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S undell la citó a las cuatro, después de Tomas, y la hizo esperar en un pasillo con una máquina de café que no funcionaba mientras Tomas salía por otra puerta, sin verla, con el plumífero al brazo y el cuaderno en la mano, y bajaba las escaleras hacia el aparcamiento helado.
Maja lo vio desde la ventana del pasillo: la espalda ancha, el paso de siempre, las gafas que se subió con el dorso de la mano antes de abrir el coche de la agencia. No corrió. No miró atrás. Arrancó y se fue por la calle hacia el centro, donde tenía hotel, como ella.
—Pase.
Sundell tenía la misma mesa vacía de la semana anterior, con una carpeta más. Vikander no estaba; había ido a acompañar a Tomas hasta la puerta y volvía por otro pasillo.
—Tres horas —dijo Sundell—. Ha declarado con calma.
Lo que le dijo a usted el sábado, lo ha repetido a Vikander punto por punto: llegada a las cinco, estufa, contraventanas, lata, llamada a Elin a las nueve, cama a las diez, ruido hacia las once, linterna, sauna, huellas, veinte pasos, dos «hola», periodista, vuelta, llave, cama.
Ha añadido dos cosas que no le dijo a usted: que la linterna era la del vestíbulo, la grande, y que al volver comprobó que la puerta de la sauna no tenía el pestillo echado por dentro, cosa que le pareció rara y que atribuyó a que él mismo no lo había echado al llegar.
—Se quitó las gafas—. Y ha reconocido que en enero debió decirlo y no lo dijo. Con las mismas palabras que a usted.
—¿Le han enseñado el vídeo?
—No. Le hemos dicho que hay imágenes aéreas de la mañana del catorce en las que se ven huellas. Ha dicho: las mías, hasta el embarcadero. No ha preguntado si había otras.
Vikander entró y se sentó en la silla de la ventana.
—No ha preguntado si había otras —repitió Maja.
—Puede ser porque no le interesan. Puede ser porque no le interesa preguntarlo.
—Vikander cruzó las manos—. Es una versión.
Coincide con lo que le dijo a usted y coincide con una de las tres líneas.
No coincide con nada más porque no hay nada más suyo con lo que coincidir.
Si es verdad, es verdad. Si no, es una versión que él ha decidido y que nosotros tenemos por escrito, con hora, con firma. Eso es lo que hemos ganado hoy.
Sundell abrió la carpeta nueva.
—Y ahora lo que quiero hablar con usted, y que se queda en esta habitación.
—Miró a Vikander, que asintió—. La forense no puede decir qué pasó en el agua.
No puede decir cuánto tiempo estuvo su hermana consciente, si gritó, si intentó salir.
No hay manera de saberlo por el cuerpo; el frío hace lo que hace y cada cuerpo lo hace distinto.
Eso es lo que tenemos: nada. —Hizo una pausa—.
Lo que le propongo es lo siguiente. Que a partir de hoy, en esta investigación, haya un dato que se diga como conclusión y que sea falso.
Un dato que solo sepamos que es falso Vikander, yo, y usted.
—¿Qué dato?
—Que Elsa Nyberg perdió el conocimiento en el momento en que el hielo cedió.
Que no sufrió. Que no hubo tiempo de nada.
—Sundell lo dijo sin bajar la voz—. Es lo que cualquier familia querría oír y es lo que nadie puede saber.
Si en algún momento alguien tiene una conversación con quien estuvo en ese hielo, y esa persona sabe que no fue así, sabe que hubo tiempo, que ella habló, que se movió, ese dato es una puerta.
Quien corrija la conclusión sabrá algo que no está en ninguna parte.
La carpeta estaba cerrada.
—Es una mentira.
—Es una mentira. Marcada como tal aquí, con fecha, con mi firma y la de Vikander.
No en un informe. En esta habitación y en las que yo decida.
—Sundell se puso las gafas—. No le pido que la diga.
Le pido que sepa que es falsa, que no la contradiga si la oye, y que si algún día se encuentra en esa conversación, no diga la verdad, porque la verdad, aquí, es que no la sabemos.
—¿Y a mi madre?
—A su madre nadie le va a decir nada de esto. Ni lo falso ni lo otro. Cuando termine, si termina, sabrá lo que se pueda saber.
Maja pensó en Helena en la ventana. En «¿sabía que yo estaba en Estocolmo?
». En la habitación de Elsa con luz debajo de la puerta.
Pensó en la manga hacia atrás y en siete marcas de dedos, y en un hombre que había bajado unas escaleras con el paso de siempre y no había preguntado si había otras huellas.
Había pasado ocho años diciendo a familias que la fundación no mentía: que no decía «viva» si no lo sabía, que no decía «a salvo» sin comprobarlo, que una frase por teléfono era poco pero era verdad.
Era lo único que la fundación tenía que ofrecer que no fuera esperanza, y ella lo había escrito así.
Y ahora una fiscal le pedía que aceptara una frase falsa sobre su hermana, sobre los últimos minutos de su hermana, para tener una puerta.
—De acuerdo —dijo.
—¿Lo entiende?
—Lo entiendo. Elsa perdió el conocimiento al romperse el hielo. No sufrió. Es la conclusión. —Lo dijo entero, para oírselo—. Y es mentira.
—Es mentira —dijo Sundell—. Y aquí queda.
Firmó una hoja que no leyó del todo: una nota interna, decía el encabezado, con la fecha, y debajo tres firmas, dos ya puestas. Sundell la guardó en la carpeta y la carpeta en un cajón con llave.
—¿Y la carta del once? —preguntó Maja—. Las tres cuentas.
—En marcha. He pedido a Nordcase lo que guarden por su parte de esas tres cuentas.
No a su administrador; a la empresa, por escrito, con la petición marcada como lo que es.
Tardan. Cuando llegue, lo verá. —Sundell cerró el cajón—.
Y sobre la letra que faltaba en el correo de Örebro: lo tengo.
La captura, la tarjeta, la fecha. No le voy a decir hoy qué pienso de eso, porque no pienso nada todavía. Lo tengo.
—Una cosa más —dijo Vikander—. La señora Lund. Hemos hablado con ella esta mañana, una hora. Lo mismo que le dijo a usted. Ha añadido que su hermana, en 2001, le dijo por teléfono desde la isla que no quería volver «hasta que la búsqueda se apagara». Esa frase. Y que no se apagó.
—No se apagó.
—No. —Vikander la miró—. Lo apunto porque es lo primero que tenemos, en veinticinco años, de lo que su hermana dijo sobre volver. No es de enero. Pero es suyo.
—¿Y Britt? —preguntó Maja, antes de levantarse.
—Britt Lindqvist tiene una llave y una copia y seis años de silencio, y todo eso está escrito y firmado por ella. —Sundell lo dijo sin énfasis—. No tiene una carpeta ni un módulo ni una linterna. Sigue en la lista porque yo no quito a nadie de ninguna lista por simpatía. Pero sé leer una lista.
Maja salió a las cinco y media. El aparcamiento estaba a oscuras, con el hielo brillando bajo las farolas, y el coche de la agencia de Tomas ya no estaba. Condujo hasta el hotel del aeropuerto, aparcó, y se quedó en el coche con el motor apagado hasta que el frío le entró por los pies.
Tenía una frase falsa sobre su hermana y una hoja firmada que decía que era falsa. Tenía la versión de Tomas, por escrito, con hora. Tenía la linterna grande, el pestillo de la sauna sin echar, «las mías, hasta el embarcadero». Tenía la pregunta de Vikander que él no había hecho.
No iba a decirle nada. Ni lo del vídeo, ni lo del pestillo, ni lo de la frase.
Mañana iría al lago, y él estaría en Estocolmo, y ella hablaría con su madre de una rueda de prensa.
Y cuando volviera a ver a Tomas, en la sede, en el patronato, en una llamada sobre Lovisa, le hablaría como se habla a un compañero y no diría una palabra de lo que sabía, porque era lo que la fiscal le había pedido y porque, después de ocho años, el protocolo que ella había escrito para proteger a personas de gente que las buscaba le servía, entero, contra alguien de su propia casa.
Verificar. No comunicar. Esperar a que la persona decida.
Subió a la habitación. Desde la ventana se veía la pista, con las luces azules, y un avión que aterrizaba.
Su hermana había dormido ahí el lunes doce, con un vuelo reservado el sábado y un coche alquilado para el martes.
Maja no sabía en qué habitación. No preguntó en recepción.
Se acostó con la ropa puesta y no durmió hasta las tres.