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V ikander abrió y cerró la puerta de la sauna once veces, y a la undécima dijo «ya», y apuntó algo.
Eran las cuatro y diez de la tarde del lunes nueve de marzo.
Maja había llegado a las tres, desde el aeropuerto, con el coche de la agencia, por el camino del pueblo; había aparcado junto al coche de Tomas, que ya estaba, y había entrado por la puerta principal, no por la sauna, porque Vikander quería la sauna intacta hasta que ella llegara.
Helena la había recibido en el vestíbulo con un «hola» y una mirada al abrigo, que era el mismo de enero, y había vuelto a la cocina.
Tomas había salido del salón con el cuaderno, había dicho «has llegado bien» y se había quedado a dos metros, como se queda uno de un compañero de trabajo en casa de la madre del compañero.
La comprobación fue lo que Sundell había dicho: una policía mirando una puerta.
Vikander echó el pestillo desde dentro y lo quitó, y volvió a echarlo, y midió con el dedo cuánto asomaba la lengüeta cuando estaba quitado.
Salió al porche, cerró, y probó a abrir desde fuera con la llave de la casa, la de Helena, que Helena le había dado sin preguntar; abrió.
Probó sin llave; no abrió. Pidió a Tomas que subiera al dormitorio de arriba, el de invitados donde había dormido en enero, y cerrara la puerta, y desde el porche golpeó la puerta de la sauna con el puño tres veces, y luego con la palma, y luego con el pie, y subió a preguntarle qué había oído.
Tomas dijo que el puño no, la palma apenas, el pie sí.
Vikander lo apuntó. Volvió a bajar, se quedó en el vestíbulo mirando el cuenco de las llaves, el perchero de hierro, la puerta de la cocina, y dijo «ya».
—¿Y? —preguntó Tomas, en el pasillo, con la naturalidad de quien pregunta por el tiempo.
—Y nada —dijo Vikander—. Una puerta que se abre con llave desde fuera y que se oye desde arriba si se golpea fuerte. Es lo que usted dijo. Lo apunto.
—Bien.
—Bien.
Se fue a las cuatro y media, con el cuaderno, sin café, y desde la ventana Maja la vio subir al coche y no arrancar hasta un minuto después.
A las cinco Maja salió al jardín a mirar la caseta de la sauna.
Estaba vacía: la alfombra del acto, los carteles con el nombre de la fundación, las banderas, todo cargado ya en el maletero y el asiento trasero del coche de Tomas, sujeto con cinta, ordenado como ordenaba él.
Tomas lo había hecho el domingo por la tarde, nada más llegar, según Helena, «sin que nadie se lo pidiera».
La puerta de la caseta estaba cerrada con el candado nuevo.
Maja no lo tocó. Desde la caseta se veía el porche de Britt, sin luz todavía, y el comedero con dos arrendajos, y el pasillo de nieve entre los setos, con la cuerda de Tomas, que nadie había pisado desde enero salvo Helena una tarde.
Cenaron a las seis. Pescado, patatas, tres personas, la misma mesa.
Helena preguntó a Tomas por las cajas de la caseta: la alfombra, los carteles, las banderas del acto, todo cargado ya en el coche de él para bajarlo el jueves.
Tomas dijo que sí. Helena preguntó a Maja si había leído el orden de la rueda de prensa que Elin había mandado.
Maja dijo que sí. Helena dijo que ella hablaba doce minutos y que había cronometrado.
Tomas dijo que las familias estarían en la sala de al lado con Petra.
Nadie dijo nada del patronato del viernes ni del voto ni de la palabra dimisión.
Tomas estaba como siempre: atento, útil, sirviendo agua antes de que se pidiera, preguntando a Helena por la compota como se pregunta a una madre.
Maja lo miró comer y pensó que no había nada que mirar, que era exactamente lo que había habido en esa mesa en enero y en 2020 y en 2016, y que eso era lo que hacía imposible mirarlo de otra manera y lo que hacía imposible no hacerlo.
Helena sirvió el postre, que era una compota, y Tomas fregó, y Maja secó, y Helena subió a las ocho, un peldaño cada vez.
A las ocho y veinte Maja se puso el abrigo.
—¿Sales? —preguntó Tomas, desde el salón.
—Voy a andar.
—Hace menos doce.
—Ya lo sé.
Él no se ofreció a acompañarla. Maja lo registró como registraba las cosas, sin decidir todavía qué significaba, y salió por la sauna, y cerró la puerta detrás de sí sin echar el pestillo, porque no se podía echar desde fuera.
La noche estaba clara y sin viento. El lago era una superficie gris con costra de nieve vieja, y la línea de postes salía del embarcadero en diagonal hacia la otra orilla, cada uno con su reflector devolviendo la luz del porche de la sauna hasta donde la luz llegaba, que eran tres postes, y después nada.
Maja se puso el frontal, que llevaba en el bolsillo desde enero y que había cambiado de abrigo dos veces sin salir del bolsillo, y lo encendió.
Miró el reloj: las ocho y veinticuatro. Tocó el primer poste con la mano enguantada, como Britt había tocado ese mismo poste en enero, y empezó a andar.
La costra crujía y a veces cedía dos centímetros.
Los postes iban a cuarenta metros unos de otros, con la nieve amontonada del lado del viento, y entre uno y el siguiente no había nada que mirar salvo el siguiente: el haz del frontal iluminaba nieve, nieve, y a cuarenta metros un reflector que se encendía como un ojo, y ella iba hacia él, y se apagaba detrás, y se encendía el siguiente.
Contó. Uno. Dos. Cinco. Anduvo al paso de una mujer con botas de nieve que va a un sitio, ni deprisa ni despacio.
Nueve. Diez.
A la derecha, hacia el norte, el lago se abría sin postes hasta el bosque, y en algún punto por allí, a treinta metros de las balizas y a ciento setenta del embarcadero, había estado una mancha gris con una película lisa encima, y ahora no había nada que se distinguiera de nada.
A la izquierda, las luces del pueblo, pocas.
Detrás, la casa, con la ventana de la cocina y la de arriba encendidas, cada vez más pequeña, y la de Britt.
Diecisiete. Dieciocho.
Pensó en lo que no había querido pensar en el avión: Elsa por aquí, en dirección contraria, a las once de la noche del trece de enero, con un abrigo azul comprado en España y una llave en el bolsillo, a menos dieciocho, con la casa delante y las contraventanas del salón abiertas porque Tomas las había abierto, y la luz.
Sabiendo que su madre no estaba o sin saberlo.
Andando al paso de una mujer que va a una casa.
Y contando, porque Elsa contaba siempre; lo había hecho a los siete años con Maja dormida en el trineo y a los diecinueve subiendo un talud a las cinco de la mañana, y lo habría hecho a los cuarenta y cuatro, por costumbre, sin darse cuenta de que contaba.
Veintiséis. Veintisiete.
Maja anduvo. Era fácil. Era lo más fácil que había hecho en cinco semanas: andar en línea recta entre dos orillas por un camino que otros habían marcado para eso.
Y Elsa, después de llegar por aquí, había vuelto al hielo por otro sitio, sin postes, con una manga rota hacia atrás, y no había vuelto a salir.
Treinta y nueve. Cuarenta.
La otra orilla ya se veía: el talud, la comarcal, el apartadero, todo oscuro. El haz del frontal fue de poste en poste hasta que el último asomó junto a la orilla, con el reflector mirando hacia la casa y no hacia ella, como todos, porque la ruta estaba pensada para quien venía, no para quien iba.
Cincuenta y uno.
Lo tocó. Miró el reloj: las nueve y cuatro. Cuarenta minutos.
Subió el talud por donde Elsa lo había bajado en 2001 y lo había subido en 2026, hasta el apartadero, hasta los surcos helados de un coche de alquiler que ya no estaba, y se quedó de pie en el asfalto, con el frontal encendido y las manos en los bolsillos, respirando.
Cuarenta minutos. Elsa había tardado eso, o menos, porque andaba más deprisa que su hermana pequeña, siempre.
Cuarenta minutos de lago para llegar a una puerta, y detrás de la puerta un hombre con una linterna grande, y después veinte metros de línea doble y cuarenta de línea sola.
Maja lo tenía en las piernas, en el frío de la cara, en el aliento que el frontal iluminaba delante de ella, y no sabía qué hacer con ello salvo tenerlo.
Un coche pasó por la comarcal, hacia el norte, con las largas, y las luces la barrieron un segundo y siguieron.
Maja pensó en un coche parado en ese mismo sitio a las cinco y veinte de una mañana de 2001, con los faros apagados y una mujer de treinta y un años rascando el parabrisas con la uña, esperando a que alguien subiera el talud con una mochila azul.
Katrin había dicho «cincuenta y uno». Elsa lo había dicho al entrar.
Y Maja acababa de decirlo en voz alta, sola, en el apartadero, sin darse cuenta de que lo decía.
Apagó el frontal.
Desde el apartadero, sin luz, el lago era una franja gris y la casa, al otro lado, dos ventanas encendidas y un porche, a dos kilómetros: la cocina, con su madre dentro o ya arriba; el dormitorio de arriba, el de Elsa, con la luz que Helena dejaba encendida ahora; el porche de la sauna, que Tomas había dejado dado para ella.
Britt, a la derecha, con su rectángulo amarillo.
Y en ninguna parte, porque no se veía y porque Sundell lo había dicho, alguien más, mirando.
Había pensado, en el avión, que después del pestillo cenaría el pescado, andaría el lago si le apetecía, y cogería el coche hasta Luleå, como desde febrero, como Sundell no había dicho pero había dejado entender.
Que estar a ochenta metros de Britt y a una escalera de Tomas de noche no era algo que hiciera falta.
Y estaba en el apartadero con cuarenta minutos en las piernas, y no iba a coger ningún coche, porque el coche estaba en el jardín de la casa y la única manera de volver a él era por donde había venido.
No era valentía; Sundell lo habría llamado otra cosa.
Era que su hermana había cruzado ese lago para llegar a esa casa y había encontrado a alguien en la puerta, y que ella iba a cruzarlo ahora en la misma dirección, a la misma hora, y a encontrar a las mismas personas, y quería estar dentro cuando fueran las tres de la madrugada, en la habitación de al lado de la de su madre, con la puerta abierta, y no en un hotel con las luces de una pista.
Eso era lo que había esa noche. Eso era lo que Maja quería que hubiera.
Encendió el frontal. Bajó el talud. Tocó el poste cincuenta y uno, que ahora era el uno, con el reflector mirándola de frente, el único de todos, y empezó a contar hacia atrás.