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S undell trajo el sobre ella misma, a las nueve de la mañana del jueves, y no lo puso sobre la mesa hasta el final.
Vino sola, en su coche, con una carpeta y el abrigo puesto, y se sentó en la silla de Tomas porque era la que quedaba libre frente a Maja, y no pareció darse cuenta.
Fuera nevaba poco. El precinto del dormitorio de invitados se veía desde la escalera; el de la estufa, desde la mesa. Helena seguía en casa de Britt.
—Le voy a decir lo que tengo desde ayer a las once y cinco hasta hoy a las siete —dijo Sundell—. Todo es provisional. Todo son piezas. Ninguna sola vale nada y no le voy a presentar ninguna como si valiera. Escúchelas en orden y no las sume hasta que yo termine.
Abrió la carpeta.
—Uno. El diecinueve de enero, cuando los de Luleå fotografiaron el jardín y no encontraron nada, un técnico protegió con una tabla un trozo de nieve endurecida junto al segundo pilar del embarcadero, del lado del hielo, porque tenía una huella parcial: talón y media suela, con dibujo.
Estaba en el informe de enero como «sin valor identificativo por el momento».
Ayer se comparó con las botas de Wiklund, las que llevaba, las de siempre.
Compatible en dibujo y en tamaño. No es única.
Hay miles de botas iguales en el norte. Es compatible.
Maja asintió.
—Dos. La manga. El forro blanco del abrigo de su hermana, el que asomaba por el desgarrón, tiene una fibra sintética concreta.
En el puño derecho del plumífero de Wiklund, en la costura interior, el laboratorio de Luleå ha encontrado anoche cuatro fibras de esa clase.
Dos meses de uso del plumífero, dos meses de lavadora no, porque no se lava.
Provisional; lo confirma otro laboratorio en dos semanas. Compatible.
—Tres. La estufa. Lo que raspó el técnico del fondo es un resto de policarbonato fundido con un fragmento metálico dentro. El laboratorio dice, de momento, que es compatible con el chip de un pasaporte biométrico. No dice de qué pasaporte. El de su hermana no ha aparecido en ningún sitio.
—Cuatro. El teléfono de Wiklund. Ninguna llamada la noche del trece.
Y el de su hermana sigue sin llegar de España; cuando llegue no dirá más que dónde estaba una antena, y eso ya lo dice el coche.
Ni al ciento doce, ni a nadie. Ni siquiera a usted, que estaba en Estocolmo a dos calles de su madre.
La sesión en el canal a las nueve y cincuenta, y luego nada hasta las siete y cuarto de la mañana, en que llamó al operador del dron para confirmar la hora.
—Cinco. —Sundell pasó la hoja—. El complemento de Lovisa Ek.
La dirección con la letra menos se escribió a mano en el campo del destinatario; Nordcase lo ve porque el sistema registra si un campo se rellena tecleando o eligiendo de la libreta.
La dirección correcta estaba en la libreta.
Estaba en el expediente de Ek desde el cuatro de febrero, escaneada de la tarjeta de la unidad, y la escaneó él.
Tenía la buena a un clic y tecleó otra. Eso no prueba intención. Prueba que no fue por no tenerla.
Cerró la carpeta.
—Con lo de enero, la suplantación, la cita, el borrado, el router, y con lo de ayer, que sabe que ella hablaba, lo que yo tengo por ahora, y lo digo con las palabras que puedo usar hoy y no con otras, es esto: que la retuvo, que creó un peligro, y que no la auxilió.
Tres cosas. Cómo se llamen, cuánto pesen y qué pase con ellas no lo decido yo en esta cocina ni se lo voy a decir a usted antes de que lo decida quien lo decide.
—Se quitó las gafas—. Lo que no tengo es que la empujara.
No lo tengo y no lo voy a inventar. Su hermana salió de esta casa hacia el hielo por donde no había postes, con un hombre entre ella y los postes, y él salió veinte metros tras ella, la oyó, y volvió.
Es lo que se puede decir. Es más de lo que sabíamos en enero y es menos de lo que su madre querría, y es lo que hay.
Maja miró el precinto de la estufa.
—Se lo agradezco.
—No me lo agradezca. Me lo pidió por escrito el once de febrero, con su nombre el primero. Se lo devuelvo como lo pidió. —Sundell sacó de la carpeta un sobre blanco, cerrado, sin nada escrito, y lo dejó en la mesa, entre las dos, sin empujarlo—. Y esto.
—¿Qué es?
—En la copia del diez de enero, el mensaje de su hermana llevaba un adjunto.
Un archivo de texto. Se llamaba «para Maja», con minúsculas.
El técnico lo extrajo con lo demás. Lo he leído yo, una vez, para el expediente, y Vikander otra, y ninguna de las dos ha apuntado nada, porque no hay nada ahí que la investigación necesite: no habla de cruces, ni de folios, ni de nadie de esta casa.
—Sundell puso el dedo sobre el sobre y lo apartó—.
Esto es una copia impresa. La original está donde tiene que estar.
Es suyo. Puede leerlo, no leerlo, guardarlo, quemarlo en esa estufa cuando le quiten el precinto. No me lo diga.
Maja no tocó el sobre.
—Mañana a las tres de la tarde comunicamos la detención —siguió Sundell—.
Después de lo suyo. A las cuatro mujeres se lo dirá la policía de cada sitio mañana por la mañana, antes que a nadie.
—Miró a Maja—. Si quiere llamar a Ek hoy, puede.
A ella. Con lo que le he dicho de enero y de los folios y nada de lo demás.
Me parece justo y no se lo voy a impedir.
Se levantó. Se abrochó el abrigo. En la puerta de la cocina se detuvo.
—Su madre.
—Está en casa de Britt.
—Lo sé. Lo que le he dicho a usted de enero se lo puede decir.
Lo del hielo, con las tres palabras, también, si quiere; son mías, no suyas, y son provisionales, y ella sabrá lo que es provisional.
Lo del sobre es suyo. —Se puso los guantes—.
Mañana no estaré en Estocolmo. Estaré en Luleå, con él y con un abogado. Nos vemos cuando nos veamos.
Se fue por la puerta principal. Maja la oyó arrancar a la primera.
Se quedó con el sobre en la mesa.
Lo cogió. Pesaba lo que pesa una hoja. Lo miró por las dos caras, blanco, cerrado, sin nombre, y lo metió en el bolsillo interior del abrigo, que estaba en el respaldo de la silla, junto a la foto del trineo y el frontal, y volvió a sentarse.
A las diez llamó a Lovisa.
—Abro en dieciocho días —dijo Lovisa, antes de nada—. Ya tengo las tijeras. ¿Qué?
—Han detenido a Tomas. Ayer. Por los folios y por otra cosa de enero que tiene que ver con mi hermana y que no te voy a contar por teléfono. Mañana por la mañana te lo dirá la policía de Gävle oficialmente. Quería que lo supieras hoy por mí.
Silencio. Ruido de una persiana metálica.
—Tu Tomas.
—Tomas.
—El que escribió mis tres páginas.
—Sí.
—El que puso mal la dirección.
—Sí.
Lovisa no dijo nada durante un rato. Maja oyó la persiana terminar de subir.
—Estuvo entre Mikael y la puerta —dijo Lovisa—. Yo lo vi por la rendija. Estuvo ahí.
—Estuvo.
—Y mandó mi nombre a Sundsvall. A Gävle. A donde fuera.
—Eso lo tiene que decir la fiscal. Pero sí.
—Las dos cosas.
—Las dos cosas.
Otro silencio. Luego Lovisa dijo, con la voz de las citas:
—Vale. Gracias por llamar antes. Yo abro el uno de abril. Si la policía quiere venir, que venga a las ocho, antes de la primera. —Y colgó.
Maja dejó el móvil.
Cruzó el jardín a las once, por el pasillo de nieve, hasta el porche de los esquís, y llamó con los nudillos, dos veces, como había hecho Helena en enero. Abrió Britt. Detrás, en la cocina de Britt, Helena estaba sentada a la mesa con una taza, vestida, peinada, con la lista del trece delante.
Maja se lo dijo de pie, en el vestíbulo de Britt, con la puerta abierta. Lo de enero, entero, como Sundell. Y luego las tres palabras, con la palabra «provisional» delante, y la frase de Sundell sobre el empujón, que no lo tenía y no lo iba a inventar. No dijo nada del sobre.
Helena escuchó sin dejar la taza. Cuando Maja terminó, miró la lista, y luego a Britt. Luego a Maja.
—Tres cosas —dijo.
—Provisionales.
—Ya he oído la palabra. —Helena dejó la taza—. ¿Y ella? ¿Se sabe si… ?
—Habló. Es lo único que se sabe. Que habló y que él estaba lo bastante cerca para oírla.
Helena asintió, muy despacio, como quien confirma un dato que ya tenía. No preguntó qué había dicho. Nadie lo sabía y ella lo entendió sin que se lo dijeran.
—Mañana a las once —dijo—. No cambio una coma.
—No te lo he pedido.
—Lo digo por si lo pensabas.
Britt fue al aparador, abrió un cajón y sacó una cinta con una llave plana. La dejó sobre la mesa, delante de Helena, no de Maja.
—Esta es la A-1 —dijo—. La de la cerradura de arriba.
Ocho años. Mañana se la doy a Gunilla en la sede, delante de quien haga falta, y firmo.
Y le doy la carta. —Miró a Maja—. Me jubilo el treinta y uno.
Lo había pedido para febrero; ya lo sabes.
Lo he retrasado un mes para entregar esto en mano y no por correo. No hay más.
Helena miró la llave. No la tocó.
—Vuelo a las tres —dijo—. Britt viene conmigo. Tú haces lo que quieras.
—Voy en el mismo vuelo.
—Pues en el mismo vuelo.
Maja volvió a la casa por el jardín. Recogió la bolsa, cerró las contraventanas del salón, apagó la estufa, que no estaba encendida, comprobó el precinto sin tocarlo, y salió por la puerta principal con la llave de repuesto del cuenco en la mano, y la cerró, y probó a abrir sin llave, y no abrió.
Volvió a dejar la de repuesto en el cuenco por dentro antes de cerrar la última vez, porque la casa era de Helena y Helena tenía la suya.
En el avión, las tres en filas distintas, Maja llevaba el abrigo en el regazo con el sobre dentro.
No lo abrió. Miró por la ventanilla la costa, el hielo del golfo, el gris, y pensó que Sundell había dicho «es suyo» y que era la primera cosa en dos meses que alguien le decía que era suya y no de una fundación, ni de una fiscal, ni de una madre.
Y que precisamente por eso podía esperar.