El secreto bajo el hielo 34
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L a respuesta de Nordcase tenía once páginas y Sundell la había reducido a una, escrita a mano, que puso delante de Maja sin comentarios.

Martes tres de marzo, cinco de la tarde, el despacho de la esquina con las dos ventanas ya oscuras. Vikander en su silla. Sobre la mesa, el vaso de agua de siempre y las once páginas boca abajo.

—Tres cuentas —dijo Sundell—. Empiezo por la que se cae.

Señaló la primera línea de su hoja.

—Oskar Lind. Administrador asignado a la fundación desde septiembre.

Su última sesión en cualquier cosa de ustedes es del viernes veinte de febrero a las tres y diez de la tarde.

Ese día firmó la salida. El lunes veintitrés causó baja laboral, con parte, y sigue de baja; la empresa lo documenta con fecha, con el parte, y con la retirada de credenciales de administrador el viernes veintisiete, que es su procedimiento cuando una baja supera los tres días.

—Levantó la vista—. La página de Ana Lindström se subió el jueves veintiséis a las diez de la mañana.

Lind no ha tenido una sesión abierta desde el veinte.

No la vio. No pudo verla. Y no lo digo porque me parezca un chico honrado; no lo he visto en mi vida.

Lo digo porque hay un parte de baja y una revocación de credenciales con fecha, y la empresa los ha entregado con su sello.

Maja siguió la línea tachada con el dedo.

—Dos —siguió Sundell—. Nyberg. Su cuenta no ha abierto la carpeta ni el módulo desde el dieciséis.

Ni antes: la última sesión suya en la carpeta es del seis de octubre, cuando Wiklund la abrió para comprobar el escaneo, y esa sesión es de la cuenta de él, no de la suya.

Usted no ha entrado nunca. Está controlada y está limpia.

Se lo digo porque me lo pidió por escrito.

—Y tres.

—Tres. Wiklund. —Sundell dio la vuelta a las once páginas y buscó una—.

La cuenta de Tomas Wiklund abrió la carpeta del libro escaneado dos veces entre el veintiséis y el dos.

El viernes veintisiete a las diecinueve y cuarenta, durante once minutos, desde una red que Nordcase identifica como la de su sede.

Y el sábado veintiocho a las ocho y cinco de la mañana, cuatro minutos, desde una red móvil de Estocolmo. Ese sábado es el del matasellos.

Nadie dijo nada. Vikander no se movió.

—Lo que esto es —dijo Sundell, dejando la hoja— y lo que no es.

Es un registro de sesión: una cuenta, una hora, una red.

Nordcase lo guarda noventa días, como las copias; por eso no tengo noviembre, que caducó en febrero, ni la primera semana de diciembre, que caducó la semana pasada.

Tengo febrero, y tengo enero hasta abril.

Prueba que la cuenta de Wiklund abrió esa carpeta dos veces en la ventana de la trampa.

No prueba quién tenía las manos en el teclado.

Una cuenta es una contraseña, y las contraseñas se comparten, se dejan escritas, se quedan abiertas en un portátil de una sala de reuniones.

Lo sé porque es lo primero que va a decir su abogado, y porque es verdad.

—¿Se lo han dicho a él?

—Esta mañana. Vikander.

Vikander abrió el cuaderno.

—Le he dicho que Nordcase nos había entregado registros de sesión de tres cuentas y que la suya aparecía en la carpeta en dos fechas.

Le he preguntado si había abierto la carpeta del libro esos días.

Ha dicho que no lo recordaba con exactitud, que abría muchas cosas, que era coordinador de la migración y que revisaba la plataforma «de manera rutinaria».

Le he preguntado por el sábado a las ocho de la mañana desde un móvil.

Ha dicho que los sábados trabajaba desde casa y que la plataforma se abría en el móvil «para mirar el panel».

—Pasó una página—. Y luego ha dicho la frase que me interesa.

Ha dicho que Nordcase, «que él sepa», no conserva identidad de sesión: que registra cuentas, no personas, y que durante octubre y noviembre su cuenta de coordinador la usaron también técnicos del proveedor para pruebas, «con su permiso y por escrito», de modo que una sesión de su cuenta no era necesariamente él.

Lo ha dicho con calma. Lo ha dicho bien.

—¿Es verdad?

—Lo estamos comprobando. Si hay un escrito de octubre autorizando a técnicos a usar su cuenta, existirá.

Si no existe, habrá dicho una cosa que no es verdad a una policía, con fecha.

—Vikander cerró el cuaderno—. En cualquiera de los dos casos, ninguna prueba de octubre explica quién abrió su cuenta el veintisiete de febrero a las siete y cuarenta desde la sede y el veintiocho a las ocho desde un móvil, con Lind de baja y usted controlada.

—¿Usted autorizó algo así? —preguntó Sundell—. Que técnicos usaran la cuenta del coordinador.

—No. —Maja lo dijo sin buscar en la memoria, porque no hacía falta—. La especificación de junio decía que cada persona tuviera su cuenta. Lo escribí yo. Si hay un escrito, no es mío y no pasó por mí.

—Fredrik tiene hasta el jueves para encontrarlo o para decir que no existe. Se lo he pedido a la empresa, con la misma frase.

Maja pensó en Tomas en el patio de la sede, al teléfono, con la mano en la nuca. Pensó en el viernes veintisiete a las siete y cuarenta de la tarde: ella estaba en su despacho, a dos plantas de él, contestando a Wenner sobre la revisión externa.

—Y ahora lo que queda —dijo Sundell—. Que es por lo que la he hecho venir, y no para enseñarle una lista de tres con dos tachados.

Sacó del cajón la excepción de octubre, la de Maja, la que llevaba al pie las seis cláusulas del contrato.

—Su registro interno no existe para nada anterior al dieciséis de febrero, porque usted aplazó activarlo.

Eso ya lo sabemos. El de Nordcase, el de sesiones, nos dice cuándo abrió una cuenta una carpeta, y nada más.

Ninguno de los dos nos dice qué había en el canal del protocolo en enero, ni si alguien escribió, ni si alguien borró.

—Puso el dedo sobre la cuarta cláusula—.

Esto sí. Copias de recuperación, noventa días.

Nordcase conserva copias de todo lo que hay en su plataforma, tal como estaba cada día, durante noventa días.

Incluido el canal. Incluida la bandeja compartida a la que se migró el canal en otoño.

Incluido lo que alguien haya borrado, si lo borró después de que la copia del día se hiciera.

Maja leyó la cláusula otra vez. La había leído en febrero, en su pantalla, sin detenerse.

—Britt dice que Elsa no escribió en enero.

—Britt dice lo que vio. —Sundell no cambió el tono—.

Su hermana escribió dos avisos en noviembre y diciembre diciendo que había un cruce interno.

En enero compró un billete un sábado y cruzó un lago un martes.

La señora Lund dice que en 2001 no volvería hasta que la búsqueda se apagara.

La búsqueda no se apagó, y volvió. Algo la hizo volver que no era su madre.

—Se quitó las gafas—. Yo no sé si escribió.

Sé que si escribió al canal en enero y alguien lo borró, la copia de ese día lo tiene, hasta el día en que caduque.

Y sé cuándo caduca: noventa días desde el día en que se hizo.

Las de la primera quincena de enero caducan en la primera quincena de abril. Hoy es tres de marzo.

—¿Y quién extrae? —preguntó Maja—. Si Lind está de baja.

—Un técnico de seguridad de la empresa que no ha tocado nunca la cuenta de ustedes, con un abogado de la empresa delante y una acta de lo que se copia y lo que no.

Yo he pedido el canal y la bandeja compartida, del uno al veinte de enero, y nada más.

Ni el libro, ni los expedientes, ni el correo de nadie.

—Sundell lo dijo—. Se lo detallo para que no piense que voy a leer su fundación entera.

Voy a leer un buzón durante veinte días.

—Pídalas.

—Están pedidas desde el jueves. Por el cauce que corresponde, con lo que la ley me exige para pedir a una empresa privada copias de comunicaciones de terceros.

Nordcase ha contestado que sus abogados necesitan entre cinco y siete días para entregarlas con garantías, porque hay que extraer solo lo que se pide y no lo demás, y porque quieren que conste quién lo extrae.

—Volvió a ponerse las gafas—. Siete días son el diez de marzo.

Las copias no caducan antes. Pero no me gusta esperar siete días por algo que caduca en abril, y se lo digo para que usted tampoco espere nada de mí hasta el diez.

—¿Y Tomas?

—Wiklund sigue siendo responsable de familias de su fundación, con una cuenta que abrió una carpeta dos veces y una explicación que se está comprobando.

No está detenido. No se le ha dicho que lo esté.

—Sundell la miró—. Y usted sigue siendo su directora, y el viernes tiene un patronato, y el trece una rueda de prensa.

Lo que haga en esas dos cosas es suyo. Lo que no puede hacer es decirle a Wiklund una palabra de copias, de sesiones o de enero.

—No se la diré.

—Lo sé. Lleva un mes sin decirle cosas. Se le da bien.

Maja no supo si era un cumplido.

Salió a las seis y cuarto. En el aparcamiento, el hielo de febrero se había convertido en agua sucia con placas, y el coche arrancó a la primera.

Condujo hasta el hotel del aeropuerto por la carretera de siempre, con las luces de la pista al fondo, y en la habitación se sentó en la cama sin quitarse el abrigo y repasó lo que tenía, como repasaba las listas de la fundación, de arriba abajo, sin saltarse nada.

Un técnico de baja con parte y sin credenciales: fuera.

Ella misma, controlada y limpia por escrito: fuera.

Una cuenta con dos sesiones en la carpeta, una desde la sede un viernes por la tarde y otra desde un móvil el sábado del matasellos.

Una explicación que decía que una cuenta no es una persona.

Un escrito de octubre que existía o no existía.

Y una cláusula que ella había leído sin detenerse, con copias de todo lo que había habido en el canal en enero, incluido lo borrado, hasta abril.

Probar la filtración era una cosa: dos sesiones, un matasellos, un escrito que no existiera.

Probar la suplantación, si la había habido, era otra: una copia de un día de enero con algo escrito y luego no.

Y probar lo que había pasado en veinte metros de hielo entre una manga rota y una linterna grande no era ninguna de las dos, y ninguna copia iba a hacerlo.

Maja separó las tres cosas en la cabeza, como Sundell las separaba, porque era la única manera de no confundir lo que sabía con lo que quería saber.

Luego se quitó el abrigo y lo colgó en la silla, y las tres cosas siguieron separadas hasta que se durmió.