El secreto bajo el hielo 8
17%

8

D os llaves en dos cerraduras y un agente contando páginas.

Eso era todo lo que Maja veía desde la pared del despacho, con las manos en los bolsillos del abrigo, que no se había quitado porque aquel cuarto interior de la segunda planta era el único sitio de la sede donde la calefacción no llegaba bien.

Habían llegado por separado. Britt en el primer vuelo, en la fila doce; Maja en la fila cuatro; ninguna de las dos había mirado a la otra en el pasillo ni en la cinta de equipajes, donde ninguna de las dos tenía equipaje.

En el taxi, Maja había visto los titulares en el móvil del conductor, en el semáforo de Slussen, y había apartado la vista.

En la puerta de la sede había dos cámaras y una chica con un micrófono que la llamó por su nombre.

Elin la esperaba dentro, en el mostrador de recepción, con la cara de no haber dormido y una carpeta contra el pecho.

—Ingrid está arriba. Y una señora de la policía de Estocolmo que dice que viene de parte de Vikander.

—Vikander viene también. Que suban cuando lleguen.

—¿Y yo?

—Tú no. Hoy no. Mañana hablamos de todo.

—Tu madre me ha llamado dos veces. Quiere la lista de medios que han pedido entrevista. Le he dicho que la tenías tú.

—Bien dicho.

—No la tienes tú.

—Ahora sí.

Elin apretó la carpeta y asintió, y Maja subió la escalera con la sensación de haberle hecho algo, sin tiempo para saber qué.

El despacho estaba al fondo del pasillo de administración.

Nadie lo usaba para nada; había una mesa, dos sillas, un archivador de oficina y, contra la pared del fondo, el armario.

Un armario metálico gris de dos puertas, del tamaño de un frigorífico, con dos cerraduras en línea vertical, una sobre otra, a la altura del pecho.

Lo había elegido ella en un catálogo en 2018 porque no parecía nada. Seguía sin parecer nada.

Ingrid ya estaba, con su cuaderno y su pluma.

Gunilla Ström llegó a las diez menos cinco con un sobre cerrado en la mano, lo abrió delante de todos y sacó la llave B-1, que llevaba en una anilla con una etiqueta de cartón.

Britt entró detrás, se quitó el gorro, y sacó la suya de debajo del jersey sin desatarse la cinta.

Vikander y la agente de Estocolmo, una mujer alta con una cámara pequeña, ocuparon la puerta.

—Para que conste —dijo Ingrid, y miró el reloj—: veintiuno de enero, diez y dos minutos.

Presentes: la directora, que asiste sin intervenir por conflicto personal; la gestora del protocolo; la secretaria del patronato; la investigadora Vikander; la agente Holm; yo.

Se abre el armario del Protocolo Blanco a requerimiento de la policía de Norrbotten y con acuerdo de la fundación.

Nadie tocará el contenido salvo la agente.

Gunilla se acercó primero. Metió la B-1 en la cerradura de abajo y la giró hasta el tope; sonó un chasquido. Britt se inclinó sobre la de arriba, con la cinta tirante alrededor del cuello, y giró la A-1. Segundo chasquido. Gunilla tiró de las dos puertas.

Dentro había tres baldas. En la de arriba, un libro encuadernado en tela negra, de los que se usan para actas.

En la del medio, carpetas de cartón azul con códigos escritos en el lomo, ordenadas por año, y una carpeta gris más delgada.

En la de abajo, más carpetas y una caja de archivo con la etiqueta «Protocolo 2018, original».

La agente Holm se puso unos guantes de nitrilo azul que sacó de un sobre, fotografió el armario abierto desde dos ángulos, y solo entonces sacó el libro, sujetándolo por los cantos. Lo abrió sobre la mesa. Vikander se colocó a su lado. Maja siguió contra la pared.

Sabía cómo era el libro porque lo había comprado ella y había escrito, en la primera página, con su letra, el encabezado: código, nombre, fecha de verificación, gestora, segunda firma, receptor autorizado. Lo que no había visto nunca era lo que venía después, porque no le correspondía.

Holm pasó páginas contando en voz baja. Vikander leía por encima de su hombro, recorriendo con el lápiz, sin tocar el papel. 2018: seis líneas. 2019: la primera, la segunda, la tercera.

—¿Cuántos en total? —preguntó Vikander sin levantar la vista.

—Cuarenta y tres —dijo Britt—. Hasta diciembre.

—¿Todas mujeres?

—Casi todas. Hay cuatro hombres. Y dos personas que no encajan en ninguna de las dos casillas y que tampoco quieren que se les encuentre.

—PB-2019-04 —leyó Vikander—. Nyberg, Elsa. Ochocientos diez, cero cuatro, catorce. Verificación: catorce de mayo de 2019. Identidad por videollamada y documento. Voluntad. Seguridad. Receptor autorizado: ninguno. Gestora: B. L. Segunda firma: G. S.

Levantó la vista hacia Britt.

—¿Es su letra?

—Es mi letra.

Vikander miró a Gunilla.

—Es mi firma —dijo Gunilla. Tenía sesenta y seis años y llevaba en la fundación desde el principio; hablaba con la voz de quien ha leído muchas actas en voz alta—.

Yo firmo que Britt abre y que anota. No leo los nombres.

El protocolo dice que la segunda firma custodia la llave y da fe del asiento.

No dice que lea. Nunca he leído una línea de ese libro.

—¿Nunca?

—Nunca. —Miró a Maja, cosa que no había hecho desde que entró—. Lo escribiste tú así.

—Lo escribí yo así —dijo Maja.

Era verdad. Había querido que la segunda custodia fuera ciega para que ningún miembro del patronato, ni siquiera el más discreto, pudiera llevarse un nombre en la cabeza.

Se lo había explicado a Helena en 2018, en esa misma sede, en una reunión en la que Helena había votado en contra de todo el protocolo, y Helena le había dicho que una madre no era un marido y que ella no pensaba firmar una regla que la tratara como a un marido.

Había perdido la votación. Gunilla había votado a favor.

Vikander apuntó algo.

—¿Qué es «voluntad»?

—Que lo pide libremente —dijo Britt—. Que no hay nadie al lado dictándole lo que dice. Se comprueba con preguntas, con la cámara, con una segunda llamada otro día a otra hora.

—¿Y «seguridad»?

—Que no está en peligro. Que si hay una amenaza, sabemos cuál es. En su caso, ninguna.

—¿En su caso?

—En el de Elsa Nyberg. Ninguna amenaza. Una petición: que no se comunicara nada a nadie y que se retirara su caso de la campaña activa.

Se hizo lo primero porque el protocolo lo manda cuando no hay receptor.

Lo segundo se hizo como se hacen esas cosas, sin que se notara. La ficha pública se quedó como estaba.

—¿Qué campaña? —preguntó Vikander, a Maja.

—En la primavera de 2019 lanzamos una campaña con retratos envejecidos de casos antiguos.

Un programa de la policía europea nos cedía la técnica.

Empezamos por mi hermana. El retrato salió en prensa sueca y en prensa de otros países.

En mayo rotó a otros casos. —Maja oyó su propia voz explicando la rotación como la había aceptado entonces—.

Era lo previsto. Cada retrato, unos meses.

—¿Quién decidió la rotación?

—Yo la firmé. Britt me la propuso.

Britt no dijo nada.

Maja recordó la fecha al pie de la web, mayo de 2019, y la rotación de retratos, y la explicación que había aceptado entonces sin preguntar dos veces porque Helena detestaba aquel retrato envejecido y ella misma no soportaba mirarlo. Se apoyó en la pared, sin notarlo, y volvió a separarse.

—Siga —dijo Vikander a Holm.

Holm sacó la carpeta gris de la balda del medio.

Era un registro de verificadores externos: tres hojas.

V-1, alta de junio de 2018, con un nombre completo, una dirección, un teléfono; una trabajadora social jubilada de Uppsala a la que Maja había entrevistado ella misma.

V-2, alta de septiembre de 2018, un abogado de familia de Malmö.

V-3, alta del veinte de enero de 2020. En la casilla del nombre, dos iniciales: E.

N. Sin dirección. Contacto: «canal del protocolo».

Firma de alta: B. L. Segunda firma: G. S.

—¿V-3 es Elsa Nyberg? —preguntó Vikander, a Britt.

—El registro dice E. N. y lo escribí yo. —Britt esperó un segundo—. Sí.

—¿Desde el veinte de enero de 2020?

—Desde entonces.

—¿Sabía usted desde el catorce de mayo de 2019 que Elsa Nyberg estaba viva?

—Apliqué el protocolo. Está todo ahí.

—No le he preguntado eso.

—Lo sé. —Britt no bajó los ojos—. Le tomaré declaración a quien me la tome, con abogado. Lo que hay en ese libro lo escribí yo y lo firmo. Lo que no está en el libro lo diré cuando me lo pregunten como hay que preguntarlo.

Ingrid intervino, en voz baja:

—Britt, yo no puedo representarte. Represento a la fundación.

—Ya lo sé, Ingrid. Me buscas uno para mañana y me dices dónde tengo que estar.

—Te lo busco.

Gunilla se había sentado en una de las dos sillas. Tenía las manos en el regazo y miraba la carpeta gris.

—Vino cinco o seis veces —dijo, sin que nadie le preguntara—.

V-3. Una mujer de cuarenta y tantos, delgada, con el pelo corto.

Hablaba sueco como quien lleva mucho tiempo fuera; se le escapaban palabras.

Yo abría con mi llave, ella abría con la de Britt, dejaba una carpeta en la balda del medio, y se iba.

Nunca me dijo cómo se llamaba. No tenía que decírmelo.

—Levantó la vista hacia Maja—. Yo no la conocí.

Yo entré en la fundación en 2003. A tu hermana solo la había visto en la foto.

—¿Cuándo vino la última vez? —preguntó Vikander.

—A mediados de diciembre. Lo apunto en mi agenda cada vez que abro: día, hora, quién. Lo tengo en el despacho de abajo.

—Necesitaré esa agenda.

—La tendrá.

Nadie dijo nada durante un momento. Holm sacó de la balda de abajo la caja de archivo del protocolo original y la abrió.

Encima de todo había un cuadernillo grapado, veintidós páginas, con una portada que Maja conocía de memoria porque la había escrito en una noche de marzo de 2018 y la había firmado a la mañana siguiente con el bolígrafo que ahora llevaba en el abrigo.

La agente lo fotografió con la portada hacia arriba. La firma se veía perfectamente.

Holm dejó la carpeta gris sobre la mesa, al lado del libro abierto, y sacó de la balda del medio una carpeta azul más gruesa que las otras, con «V-3» en el lomo y, debajo, escrito a lápiz, una cifra: 41.

—Informes de verificación —dijo Britt—. Uno por cada persona con la que se reunió. Se leen en el inventario, no ahora.

—¿El último?

—De diciembre. Hay dos de diciembre.

Vikander asintió.

—Vamos a inventariarlo todo —dijo a Maja—. Página por página, carpeta por carpeta. Dos días, quizá tres. Con la agente Holm y conmigo, y con usted presente si quiere, sin tocar nada. Después, precinto. Lo que se entregue o no se entregue a la fiscalía lo decidirán ustedes con la fiscal, no yo.

—Quiero estar.

—Está.

Vikander añadió, en el mismo tono:

—¿Necesita un momento?

—No —dijo Maja—. Sigan.

Ingrid se acercó a la pared donde estaba Maja y le dijo, en voz tan baja que solo ella la oyó:

—El lunes te dije que no había nada que proteger. Me equivoqué. Te lo digo para que conste.

—Consta.

Holm volvió al libro y siguió contando páginas. Vikander ocupó la otra silla, con el cuaderno. Gunilla no se movió de su silla. Britt siguió de pie junto al armario abierto, con la cinta de la llave asomando del jersey, mirando las carpetas como se mira una estantería propia en casa de otro.

Sacó una mano del bolsillo, miró el reloj y anotó la hora en la primera página en blanco de su propia agenda, con el bolígrafo que llevaba siempre en el abrigo.

Diez y cuarenta y uno. Lo hizo como habría hecho en cualquier apertura de cualquier expediente, y mientras lo hacía entendió, con la misma claridad con la que había entendido el sello de la llave, lo que acababa de pasar en esa habitación.

Nadie había escondido a su hermana en un sótano.

No había un sótano. Había un armario gris de catálogo con dos cerraduras, un libro con encabezado escrito por ella, un registro de verificadores, una segunda firma ciega y una regla que decía que la directora no ve los casos en los que tiene relación personal.

Su hermana había llamado en mayo de 2019.

Britt había hecho lo que el protocolo mandaba.

Gunilla había firmado sin leer, como el protocolo mandaba.

Y ella, Maja, no había sabido nada, porque el protocolo, tal como ella lo había escrito trece meses antes, mandaba que no supiera.

Había funcionado. Exactamente como estaba escrito.