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S e lo llevaron a las once y cinco, por la puerta principal, no por la sauna, con el plumífero puesto y sin esposas, entre Vikander y el agente que Maja no conocía.
Tomas pidió las gafas, que estaban sobre el cuaderno, y Vikander le dijo que el cuaderno se quedaba y las gafas no, y él se las puso, y en la puerta se detuvo, como se detenía siempre en esa puerta para mirar si había cerrado la de la sauna, y luego salió.
No miró a Maja. No dijo nada. Se sentó detrás en el coche de Vikander, con el agente al lado, y el coche bajó por el camino, despacio, y detrás fue el otro, el de los dos de paisano, y el jardín se quedó con el coche de alquiler de Tomas cargado hasta el techo con una alfombra, unos carteles y unas banderas.
Sundell llegó a las once y veinte con otros tres y una furgoneta.
Le dijo a Maja, en el vestíbulo, con el abrigo puesto, dos cosas: que Wiklund estaba detenido por lo de enero, la suplantación y la cita, y por los folios; que de lo del hielo lo único que tenía era lo que Maja había oído, y que lo que había oído lo habían oído tres personas más y una grabadora, y que con eso no había todavía nada que se llamara de ninguna manera.
«Sabe que ella hablaba. Es lo que hay. Es más de lo que teníamos a las nueve».
Y luego le dijo que la casa se registraba, ahora, con ella presente si quería, y que preferiría que se quedara en la cocina.
Maja se quedó en la cocina.
Fueron cuatro horas. Subieron al dormitorio de invitados y bajaron con la bolsa de viaje de Tomas y el portátil en bolsas transparentes con etiquetas.
Abrieron el coche del jardín, sacaron la alfombra, los carteles, las banderas, las pusieron sobre la nieve en fila y las volvieron a meter, y se llevaron el coche.
Fotografiaron el vestíbulo, el perchero de hierro, el cuenco de las llaves.
Fotografiaron la puerta de atrás otra vez, por dentro y por fuera, y el pestillo.
Un técnico con guantes se arrodilló delante de la estufa de la cocina, abrió la portezuela, sacó el cenicero de hierro, lo vació en una bolsa.
Luego metió una linterna y un espejo pequeño por la boca de la estufa y estuvo diez minutos mirando y raspando algo con una espátula en la parte de atrás, donde la ceniza de dos meses se había pegado al hierro.
Sacó una segunda bolsa, más pequeña, con una cosa gris dentro que Maja no pudo ver desde la mesa y no preguntó.
Otro abrió la caseta de la sauna con el candado nuevo, que estaba en el llavero de Tomas, y salió al cabo de un minuto con las manos vacías, porque la caseta llevaba desde el domingo sin nada dentro.
Sundell le dijo que la estufa se había usado cada día desde el trece de enero, que lo que hubiera ahí lo diría un laboratorio y no ella, y que no esperara nada de esa bolsa que no fuera esperar.
A las doce Maja llamó a Petra, desde la cocina, con los policías subiendo y bajando.
Le dijo lo que Sundell le había autorizado a decir: que Tomas estaba detenido, que no iría el jueves a la sede ni el viernes a la rueda de prensa, que las ocho familias necesitaban a otra persona en la sala pequeña y que esa persona era Petra, y que Elin tenía que saberlo hoy, de Maja, no de nadie más.
Petra tardó en contestar. Luego dijo «vale» y luego dijo «¿por lo de los folios?
» y Maja dijo que por eso y por más, y que lo demás no era suyo.
Petra dijo que se ocupaba de la sala y de Elin y de todo, y que Maja se ocupara de su madre.
Luego dijo, más bajo, que había trabajado ocho años a dos mesas de él, y colgó.
Sundell, que había oído la mitad desde el vestíbulo, dijo que la detención no se comunicaría hasta el viernes por la tarde, después de la rueda de prensa, para no convertir la rueda de prensa en otra cosa, y que si se sabía antes no sería por Luleå.
Britt vino a las doce y media. Cruzó el jardín por el pasillo de nieve, con el abrigo abrochado, y entró por detrás sin llamar, porque la puerta estaba abierta y llena de policías, y se quedó en la puerta de la cocina mirando a Maja.
—Se lo han llevado —dijo.
—Sí.
—Lo he visto desde la ventana. Iba con las gafas puestas.
—Sí.
Britt entró en la cocina. No había entrado en esa casa desde el sábado diecisiete de enero, cuando había puesto la cazuela en el fogón.
Se sentó en la silla de Helena, porque era la que estaba libre, y no dijo nada más durante un rato, y las dos oyeron a los policías subir y bajar la escalera, el tercer peldaño cada vez.
Vikander trajo a Helena a las dos y diez.
Maja la vio llegar desde la ventana: el coche de Vikander por el camino, Helena delante, y la cara de Helena cuando vio la furgoneta, y los otros coches, y el suyo, el de Tomas, que ya no estaba.
Vikander le abrió la puerta. Helena bajó, se ajustó el bolso, y entró por la puerta principal como entraba en los salones municipales, sin detenerse, y en el vestíbulo vio las bolsas transparentes junto a la pared y al técnico saliendo de la cocina con la espátula, y siguió andando hasta la cocina, y allí vio a Britt en su silla.
Nadie dijo nada. Vikander se quedó en el vestíbulo.
—Siéntate, mamá —dijo Maja.
Helena no se sentó. Dejó el bolso en la encimera. Miró la mesa, las dos tazas que seguían ahí, la de Tomas a medio beber, fría ya, con el cuaderno al lado dentro de una bolsa transparente con etiqueta.
—Dónde está.
—En Luleå. Detenido. —Maja lo dijo de pie, frente a ella, con la mesa entre las dos y Britt sentada a un lado—. Por lo de los folios. Y por otra cosa, que te tengo que contar yo, porque la fiscal dice que puedo y porque no quiero que la leas.
Helena esperó.
—El nueve de enero Elsa escribió a la fundación. Al canal del protocolo. A Britt. —Maja miró a Britt y Britt asintió, una vez—. Decía que sabía que había una filtración y que venía de dentro. Decía que quería que lo que escribía me llegara solo a mí. Y decía que quería verme.
Helena no se movió.
—Britt nunca leyó ese mensaje. Lo leyó Tomas, desde la sede, esa misma mañana, porque desde otoño el canal llegaba a una bandeja que él podía ver.
Y le contestó. Como Britt. Con el nombre de Britt.
—Maja no cambió la voz—. Le escribió que yo lo sabía.
Que quería verla. Que estaría sola en esta casa la noche del martes trece, porque tú estabas en Estocolmo.
Que viniera por el lago, por la ruta de los postes, y no por el pueblo.
Que la puerta de la sauna estaría abierta.
Y que no volviera a escribir. Y luego lo borró. Hay una copia. La he leído ayer.
Helena miró a Britt.
—Yo no lo vi —dijo Britt—. Lo borró antes de que yo mirara. Miro cada mañana, con el café. Ese día no había nada. Nunca hubo nada, para mí. —Se le fue la voz y volvió—. Si lo hubiera visto, Helena, habría cruzado el jardín. Con protocolo o sin él. Habría cruzado.
—¿Sabía que yo no estaba? —dijo Helena. A Maja.
—Sí. Se lo escribió él. «Su madre está en Estocolmo por el acto».
—Entonces vino porque yo no estaba.
—Vino porque le dijeron que yo estaba. —Maja lo dijo sin bajar la voz—. Vino a verme a mí, mamá. Porque un hombre le escribió que yo la esperaba. Y yo no sabía nada. Nadie sabía nada. Ni tú, ni Britt, ni yo. Solo él.
Helena se quedó con la mano en la encimera.
Miró la cocina como Mikael había mirado un salón en Örebro, según Malin: entera, el fogón, la nevera con el imán, la ventana, la mesa con las dos tazas, la silla en la que estaba Britt, la puerta de la sauna llena de policías. Como si fuera a comprarla o a dejarla.
—Y el hielo —dijo.
—Del hielo no hay nada. La policía no sabe qué pasó. Yo tampoco. —Maja no miró a Vikander en el vestíbulo—. Sé que él estaba aquí y que ella llegó a esa puerta. Lo demás no lo sé, y no te lo voy a decir hasta que lo sepa, porque no voy a decirte una cosa que no sé.
Helena asintió, despacio, como quien confirma un dato que ya tenía. Luego fue hasta la mesa y cogió la taza de Tomas, la de a medio beber, y la llevó al fregadero, y la vació, y la dejó en la pila sin lavarla. Volvió. Cogió su bolso de la encimera.
—Esta noche no duermo aquí.
—Mamá.
—No es por ti. —Miró la puerta de la sauna, los policías, la escalera—. Es que esta casa hoy tiene demasiada gente que no es de esta casa, y yo no puedo dormir con eso. —Se volvió hacia Britt—. ¿Tienes la cama de arriba hecha?
Britt tardó un segundo en entender que le hablaba a ella.
—Está hecha —dijo—. Desde enero.
—Entonces voy.
Helena se puso el abrigo. Cogió del cuenco del vestíbulo, entre las bolsas transparentes, su propia llave, y la miró un momento en la palma, y se la guardó. Vikander se apartó para dejarla pasar. En la puerta de la sauna se detuvo, con la mano en el marco, de espaldas.
—Britt.
—Voy.
Britt se levantó de la silla de Helena, se abrochó el abrigo, y pasó junto a Maja sin tocarla, y salió detrás de Helena por la sauna, y Maja las vio desde la ventana cruzar el jardín por el pasillo entre los setos, una detrás de otra, sin hablar, Helena delante con el bolso y Britt detrás con las manos en los bolsillos, y llegar al porche de los esquís, y entrar, y la puerta de Britt se cerró y la luz de la cocina de Britt se quedó encendida.
Se quedó sola en la cocina con los policías. Uno de ellos, el técnico de la espátula, le preguntó si quería un café de los suyos, de termo, y Maja dijo que sí, y se lo bebió de pie junto a la ventana, y estaba malo, y le dio igual.
A las cuatro Sundell dijo que terminaban por hoy, que la casa quedaba con precinto en el dormitorio de invitados y en la estufa, que Maja podía dormir en ella si quería y que no le recomendaba nada, ni una cosa ni la otra.
Se llevaron las bolsas. Se llevaron el cuaderno.
La furgoneta se fue, y los coches, y el camino se quedó vacío, con las marcas.
Maja recogió su taza de la mesa. La de Tomas seguía en la pila, boca arriba, con un fondo de café frío que Helena no había lavado. La lavó ella. La secó. La puso en el armario con las demás, en su sitio, porque era la taza de la casa y no de nadie, y cerró el armario.
Luego se sentó en la silla de Helena, que era la que estaba libre, con el armario cerrado a su espalda, hasta que dejó de verse el lago.