El secreto bajo el hielo 9
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L a pluma de Ingrid estaba sobre la comunicación sin firmar, atravesada, como si Ingrid la hubiera dejado ahí para que Maja tuviera que moverla antes de leer.

Eran las nueve de la mañana. El despacho de Ingrid daba al patio interior y tenía la persiana bajada desde el lunes.

Sobre la mesa, además de la pluma, había dos versiones del mismo documento: una de dos páginas, la que había redactado Ingrid la noche anterior, y una de cuatro líneas, la que había escrito Maja a las seis de la mañana en la habitación del hotel donde había dormido porque a las siete de la tarde había dos fotógrafos en el portal de su piso y porque no quería pasar la noche con el teléfono en la mesilla.

La había escrito en el bloc del hotel, con el bolígrafo del abrigo, tachando dos veces la palabra «familia» hasta dejarla solo donde no podía quitarse.

—Léelas las dos —dijo Ingrid—. Luego me dices cuál firmas.

—Lamentaba profundamente —dijo Maja.

—Es una fórmula.

—Es mi familia.

—Por eso lo firmo yo y no tú. —Ingrid se quitó las gafas—.

Maja, lo que dice ese papel es la verdad y es lo que la policía ya sabe desde ayer a las diez y cuarenta.

Lo que hace es ponerlo por escrito antes de que lo ponga otro.

Y lo que ofrece, el libro entero, es lo único que impide que dentro de una semana un periódico escriba que la fundación esconde nombres.

Maja leyó su propia versión. Cuatro líneas.

La fundación comunicaba a la policía de Norrbotten y a la fiscalía que había verificado con vida a Elsa Nyberg en mayo de 2019 conforme a su protocolo y que había cerrado su caso a petición de ella.

La fundación ponía a disposición de la investigación todo lo relativo a Elsa Nyberg.

La fundación solicitaba que el resto del libro, en el que constaban otras cuarenta y dos personas que habían confiado en que nadie lo leería, quedara bajo una medida de sellado que garantizara que solo se consultara lo necesario y por quien fuera necesario.

La fundación no entregaría ese resto sin esa garantía.

—Cuarenta y dos personas —dijo Ingrid—. Ya lo sé. Lo he pensado toda la noche. Y también he pensado que si la fiscal quiere el libro, se lo lleva, con tu firma o sin ella, con precinto o sin precinto. No estás negociando. Estás pidiendo un favor con la cara muy seria.

—Estoy pidiendo lo que pediría a cualquier fundación que conociera. Que no se entregue un libro con cuarenta nombres a un juzgado sin saber quién lo va a abrir y para qué.

—¿Y si te dicen que no?

—Entonces me lo habrán dicho. Y constará que lo pedí, con fecha, antes de que nadie leyera un nombre que no tenía que leer.

Ingrid la miró un rato largo con las gafas en la mano.

—Vale —dijo—. Tu versión. Pero la fórmula del final la escribo yo, porque hay que decir que la fundación colabora y no que la fundación condiciona. Y llamamos a la fiscal ahora, antes de mandar nada, para que no lo lea en frío.

La fiscal se llamaba Karin Sundell, era de Luleå, y contestó a la segunda llamada.

Ingrid puso el altavoz y colocó el teléfono en el centro de la mesa.

Maja se presentó. Sundell dijo que conocía el caso por Vikander y que había hablado con ella la noche anterior, después del inventario, y que la escuchaba.

Maja leyó las cuatro líneas en voz alta. No añadió nada. Cuando terminó, hubo un segundo de silencio en el altavoz y luego el ruido de alguien que escribe.

—Entiendo —dijo Sundell—. Lo del sellado lo miro.

Es una petición razonable y no es la primera vez que oigo una parecida, aunque no de una fundación.

No le voy a decir hoy ni cómo ni cuándo.

Le digo que lo miro y que, mientras lo miro, el armario sigue precintado por la policía y nadie lo abre sin Vikander delante. ¿Le vale?

—Me vale.

—Otra cosa. Lo relativo a su hermana, todo, sin sellado. Ya lo ha dicho usted; se lo repito para que quede claro.

—Todo.

—Entonces mande la comunicación esta mañana. La acuso hoy mismo. —Una pausa—. Señora Nyberg, ¿su madre sabe lo que dice esa comunicación?

Maja miró a Ingrid. Ingrid miró la pluma.

—Se lo digo yo esta tarde. Vuelo a las dos.

—Bien. Se lo pregunto porque su madre ha llamado esta mañana a la policía de Norrbotten pidiendo hablar con quien lleve el caso, y Vikander le ha dicho que hoy por la tarde. Prefiero que lo sepa por usted.

—Yo también.

Sundell colgó. Ingrid dejó las gafas sobre la mesa.

—Ha llamado a la policía —dijo—. Sin decírtelo.

—Es lo que hace cuando no puede hacer otra cosa.

—También han llamado dos patronos. Quieren saber qué va a decir la fundación y cuándo. Uno de ellos ha usado la palabra «responsabilidades».

—Que la use. Mañana les contesto a los dos.

Maja cogió la pluma, la apartó, y firmó su versión debajo de la fórmula de Ingrid, que decía que la fundación reiteraba su plena colaboración con la investigación.

Ingrid firmó al lado. Elin escaneó el papel en el mostrador de abajo sin leerlo, o leyéndolo sin que se le notara, y lo mandó a las direcciones que Ingrid le dictó.

—¿Y ahora? —preguntó Elin.

—Ahora nada. Mañana vuelvo y hablamos del comunicado. El de verdad.

—¿Va a haber un comunicado de verdad?

—Va a haber lo que haya que haber. Todavía no sé qué es.

Elin asintió. Tenía treinta años y llevaba tres en la fundación, y en tres años había aprendido a redactar una nota de prensa en veinte minutos y a no preguntar dos veces.

Había contratado a la persona equivocada para esa semana y a la correcta para todas las demás, y no iba a decirle ninguna de las dos cosas.

Subió al despacho sin ventanas antes de irse.

Vikander y Holm estaban en la mesa, con el libro cerrado y las carpetas azules apiladas por años; el precinto colgaba ya de una de las puertas del armario, a la espera.

Britt no estaba; tenía cita en la comisaría a las once, con un abogado de oficio que Ingrid le había buscado a última hora de la tarde anterior, porque nadie más podía buscárselo.

—Mañana seguimos a las nueve —dijo Vikander—. Los informes de V-3, uno por uno. Si quiere estar, esté.

—Estaré.

—Su vecina ha declarado a las once —dijo Vikander—. Con abogado. Me cuenta mi compañero que ha dicho lo mismo que le dijo a usted en su cocina, palabra por palabra, y que a todo lo demás ha contestado que lo dirá cuando corresponda. Nos lo tomamos con calma. No va a irse a ningún sitio.

—No.

—Su madre ha llamado.

—Lo sé.

Vikander levantó la vista de la carpeta.

—No le he dicho nada de lo que hay aquí. Le he dicho que hablaríamos esta tarde. Es todo lo que puedo darle. Lo que le diga usted antes es cosa suya.

—Gracias.

En el taxi llamó a Tomas.

—Ha bajado —dijo él—. A las ocho. Ha desayunado, ha hecho tres llamadas y ha vuelto a subir. Una de las llamadas era a la policía; lo sé porque lo ha dicho en voz alta, mirándome. Otra a Elin. La tercera no sé.

—¿Cómo está?

—Vestida. Peinada. Con la lista de medios en la mano. —Una pausa—. Ha preguntado dónde estabas. Le he dicho que en Estocolmo, por trabajo. No me ha preguntado qué trabajo.

—Llego a las seis. No la dejes hablar con nadie hasta entonces.

—No puedo impedírselo, Maja.

—Ya lo sé. Estate cerca.

—Estoy cerca.

Colgó. Con el móvil apagado sobre el muslo, miró la ciudad pasar por la ventanilla: los puentes, el agua negra entre bloques de hielo sucio, un ferri.

Había pedido un sellado que no sabía si le darían.

Había dicho a la fiscal que a su madre se lo diría ella.

Había firmado, en una hoja con el membrete de su fundación, que en 2019 su fundación había sabido que su hermana estaba viva y no se lo había dicho a nadie, tampoco a ella, porque una regla que ella había escrito decía que no.

Todo eso podía defenderse. Lo había defendido con la abogada, con la fiscal, con la policía, en el orden correcto, con las palabras correctas. Lo que no había ensayado era la frase para Helena, y le quedaban dos horas de vuelo y una de coche para encontrarla.