El secreto bajo el hielo 33
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T res hojas iguales, boca abajo, sobre la mesa de Ingrid. Sundell no dibujó nada; las fue girando una a una mientras hablaba, como quien reparte cartas en una mesa donde nadie va a jugar.

Era el miércoles veinticinco, a las nueve de la mañana, en la sede de Estocolmo, en el despacho de Ingrid con la persiana bajada.

Sundell había volado desde Luleå. Vikander no había venido; «esto no es mío», había dicho por teléfono, «es de la fiscal y del delito de datos, y yo tengo un lago».

Estaban Sundell, Ingrid y Maja. Nadie más de la casa sabía que la fiscal estaba en el edificio; había entrado por el patio, por la puerta del muro, y Elin no la había visto.

—Un caso que no existe —dijo Sundell—. Una mujer que no existe, verificada por su fundación en una fecha que no existe, con un código nuevo. Se llama distinto en cada sitio. Tres sitios.

Giró la primera hoja.

—Uno. La carpeta del libro escaneado. La que hereda el grupo de tres.

Nordcase, a petición mía y sin que su administrador intervenga, añade al escaneo una página nueva al final: un asiento con código, nombre y fecha de febrero, escrito a mano por Vikander con una letra cualquiera, como si lo hubiera anotado la nueva gestora.

El nombre es Ana Lindström. Y en el margen, cosa que en el libro de verdad no ocurre nunca, una nota: «Las Palmas, hostelería, contacto denunciante pendiente».

Un descuido. Un descuido que solo pueden ver las tres cuentas del grupo: usted, Wiklund, Lind.

Quien lea esa página tiene el folio entero sin salir de la carpeta.

Giró la segunda.

—Dos. El módulo de casos. El expediente codificado con el mismo código: ciudad, sector, canal, riesgo.

Ciudad: Gotemburgo. Sector: limpieza. Lo ven las cinco cuentas del rol: usted, Wiklund, Elin Åberg, Gunilla Ström, Petra.

Quien cruce el módulo con el nombre de la carpeta escribirá Gotemburgo, no Las Palmas, porque el módulo manda sobre el margen para quien sabe cómo funciona el sistema.

Y quien solo tenga el módulo no tendrá nombre.

—Eso se puede montar —dijo Maja.

—Eso se puede montar desde el dieciséis, que es cuando ustedes activaron por fin lo que se aplazó en octubre; antes, la plataforma no permitía tocar una carpeta sin que se enterara medio proveedor.

—Sundell no lo dijo como reproche; lo dijo como fecha—.

Tres. El papel. Con Lindqvist y Ström presentes, Vikander abre el armario, con precinto nuevo después, y deja dentro una carpeta azul con un tercer código, un tercer nombre, Eva Renn, y una tercera ciudad, Kalmar, comercio.

Solo la ven quienes abran el armario con dos llaves, y eso lo sabremos porque yo estaré.

Puso las tres hojas en fila.

—Las tres mujeres tienen un denunciante.

Los tres denunciantes tienen el mismo apartado de correos, en Gotemburgo, que pertenece a la policía.

Si llega una carta a ese apartado con un nombre, una ciudad y un sector, el nombre nos dice por dónde ha salido.

Nada más. No nos dice quién. Nos dice por dónde.

Ingrid se quitó las gafas.

—Estás poniendo un nombre falso en un libro que la fundación ha prometido no manipular. Y una ciudad falsa en un sistema que cuarenta y dos personas creen limpio.

—Cuarenta y tres. Ana Lindström también lo cree. —Sundell no sonrió—. La página la pone la policía, con acta, y se quita con acta.

—El libro de verdad no se toca. —Sundell la miró—. Y la fundación no manipula nada. La fundación deja que yo lo haga y no lo cuenta. Eso es lo que necesito de ustedes: que no lo cuenten. A nadie. Ni al patronato ni a Wiklund ni a Britt Lindqvist más de lo imprescindible para abrir un armario.

—¿Y yo? —preguntó Maja.

—Usted es una de las tres cuentas de la carpeta y una de las cinco del módulo.

Su cuenta está controlada, como las otras.

Si entra en esa carpeta o en ese expediente entre hoy y el día que esto termine, lo veremos.

Se lo digo para que no entre. Y para que, si alguien pregunta por qué la directora no ha abierto un caso nuevo, tenga usted una razón: la de siempre. La dirección no ve los casos.

—No los ve.

—Perfecto. Entonces no lo verá.

Sundell recogió las hojas.

—Se siembra mañana. Las tres a la vez, con dos horas de diferencia para que las fechas no coincidan. Luego esperamos. Si no llega nada en dos semanas, lo retiro todo con acta y se lo cuento al patronato. Si llega algo, se lo digo a usted primero.

Se fue por donde había venido, por el patio, con el bolso al hombro, y Elin no la vio salir tampoco.

Sembraron el jueves. Maja no vio nada de ello; solo supo, por un mensaje de Sundell a las cuatro, que estaba hecho, y por otro de Britt, a las seis: «He abierto con Gunilla y una agente.

He visto lo que han dejado y no pregunto.

Gunilla ha firmado sin leer, como siempre.

Ya no tengo el protocolo; tengo la llave, y ha sido para esto».

Maja contestó «gracias». Britt no contestó a eso.

El viernes por la mañana Ingrid subió a decirle que la fiscal le había mandado el acta de la siembra, tres páginas, para el archivo de la fundación, «por si alguna vez hay que explicar por qué el libro tiene una página de más», y que ella la había guardado en el cajón con llave de su despacho y no en el servidor.

Maja dijo que bien. Ingrid dijo que no le gustaba nada de aquello y que lo hacía porque la alternativa era peor, y que quería que constara. Constaba.

Luego esperó.

Esperó viernes, sábado, domingo. Trabajó.

Contestó a Wenner sobre el mecanismo de revisión externa con el borrador de Tomas pasado a limpio, sin el mediador tachado.

Habló con Petra de Anneli, que se había ido de Gävle a un sitio que no había dicho, sin la fundación, como había prometido.

Habló con Lovisa el sábado, cinco minutos, con ruido de niños detrás: Nova iba al colegio de la prima y había hecho una amiga que también sabía nudos; el salón seguía cerrado; Malin había encontrado un puesto en otra peluquería, a jornada partida, y se lo había dicho a Lovisa por mensaje porque no era capaz de decírselo por teléfono; el casero quería el local en marzo y Lovisa iba a dárselo.

«Ya está», dijo Lovisa. «Cinco años. Ya está».

Maja preguntó si necesitaba algo. Lovisa dijo que necesitaba que la fiscal hubiera decidido en enero, y que como eso no se podía, no necesitaba nada.

No lloró; Maja tampoco. Antes de colgar, Lovisa dijo que Mikael no había aparecido en Gävle y que la policía de allí pasaba por delante de casa de la prima dos veces al día, y que Nova las contaba.

Habló con Tomas dos veces, de Lovisa, del patronato, de una familia de Malmö.

Él estaba como siempre. Ella también, o eso creía.

El domingo Fredrik escribió, a ella y a Ingrid, un correo de cuatro líneas leído de un guion: Nordcase había recibido una solicitud de la fiscalía relativa a registros de acceso de tres cuentas de usuario; su departamento jurídico la estaba tramitando; y, «como medida de buena práctica mientras dure el proceso», el administrador asignado a la cuenta de la fundación había sido sustituido temporalmente por otro técnico.

No decía el nombre del sustituido. No hacía falta.

Maja reenvió el correo a Sundell sin comentario y Sundell contestó «lo sé».

Elin subió el mismo domingo, porque también trabajaba los domingos ahora, con la lista definitiva de medios para el trece: cuarenta y seis acreditados, tres cadenas, una agencia extranjera.

Preguntó si Helena iba a leer o a hablar.

Maja dijo que Helena iba a hablar. Preguntó si Maja iba a leer o a hablar.

Maja dijo que no lo sabía. Elin dijo que en ese caso preparara las dos cosas, y bajó.

No entró en la carpeta. No entró en el expediente. No abrió el módulo de casos ni por costumbre, y descubrió que tenía la costumbre, porque la mano se le iba al menú tres veces al día y la apartaba.

El lunes dos de marzo, a las diez y media, Sundell la llamó.

—Ha llegado —dijo—. Esta mañana. Al apartado de Gotemburgo.

Matasellos de Estocolmo del sábado veintiocho.

Un folio. Ana Lindström. Las Palmas. Hostelería.

Nadie más lo sabe. —Una pausa—. Ana Lindström es la de la carpeta heredada.

No Karin Molin, no Eva Renn. La de las tres cuentas. Nyberg, Wiklund, Lind.

Maja estaba en su despacho, con la persiana subida y la calle vacía de cámaras.

—Tres —dijo.

—Tres. La misma lista que usted me mandó el once.

No he ganado un nombre. He ganado una puerta, que es lo que dije.

Sabemos que quien escribe los folios entra por esa carpeta, y que lo ha hecho después del dieciséis, con el registro activo.

—Sundell habló más despacio—. El registro de ustedes anota cambios.

No anota quién mira. Eso lo tiene Nordcase por su lado, en sus servidores, con hora y con desde dónde.

Ya se lo he pedido. Por escrito, a la empresa, no a su administrador, que es una de las tres. Tardan lo que tardan.

—¿Y hasta entonces?

—Hasta entonces usted no hace nada distinto. Trabaja. Habla con quien hable. Y si alguien de su casa le ofrece ayuda para acelerar lo de Nordcase, la escucha, le da las gracias y me lo cuenta.

Colgó.

A las once Maja bajó a la planta de familias, porque era lunes y los lunes bajaba, y Tomas estaba en su mesa con el cuaderno y dos pantallas, y levantó la vista.

—Ha llamado Fredrik —dijo, antes de que ella dijera nada—.

A mí, no a ti. Dice que la fiscalía les ha pedido registros de acceso de tres cuentas y que su departamento jurídico está mirando qué pueden dar y qué no.

Está nervioso; es un chico que lee de un guion.

—Se pasó la mano por la nuca—. Me ha preguntado si la fundación quería que Nordcase colaborara «con rapidez». Le he dicho que eso lo decides tú.

—Que colaboren con lo que la fiscal les pida. Nada más.

—Eso le he dicho. —Tomas cerró el cuaderno—.

Si quieres, lo coordino yo. Conozco a la gente de allí, sé quién tiene los registros de sesión y quién no, y sé cómo piden las cosas.

Puedo hacer que en dos días tengan lo que la fiscal necesita en vez de en dos semanas.

Y de paso que Oskar no esté en medio, que es lo que a Fredrik le preocupa.

Maja lo miró.

Estaba ofreciendo lo que ofrecía siempre: lo que hacía falta, hecho bien, antes de que nadie lo pidiera.

Era lo que había hecho con la migración, con la pizarra, con Lovisa, con Nova.

Era lo que lo hacía la persona más competente de la casa.

Y era, esa mañana, lo único que Sundell le había dicho que escuchara, agradeciera y contara.

—Gracias —dijo—. Déjalo como está. La fiscal lo pide a la empresa y la empresa contesta. No quiero que parezca que la fundación acelera nada.

—Tienes razón. —Tomas asintió—. Es mejor así.

—Es mejor así.

Subió a su despacho. Cerró la puerta. Escribió a Sundell tres líneas: Fredrik había llamado a Wiklund; Wiklund se había ofrecido a coordinar con Nordcase para acelerar los registros y para que Lind «no estuviera en medio»; ella había dicho que no.

Mandó el mensaje. Sundell contestó con una palabra: «Recibido».

Luego se quedó sentada mirando la puerta cerrada.

Tres cuentas. Una era la suya, y estaba controlada, y no había entrado.

Otra era la de un técnico de un proveedor al que ella no había visto nunca, y cuya empresa acababa de recibir una petición por escrito.

Y la tercera acababa de ofrecerse a coordinar la respuesta de esa empresa, con la mano en la nuca, con la razón de siempre, con la voz de siempre.

Una oferta de ayuda, no una prueba. Maja lo sabía, y sabía también que llevaba ocho años aceptando ofertas de ayuda de esa voz sin pensarlas, y que hoy la había pensado, y que él, quizá, había notado que la pensaba.

O no. No había manera de saberlo desde fuera.

Solo había una lista de tres y una empresa que tardaba lo que tardaba, y una fiscal que había ganado una puerta y que esperaba, como ella, a ver quién la cruzaba.