien —añadió Maja, porque era verdad y porque era mejor que lo oyera de ella—. No está bien desde 2001. Pero funciona. Ha dado más ruedas de prensa que usted y que yo juntas. Si le pregunta lo que necesita saber, le contestará.
—¿Y si le pregunto lo que no quiere que le pregunten?
—También. Solo que tardará más.
Terminaron a medianoche. Vikander tenía que llamar a Umeå y a Luleå y quedarse hasta que el relevo llegara de Boden.
Le ofreció a Maja el coche patrulla para esperar con la calefacción puesta, porque en el salón la iban a apagar, y Maja aceptó.
Se sentó en el asiento del acompañante, con el abrigo puesto y el cinturón sin abrochar, y miró el salpicadero durante un rato.
La radio de la policía hablaba a ratos, en voz baja, de carreteras y de un coche en la cuneta en la E10.
Se durmió sin querer. Se despertó a las dos con el motor en marcha y Vikander al volante, mirando al frente.
—Ya la llevo —dijo Vikander.
—¿Ha entrado en casa?
—A las once. Los vi desde el camino. Él la llevaba del brazo y ella se dejaba.
El pueblo estaba apagado. Las furgonetas seguían en el camino de la casa, con los motores apagados y las cortinas echadas; dormían dentro. En la casa había una sola luz, la de la cocina, y en la ventana de la cocina se veía a Tomas de pie, con las mangas subidas, fregando tazas.
—Ha estado bien ese hombre —dijo Vikander, y era lo primero que decía en todo el día que no era una pregunta ni un dato.
Maja bajó del coche y le dio las gracias.
Anduvo por el camino con las manos en los bolsillos y el frontal golpeándole el muslo, y antes de llegar a la puerta se detuvo un momento a mirar la ventana iluminada, la única ventana iluminada en toda la orilla, con el hombre que fregaba las tazas de su madre.
Pensó que había tenido suerte con él. Pensó que no todas las familias la tenían.