El secreto bajo el hielo 40
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L a cocina de Britt tenía a las siete de la mañana cinco personas y una sola luz encendida, la de encima del fogón, y Britt había servido café a todos antes de que nadie hablara.

Luego se había sentado en el taburete de la esquina, con su taza, fuera del círculo, como si la reunión fuera en otra casa.

Sundell, Vikander, dos agentes de Luleå que Maja no conocía, Nilsson y Åström, una mujer y un hombre, jóvenes, de paisano, con las botas todavía con nieve. Maja. Sobre la mesa, un dispositivo del tamaño de un botón de abrigo, con un cable fino, y una hoja escrita a mano por Sundell.

—Empiezo por los límites —dijo Sundell—, porque es lo que usted va a tener en la cabeza a las nueve y media y quiero que estén en el orden correcto.

Miró la hoja.

—Lo que tenemos prueba una suplantación, una cita y un borrado, con una cuenta y una sesión.

Es suficiente para lo que voy a hacer a las diez y cuarenta pase lo que pase.

Lo que no tenemos es nada del hielo, y lo único que puede darnos algo del hielo es que él diga una cosa que no sabría si no hubiera estado.

No una confesión. Una cosa. —Dobló un dedo—.

Por eso la frase del veintitrés. La de la forense y el hielo.

No la repito aquí; usted la sabe y la tiene firmada.

Es falsa. La sabemos falsa Vikander, usted y yo, y está en un cajón con tres firmas.

Usted se la va a decir como si fuera verdad, una vez, en el momento que le diga, y va a callarse.

Si él la corrige, sabremos que sabe algo que no está en ningún informe.

Si no la corrige, no sabremos nada más de lo que sabíamos, y ya está.

—Una vez.

—Una vez. Si la repite, si la explica, si le pregunta «¿tú qué crees?», deja de ser una frase y pasa a ser una trampa que se nota. Una vez, y silencio. El silencio es suyo; no lo llene.

—Y lo que no se dice —añadió Sundell—. Ni copias, ni canal, ni Britt, ni el nueve de enero. Ni la palabra «sesión». Nada de lo que supo ayer. Si él lo menciona, usted no sabe de qué habla. Si pregunta por qué su madre declara, es por la llave; es verdad.

Sacó de la carpeta una hoja de media página y se la tendió a Maja con un bolígrafo: que consentía llevar el dispositivo, que sabía quién escuchaba, que podía interrumpir cuando quisiera. Maja la leyó entera esta vez, cada línea, y firmó, y Sundell firmó debajo, y Vikander de testigo.

Vikander cogió el dispositivo.

—Esto va debajo del jersey, a la altura del esternón, con el cable hacia dentro.

No se nota y no se oye. Lo oímos nosotros, en el coche, en el camino, a doscientos metros; y Nilsson y yo estaremos en el porche de Britt, a ochenta, con la puerta entornada.

Desde que usted diga la palabra hasta que yo esté en esa cocina pasan cuarenta segundos, por el jardín.

Los he cronometrado dos veces esta madrugada, con nieve.

—¿Y la palabra?

—La elige usted. Algo que pueda decir en esa cocina sin que suene a nada. Algo que él no vaya a decir antes.

Maja pensó en el coche de Tomas en el jardín, con el maletero lleno.

—Banderas —dijo—. «¿Bajas las banderas el jueves?» Están en su coche. Es lo que preguntaría.

—Banderas. —Vikander lo apuntó—. Cuando la diga, entro. No espere a que yo llegue para levantarse; levántese, vaya al fregadero, dele la espalda si quiere. No se acerque a la puerta de la sauna. No salga al jardín. No al hielo.

—No al hielo.

—Y si él se levanta antes de la palabra, si va hacia usted, si hace cualquier cosa que no sea estar sentado, dice la palabra igual, aunque no toque, y yo entro igual.

—Vikander dejó el dispositivo—. Y si se le olvida la palabra, dice mi nombre.

Con eso me basta. —Miró a los dos agentes—.

Nilsson conmigo en el porche. Åström en el coche con Sundell, con el receptor.

Nadie se mueve antes de la palabra salvo que oiga algo que no sea una conversación.

Sundell volvió a la hoja.

—Cómo se llega a la frase. No se llega de golpe.

Usted tiene una reunión de trabajo: las cajas, las banderas, el orden del trece, la sala de las familias, Petra.

Hable de eso. Es verdad y él lo espera. Después, él le va a hablar de su dimisión, porque lo hizo el viernes y lo hará hoy; déjelo.

Y en algún momento, cuando la conversación ya sea de ustedes dos y no de la fundación, saque lo que él le dijo en la escalera de Örebro.

—Sus hijos.

—Sus hijos. Es lo que él cree. Es lo que lo mueve, si algo lo mueve.

Déjelo hablar de eso; no lo contradiga, no lo empuje.

Cuando termine, cuando haya dicho lo suyo, usted dice que la fiscal ha cerrado lo de la muerte, que le llegó ayer, y la frase.

Con la voz de las cosas que ya no se pueden cambiar.

Y se calla. —Sundell la miró—. ¿Puede decir esa frase con esa voz?

—La he dicho en voz alta ocho veces desde el veintitrés. En el coche. Sola.

—Entonces la ha dicho más veces que yo.

Britt, desde el taburete, dijo la única cosa que dijo en toda la reunión:

—Va a hablar de los chicos. Siempre lo hace cuando hay una madre delante. Ida y Erik. No los llama «mis hijos»; los llama por el nombre, como si fueran vecinos. —Bebió—. Lo digo por si le sirve.

—Sirve —dijo Sundell.

Vikander miró el reloj de la cocina de Britt, que iba adelantado, y luego el suyo.

—Ocho y veinte. Su madre.

Helena salió de la casa a las ocho y treinta y dos, con el abrigo claro y el bolso, y subió al coche de Vikander, que había aparcado en el camino, delante de la puerta principal, a la vista de todos.

Maja la vio desde la ventana lateral de Britt.

Helena no miró hacia la casa de Britt. Se sentó delante, se abrochó, y el coche enfiló el camino del pueblo.

En la ventana de la cocina de la casa, un momento antes, había habido una figura con un plumífero mirando el coche irse, y luego la figura se había apartado.

—Sabe que su madre declara hoy —dijo Sundell—. Se lo dijo ella anoche en la cena, como usted nos contó. No tiene por qué pensar nada. Una madre que declara sobre una llave es lo normal en esta casa desde enero.

—Lo es.

—Y usted ha dormido ahí. Ha desayunado ahí. Le ha dicho que la reunión es a las nueve y media. Todo es verdad. —Sundell recogió la hoja—. Lo único que no es verdad hoy es una frase, y esa la lleva firmada.

Maja se puso el dispositivo con ayuda de la agente, en el baño de Britt, debajo del jersey gris, con el cable hacia dentro, y se miró al espejo y no vio nada.

Se puso el abrigo encima. Salió a la cocina.

Britt se había levantado del taburete y estaba junto al fregadero, de espaldas, lavando su taza.

—Britt.

—Vete —dijo Britt, sin volverse—. Ya lo sé. Vete.

A las nueve y cinco Maja cruzó el jardín por el pasillo de nieve entre los setos, el que Helena había cruzado en enero en dirección contraria, con la cuerda de Tomas a la altura de la cadera, y no miró atrás porque Vikander le había dicho que no mirara.

La puerta estaba abierta; Tomas la había dejado así al despedir a Helena.

Maja entró, se sacudió las botas, colgó el abrigo en el perchero de hierro, y oyó en la cocina el ruido de la cafetera, que Tomas ya había puesto, porque Tomas siempre ponía la cafetera antes de que llegara nadie.

Se detuvo un segundo en el vestíbulo, con la mano en el perchero.

Tenía en la cabeza el orden de Sundell: las cajas, la dimisión, Ida y Erik, la frase, el silencio, la palabra.

Tenía un botón bajo el esternón que no notaba.

Tenía a ochenta metros a una policía con un cronómetro, y a doscientos, en un coche, a otros dos escuchando la cafetera.

Tenía una foto en el bolsillo del abrigo que acababa de colgar, y un frontal, y dieciocho líneas leídas dos veces la tarde anterior con una frase a la mitad.

Y tenía una cocina, con un hombre dentro sirviendo dos tazas, que la había ayudado durante ocho años en todo lo que había hecho, que había estado entre un hombre y una puerta en Örebro, que había enseñado a una niña un nudo, y que a las nueve y cuarenta de la mañana de un jueves de enero había escrito «Maja lo sabe y quiere verte».

Entró.

—Café —dijo Tomas, y le puso la taza delante, en su sitio de siempre, y se sentó enfrente con la suya y con el cuaderno cerrado a un lado—. ¿Ha ido bien lo del sellado?

—En estudio.

—Como siempre. —Sonrió un poco—. Bueno. Cajas.