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C ajas, primero. Tomas abrió el cuaderno por la página del jueves: el coche cargado, la alfombra, los carteles, las banderas; salida a las ocho con Helena; llegada a la sede a las cuatro; Petra y las ocho familias en la sala pequeña desde las diez; Elin en la mesa; Helena doce minutos; luego Maja.
Lo leyó como leía todo, punto por punto, y Maja dijo que sí a cada punto, y él tachó.
Preguntó si Elin necesitaba los carteles el jueves por la mañana o le valía el viernes a primera hora. Maja dijo que el viernes. Él lo apuntó.
—Y tú —dijo, cuando cerró el cuaderno—. ¿Vas a leer o a hablar?
—Una página. La leo.
—Bien. Es lo tuyo, lo corto. —Bebió—. Sigo pensando que no tenías que dimitir. Lo dije el viernes y lo digo hoy. Firmaste un papel en octubre para llegar a tiempo a enero. Todos firmamos papeles así. El que entró por esa puerta la habría buscado igual.
—Puede.
—Seguro. —Dejó la taza—. Petra lo hará bien, pero Petra no escribió el protocolo. Tú sí. Y ahora te vas justo cuando el patronato acaba de decir que el protocolo se queda.
—Por eso.
Tomas la miró un momento como si no la siguiera. Luego asintió como si la siguiera. Miró el reloj de la cocina, que iba bien, y luego el suyo, que iba igual; era una costumbre que Maja le conocía de las reuniones largas y que en esa cocina, esa mañana, hizo lo mismo que siempre: nada.
La cafetera hizo el ruido de cuando se enfría.
La luz de la cocina era la de las diez de la mañana de marzo, más alta que la de enero, con sombras cortas, y daba en la mesa entre las dos tazas.
Fuera, por la ventana, el lago gris con costra y la línea de postes, y a la derecha, la casa de Britt, con la puerta del porche entornada, que desde la mesa no se veía.
—El otro día, en Örebro —dijo Maja—. En la escalera. Dijiste que hacía nueve años.
Tomas no cambió de postura.
—Nueve en agosto.
—Nunca me lo has contado entero.
—No preguntabas.
—Pregunto.
Tomas giró la taza sobre la mesa, un cuarto de vuelta, y la dejó.
—Ida y Erik. Trece y once, entonces. En agosto de 2016 volví de un viaje de trabajo, dos días, y la casa estaba vacía.
Vacía de verdad: los armarios, los juguetes, la nevera.
Una nota en la mesa con el nombre de un abogado.
—Lo dijo sin subir ni bajar—. Se los había llevado a casa de su madre, a Östersund, y había pedido que la residencia fuera con ella.
Yo no había hecho nada. Eso lo dijo el juzgado también, un año después: que no había hecho nada, que no había un motivo, y que aun así los niños estaban ya instalados allí, con colegio, con amigos, y que cambiarlos otra vez sería peor.
Residencia con la madre. Visitas para mí.
—Cogió la taza y no bebió—. Las visitas duraron dos años.
Luego Ida cumplió dieciséis y dijo que no quería venir. Y Erik hizo lo que hacía Ida.
—¿Y ahora?
—Ahora tienen veintidós y veinte. Ida estudia en Umeå.
Erik trabaja en algo de logística. Lo sé porque lo busco.
—Dejó la taza—. Llamo dos veces al año. Cumpleaños.
No lo cogen. La semana pasada llamé a su madre, una hora, para pedirle la dirección nueva de Erik, que se ha mudado.
No me la dio. Dijo que se lo preguntara a Erik.
—Dejó la taza—. Es la respuesta correcta.
Lo sé. Es la que daría yo a una familia.
Hace tres años Ida me escribió una carta, a máquina, dos páginas, diciendo que era una decisión suya, que no la tomaba por su madre, que no quería contacto y que por favor lo respetara.
Bien escrita. Con la sintaxis de su madre.
—¿Qué decía?
—Que no me odiaba. —Lo dijo mirando la taza—. Que no era eso. Que simplemente no me necesitaba. Eso era lo peor de la carta, y lo escribió ella, o alguien le enseñó a escribirlo.
—¿Y la respetas?
—La respeto en lo que se puede respetar.
No voy a Umeå. No me planto en su puerta.
—Tomas la miró—. Pero no me pidas que crea que una chica de diecinueve años decide sola no volver a ver a su padre después de seis años de vivir con una mujer que se la llevó en dos días con una nota.
Eso no es una decisión. Eso es una decisión de otra persona, tomada tan despacio que la que la dice cree que es suya.
La cafetera se enfrió del todo.
—Por eso vine a la fundación —siguió él, más bajo—.
En 2016, como familia. Y por eso me quedé.
Porque tú y Helena, cada una a su manera, buscabais a gente.
Y una cosa aprendí sentándome con las familias, la aprendí cada semana: que la persona que se va siempre cree que ha decidido, y la que se queda siempre sabe que no.
—Se enderezó un poco—. No digo que no haya casos donde irse sea lo correcto.
Los hay. Lovisa. Anneli. Pero la regla que escribiste dice que la fundación no distingue: que la persona decide y ya está, y la familia se aguanta.
Y yo he visto a cuarenta madres aguantarse.
Y a tres padres. —Miró la mesa—. Y he visto a Helena veinticinco años.
—Lo sé.
—Ya lo sé que lo sabes. Lo votaste el viernes de todos modos, y yo también.
Es lo que hay ahora. —Se encogió de hombros, un gesto pequeño—.
No lo digo para discutir. Lo digo porque has preguntado y porque el jueves ya no vas a ser mi directora, y me apetecía que lo supieras de mí y no de un patronato.
Maja se levantó, cogió la cafetera fría, la vació en el fregadero y puso otra, y mientras subía el agua se quedó de pie junto al fogón, de espaldas, sin decir nada. Tomas tampoco. Cuando la cafetera hizo su ruido, sirvió las dos tazas, primero la de él, y volvió a sentarse.
Miró la ventana. Luego la taza. Luego a él.
—Ayer en Luleå no fue el sellado —dijo—. O no solo. Sundell ha cerrado lo de Elsa. Lo de la muerte. Me lo dijo ayer, con la forense.
Tomas levantó la vista.
—El informe dice que perdió el conocimiento en el momento en que cedió el hielo. Por el frío, por el golpe del agua, no sé. No sufrió. No hubo tiempo de nada. —Lo dijo con la voz ensayada ocho veces en un coche, sin mirar la ventana—. Es lo que hay.
Se calló.
La cocina no hizo ningún ruido. La nevera, sí, y paró.
Tomas miró la taza. La giró un cuarto de vuelta. La dejó. Miró la ventana, el lago, la línea de postes. Tardó lo que tarda una persona en decidir si dice algo o no, y Maja no llenó ese tiempo, y él lo notó o no lo notó.
—No —dijo—. Seguía hablando.
Nada más. Lo dijo en voz baja, a la taza, con el tono con que se corrige un dato en un acta: una fecha, un nombre mal escrito. Y luego no dijo nada, y no la miró, y la mano que tenía sobre el cuaderno se quedó exactamente donde estaba.
Maja no se movió.
—¿Te pidió la mano?
Tomas no contestó. No levantó la vista. La nevera volvió a sonar y volvió a parar. Fuera, un arrendajo cruzó la ventana hacia el comedero de Britt.
Maja se levantó. Fue al fregadero. Abrió el grifo, lo cerró. Se quedó de espaldas a él, con las manos en el borde de la pila, mirando el lago por la ventana, y dijo, con la voz de la reunión de las cajas:
—¿Bajas las banderas el jueves?
Detrás de ella Tomas no contestó a eso tampoco.
Oyó la silla, un poco, no del todo. Oyó, más lejos, la puerta del fondo, que se abría con la llave desde fuera y se oía desde arriba con el pie y no con el puño, y unos pasos que no se sacudían las botas, y la voz de Vikander diciendo su nombre y luego el de él.
No se volvió hasta que Vikander estuvo en la cocina.
Cuando se volvió, Tomas seguía sentado, con las dos manos sobre la mesa, una encima del cuaderno, mirando la taza, y la agente joven estaba en la puerta del pasillo, y el café de él estaba a medio beber y todavía caliente, porque no había pasado tiempo. No había pasado casi nada de tiempo.