El secreto bajo el hielo 5
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C ogió las llaves del coche de alquiler a las diez, cuando Tomas ya había cerrado la puerta del camino y la casa había dejado de sonar. Él la vio desde el salón, con el móvil en la mano, y preguntó si quería que fuera con ella.

—No. Vuelvo en una hora.

—¿Adónde?

—A ver una cosa.

No insistió. Era otra de las cosas que hacía bien.

La carretera rodeaba el lago por el norte.

Catorce kilómetros: el aserradero, la curva del cementerio, el puente sobre el río que bajaba de los montes y entraba en el lago por la desembocadura, y luego el tramo largo por la orilla de enfrente, con el bosque a la derecha y a la izquierda, de vez en cuando, un claro por el que se veía el hielo.

En el puente redujo casi hasta parar. Abajo, el río no se había helado; corría negro entre dos bordes de hielo y echaba un vapor que la luz de los faros volvía blanco.

Ese río era el que entraba en el lago doscientos metros más allá y no dejaba que el hielo engordara en la desembocadura.

Las balizas estaban ahí por él. Maja lo sabía desde los seis años y nunca lo había pensado como lo pensó en el puente: que el sitio donde el lago no se cerraba era el sitio por donde el lago devolvía las cosas.

Siguió. Conducía despacio. La sal había dejado el asfalto gris y las cunetas altas; a veinticinco bajo cero la nieve ya no crujía bajo las ruedas, sonaba a otra cosa, a algo seco. No se cruzó con nadie.

El apartadero estaba donde ella lo recordaba, a mitad del tramo, un ensanche de la cuneta que la quitanieves dejaba limpio para que los camiones pudieran apartarse. Aparcó mirando hacia la salida, apagó los faros y esperó a que los ojos se acostumbraran.

En la nieve compactada del apartadero quedaban las marcas del coche que se habían llevado: dos rectángulos más hundidos donde habían estado las ruedas, y delante, las huellas anchas de la grúa.

En un poste de la cuneta alguien había atado un trozo de cinta de la policía y no se había molestado en quitarlo.

Se movía con un viento que ella no notaba en la cara.

Bajó del coche.

Una quitanieves venía por la comarcal desde el pueblo, con la luz naranja girando. Maja se apartó al borde. La máquina redujo al llegar al apartadero, y el conductor, un hombre mayor con una gorra de cuadros, bajó la ventanilla.

—¿Necesita algo?

—No. Gracias.

El hombre miró el coche de Maja, luego las marcas en la nieve, y volvió a mirarla.

—Usted es la hija. La otra.

—Sí.

—Yo avisé de ese coche. El viernes. —Se pasó la mano por la boca—. Lo vi el miércoles temprano, cuando pasé para el acto, y pensé que sería de alguien de la prensa que había aparcado mal. El jueves seguía. El viernes lo di. Lo siento.

—No tiene por qué sentirlo.

—Si lo hubiera dicho el miércoles… —El hombre miró hacia el lago, hacia las luces de la casa, y no terminó la frase.

—No habría cambiado nada —dijo Maja, y no sabía si era verdad, pero era lo que decía a la gente, y esta vez se lo dijo a sí misma también.

El hombre asintió, subió la ventanilla y siguió hacia el norte, con la pala levantada.

El miércoles temprano ya estaba. Maja se lo guardó para Vikander.

Desde el borde del apartadero el terreno caía en un talud corto hasta la orilla, y después estaba el lago, plano, sin luces, dos kilómetros de nada hasta la otra orilla, donde había cuatro luces: dos en el camino, que eran las furgonetas, y dos en la casa.

La de la cocina, abajo. La de la habitación de Elsa, arriba. Su madre no había apagado aún.

Sacó el frontal del bolsillo y se lo puso sobre el gorro.

Lo encendió. El haz cayó sobre la nieve del talud y encontró, abajo, junto a la orilla, un poste de madera con un reflector que devolvió la luz.

Diez metros más allá, sobre el hielo, otro.

Y otro. La ruta de invierno. Salía de allí, torcía a la izquierda para dejar las balizas rojas de la desembocadura muy a la derecha, y seguía recta hasta el embarcadero de la casa.

Con luz de día se veían los postes de uno en uno hasta la mitad del lago. De noche, con el frontal, se veían dos.

Bajó el talud agarrándose a la nieve y se quedó de pie en la orilla, con las botas sobre el primer metro helado.

Aguantaba. Cincuenta centímetros, había dicho el técnico.

Sobre la superficie había marcas de motos de nieve, dos surcos paralelos que seguían los postes, y sobre los surcos, nada; el viento había pasado por encima de todo.

De niñas habían cruzado por ahí, en esa dirección, cuando la comarcal se cerraba y el autobús del colegio no llegaba: con esquís, en fila, Elsa delante contando postes en voz alta para que Maja no se quedara atrás.

Cuarenta minutos. Elsa los contaba todos y al llegar al embarcadero decía el número como si fuera un resultado.

No cruzó. No porque la ruta no aguantara; porque al otro lado había una cinta policial, un agente de Boden con un termo y una casa con su madre dentro, y porque cruzar de noche, sola, para llegar a su propia puerta por el jardín, no era una cosa que ella tuviera derecho a hacer esa noche. Apagó el frontal.

Sin la luz, el lago volvió a ser una extensión negra y la casa, cuatro puntos amarillos. Se quedó mirándolos con las manos metidas bajo las axilas.

Su hermana había aparcado allí. Había apagado los faros, como ella, y había bajado ese talud, y se había puesto sobre la ruta, y había visto lo mismo: la casa, con luz o sin luz, al otro lado.

Y había echado a andar por la ruta. No por la carretera, que daba la vuelta al lago y entraba por el camino, a la vista de todo el pueblo.

Por el lago. Contando postes, quizá. Nadie aparca a dos kilómetros de una puerta si quiere que lo vean llegar por esa puerta.

Iba a la casa. Eso no era una inferencia; era la única dirección que tenía sentido desde ese apartadero.

Lo que no sabía Maja era la noche. Lunes, martes o miércoles, había dicho la forense.

El miércoles, cuando pasó la quitanieves, el coche ya estaba.

Así que el lunes o el martes. El lunes Elsa había aterrizado en Luleå a las ocho de la tarde, y la casa estaba cerrada, a oscuras, con la llave en casa de Britt; desde este talud habría visto un bloque negro al otro lado y ninguna razón para cruzar.

El martes la casa se abría, como cada año, la víspera.

Elsa lo sabía. Llevaba abriéndose el 13 de enero desde 2002, y eso había salido en todos los periódicos.

El martes, entonces. Con luz en las ventanas.

Iba a ver a Helena. A quién si no. El aniversario, la casa abierta, su madre. Veinticinco años y de pronto un billete comprado un sábado.

Volvió a subir el talud, resbalando una vez y clavando la rodilla en la nieve.

En el coche se quitó el frontal y lo dejó en el asiento del acompañante, con la nieve deshaciéndose en la pernera, encendió el motor y esperó a que la calefacción devolviera la sensibilidad a las manos.

Antes de arrancar miró otra vez la otra orilla.

La luz de arriba, la de la habitación de Elsa, se había apagado. Quedaba la de la cocina.

El camino de vuelta le pareció más corto. Al llegar, las furgonetas seguían allí, con las cortinas echadas, y un hombre fumaba de pie junto a una de ellas y la miró pasar sin sacar la cámara. Aparcó junto a la casa.

Desde la puerta se volvió una vez más hacia el lago. No se veía nada, claro. Pero desde el apartadero, había visto la luz de esa cocina con toda claridad, a dos kilómetros, la única luz encendida de toda la orilla. Cualquiera que hubiera aparcado allí el martes por la noche la habría visto también.