El secreto bajo el hielo 35
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A las cuatro sonó el teléfono y era Sundell, breve, con una sola cosa que decir: Nordcase había buscado el escrito de octubre en el que Tomas Wiklund autorizaba a técnicos del proveedor a usar su cuenta de coordinador, y no existía.

Ni en su correo, ni en el de Fredrik, ni en el registro de incidencias, ni en ningún sitio.

Los técnicos de Nordcase habían trabajado con cuentas propias, como decía la especificación de junio.

«Así que tengo una frase de Wiklund que no es verdad, con fecha, y una cuenta que abrió una carpeta dos veces», dijo Sundell.

«No es una prueba de nada más que de eso.

Pero es eso». Maja dijo que lo entendía.

Sundell dijo que el patronato del viernes seguía siendo cosa de Maja y colgó.

A las cinco Petra subió a decir que la madre de Anneli Berg había llamado dos veces esa semana pidiendo la nueva dirección de su hija, y que ella le había dicho la verdad: que la fundación no la tenía, porque Anneli se había ido sin decirla.

Birgit había preguntado si eso era el protocolo otra vez.

Petra había dicho que no, que era Anneli.

Maja dijo que Petra había contestado bien y Petra dijo que lo sabía y que aun así le había costado.

Lovisa llamó a las siete y diez de la tarde, cuando Maja acababa de cerrar el portátil, y lo primero que dijo fue:

—Tengo local.

—Cuéntame.

—Cuarenta metros, en una calle de Gävle que no te voy a decir, con dos sillones y un lavacabezas que funciona y un espejo entero, sin esquinas rotas, que es lo primero que miré.

Era de una señora que se jubila. Me lo deja con los muebles hasta septiembre y luego vemos.

—Se oía ruido de cocina, un grifo, la voz de una niña al fondo—.

Abro el uno de abril. Sola. Malin se queda en Örebro; ya tiene su sitio y no le voy a pedir que se mude por mí. Ya sabes cómo va eso.

—Lo sé.

—Nova va al colegio de aquí desde el lunes. La amiga de los nudos se llama Selma y tiene un hermano que hace escalada, así que ahora Nova quiere hacer escalada. Le he dicho que primero que aprenda a deshacer lo que hace. —Un silencio corto—. Jonas ya no viene.

Maja no preguntó.

—No es que pasara nada. Es que los fines de semana dejaron de ser fines de semana; eran una visita.

Él lo notó antes que yo y lo dijo antes que yo, que es más de lo que hacen la mayoría.

Nova lo llama por teléfono los miércoles.

Yo no. —El grifo se cerró—. No te lo cuento para que me digas nada.

Te lo cuento porque me dijiste que te llamara cuando hubiera algo que decir, y esto es algo.

—Es algo.

—Y ahora la pregunta, que es por lo que llamo de verdad. —Lovisa bajó la voz, o se apartó de la cocina—. Mi expediente. El de vuestro libro. El que tiene mi nombre y mi código y mi ciudad, la de antes. ¿Qué va a pasar con él?

Maja miró la pared del despacho, donde no había nada.

—Lo pregunto porque he leído lo de la rueda de prensa del trece.

Tu madre va a hablar. Se supone que va a decir que el protocolo se termina o se cambia, no sé.

Y yo estoy en ese libro, Maja. Yo y cuarenta y dos más, según los periódicos.

Si el protocolo se termina, ¿qué pasa con lo que hay dentro?

¿Se manda a nuestras familias? ¿Se guarda?

¿Se quema? ¿Me sacan del libro si lo pido, como la de Karlstad, que también lo he leído?

—Tomó aire—. Mikael tiene una orden y la respeta, de momento.

Pero Mikael también lee los periódicos. Y si el trece alguien dice en una sala llena de cámaras que la fundación va a comunicar nombres a las familias, él es mi familia.

Eso pone en su denuncia de 2019. Pareja de hecho. Familia.

—No se van a comunicar nombres.

—¿Eso lo decides tú?

—No.

—Entonces no lo digas como si lo decidieras.

—No. Lo decide el patronato.

—Pues eso pregunto. Qué va a decidir el patronato.

Maja pensó en la respuesta que habría dado en enero: la política vigente, el protocolo, la promesa escrita, el compromiso con cada persona verificada.

Todo cierto y todo suyo. Pensó en la respuesta que habría dado en febrero: la investigación, el sellado en estudio, la fiscal.

También cierto. Y pensó en lo que tenía ahora, a cuatro de marzo, con un patronato el viernes en el que iba a proponer una cosa, dimitir de otra y hacer pública una tercera, sin saber cómo iban a votar seis personas más un séptimo.

—No lo sé —dijo.

Silencio al otro lado. Luego Lovisa, despacio:

—Repite eso.

—No lo sé. No sé qué va a decidir el patronato el viernes.

Voy a proponer que el libro se quede como está y que la fundación no comunique nunca un nombre sin permiso de la persona.

Voy a proponerlo con mi nombre y con mi firma en una excepción que dejó una puerta abierta, y voy a decir que dimito.

Y después votarán, y puedo perder. —Maja oyó su propia voz y no la corrigió—.

Si pierdo, no sé qué pasa con tu expediente.

Si gano, tampoco lo sé del todo, porque hay una fiscal que tiene el libro precintado y decidirá cosas que no dependen de mí.

Es lo que hay. No te voy a decir otra cosa.

Lovisa no contestó enseguida. Al fondo, Nova preguntó algo y Lovisa dijo «ahora».

—Es la primera vez que me dices que no sabes algo —dijo por fin— y me lo creo. Las otras veces decías que no sabías y se te notaba que sabías la mitad.

—Esta vez no sé la mitad.

—Ya. Se nota también. —Un ruido de silla—.

Vale. Pues esto es lo que voy a hacer yo, que es lo que sé hacer.

El viernes, a la hora que sea el patronato, yo estaré abriendo cajas en mi local.

Si gana lo tuyo, me lo dices el sábado. Si gana lo de tu madre, me lo dices el viernes por la noche, antes de que salga en ningún sitio, para que yo decida lo mío antes que los periódicos. ¿Puedes hacer eso?

—Puedo.

—Entonces ya está. —Lovisa respiró—. Y dile a tu Tomas que no me llame más los martes a las cuatro. Que le he dicho tres veces que tengo permanentes.

—Se lo digo.

Colgó. Maja puso las manos sobre el portátil cerrado.

No había mentido. Era lo que la fundación tenía que ofrecer, lo había escrito ella: no decir «viva» sin saberlo, no decir «a salvo» sin comprobarlo.

Y ahora había aplicado la misma regla a sí misma, con Lovisa al teléfono, y había dicho «no lo sé» a una mujer que iba a abrir un salón de cuarenta metros el uno de abril con su nombre de antes en un libro precintado.

Era la primera cosa honesta que le decía a Lovisa desde Örebro, y era la peor.

Abrió el portátil otra vez. Escribió el texto para el viernes.

Tres partes, sin adjetivos. La primera: que la directora había firmado el veintiocho de octubre una excepción de seguridad aplazando la revisión de permisos de la plataforma, que por esa puerta había entrado quien había escrito cuatro folios, y que la directora lo haría público el trece de marzo con su nombre.

La segunda: que la directora presentaba su dimisión con efecto el mismo trece.

La tercera: la política. Una frase, la de siempre, la de 2018 con una cosa más: verificar que la persona está a salvo, no comunicar nada de ella a nadie sin su permiso, y que alguien de fuera mire cada cierre, como había mandatado ese mismo patronato el dos de febrero.

La escribió entera, con las comas donde Ingrid las pondría, y la leyó en voz alta en el despacho vacío para oír cuánto duraba: nueve segundos.

Nada más. Ni por qué, ni Härnösand, ni Elsa.

Eso lo diría en la rueda de prensa o no lo diría, pero no en un papel de patronato.

Lo leyó dos veces. Lo mandó a Ingrid a las ocho y a Gunilla a las ocho y cinco, para que constara en el orden del día.

A Helena no se lo mandó; Helena lo leería como presidenta cuando Gunilla lo distribuyera, y era lo correcto, y era lo único que Maja podía hacer bien esa noche.

Gunilla contestó a las ocho y veinte: «Incluido.

Tu madre ha llamado esta tarde para preguntar si había puntos nuevos.

Le he dicho que los vería en el orden del día, como todos».

Gunilla llevaba veintitrés años diciendo esa frase a la misma persona y era la única de la casa a la que Helena nunca había conseguido saltarse.

Antes de apagar, miró la bandeja. Un correo de Tomas, de las seis: la lista definitiva de familias que vendrían el trece, ocho, con nombres, con quién las acompañaría, con la petición de una sala aparte para ellas «porque no tienen por qué oír a la prensa hacer preguntas sobre la suya».

Bien hecho. Como siempre. Maja contestó «de acuerdo» y nada más, y apagó, y la palabra se quedó en la pantalla negra un segundo antes de irse.