7
P ara llegar a casa de Britt sin pasar por delante de las furgonetas había que salir por la puerta de la sauna y cruzar el jardín por detrás de los setos. Maja lo hizo. Desde el camino, alguien la vio de todos modos y gritó una pregunta que el seto convirtió en ruido. No se volvió.
Britt sirvió el café antes de hablar. Lo hizo como hacía todo, sin mirar lo que hacían las manos, con los ojos en Maja, y solo cuando las dos tazas estuvieron llenas y la cafetera de vuelta en el fogón se sentó y dijo:
—Ya.
Maja sacó el móvil, buscó la fotografía que Vikander le había enviado esa mañana para la identificación de los efectos, amplió el rectángulo de la llave y dejó el teléfono sobre la mesa, entre las dos tazas, con la pantalla hacia arriba.
Britt lo miró sin tocarlo. Lo miró bastante rato.
Luego se llevó la mano al cuello y sacó de debajo del jersey una cinta con una llave igual, plana, de acero, con el mismo sello y otro número.
La dejó al lado del teléfono sin quitarse la cinta, de modo que la llave quedó tirante, a medio camino entre su cuerpo y la mesa.
—A-1 —dijo—. La mía. Esa es la copia.
—¿Cuándo la hiciste?
—En 2020. En la cerrajería de Södermalm, la misma. Les dije que era para la fundación, y era verdad.
—¿Para quién?
Britt retiró la llave, se la metió otra vez bajo el jersey, y pasó la palma de la mano por la mesa.
—Para una verificadora externa.
Maja conocía la figura porque la había creado ella: personas ajenas a la plantilla, una trabajadora social jubilada, un abogado de familia, que se reunían con los adultos localizados y comprobaban lo que la fundación no podía comprobar por teléfono.
Firmaban con un código. Sus informes iban al armario.
Dos personas, V-1 y V-2, hasta donde ella sabía.
—¿Cuál?
—V-3.
—No hay V-3.
—Hay V-3 desde enero de 2020. —Britt lo dijo sin subir la voz—. La di de alta yo, con Gunilla, como marca el protocolo. Está en el registro de verificadores, en el armario, con su fecha. Lo verás mañana.
—¿Y por qué tiene una copia de tu llave?
—Porque yo se la di. —Britt levantó las dos manos de la mesa y volvió a ponerlas—.
Los informes se depositan en el armario.
Cada depósito son dos llaves y dos personas.
Ella venía varias veces al año, a horas en que yo no siempre podía estar.
Le di la mía para que fuera con Gunilla y no tuviera que esperarme.
Gunilla abría con la suya. Yo no estaba.
La copia no abre nada sola; lo sabes mejor que yo.
—Lo sé.
—Eso es lo que hice mal. No otra cosa. Cuando la policía me lo pregunte le diré exactamente esto, con las mismas palabras, y firmaré.
El teléfono, la llave ampliada, el sello. Pensó que Britt llevaba desde el sábado preparando esa frase, y que la había preparado bien.
—¿Qué hacía?
—Lo que hacen los verificadores. Sentarse con la persona. Mirarle a la cara mientras dice que está bien. Preguntar lo que no se puede preguntar por teléfono. —Britt giró la taza un cuarto de vuelta—. Era buena. La mejor de los tres. La gente le contaba cosas que a mí no me contaba.
—¿Quién es V-3?
Britt no contestó enseguida. Miró por la ventana, donde el agente de Boden seguía en el embarcadero, y volvió a mirar a Maja.
—Eso no te lo puedo decir.
—Britt.
—No te lo puedo decir porque tú misma escribiste que no se me puede preguntar.
Un verificador externo tiene código. Su identidad está en el armario.
Y la dirección no ve un caso en el que tenga relación personal.
—Hizo una pausa—. Si te digo el nombre en esta cocina, estoy rompiendo dos reglas tuyas, y mañana, cuando se abra el armario delante de la policía, lo que salga de ahí valdrá menos porque yo te lo habré contado antes. No lo voy a hacer. No por mí.
Era exactamente lo que Maja habría dicho a cualquiera que le hubiera pedido un nombre en una cocina. Lo sabía y no le sirvió de nada.
—La llave estaba en el bolsillo del abrigo de mi hermana.
—Ya lo he visto.
—Entonces la V-3 era mi hermana o mi hermana tenía su llave.
—Mañana —dijo Britt.
Se levantó, cogió la cafetera y llenó las dos tazas aunque estaban casi llenas. Luego se quedó de pie, con la cafetera en la mano, mirando la mesa.
—Te voy a decir lo que sí puedo. Todo lo que hice, lo hice según el protocolo, salvo la copia de la llave.
Nadie de la fundación ha entregado a nadie a nadie.
Si mañana el libro dice lo que crees que va a decir, lo dirá con mi letra, y yo estaré delante.
Después, cuando esto termine, te contaré lo que no está en el libro. A ti. No hoy.
—¿Por qué no hoy?
—Porque hoy tu madre está a ochenta metros, sin bajar de una habitación, y porque esto no cabe en esta cocina.
Apagó la pantalla del móvil. La llave desapareció.
—Hay otra cosa —dijo—. Ha llamado Petra. Una mujer verificada en 2023, en Gävle. Su expareja la ha encontrado. Está en el hospital con la muñeca rota.
Britt dejó la cafetera en el fogón con un ruido seco.
—¿Cuál?
—No me ha dicho el nombre. Ha dado el código.
—¿Qué código?
Maja se lo dijo. Britt cerró los ojos un instante, y Maja entendió que Britt sabía el nombre sin necesidad de ningún libro, como se sabe el nombre de alguien con quien se ha hablado muchas veces.
—Eso no ha salido de aquí —dijo Britt—. De este armario no ha salido nada. Nunca.
—Petra le ha dicho que denuncie hoy.
—Necesita el piso de Gävle, no una denuncia. Las dos cosas. —Britt ya estaba buscando su móvil en el bolsillo del jersey—. Llamo a Petra. Luego a la mujer. Eso lo hago yo; sigue siendo mi trabajo hasta que alguien me diga que no.
—Hazlo.
Britt salió al pasillo con el teléfono. Maja la oyó hablar en voz baja, con frases cortas, el tono que ella misma usaba con las familias cuando había que hacer tres cosas en el orden correcto. Cuando volvió a la cocina tenía la cara distinta: la de trabajo.
Pensó en las opciones como las pensaba en el trabajo, una detrás de otra, sin saltarse ninguna.
Podía presionar a Britt, y Britt no hablaría.
Podía llamar a Gunilla y pedirle que abriera esa misma tarde con la A-2 de la policía, y Vikander no lo permitiría, y ella tampoco, porque una apertura con una llave incautada y sin la gestora presente era una apertura que cualquiera podría discutir después.
Podía ir a Estocolmo esa noche y esperar delante del armario.
Podía hacer lo que había dicho por la mañana: mañana, a las diez, las dos llaves, las dos custodias, un agente, la abogada, ella sin tocar nada.
—Mañana a las diez, en la sede —dijo—. Vikander va. Ingrid va. Tú.
—Voy en el primer vuelo.
—Yo también.
—No nos sentaremos juntas.
—No.
Britt asintió como si fuera lo correcto, y quizá lo era.
Maja se levantó. En la puerta se detuvo con la mano en el pomo. Los esquís seguían en el porche; el par pequeño estaba apoyado en el de Britt, y los dos en el de Elsa, como si nadie los hubiera separado en veinticinco años.
—Una cosa —dijo, sin volverse—. ¿Mi madre sabe algo de esto?
—Tu madre no sabe nada. —Britt lo dijo deprisa, con más fuerza que todo lo anterior—. Nada. Ni de la llave ni de V-3 ni de lo que hay en el armario. Eso te lo digo hoy y te lo diré delante de quien haga falta.
Maja salió. El frío le entró por el cuello del abrigo.
Cruzó el jardín entre los setos sin recortar, con las manos en los bolsillos, y no miró hacia la casa de Britt, ni hacia la suya, sino hacia el lago, donde el agente de Boden acababa de levantarse del embarcadero y se sacudía la nieve del pantalón.
Britt había dado su llave a alguien que no estaba en la plantilla, para que pudiera entrar sin ella. Esa persona había venido tres o cuatro veces al año desde 2020. Esa persona firmaba V-3. Y esa llave había cruzado el lago el martes por la noche en el bolsillo de un abrigo.
No hacía falta que Britt dijera el nombre. Hacía falta que lo dijera el libro.