El secreto bajo el hielo 6
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L a fotografía ocupaba toda la pantalla de la tablet: una mesa metálica, una regla de plástico con centímetros, y encima, ordenados como para una tienda, los efectos. Vikander la sostuvo en horizontal para que Maja pudiera verla bien y no dijo nada durante los primeros diez segundos.

Un abrigo azul oscuro, de plumas, con la manga derecha desgarrada desde el codo hasta el puño; el forro asomaba blanco por la abertura.

Un jersey gris. Un pantalón de montaña negro.

Ropa interior. Un par de botas de invierno con la suela nueva.

Un gorro. Unos guantes finos, de los que se usan debajo de otros guantes.

Y, en un rectángulo aparte, los objetos de los bolsillos: una llave de coche con el llavero de la agencia de alquiler; un paquete de pañuelos de papel; una tarjeta de embarque doblada en cuatro; un billete de veinte euros; y una llave pequeña, plana, de acero, con un grabado en la cabeza.

—La manga —dijo Maja.

—Desgarrada por la costura del hombro y por el codo.

El tejido no está cortado. La forense dice que es compatible con un enganche o con un tirón; en el hielo hay aristas.

—Vikander deslizó el dedo para ampliar—.

Sin bolso. Sin teléfono. Sin pasaporte, aunque voló con él el lunes.

Sin cartera. Lo que ve es todo lo que llevaba.

—Fue al aeropuerto con un bolso —dijo Maja—. Nadie vuela sin nada.

—No está en el coche ni en ella. Lo estamos buscando en el lago, con lo que se puede buscar en enero.

Las etiquetas estaban dobladas hacia fuera para la foto: una cadena española de deporte, una marca de botas que ella no conocía. Ropa comprada para un viaje al frío por alguien que llevaba mucho tiempo sin frío. Lo pensó y lo apartó, porque no era el momento de pensar en su hermana comprando botas.

—Antes de nada —dijo—. El conductor de la quitanieves. Anoche me paré en el apartadero y pasó con la máquina. Me dijo que vio el coche el miércoles temprano, cuando iba para el acto, y que lo tomó por un coche de la prensa. Lo comunicó el viernes.

Vikander sacó el cuaderno y lo apuntó.

—Cuadra —dijo—. Gracias.

—¿Cuadra con qué?

—Con la tarjeta de embarque, con la agencia de alquiler y con el resto.

Su hermana durmió el lunes en un hotel de Luleå, junto al aeropuerto.

Pagó con tarjeta. Salió el martes por la tarde.

—Vikander cerró el cuaderno—. Ayer estuvieron los de Luleå fotografiando el camino y el jardín.

Trescientas personas en tres días. No hay nada que leer ahí y lo sabíamos.

Lo que haya, estará en el lago, en el coche o en ella. Ahora, la llave.

Amplió el rectángulo de los objetos hasta que la llave pequeña ocupó media pantalla. En la cabeza, bajo el orificio, había un grabado de tres letras y un número: el sello de un cerrajero, y debajo, «A-2».

Maja no necesitó acercarse.

Conocía ese sello porque lo había elegido ella, en 2018, en una cerrajería de Södermalm, cuando el armario todavía no existía y era un dibujo en una hoja. Conocía la forma plana de la llave porque había dos como esa en el mundo, o eso había creído hasta las diez y cuarto de esa mañana.

—Es una llave de la fundación —dijo.

—¿De qué?

—De un armario.

Vikander esperó. Tomas, que había estado de pie junto a la puerta de la cocina con los brazos cruzados, sin intervenir, cambió el peso de un pie al otro. Helena no estaba; seguía arriba.

—Necesito que me lo explique —dijo Vikander—. Despacio, si hace falta.

Maja puso las manos sobre la mesa, como en las reuniones difíciles, y pensó por dónde empezar. Con las familias empezaba siempre por el caso que había salido mal; era lo único que hacía que lo demás sonara a otra cosa que a burocracia.

—En 2017 la fundación localizó a una mujer en Gotemburgo.

Llevaba dos años desaparecida. Su marido la había denunciado como desaparecida y era nuestro contacto de familia.

Yo era subdirectora. Yo hice la llamada.

Le dije dónde estaba. —Se detuvo un segundo, no por efecto: porque siempre se detenía ahí—.

Ella volvió con él. Murió seis semanas después.

La policía no relacionó una cosa con la otra. Yo sí.

Vikander no escribió nada. Escuchaba.

—En 2018 escribí un protocolo para que eso no volviera a pasar.

Cuando la fundación localiza a un adulto que no quiere ser encontrado, o cuando un adulto nos llama para decir que está vivo y que no quiere contacto, hacemos tres cosas: verificamos que es quien dice ser, verificamos que lo dice libremente y verificamos que está a salvo.

Y luego esa persona decide. Decide si alguien de su familia recibe algún mensaje, y quién.

Si designa a alguien, ese alguien recibe una frase: vive, está a salvo, no desea contacto.

Nada más. Ni ciudad ni trabajo ni nombre nuevo.

Si no designa a nadie, la familia no recibe nada, y la fundación cierra la búsqueda por dentro y la deja, por fuera, como estaba.

—¿Cómo estaba?

—Abierta. En la web. Con la foto. Para que nadie pueda saber, mirando desde fuera, que hemos encontrado a alguien.

Vikander asintió.

—El expediente lleva un código —siguió Maja—.

En el sistema solo hay el código y cuatro datos: ciudad, sector de trabajo, canal de contacto, nivel de riesgo.

Nada que identifique. El nombre real y el código se anotan a mano, en un libro, y el libro está en un armario, en la sede, en un despacho sin ventanas.

El armario tiene dos cerraduras. La llave de una la tiene Britt Lindqvist, que gestiona el protocolo.

La llave de la otra la tiene la secretaria del patronato, Gunilla Ström. Nadie abre solo. Ni ellas ni yo.

—¿Usted no tiene llave?

—No. Y hay una regla más, que escribí para mí: si la dirección tiene una relación personal con la persona localizada, la dirección queda fuera de ese caso.

No lo ve. No lo firma. No sabe que existe.

—Miró la pantalla—. Esa es una copia de la llave de Britt.

La cerradura A. Britt tiene la A-1. Esa es la A-2. No sabía que existiera.

—¿Y con esa copia se abre el armario?

—No. Con esa copia se sustituye a Britt. Sigue haciendo falta la llave de Gunilla. Sin las dos no se abre.

Vikander lo apuntó todo entonces, en tres líneas, y volvió a levantar la vista.

—¿Cuántas personas hay en ese libro?

—No lo sé con exactitud. Cuarenta, cuarenta y cinco. Es lo que me dicen las cifras que veo, que son las de los códigos.

—¿Y su hermana?

—No lo sé.

Era verdad y sonó a mentira. Maja lo oyó sonar así y no hizo nada por arreglarlo; lo que tenía que decir a continuación le importaba más.

—Voy a decirle lo que quiero hacer, para que me diga si puedo.

Quiero que ese armario se abra mañana en Estocolmo, con las dos llaves que existen, con Britt y con Gunilla, con un agente delante y con la abogada de la fundación, en el despacho donde está.

Yo estaré, pero no tocaré nada. Si mi hermana está en ese libro, lo sabremos así. Si no está, también.

—¿Por qué no abrirlo hoy?

—Porque Gunilla está en Estocolmo y Britt está a ochenta metros, y porque las dos llaves tienen que estar en la misma habitación. Y porque si lo abro de otra manera, lo que salga de ahí no vale para nada. Ni para usted ni para mí.

Vikander sostuvo la mirada un momento más de lo necesario.

—Mañana —dijo—. Yo voy. Quiero ver cómo se abre.

Tomas se movió por fin. Fue a la cafetera, la llenó, y se quedó allí de espaldas, con las manos en la encimera. Nunca le había oído callar en una escena con una familia delante. Tampoco eran una familia normal.

Sobre la mesa vibró el teléfono. Elin.

—Le he mandado el vídeo a la investigadora —dijo Elin, sin saludar—.

Al correo que me diste. La exportación del dron, la del miércoles.

Comprimida, porque el archivo original pesa una barbaridad y el original ni siquiera lo tenemos aquí, lo tiene el operador en las tarjetas.

¿Quieres que le mande algo más? Tengo fotos, tengo el vídeo de mano.

—Todo.

—Todo. Vale. —Un segundo—. Maja, ¿cuándo puedo decir algo? Me llaman de todas partes.

—Cuando yo te lo diga.

Colgó. Vikander ya estaba mirando su propio móvil.

—Lo hemos recibido —dijo—. Mi compañero lo abrió hace una hora. Se ve la orilla, la alfombra, la gente. El plano llega hasta la mitad del lago y ahí se pierde. Es lo que hay.

—Es lo que grabamos.

Tomas dejó una taza delante de Vikander y otra delante de Maja y volvió a la encimera. Arriba se oyó una puerta, pasos por el pasillo y otra puerta. Helena no bajó. Maja levantó la cabeza hacia el techo y Vikander hizo como que no lo veía.

El segundo teléfono que sonó fue el de la fundación, desviado desde Estocolmo al móvil de Tomas. Tomas miró la pantalla, dijo «es Petra, de familias», y se lo pasó a Maja sin contestar él.

Petra hablaba con la voz de quien lleva media hora decidiendo si llamar.

—Sé que no es el día —dijo—. Perdona. Pero tengo un aviso del protocolo y Britt no está y no sé a quién más decírselo.

—Tomó aire—. Una mujer que verificamos en 2023.

En Gävle. Ha aparecido su expareja, el que la denunció en su día.

La ha encontrado. Ella ha llamado esta mañana al número de emergencias del protocolo, desde el hospital. Tiene la muñeca rota.

Maja cerró los ojos un segundo.

—¿Está segura de que es ella?

—Ha dado el código.

—Dile que la policía de Gävle tiene que tener una denuncia hoy. Que lo haga. Y que nosotros no le hemos dado nada a nadie.

—¿Y es verdad?

—Es verdad.

Colgó. Vikander la miraba.

—Otra cosa —dijo Maja—. No tiene que ver con esto. Es del protocolo. Una mujer localizada por su expareja.

—¿Tiene relación con su hermana?

—No lo sé —dijo Maja, por tercera vez en una hora, y esta vez sí sonó a verdad, porque lo era y porque le dio miedo.

Vikander se levantó, cogió la tablet y las botas.

—Mañana en Estocolmo. A las diez. Dígame la dirección.

Al quedarse sola con Tomas, Maja siguió mirando la mesa, donde ya no había ninguna fotografía.

Britt tenía la llave A-1. Gunilla tenía la B-1.

Ella misma había decidido, hacía ocho años, que no hubiera una tercera.

Y la tercera había aparecido en el bolsillo de un abrigo comprado en España, en el cuerpo de su hermana, con la manga desgarrada.

Se puso el abrigo. A casa de Britt se iba andando.