El secreto bajo el hielo 4
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E sta vez Vikander se descalzó. Dejó las botas en el vestíbulo, una al lado de la otra, bajo el perchero de hierro, y entró en calcetines grises, y Maja entendió por eso, antes de que dijera nada, que la visita iba a ser larga.

Eran las once. Helena estaba en la cocina con el abrigo sobre el respaldo de la silla y Tomas había puesto café para cuatro sin preguntar. Vikander se sentó, sacó el cuaderno y lo abrió por la página del día, que ya tenía dos columnas escritas.

—Es Elsa —dijo.

Lo dijo mirando a Helena, con la voz de quien ha ensayado la frase en el coche. Helena no se movió. Maja notó que ella tampoco, de que tenía las manos sobre la mesa y no las había apartado, y de que el reloj de la cocina hacía un ruido que no había oído en toda la semana.

—La muestra de referencia de 2001 y las dos de ayer. Coincidencia completa por las dos líneas. Umeå lo ha confirmado a las nueve.

—Ya —dijo Helena.

Fue todo. «Ya». Cogió el paño de la encimera, lo dobló, lo dejó, y miró a Vikander como se mira a alguien que va a seguir hablando.

Vikander siguió.

—Ayer por la tarde, cuando tuvimos una hipótesis de identidad, pedimos comprobaciones de rutina.

Registro de pasaportes, compañías aéreas, alquileres de vehículos en Luleå.

—Pasó el dedo por la primera columna—. Elsa Nyberg renovó su pasaporte en la embajada de Suecia en Madrid en 2007, en 2017 y en 2022.

Maja oyó la palabra Madrid como se oye un nombre en una lista de pasajeros: primero sin sentido, luego con demasiado.

—El lunes 12 de enero voló de Las Palmas a Estocolmo y de Estocolmo a Luleå.

Llegó a las siete y cuarenta de la tarde.

La reserva se hizo dos días antes, el sábado 10.

En el aeropuerto alquiló un coche a su nombre.

El coche apareció ayer en un apartadero de la comarcal, en la orilla de enfrente.

El conductor de la quitanieves lo había anotado el viernes como vehículo abandonado; nadie lo relacionó hasta que tuvimos el nombre.

—Al otro lado del lago —repitió Maja.

—Frente a la casa. A dos kilómetros por el hielo. —Vikander levantó la vista—. El coche estaba cerrado. Dentro no había más que el contrato de alquiler y un mapa de la agencia. No había maleta. No había bolso.

—¿Y en ella?

—Los efectos están en Umeå. Se los enseñaremos mañana, en fotografía. Sé que quiere verlos ya. Mañana.

Helena se levantó. Fue hasta el fregadero, abrió el grifo, lo cerró, y se quedó de espaldas.

—Madrid —dijo.

—La embajada, sí.

—Tres veces.

—Tres veces. Es lo que consta. Lo demás lo iremos sabiendo.

Maja miró el cuaderno de Vikander, boca arriba sobre la mesa, con la letra pequeña y apretada y las dos columnas, y pensó, con la parte de ella que seguía funcionando, en lo que aquello significaba en términos que conocía: una persona adulta que renueva un pasaporte con su nombre no se esconde de un Estado; se esconde de alguien.

Una persona que compra un billete dos días antes y alquila un coche a su nombre no viene secuestrada.

Una persona que aparca en la orilla de enfrente, en un apartadero, y no en el camino de la casa, no quiere ser vista llegar.

Eran inferencias. Las hacía cada semana con otros nombres. No les puso todavía ningún porqué.

—¿Sabía usted algo de esto? —preguntó Vikander, y la pregunta iba para las dos.

—No —dijo Maja.

Helena no contestó. Seguía de espaldas.

—Señora Nyberg.

—No —dijo Helena—. No sabía nada. Nadie sabía nada. Nadie ha sabido nada en veinticinco años. —Se volvió—. Veinticinco años. Todos los inviernos. Todos.

Vikander esperó.

—¿Dónde? —dijo Helena—. ¿Dónde estaba?

—Eso lo estamos pidiendo a España, por los cauces que hay. Tardará días, quizá semanas. Sabemos que renovó el pasaporte en Madrid y que voló desde Las Palmas. No sabemos dónde vivía ni con quién ni de qué.

—Las Palmas.

—Sí.

Helena se rio. Fue un sonido corto, sin nada dentro. Miró a Tomas, que estaba de pie junto a la cafetera con las manos quietas. Luego miró a Maja.

—Tú eres la que encuentra a la gente.

Maja no dijo nada.

—Es tu trabajo. Es lo que haces. Trescientas familias. Lo pone en el informe. —Helena cogió el abrigo del respaldo y se lo echó al brazo—. Y tu hermana ha estado veinticinco años renovando el pasaporte.

—Mamá.

—No.

Salió de la cocina. La oyeron subir la escalera, abrir una puerta, cerrarla. No era la puerta de su dormitorio; Maja conocía el sonido de todas las puertas de esa casa y aquella era la de la habitación de Elsa, que llevaba cerrada desde 2001 salvo para limpiar.

Vikander cerró el cuaderno.

—Hay una cosa más. Esto está en el pueblo desde ayer. Hoy habrá una nota de prensa de la policía a las dos, con la identificación y nada más. No podemos evitar que se sepa lo del vuelo; el aeropuerto es pequeño y la gente habla. Prepárense.

—Ya estamos preparados —dijo Tomas, desde la cafetera. Luego pareció darse cuenta de que no le tocaba hablar y miró a Maja.

—Prepárense —repitió Vikander, a Maja.

Cuando se fue, la cocina se quedó con el ruido del reloj. Tomas recogió las tazas, las puso en el fregadero y se quedó de pie con las manos apoyadas en la encimera, de espaldas.

—Dime qué hago —dijo.

—El camino. Los teléfonos. Que coma alguien en esta casa.

—¿Y ella?

—Ella no va a bajar hoy.

—¿Llamo a un médico?

—No lo dejará entrar. —Maja lo pensó—. Llama a Britt. Que venga a la hora de comer, con algo. Mi madre no le abrirá la puerta, pero sabrá que ha venido.

Tomas asintió y salió al camino, donde la quinta furgoneta buscaba sitio.

Maja sacó el móvil y llamó a Elin.

—Ningún comunicado de la fundación —dijo—. Ninguna entrevista. Nadie de la casa habla hoy con nadie. Si te preguntan, la fundación no tiene nada que decir sobre un asunto que afecta a una familia.

—Somos la familia, Maja.

—La fundación no es la familia. Yo hablo por la familia. Tres líneas, las escribo yo, te las mando en diez minutos y las cuelgas donde haya que colgarlas. Nada más hasta mañana.

—¿Y Helena?

—Helena tampoco.

Elin se calló un segundo.

—Vale.

Las tres líneas le costaron veinte minutos. Confirmaban la identificación, pedían respeto para la familia y no decían una palabra de fechas, de Madrid ni de Las Palmas. Se las mandó a Elin, a Ingrid y a Tomas, que leyó el mensaje en el móvil, de pie, y asintió sin decir nada.

Britt vino a la una con una cazuela tapada con un paño y no pasó del vestíbulo.

Preguntó por Helena con la cabeza, hacia la escalera, y Maja negó con la suya.

Britt dejó la cazuela en la mesa de la cocina, miró un momento el respaldo vacío de la silla donde esa mañana había estado el abrigo de Helena, y se fue por donde había venido.

No dijo nada de Madrid ni de Las Palmas.

Tomas se lo habría contado en el camino; Britt era de las que no preguntan dos veces lo que ya saben.

A las dos la nota de la policía dio el nombre.

A las dos y media la radio regional dio el vuelo.

A las tres, una cadena nacional abrió el informativo con la fotografía de Elsa a los diecinueve años, la del retrato que todos los suecos conocían, y con una frase que Maja oyó desde la cocina sin querer oírla: la desaparecida más famosa del país había estado viva.

A las cuatro había siete furgonetas en el camino y un dron que no era el de la fundación sobrevolando el lago, y Tomas salió a hablar con la policía para que lo bajaran.

El alcalde llamó a las cinco para ofrecer el salón municipal «para lo que hiciera falta» y para preguntar, con muchas vueltas, si era verdad lo del pasaporte.

Maja le dijo que no comentaba nada y le dio las gracias por el salón.

A las cinco y media alguien gritó desde el camino, hacia la ventana de la cocina, si sabían que estaba viva. Maja bajó la persiana. Luego llamó a Ingrid, que contestó al primer tono.

—Vikander va a pedirte el expediente que la fundación tiene de tu hermana —dijo Ingrid—. El público y el interno. Dáselo todo. No hay nada que proteger ahí y hay mucho que perder si parece que sí.

—Ya lo sé.

—Lo sé que lo sabes. Te lo digo para que conste que te lo he dicho.

Maja abrió el portátil en la mesa de la cocina y entró en la web de la fundación.

La ficha de Elsa seguía donde había estado siempre, la primera de la lista de casos históricos: la fotografía de los diecinueve años, la fecha, el lago, un texto de cuatro líneas que había escrito Helena en 2003 y que nadie había tocado.

Debajo, en letra pequeña, la fecha de la última actualización: mayo de 2019, cuando la campaña de retratos envejecidos había rotado a casos más recientes.

Maja dejó los ojos en esa fecha sin saber por qué. Luego cerró el portátil.

El teléfono de Maja dejó de vibrar en algún momento, no porque nadie llamara, sino porque ella lo puso en silencio y lo dejó boca abajo, al lado del cuaderno que Vikander se había llevado y que había dejado en la mesa un rectángulo sin polvo.

Tomas volvió del camino a las seis menos cuarto con la cara encendida por el frío y el cuaderno en la mano.

Había apuntado los medios, uno por uno, con el nombre de quien preguntaba y lo que preguntaba.

Todos preguntaban lo mismo con palabras distintas.

Dos habían preguntado por Canarias. Uno, el de Estocolmo, había preguntado si la fundación tenía algo que explicar.

—Le he dicho que la fundación busca a gente —dijo Tomas—. Que eso es lo que hace. No sé si he hecho bien.

—Has hecho bien.

Subió a las seis. Llamó a la puerta de la habitación de Elsa y no obtuvo respuesta. Al otro lado oía a su madre mover cosas: un cajón, otro, algo que se apoyaba en la pared. Ordenando. Dijo «mamá» una vez y no volvió a decirlo.

Tomas subió a las ocho con un plato tapado y lo dejó en el suelo, delante de la puerta. Bajó sin hacer ruido en la escalera, que crujía en el tercer peldaño, y Maja se fijó en que había aprendido a saltarse el tercer peldaño en una semana.

Ella se quedó en la cocina con las tazas de la mañana, que nadie había recogido, y el reloj, que seguía haciendo su ruido.

Elsa había vivido. Había renovado un pasaporte tres veces con su nombre.

Había comprado un billete un sábado y había venido, sola, y había aparcado en la orilla de enfrente para que nadie la viera llegar.

Todo eso era cierto y Maja podía sostenerlo en la cabeza como sostenía los expedientes: con las dos manos, sin que se cayera.

El porqué no cabía en ningún expediente; sabía por oficio que el porqué nunca llegaba por un registro, sino por una persona, y esa persona, si existía, no había llamado.

Lo que no podía sostener era que su madre estuviera arriba, detrás de una puerta cerrada, y que la última cosa que le había dicho fuera su trabajo.