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M aja llegó al lago a las once, desde Luleå, con el coche de la agencia y sin bolsa, porque no iba a quedarse.
Había nevado por la noche: diez centímetros nuevos sobre el jardín, sobre el pasillo entre los setos, sobre el embarcadero, y el hielo del lago era otra vez una superficie sin nada escrito, blanca hasta la otra orilla, con los postes de la ruta asomando y nada más.
Lo que había en el vídeo del catorce ya no estaba en ningún sitio que no fuera una tarjeta en una comisaría de Södermalm.
Maja lo miró desde el coche antes de bajar y pensó que era lo lógico y que, aun así, costaba.
Helena le entregó la hoja en el vestíbulo, con el abrigo todavía puesto Maja y las botas sin quitar, como se entrega un recibo.
—Trece de marzo. A las once. En la sede. La convoca la fundación y hablo yo primero. Ingrid ya lo sabe; Elin tiene la lista. —Señaló la hoja—. Eso es lo que voy a decir. Lo lees si quieres. No lo cambies.
Una página, escrita a máquina, con dos correcciones a mano en el margen. Maja la leyó allí mismo, de pie, con la nieve derritiéndose en las botas sobre el felpudo.
Decía que la Fundación Elsa Nyberg había sabido durante seis años y medio que Elsa Nyberg estaba viva y no se lo había dicho a su madre, presidenta de la fundación, por aplicación de un protocolo que esa madre había votado en contra.
Decía que ese protocolo había fallado y que el fallo tenía cuatro nombres de mujer, uno de ellos con la muñeca rota.
Decía que la presidenta no pedía la disolución de la fundación, sino su reforma: que ninguna familia volviera a recibir un silencio por carta.
Y decía, al final, en una frase corta, que Helena Nyberg dejaría la presidencia ese mismo día, porque había fundado esa casa para encontrar a su hija y la casa la había encontrado sin decírselo, y que con eso no se podía presidir nada.
No decía nada de Maja. Ni una palabra. Ni «la directora», ni «mi hija», ni «la regla». Maja lo leyó dos veces buscándose y no estaba.
—Vas a dejarlo —dijo.
—El trece.
—No lo sabía.
—Ahora lo sabes. —Helena recogió la hoja de sus manos—. Tú hablas después de mí. Lo que digas es cosa tuya. No me lo enseñes y yo no te enseño más que esto.
—De acuerdo.
—Y no me interrumpas.
Maja dejó pasar la frase.
Helena cogió la hoja, la dobló por la mitad y la guardó en el bolsillo de la rebeca.
—Hay otra cosa —dijo—. Arriba. Quiero hacerlo hoy, que estás. Sola no puedo con las cajas. —Se miró las manos—. Y quiero que esté hecho antes del trece. Cuando salga de esa sala van a preguntar por esta casa, y no quiero que la respuesta sea una habitación de 2001.
Subieron.
La habitación de Elsa estaba como Maja la recordaba de niña, cuando le prohibían entrar, y como la había visto en enero por la rendija de una puerta con luz debajo: la cama estrecha contra la pared, una estantería con libros de texto de la universidad y novelas de bolsillo, un escritorio con un flexo, un armario de dos puertas, una ventana al lago con la cortina descolorida por veinticinco inviernos de sol bajo.
En la pared, un calendario de 2001 con el mes de enero, sin arrancar.
Un póster de un grupo que ya no existía.
Una foto de dos niñas en un trineo, pegada con celo al espejo del armario.
Helena había traído cinco cajas de la tienda del pueblo y las había dejado plegadas en el pasillo. Las montó ella, una por una, con cinta, en silencio, y escribió en la tapa de cada una, con rotulador: LIbrOS. ROPA. PAPELES. TIRAR. GUARDAR.
—Tú los libros —dijo—. Yo el armario.
Maja abrió la estantería. No había mucho: dos cursos de una carrera, treinta novelas, un diccionario de español de bolsillo que Maja sostuvo un momento más de lo necesario y metió en LIbrOS sin decir nada.
Un cuaderno de apuntes con la letra pequeña e inclinada, la de los informes, la del imán del alce, que Maja no abrió y metió en PAPELES.
Una guía de Canarias de 1999, con las esquinas dobladas. La miró. La puso en PAPELES también.
Helena, desde el armario, la vio hacerlo.
—¿Eso estaba ahí?
—Entre el diccionario y las novelas.
—Veinticinco años. —Helena no se acercó—. He limpiado ese estante cada primavera. He pasado el trapo por encima de esa guía cada primavera. —Volvió al armario—. No lo digas.
—No lo digo.
Del armario salió lo que sale de un armario de diecinueve años: jerséis, vaqueros, una chaqueta de esquí, unas zapatillas.
Helena lo doblaba todo antes de meterlo en ROPA, con el mismo cuidado con que doblaba el paño de la cocina, y cada prenda la miraba un segundo y la dejaba.
No olió nada. No se detuvo en nada. Cuando llegó al fondo, sacó una caja de zapatos con cintas de casete y la abrió, y la miró, y la cerró, y la puso en GUARDAR.
—¿Qué es?
—Música. De cuando tenía quince años. —Helena cerró el armario—. No la voy a oír. Pero no se tira.
Maja vació el escritorio: bolígrafos secos, una calculadora, un carné de la biblioteca de Luleå caducado en junio de 2001, una postal en blanco de Estocolmo.
TIRAR, TIRAR, PAPELES, TIRAR. Helena descolgó el póster, lo enrolló y lo puso en TIRAR sin mirarlo.
Descolgó el calendario de 2001. Lo sostuvo abierto por enero, un momento, y Maja vio, desde el escritorio, que en la casilla del catorce no había nada escrito, nada, ni una marca, y que Helena miraba precisamente eso.
Veinticinco años buscando una marca en una casilla vacía.
Maja apartó la vista antes de que Helena levantara la suya.
Lo dobló y lo metió en PAPELES.
—Los esquís están en casa de Britt —dijo Maja.
—Que se queden allí.
Quedó la foto del trineo pegada al espejo.
Helena la despegó con la uña, despacio, para no romper el celo, y se la quedó mirando: dos niñas, siete y tres años, la mayor sujetando la cuerda del trineo, la pequeña con el gorro sobre los ojos, el lago detrás, blanco, con un poste con reflector al fondo.
—Esta es tuya —dijo, y se la dio.
Maja la cogió. No la metió en ninguna caja. Se la guardó en el bolsillo interior del abrigo, que no se había quitado, junto al frontal.
Helena se quedó de pie en el centro de la habitación vacía, con las cinco cajas alrededor, la cama desnuda, la cortina, la ventana.
—La cama la dejamos —dijo—. Y la cortina. Lo demás baja hoy. TIRAR va al contenedor del pueblo; lo llevas tú, que tienes coche. GUARDAR va al desván. LIbrOS y PAPELES los mira la policía si quiere y luego van al desván también. ROPA a la parroquia, sin el nombre.
—De acuerdo.
—Y esta puerta se cierra. No con llave. Se cierra.
Bajaron las cajas entre las dos, una a una, por la escalera que crujía en el tercer peldaño, y las dejaron en el vestíbulo, junto a la puerta de la sauna.
Helena fue a la cocina y puso agua a hervir.
Maja cargó TIRAR en el coche. Al pasar por la cocina vio el imán del alce en la nevera, sujetando una factura de la luz, en el mismo sitio de siempre, y no lo tocó.
Cuando volvió, Helena estaba en la mesa con dos tazas, y le puso una delante, y no dijo nada de la rueda de prensa, ni de la hoja, ni de la habitación.
Habló del pueblo: que la tienda cerraba a las seis ahora, que el contenedor de papel estaba junto a la iglesia, que Britt había puesto un comedero de pájaros nuevo en el porche y que los arrendajos se lo comían todo.
Maja escuchó. Bebió el té. Dijo que iba a llevar las cajas antes de que cerraran.
En la puerta, con el abrigo abrochado y la foto dentro, se volvió.
—Voy a dormir en Luleå. Toda la semana.
—Ya me lo has dicho.
—Te lo repito.
Helena la miró desde la mesa. No preguntó por qué. Era la segunda vez en un mes que su madre no preguntaba algo que quería saber, y las dos veces tenían que ver con quién dormía en esa casa.
—Bien —dijo Helena.
Al salir vio el comedero nuevo en el porche de Britt, con dos arrendajos peleándose por lo que quedaba, y a Britt detrás del cristal mirándolos, no a ella.
Maja condujo hasta el pueblo con la caja de TIRAR en el asiento de atrás, tiró el póster y los bolígrafos secos y la postal en blanco en el contenedor junto a la iglesia, y no volvió a la casa.
Cogió la carretera de Luleå de noche, con la foto del trineo en el bolsillo interior, contra el pecho, donde la había puesto sin pensar y donde iba a quedarse.