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E l sábado a las nueve de la mañana, a la hora en que la gente llama cuando ha decidido no esperar al lunes, sonó el teléfono de Maja. Sundell.
Maja estaba en su piso, con café, delante de un texto para el trece que tenía dos versiones, la de leer y la de hablar, como le había pedido Elin, y ninguna de las dos le servía. Puso el altavoz y dejó el móvil sobre la mesa.
—Le voy a decir una cosa que no le he dicho hasta ahora porque no la necesitaba —dijo Sundell—.
Desde el lunes dos, desde que llegó la carta de Ana Lindström, Tomas Wiklund está bajo observación.
Policial. No le voy a decir cómo, ni cuánta gente, ni dónde.
Le digo que existe y desde cuándo. Se lo digo hoy porque el lunes usted va a estar en la misma casa que él, en el norte, y necesito que sepa que no estará sola aunque lo parezca.
Maja dejó enfriar el café.
—Desde el dos.
—Desde el dos. Antes de que Nordcase contestara. Con la carta bastaba para pedirlo, y lo pedí. —Una pausa—. La furgoneta de la esquina, el viernes, no era prensa. No mire más furgonetas. No sirve de nada y él podría notarlo.
—¿Por qué no lo detienen?
—Porque una cuenta no es una persona, una frase falsa a una policía no es un delito por sí sola, y una carta a un apartado de correos prueba una carpeta, no una mano.
—Sundell lo dijo como quien ha contestado esa pregunta antes, a sí misma—.
Lo que tengo alcanza para mirar. No alcanza para más.
Lo que alcance para más, si alcanza, está en unas copias que llegan el martes. Hasta entonces, se mira.
—¿Él lo sabe?
—No. No creo. Ha hecho su vida: sede, casa, gimnasio los martes, el patronato de ayer, una llamada larga con su exmujer el miércoles que no es asunto mío.
Ha reservado un vuelo a Luleå para mañana a las diez y un coche.
Va a subir al lago a por las cosas del acto y a bajar a su madre el jueves.
—Sundell habló más despacio—. Y usted sube el lunes.
Lo vi en el calendario de Petra, que ahora me lo manda.
—Tengo una cosa con Vikander en la casa. La puerta de la sauna, el pestillo. Ella quiere verlo conmigo delante.
—Lo sé. Lo mantengo. Se hace el lunes a las cuatro, como está previsto, y usted llega el lunes y no antes.
Viajan por separado. No comparte coche con él ni desde el aeropuerto ni hacia ningún sitio.
No sale al hielo con él. No cruza el jardín con él de noche.
—No era una lista de consejos; era una lista—.
Si él propone cualquier cosa fuera de lo previsto, una cena en el pueblo, un paseo, «ven que te enseño algo en la caseta», usted dice que no con la excusa que quiera, y me escribe.
—¿Y si me pregunta por qué?
—Usted lleva un mes diciéndole que no sin explicar por qué. Siga.
Maja se levantó y fue a la ventana. La calle de un sábado por la mañana, con un hombre paseando a un perro y una mujer con bolsas.
—No voy a hacer nada —dijo—. No voy a preguntarle nada. No voy a decirle una palabra del hielo.
—Lo sé. No la llamo por eso. La llamo porque hay una diferencia entre no hacer nada y saber que no hay que hacerlo, y la segunda se aguanta mejor a las tres de la madrugada en una casa con dos personas dentro.
—Sundell se detuvo un segundo—. Una cosa más.
Las copias. Nordcase dice el martes, no el lunes.
Tres días de retraso sobre los siete. Su abogado ha pedido «una verificación adicional de alcance», que es como llaman a asegurarse de que no les pido más de lo que puedo pedir.
El martes diez, por la tarde, las tengo.
Si tienen algo, usted lo sabrá el martes por la noche. Si no tienen nada, también.
—El martes.
—El martes. Y hasta el martes, un fin de semana en Estocolmo, un lunes en el norte, una puerta de sauna con Vikander y una madre que no sabe nada de esto y que no va a saberlo por usted. ¿Puede?
—Puedo.
—Ya lo sé que puede. Se lo pregunto para que lo diga.
—Lo del pestillo —añadió Sundell—. Vikander quiere ver con usted delante cómo cierra esa puerta: si el pestillo de dentro se puede dejar sin echar sin que se note, si la puerta se abre desde fuera con la llave de la casa, si se oye desde el dormitorio de arriba.
Lo hará con Wiklund en la casa, porque está en la casa, y no lo va a esconder.
Es una comprobación de un detalle de su declaración. Él lo entenderá así, porque es así.
—¿Y mi madre?
—Su madre verá a una policía mirar una puerta. Ya ha visto a muchas.
Colgó.
El hombre del perro había dado la vuelta a la manzana y volvía.
Pensó en Tomas subiendo mañana a las diez, con el coche de la agencia, por la carretera de la comarcal, hasta la casa; en Helena abriendo la puerta y poniendo dos tazas en la mesa como ponía dos tazas para cualquiera que llegara; en la caseta de la sauna con la alfombra enrollada del acto, y en las llaves.
Tomas tenía llave de la casa desde 2020.
Helena se la había dado. Maja lo sabía y nunca había pensado en ello hasta el veintiuno de febrero, en un avión, con las líneas del hielo cerradas bajo los párpados.
Y ahora sabía otra cosa: que desde el dos de marzo alguien miraba a Tomas Wiklund por ella, y que ese alguien no iba a estar en la cocina de su madre a las once de la noche del lunes.
A las once llamó Ingrid: la fiscal había contestado por fin a lo de la mujer de Karlstad, la que pedía que la borraran del libro.
No se podía tocar el libro mientras estuviera precintado; cuando dejara de estarlo, la fundación decidiría con la política aprobada el viernes, que no decía nada de borrar y sí de no comunicar.
Ingrid preguntó si eso se lo decía ella a la mujer o Petra.
Maja dijo que Petra, con esas palabras y sin promesas.
Ingrid dijo que bien. Luego dijo que había leído la tercera versión del texto del trece, la corta, porque Maja se la había mandado a las siete de la mañana sin darse cuenta, y que no cambiaría nada, y que eso no le pasaba con Maja desde 2019.
A las doce escribió Elin: las tres cadenas confirmaban, la agencia extranjera también, y una de las cadenas insistía en «madre e hija en el mismo plano».
Elin preguntaba qué contestaba. Maja escribió: «Que en el mismo plano van a estar, porque es la misma mesa.
Que no hay más». Elin contestó con un «ok» y, un minuto después: «Yo también estaré en la mesa. Por si sirve».
Escribió a Helena: «Llego el lunes a las tres.
Duermo en casa. Tomas va el domingo; ya lo sé».
Helena tardó una hora: «Bien. Hay pescado».
Maja miró el mensaje un rato y luego pensó que desde enero su madre no le había dicho por escrito lo que había para cenar, y que eso, en la casa del lago, siempre había sido la manera de decir otra cosa.
Luego volvió a la mesa, apartó las dos versiones del texto del trece, y escribió una tercera, corta, que empezaba con la excepción y su firma y terminaba con la frase aprobada el viernes, y no decía nada de Tomas, ni de copias, ni de hielo, porque nada de eso era suyo para decirlo, y lo suyo, lo único suyo, cabía en una página.
Lo guardó sin releerlo. El lunes, en el avión, lo leería una vez. El martes, con lo que saliera de las copias, lo leería otra. Y el viernes, después de Helena, lo diría o no lo diría, y eso, después de cinco semanas, no dependía de nadie más que de ella.