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E l orden del día tenía tres puntos y los tres eran de Maja, y Gunilla los leyó en el mismo tono con el que había leído, en enero, el encabezado de un libro que nunca había mirado.
Fuera no había cámaras. Elin lo había comprobado dos veces.
—Punto uno —dijo Gunilla—. Comunicación de la directora.
Maja no se levantó. Leyó la primera parte, tal como la había escrito el miércoles, sin adjetivos: el veintiocho de octubre, la excepción, la revisión aplazada, la carpeta heredada, la puerta, los cuatro folios.
Que lo haría público el trece con su nombre.
Tardó un minuto y medio. Nadie la interrumpió.
—Punto dos.
—Presento mi dimisión como directora con efecto el trece de marzo, después de la rueda de prensa. Propongo que Petra asuma la dirección en funciones hasta que el patronato decida. No pido que se vote; lo comunico.
Wenner miró a Hedman. Hedman no miró a nadie. Olofsson dijo «Maja» en voz baja, como quien empieza una frase, y no la terminó. Eva y Per miraron a Helena. Helena miraba la mesa.
—Se toma nota —dijo Gunilla—. Antes del punto tres, el mandato del dos de febrero: mecanismo de revisión externa. La dirección lo ha presentado por escrito el lunes. ¿Se da por recibido?
Wenner dijo que lo había leído, que era lo que él llevaba dos años pidiendo, y que proponía aprobarlo por asentimiento y nombrar a la profesora de Uppsala de la lista como primera revisora, con un mandato de un año.
Nadie se opuso. Helena dijo que constara que ella no se oponía a que alguien de fuera mirara, sino a lo que iba a mirar. Constó.
—Punto tres. Propuesta de política de servicios.
Maja leyó la frase. La fundación verifica que un adulto está a salvo y no comunica su identidad, su localización ni su situación a nadie sin la autorización de esa persona; con revisión externa de cada cierre, según el mandato del dos de febrero. Una frase. Dejó el papel.
—Es el protocolo —dijo Helena.
—Es el protocolo con alguien de fuera mirando. Es lo que este patronato mandató hace un mes.
—Lo que este patronato aplazó hace un mes fue mi propuesta. Y me dijeron que hasta que la fiscal se pronunciara. —Helena levantó la vista—. ¿Se ha pronunciado?
—No.
—Entonces la mía sigue aplazada y la tuya se vota hoy. Es una manera de hacer las cosas.
—Es la que hay. —Maja no bajó la voz ni la subió—.
El trece vas a decir que el protocolo falló.
Es verdad. Falló por una puerta que yo dejé sin revisar, y lo voy a decir con mi nombre.
Lo que propongo hoy es que cuando yo no esté, la fundación tenga escrito qué hace con cuarenta y tres personas que confiaron en un papel.
Que verifica. Que no comunica sin permiso.
Y que alguien de fuera lo mira. Si el patronato prefiere otra cosa, que la vote.
Pero que vote algo antes del trece, porque el trece habrá cuarenta y seis periodistas preguntando qué hace la fundación ahora, y «está en estudio» no es una política.
Wenner pidió la palabra.
—Voto a favor de la frase. No porque me guste todo lo que ha pasado; porque es la única frase que esta fundación puede decir el viernes sin que un abogado tenga que corregirla el lunes.
—Miró a Helena—. Y porque tu propuesta, Helena, con todo el respeto, la votaremos cuando la fiscal diga que se puede, y no antes, y tú lo sabes.
—Lo sé. —Helena no lo miró—. Sigue.
Hedman dijo que votaba a favor y que la empresa mantenía la aportación un año más si esa frase se aprobaba, y que no lo decía como condición sino como información.
Björk preguntó a Maja si «sin permiso» incluía el caso en que la persona hubiera muerto.
Maja dijo que sí: que muerta o viva, la fundación no comunicaba lo que la persona no había autorizado, y que en el caso de su hermana la única excepción la había hecho un lago.
Björk lo apuntó y dijo que votaba a favor.
Luego preguntó una cosa más, no para el acta: qué debía la fundación a las cuatro mujeres de los folios, además de una investigación.
Maja dijo que no lo sabía; que dos no querían nada, que una se había ido sin decir adónde, y que la cuarta abría un salón en abril y había pedido que le dijeran los resultados del patronato antes que a la prensa.
Björk dijo que eso último, al menos, se podía hacer, y Maja dijo que se haría esa noche.
Olofsson dijo que ella no podía votar una frase que dejaba a cuarenta y tres familias donde estaban, aunque entendiera por qué, y que votaba en contra.
Eva y Per dijeron que en contra, por lealtad, y lo dijeron con esa palabra.
Tres y tres.
Gunilla miró la silla del fondo.
—Representante de la plantilla.
Tomas se enderezó. No miró a Maja. Miró a Helena, como en febrero, y luego a la mesa.
—A favor —dijo—. Voto a favor de la frase.
Helena giró la cabeza hacia él, despacio, y él sostuvo la mirada.
—Las familias que yo veo cada semana no necesitan que esta fundación les diga un nombre el trece de marzo.
Necesitan que exista el catorce. Y el mes que viene.
Y que cuando una mujer llame para decir que está viva, alguien lo apunte y nadie lo mande a nadie.
—Hizo una pausa—. Yo he creído siempre lo que dice Helena.
Lo creo hoy. Y voto a favor de lo otro, porque hoy lo otro es lo que deja a la fundación de pie, y una fundación caída no le dice nada a ninguna madre.
—Cuatro a favor, tres en contra —dijo Gunilla—. La presidenta no vota.
—La presidenta no vota —dijo Helena.
Se aprobó. Gunilla apuntó la hora: las cinco y cincuenta y uno.
—Y una cosa de logística, para el trece —dijo Tomas, desde el fondo, cuando Gunilla ya cerraba el acta—. Vienen ocho familias. He pedido una sala aparte para ellas, con alguien de la casa, para que no tengan que estar delante de la prensa cuando hable la presidenta. Está en el correo del miércoles.
—Aprobado —dijo Gunilla, sin mirar a nadie, porque nadie se opuso.
Helena recogió su bolígrafo. Lo guardó en el bolso. Se puso de pie con el abrigo en el brazo y miró la mesa entera, uno por uno, sin detenerse más en Tomas que en los demás, y lo mismo en Maja.
—El trece a las once —dijo—. Yo hablo primero. Digo lo mío. Dejo la presidencia. Y luego habla la directora, que por lo visto también se va. —Se puso el abrigo—. Dos Nyberg dejando la misma casa el mismo día. A la prensa le va a encantar.
Salió. Nadie fue detrás.
Los demás recogieron. Maja no. Björk le dio la mano sin decir nada.
Olofsson le tocó el hombro al pasar. Wenner se detuvo un momento a su lado, con el abrigo puesto, y dijo, en voz baja, que había dirigido un juzgado veinte años y que nunca había visto a nadie dimitir antes de saber si tenía razón, y que no sabía si era valentía o era otra cosa, y que lo pensaría. Luego se fue.
Tomas cerró su cuaderno. Se acercó, no por detrás de la silla esta vez, sino de frente, y se quedó de pie al otro lado de la mesa.
—Petra lo hará bien —dijo.
—Lo sé.
—Y tú no tenías que dimitir.
—Sí tenía.
Él asintió como si lo entendiera, o como si lo aceptara, que en Tomas siempre había sido la misma cara.
—El domingo subo al lago —dijo—. Tu madre me ha pedido que le lleve el coche y las cosas del acto que siguen en la caseta, y que la baje el jueves para el trece. Se lo he dicho a Petra; está en el calendario. ¿Te parece bien?
—Me parece bien.
—¿Tú subes?
—El lunes. Tengo una cosa con Vikander en la casa.
—Entonces nos vemos allí.
—Nos vemos allí.
Se fue. Maja oyó sus pasos en la escalera, el de siempre, y luego la puerta de la calle.
Ingrid se quedó la última. Apagó la luz de la mitad de la sala, la de las ventanas, y se sentó frente a Maja en la penumbra, con las gafas en la mano.
—Has dimitido antes de la rueda de prensa —dijo—. Antes de que la fiscal diga nada. Antes de saber lo de las copias. Si el diez sale que fue Wiklund, tú ya no eres directora cuando salga.
—Sí.
—Podías haber esperado una semana y dimitir con la razón en la mano.
—Podía.
—¿Y?
Maja miró la frase, que seguía en el papel delante de ella, aprobada, con la hora de Gunilla al margen.
—Y entonces habría dimitido porque él era culpable. No porque yo firmé la excepción. —Recogió el papel—. Lo de él es de la fiscal. Lo mío es mío. No quiero que se confundan en la misma fecha.
Ingrid se puso las gafas.
—Constará —dijo.
—Que conste.
—Otra cosa —dijo Ingrid, ya de pie—. Lovisa Ek. Le dijiste que la llamarías esta noche si ganaba lo tuyo.
—Le dije que el sábado si ganaba lo mío.
—Llámala esta noche de todos modos. Ha ganado lo tuyo por un voto y ese voto es el de la persona de la que no le hablas. Merece saber lo primero antes que lo segundo, si algún día hay segundo.
Maja la llamó desde la escalera. Lovisa contestó con ruido de cajas. Maja dijo: ha salido la frase, cuatro a tres, no se comunica nada sin permiso. Lovisa dijo «vale» y luego «gracias por llamar hoy» y luego que tenía que colgar porque un sillón no cabía por una puerta. Maja no dijo nada del voto.
Bajaron juntas. En la calle no había cámaras, pero había una furgoneta blanca aparcada en la esquina con un hombre dentro leyendo el móvil, y Maja la miró al pasar y no supo si era prensa o era otra cosa, y no se detuvo a averiguarlo.