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S undell no la llamó. Escribió, a las tres y cinco de la tarde: «Venga a Luleå. Ahora. Sola».
Maja estaba en la cocina de la casa con Helena, que repasaba la lista de acreditados como si fuera a examinarse de ella, y con Tomas en el salón revisando el orden de la rueda de prensa con Petra por teléfono.
Dijo que la fiscal la esperaba por lo del sellado.
Helena no levantó la vista. Tomas dijo «suerte» desde el salón, sin ironía, como se lo habría dicho ocho años antes.
Maja cogió el abrigo y el coche y condujo los noventa kilómetros con la radio apagada y las manos a las diez y diez, y no pensó en nada que pudiera nombrar.
El despacho de la esquina tenía las persianas a media altura. Sobre la mesa, esta vez, había cosas: una carpeta gruesa con el logotipo de Nordcase, una hoja con firmas y sellos, un portátil abierto y girado hacia la silla vacía, y Vikander, de pie, junto a la ventana, con el cuaderno cerrado.
—Siéntese —dijo Sundell—. Voy a enseñarle una cosa y voy a decirle antes qué es y qué no es. Luego la va a leer. Luego hablamos.
Maja se sentó.
—Esto —Sundell tocó la hoja con firmas— es el acta de extracción.
Un técnico de seguridad de Nordcase que nunca había tocado la cuenta de su fundación, con un abogado de la empresa delante y con Vikander presente por videollamada, extrajo ayer a las once de la mañana, de las copias de recuperación de la plataforma, el contenido del buzón del canal del protocolo y de la bandeja compartida a la que se migró en otoño, tal como estaban en cada copia diaria entre el uno y el veinte de enero.
Las copias se hacen cada noche a las tres.
Cada una es una fotografía de cómo estaba el buzón a esa hora.
No es una grabación de todo. No dice quién lee ni cuándo.
Dice qué había en el buzón a las tres de la madrugada de cada día.
—Levantó la mano con dos dedos—. Eso es lo que es. Y ahora lo que hay dentro.
Abrió la carpeta. Dentro había hojas impresas con cabeceras técnicas, sellos de página, y una separada con una pestaña roja.
—Copia del día diez de enero, tres de la madrugada.
En el buzón del canal, un hilo de cuatro mensajes.
En la copia del día once, tres de la madrugada, el hilo no está.
Ni en el buzón ni en la papelera ni en enviados.
Se borró entre las tres de la madrugada del diez y las tres de la madrugada del once.
—Puso el dedo sobre la pestaña—. Y Nordcase, por su lado, tiene el registro de sesión: la cuenta que estaba dentro de esa bandeja compartida el día diez a las siete y doce de la mañana, desde la red de su sede, durante seis minutos, es la de Tomas Wiklund.
Es la única cuenta que entra en esa bandeja ese día antes de las ocho.
La de Britt Lindqvist entra a las ocho y cuatro, desde una red doméstica del norte. A las ocho y cuatro ya no hay hilo.
Maja miró la pestaña roja.
—Primer mensaje —dijo Sundell—. Jueves nueve de enero, ocho y doce de la mañana.
Remitente: el código V-3, por el canal, como los otros cuarenta y un mensajes de V-3 de los últimos seis años.
Destinataria: Britt Lindqvist, por su nombre.
—Se detuvo —. Lo va a leer usted. Es de su hermana.
No se lo voy a leer yo y no está en ningún resumen que vaya a firmar nadie.
Le digo lo que dice para el expediente, en tres líneas.
Luego lo lee. Dice que ha detectado que el cruce de datos que denunció en noviembre y diciembre sigue activo y que cree que viene de dentro de la casa.
Dice que no confía en el sistema y sí en Britt, y que necesita que lo que va a decir llegue a una sola persona, que es usted, y a nadie más.
Y dice que quiere verla. A usted. Que va a venir a Suecia y que quiere verla.
Giró el portátil hacia Maja.
Maja leyó.
Era la voz de los informes, escrita a máquina, y era otra cosa.
Dieciocho líneas. Maja las leyó una vez, y luego otra, y en la segunda se le fueron los ojos a la mitad, a una frase, y ahí se quedaron, y luego terminó.
No lloró. Apoyó la mano en la mesa, al lado del portátil, y la dejó ahí, plana, como se deja la mano en una mesa cuando la mesa es lo único que no se mueve.
Vikander, en la ventana, miró hacia fuera.
Sundell esperó lo que hizo falta. Luego giró el portátil hacia sí.
—Segundo mensaje. Nueve de enero, nueve y cuarenta de la mañana.
Desde la bandeja compartida. Firmado: Britt.
La sesión que estaba en la bandeja a las nueve y cuarenta era la de la cuenta de Wiklund, desde la sede.
Este sí se lo leo, porque no es de su hermana.
—Leyó, sin entonación—: «Maja lo sabe y quiere verte.
Estará sola en la casa del lago la noche del martes trece; su madre está en Estocolmo por el acto.
No vayas por el pueblo: ve desde la comarcal por la ruta de invierno, con los postes, hasta el embarcadero.
La puerta de la sauna estará abierta. No escribas más por aquí; este canal ya no es seguro. Britt».
Maja no dijo nada.
—Tercer mensaje. Nueve de enero, siete y media de la tarde.
V-3. Una palabra: «Iré». —Sundell pasó la hoja—.
Cuarto. Nueve de enero, siete y treinta y cuatro.
Desde la bandeja. Firmado: Britt. «Bien».
—Cerró la carpeta—. Y el día diez a las siete y doce de la mañana, la cuenta de Wiklund entra seis minutos en la bandeja y a las tres de la madrugada del once el hilo no existe.
—Y el trece.
—El trece de enero a las veintiuna y cincuenta, que todavía existe porque enero no caduca hasta abril, la cuenta de Wiklund entra en el canal durante dos minutos desde una red que Nordcase identifica por la conexión de su casa del lago.
La de ustedes. El router que usted contrató en 2020 para que Tomas pudiera trabajar desde allí; Vikander lo ha comprobado con el proveedor de internet esta mañana.
No hay mensaje nuevo esa noche. Solo entra, mira, y sale.
Dos minutos. A las diez menos diez de la noche del martes.
La ventana, las persianas a media altura, el gris de fuera.
Elsa había escrito a Britt. Había escrito porque no confiaba en el sistema y sí en una mujer que le había dado una llave, y había pedido que lo que decía llegara solo a Maja, y había dicho que quería verla.
Y alguien había leído eso desde la sede, a las nueve de la mañana, con la cuenta de coordinador que ella misma le había dado, y había contestado como Britt, en una hora y media, con la voz de Britt, con la sintaxis de Britt, y le había dicho a Elsa lo único que la haría cruzar un lago: que la hermana pequeña sabía y esperaba, sin nadie más en la casa.
Y le había dicho por dónde. Y le había dicho que no escribiera más.
Y había borrado. Y el martes por la noche, a las diez menos diez, había mirado el canal desde la cocina de Helena, con la estufa encendida y las contraventanas del salón abiertas, para ver si venía.
No había usado el miedo de Elsa. Había usado otra cosa.
Había usado que Elsa quería ver a Maja y que Maja, si hubiera sabido, habría querido verla.
Las dos. Había leído el deseo de una en dieciocho líneas y había puesto el de la otra en una respuesta de seis, y ninguna de las dos hermanas se había enterado de que la otra no sabía nada.
—¿Qué prueba esto? —preguntó Maja, y su voz sonó como sonaba en las reuniones.
—Se lo digo exacto. —Sundell se puso las gafas—.
Prueba que su hermana escribió al canal el nueve de enero y qué escribió.
Prueba que alguien contestó desde una sesión de la cuenta de Wiklund haciéndose pasar por Lindqvist y la citó en esa casa esa noche por esa ruta.
Prueba que el hilo se borró y que la única cuenta en la bandeja esa mañana era la suya.
Prueba que la cuenta de Wiklund entró en el canal desde la casa a las nueve y cincuenta de la noche del trece.
—Bajó la mano—. No prueba que él estuviera en el teclado.
Lo probará o no lo probará lo demás: que la cuenta es suya, que estaba en la sede a las nueve y cuarenta del nueve y en la casa a las nueve y cincuenta del trece, que no existe el escrito de octubre, que nadie más ha usado esa cuenta nunca.
Eso lo dirá un juez. Yo lo creo. —Se quitó las gafas—.
Y no prueba nada del hielo. Nada. Ni una manga, ni siete dedos, ni veinte metros, ni si él salió o no salió o qué hizo si salió.
Eso no está en ninguna copia. Se lo digo para que no salga de aquí pensando que esto termina esta noche.
—¿Y cómo termina?
Sundell miró a Vikander. Vikander se apartó de la ventana.
—Mañana a las nueve y media usted tiene una reunión con él en la casa —dijo Sundell—.
Está en el calendario de Petra desde el lunes: las banderas, las cajas, el orden del trece.
Es previa. La mantengo. Y le propongo que en esa reunión, con lo que acordamos el veintitrés, con la frase que firmamos, con un micrófono encima y con Vikander y dos agentes a menos de un minuto, usted hable con él de lo que hablaría y, en un momento que preparamos juntas, le diga la conclusión falsa. Una vez. Y escuche.
—Y si no dice nada.
—Entonces no dice nada, y lo detengo a las diez y cuarenta por lo que sí tengo, que es esto.
—Sundell tocó la carpeta—. Y el hielo se queda como está.
Con esto lo detengo mañana de todos modos, con usted delante o sin usted.
Lo que le pido no es que lo detenga. Es que le dé una ocasión de decir una cosa que solo sabe quien estuvo allí, antes de que tenga un abogado al lado.
Es lo único que puedo pedirle, y es mucho, y puede decir que no.
El portátil cerrado. Dieciocho líneas dentro. Una frase a la mitad.
—Consiento —dijo—. En principio. Dígame mañana cómo, y entonces le digo si sí.
—Mañana a las siete, en casa de Lindqvist. Ya lo sabe; ya ha dicho que sí y que no pregunta.
—¿Y mi madre?
—Su madre viene a Luleå a las ocho y media con Vikander, a declarar sobre el pestillo y sobre la llave de la casa que le dio a Wiklund en 2020. Es verdad que tiene que declararlo. Es verdad que es mañana. —Sundell recogió la hoja de firmas—. Y es verdad que no va a estar en esa cocina.
Vikander le abrió la puerta.
En el pasillo, con las persianas de todos los despachos a media altura, Maja se detuvo con la mano en la pared. Vikander se detuvo con ella y no dijo nada.
—Dieciocho líneas —dijo Maja.
—Las he leído —dijo Vikander—. Para el expediente. No las he apuntado.
Maja bajó al aparcamiento. El coche estaba donde lo había dejado, con el hielo sucio alrededor. Se sentó dentro y no arrancó.
Elsa había escrito «quiero verla». Lo había escrito a las ocho y doce de la mañana de un jueves, en una isla, después de seis años sin escribir un nombre.
Y había venido. Había comprado un billete un sábado, había dormido en un hotel de aeropuerto un lunes, había aparcado en un apartadero un martes y había contado cincuenta y un postes en la oscuridad para llegar a una puerta abierta donde la esperaba su hermana. Y la puerta estaba abierta.
Maja puso el motor en marcha. Tenía noventa kilómetros hasta una cocina donde Tomas estaba revisando el orden de una rueda de prensa con Petra, y tenía que entrar, colgar el abrigo, decir que lo del sellado seguía en estudio, cenar, y dormir en la habitación de al lado de la de su madre con la puerta abierta, y no decir una palabra.
Lo había hecho durante cinco semanas sin saber lo que sabía ahora. Iba a hacerlo una noche más sabiéndolo.
Condujo. A las diez y diez. Con la radio apagada.