El secreto bajo el hielo 3
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A las diez de la mañana la luz llegaba al lago desde muy abajo, gris y sin sombras, como si alguien la hubiera encendido a medias.

Maja bajó por el camino pisado hasta el embarcadero y siguió la cinta con la mano enguantada, sin tocarla, hasta donde un agente joven, de Boden, la dejó pasar con un gesto porque Vikander había dejado dicho que la dejaran.

Sobre el hielo habían quedado las tablas, tres, puestas en fila hacia la zona balizada, y al final de las tablas el agujero que habían abierto, ya con una película nueva encima, más oscura que el hielo de alrededor.

Las balizas rojas seguían en su sitio, cinco, formando un arco alrededor de la desembocadura.

Se quedó al principio de las tablas. Doscientos metros desde la orilla, calculó, quizá menos.

En la zona el hielo no tenía nieve; el viento se la llevaba, y lo que quedaba era una superficie negra y lisa en la que se podía ver, si uno se agachaba, lo que había debajo.

El técnico se había agachado. Eso era todo.

—No pise las tablas —dijo el agente detrás de ella.

—No.

Volvió a la casa por el camino. En el arranque del camino había ahora tres furgonetas y un coche con matrícula de Estocolmo, y un hombre con una cámara al hombro que la siguió con el objetivo hasta que ella entró.

Helena estaba en la cocina, vestida, peinada, con una taza en la mano.

No había dormido; Maja lo supo por cómo tenía colocadas las cosas.

Los tarros de la encimera estaban alineados por altura, las tazas colgadas por el asa hacia el mismo lado, el paño doblado en tres.

Cuando Helena no dormía, ordenaba. Cuando ordenaba, hablaba.

—Han llamado de la radio. Y del periódico de Luleå. Y una chica de Estocolmo que dice que nos conoce.

—¿Has hablado con alguien?

—Les he dicho que a la una.

—Mamá, no.

—A la una habrá algo que decir.

—A la una no habrá nada. Umeå no ha llamado.

Helena cogió el paño, lo desdobló y lo volvió a doblar, esta vez en cuatro.

—Yo llevo veinticinco años diciéndole a la prensa lo que hay que decir. No necesito que me lo expliques.

—No te lo explico. Te pido que esperes.

—Tú siempre pides que se espere.

No contestó. Fue a la ventana y miró el lago, donde el agente de Boden se paseaba de un lado a otro de la cinta para no helarse.

Tomas entró por la puerta de atrás con una bolsa de la tienda del pueblo y la nieve pegada a las botas. Dejó la bolsa en la mesa, sacó el pan y la leche, guardó la leche, y solo después dijo buenos días. Llevaba el cuaderno negro asomando del bolsillo del plumífero.

—He desviado el teléfono de la fundación al contestador —dijo—. Y he llamado a Elin para que no conteste a nadie hasta que hables tú. Se ha enfadado. Le he dicho que se enfade contigo mañana.

—Gracias.

—El de la cámara ha preguntado si Helena va a salir. Le he dicho que no. —Sacó el móvil, miró la pantalla y volvió a guardarlo—. Elin, otra vez. Quiere saber si puede decir «sin comentarios» o si tampoco puede decir eso.

—Puede decir eso.

—Se lo digo.

—He dicho que a la una —dijo Helena.

Tomas la miró y no dijo nada. Cortó el pan.

Maja subió a la habitación en la que había dormido dos horas, la suya de niña, con la cama pequeña y la estantería vacía, y se sentó en el borde del colchón con el móvil.

Treinta y ocho llamadas perdidas. Cuatro de Elin.

Dos de Ingrid, la abogada de la fundación, con un mensaje: «Llámame cuando puedas.

No para nada urgente. Para lo que venga».

Una de un número de Madrid que no conocía.

Ninguna de Britt, que estaba a ochenta metros y no llamaba porque no hacía falta.

Contestó a Ingrid con dos palabras y dejó el móvil boca abajo sobre la cama.

Desde la ventana de la habitación no se veía el lago; se veía el camino, con las furgonetas, y a Tomas hablando con el hombre de la cámara, con las manos a la espalda.

Vikander llegó a las doce y cuarto. No se descalzó; entró con las botas, dejando dos charcos en el vestíbulo junto al perchero de hierro, con el cuaderno en la mano y un sobre de plástico en la otra, como quien no va a quedarse.

Se sentó en la silla que Tomas le apartó y esperó a que Helena se sentara también.

Helena tardó. Cuando lo hizo, se sentó en el borde.

—He hablado con la forense de Umeå —dijo Vikander—. Es un avance. El informe completo tardará.

Maja asintió. Conocía la fórmula.

—Mujer adulta. Entre cuarenta y cincuenta años, a falta de confirmación. La causa de la muerte es ahogamiento en agua fría. No hay signos de que llevara mucho tiempo en el agua. La forense sitúa la muerte entre tres y cinco días antes del hallazgo.

Vikander dejó pasar un segundo.

—Es decir, entre el lunes y el miércoles de la semana pasada.

Helena siguió inmóvil. Maja, que había estado mirando el cuaderno de Vikander, levantó la vista a la ventana y luego la bajó otra vez.

—Hay hematomas en los dos antebrazos —siguió Vikander—.

Compatibles con una sujeción o con un golpe contra el borde del hielo.

La forense no se pronuncia todavía. Los efectos personales están inventariados en Umeå; los verán ustedes cuando toque.

La identificación depende del ADN. He pedido esta mañana la muestra de referencia de 2001 al archivo de Luleå. Estará en Umeå esta tarde.

—¿Y el cepillo? —preguntó Maja.

—También.

—Entre el lunes y el miércoles —dijo Helena.

—Sí.

—Eso no es posible.

Vikander no contestó enseguida. Puso el sobre de plástico sobre la mesa; dentro había dos bastoncillos en sus tubos.

—Mi hija lleva veinticinco años en ese lago —dijo Helena—. Lo dije en enero de 2001 y lo he dicho todos los años. Sus huellas terminaban en la orilla. El hielo se abre ahí, en la desembocadura, todos los inviernos. No hace falta una forense para saber dónde está.

—Señora Nyberg…

—El agua fría conserva. Todo el mundo lo sabe.

—Conserva —dijo Vikander—. No tanto.

—Ustedes se equivocaron en 2001. Buscaron dos días y se fueron. Ahora la sacan y me dicen que no es ella porque una mujer de Umeå ha mirado un reloj.

—No le he dicho que no sea ella. Le he dicho cuándo murió.

Helena se levantó. Cogió la taza de Vikander, que estaba llena, y la dejó en el fregadero. Luego volvió a sentarse, en el mismo borde.

Maja alargó la mano hacia el sobre de plástico.

—¿Son para nosotras?

—Para las dos. La muestra de 2001 es de su madre; con la suya cerramos el parentesco por los dos lados. No hace falta, pero es mejor.

—Hágalo.

Vikander sacó el primer bastoncillo. Maja abrió la boca y dejó que se lo pasaran por la cara interna de la mejilla, diez segundos, mirando la lámpara del techo, y pensó en cuántas veces había explicado a una familia en qué consistía eso.

Vikander guardó el tubo, lo etiquetó con un rotulador y sacó el segundo.

—Señora Nyberg.

Helena abrió la boca. No miró a nadie.

—Ahora quiero ver la casa —dijo Vikander—. Con usted, si no le importa.

Maja la llevó. Vikander no tocó nada. Miró el vestíbulo, el perchero, la puerta principal y su cerradura; el salón con la estufa; la cocina otra vez; el pasillo de los dormitorios, sin entrar en ninguno; y la sauna, al fondo, con su puerta pequeña que daba directamente al jardín y, más allá del jardín, al hielo.

—¿Esta puerta se usa?

—En invierno, para salir a la nieve después de la sauna. Y para bajar al lago sin dar la vuelta por el camino.

—¿Estaba cerrada esta semana?

—No lo sé. Tomas abrió la casa el martes. Yo llegué el miércoles temprano con mi madre, desde Luleå, para el acto. Me fui el jueves. Mi madre se quedó, y Tomas se quedó con ella.

Vikander lo anotó.

—¿Alguien más durmió aquí?

—No. El miércoles hubo gente en la cocina y en el salón, prensa, voluntarios, el alcalde. Nadie se quedó.

—¿Y antes del martes?

—Nadie. La casa está cerrada de octubre a enero. Mi madre viene a abrirla para el aniversario y luego la cierra despacio. Este año le ha costado más.

Salieron por la puerta de la sauna. El jardín bajaba hasta el embarcadero en veinte metros de nieve pisada por muchas botas, la mayoría de la semana anterior.

Vikander se detuvo en el embarcadero y miró el lago hacia la orilla de enfrente, donde la carretera comarcal se veía como una raya de sal sobre el bosque.

—¿Se cruza?

—Hay una ruta de invierno. Sale de aquí y llega a la carretera, dos kilómetros. Está marcada. Los del pueblo la usan con las motos de nieve.

—¿Usted la ha hecho?

—Cientos de veces. De niña.

Vikander miró el hielo un rato más y luego miró el cuaderno.

—Mañana vendrá alguien de Luleå a hacer fotografías del camino y del jardín. Ya sé que no van a servir de mucho. Aquí ha pisado medio pueblo.

Cuando Vikander se fue, con los dos tubos en el sobre, Helena se quedó en la silla y Maja en la suya, a un metro y medio, con la mesa en medio y las dos tazas que nadie había recogido. Tomas había salido al camino, donde el hombre de la cámara volvía a grabar la puerta.

—Es ella —dijo Helena, a la mesa.

—Puede ser.

—No lo digas así. Como si te diera igual.

—No me da igual.

Se levantó y recogió las tazas, porque alguien tenía que hacerlo, y porque si se quedaba sentada tendría que decir algo más. Las lavó. Por la ventana, el agente de Boden se había sentado en el embarcadero con un termo. Las tablas seguían sobre el hielo.

Tres a cinco días antes del sábado. El miércoles, a las once de la mañana, trescientas personas habían caminado por una alfombra roja desde ese embarcadero hasta la mitad del lago, con coronas, y las habían dejado sobre el hielo, y ella misma había dicho unas palabras al micrófono con las balizas a la vista, a doscientos metros.

Si la forense tenía razón, la mujer ya estaba debajo.