El secreto bajo el hielo 30
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L a pantalla ocupaba media pared de una sala de reuniones de la comisaría de Södermalm, y en ella, congelado en el primer fotograma, el lago era una superficie blanca con una casa pequeña en el borde inferior y una raya oscura, la comarcal, arriba.

Eran las nueve y diez de la mañana. La agente Holm había recogido la tarjeta en la sede el viernes a las cuatro, con recibo, y la había volcado en un ordenador de la comisaría con guantes, como había pasado las páginas del libro.

Vikander estaba de pie junto a la pantalla.

Elin, en la silla más alejada, con las manos entre las rodillas. Maja, en el centro.

—Seis minutos y once segundos —dijo Holm—. Ocho y cincuenta y dos del catorce de enero. Luz de amanecer. Lo pongo entero una vez, sin parar. Luego lo vemos como haga falta.

Lo puso.

El dron subía desde el jardín de la casa.

Se veía el tejado, la chimenea con humo, el pasillo de nieve entre los setos, el porche de Britt con los esquís.

Luego giraba hacia el lago y ganaba altura, y la casa quedaba abajo, a la izquierda, con la puerta de la sauna y el embarcadero, y el hielo se abría delante, gris azulado a esa hora, con la línea de postes de la ruta de invierno cruzándolo en diagonal hasta la otra orilla, cada poste con su punto de reflector encendido por el sol bajo.

El operador había subido para comprobar la luz sobre la orilla, donde a las doce iba a haber trescientas personas y una alfombra, y había seguido subiendo un poco más de lo necesario, quizá por gusto, hasta que el plano cogía la mitad del lago y la comarcal al fondo.

Maja vio la ruta con huellas. Una línea de pisadas junto a los postes, no muchas, marcadas, que venían desde el apartadero de la comarcal y llegaban al embarcadero. Eso ya lo había visto en la exportación, borroso, como una sombra a lo largo de los postes. Ahora se veían las huellas.

Y vio lo demás.

Desde la casa, desde la zona de la puerta de la sauna y el embarcadero, salían dos líneas más.

Una iba recta hacia la izquierda, apartándose de los postes, hacia el norte, hacia donde el hielo era más fino, y terminaba en una mancha gris, más oscura que el hielo, con una película lisa por encima: el agujero, cerrado ya, junto al arco de las balizas.

Ciento setenta metros, quizá más. Una sola línea, de ida.

La otra era corta: iba del embarcadero hacia el hielo, unos quince o veinte metros, en dirección a las balizas, y volvía, paralela, más pisada, como dos surcos juntos. Ida y vuelta.

El dron descendió, giró sobre la orilla, se quedó un momento sobre la alfombra enrollada, y el vídeo terminó.

Nadie habló durante unos segundos.

—Otra vez —dijo Vikander—. Desde el minuto dos. Y para en las líneas.

Holm lo puso. Paró. Amplió. La imagen aguantaba: se veían las huellas como huecos con sombra, desordenadas en la línea que iba al agujero, como de alguien que anda deprisa o que no anda bien; ordenadas y dobles en la corta.

Junto a la puerta de la sauna, la nieve estaba pisoteada en un círculo, como se pisa cuando se sale y se entra varias veces.

—Tres líneas —dijo Vikander, y las señaló con el lápiz sin tocar la pantalla—.

Una: la ruta, desde la comarcal hasta el embarcadero.

Es la llegada. Encaja con el coche y con el conductor de la quitanieves.

Dos: del embarcadero al agujero, fuera de la ruta, unos ciento setenta metros hacia las balizas, una sola persona, de ida, sin vuelta.

Tres: del embarcadero hacia las balizas, veinte metros, ida y vuelta, más marcada.

—Bajó el lápiz—. Lo que dice el hielo, y solo el hielo: su hermana llegó por la ruta hasta la casa.

Salió de la casa hacia el hielo, y no por la ruta, sino apartándose de ella.

Y otra persona salió de la casa hacia el hielo, hacia la misma dirección, veinte metros, y volvió.

—Otra persona —dijo Maja.

—Otra persona. No sé quién. La imagen no lo dice.

Tampoco dice cuándo: las tres líneas son de la noche del trece o de la madrugada del catorce, porque no nevó entre las cuatro de la tarde del trece y las nueve de la mañana del catorce; eso lo tenemos del observatorio.

Pero no dice en qué orden, ni si la persona de la línea corta vio a la de la línea larga, ni si estaban en el hielo a la vez.

—Vikander la miró—. No dice que nadie hiciera nada.

Dice que dos personas salieron de esa casa al hielo esa noche, y que una volvió.

Elin, desde su silla, dijo en voz muy baja:

—Y yo mandé la otra.

—Mandó lo que le pedimos —dijo Vikander—. El acto. Esto no es el acto. —Se volvió hacia Elin—. ¿El operador sabe que existe?

—Sabe que hizo una prueba de luz. No sé si sabe lo que grabó. Voló con la pantalla en la mano mirando la orilla, no el lago. Es un chico de veinticinco años que hace bodas.

—Lo llamaremos. Hoy.

Maja seguía mirando la pantalla congelada. La mancha gris. La línea desordenada. La línea doble.

Sabía lo que sabía. En la casa, la noche del trece, había una persona.

Esa persona había declarado en enero que se acostó a las diez y no oyó nada.

El hielo decía que alguien había salido de la casa hacia el norte, veinte metros, y había vuelto.

Y ella tenía una manga rota hacia atrás y siete marcas de dedos en línea que no eran de ese vídeo, que eran de una mesa de Umeå, y que ninguna imagen desde el aire podía juntar con nada.

Buscó la explicación que se podía soportar, porque era lo que hacía con las familias: la versión en la que nadie ha hecho nada todavía.

Tomas se acuesta. Oye algo, un ruido en la puerta de la sauna, hacia las once.

Sale con la linterna. No ve a nadie; ve huellas que se van hacia el hielo.

Va tras ellas veinte metros, hasta donde la linterna deja de servir, grita, no oye nada, vuelve.

Se acuesta pensando que ha sido un animal, o un periodista temprano, o el frío.

A la mañana siguiente hay una mancha en el hielo que él no mira porque hay trescientas personas y una alfombra.

Y en enero dice que no oyó nada porque no oyó nada que le pareciera algo.

Era una explicación. Cabía en las líneas. Cabía en Tomas, o en el Tomas que ella conocía, el que había estado entre un hombre y una puerta en Örebro, el que se sentaba en el suelo con una cuerda.

Lo que no cabía era la manga.

—Voy a preguntárselo —dijo.

—El lunes lo hacemos nosotros —dijo Vikander—. Se lo dijo Sundell.

—Se lo pregunto como directora, hoy, y él dirá lo que diga, y el lunes lo repetirá o no lo repetirá delante de ustedes. Si lo repite, tienen una versión comprobable. Si no, tienen otra cosa.

Vikander lo pensó. Miró a Holm. Miró la pantalla.

—Una pregunta —dijo—. Qué hizo esa noche. No le enseñe esto. No le hable de líneas. Qué hizo esa noche, y ya.

—Una pregunta.

Maja llamó a Tomas desde el pasillo de la comisaría, no desde la sala. Él contestó al segundo tono, con ruido de sede detrás.

—Tomas. Una cosa que tengo que saber, como directora, antes del lunes. La noche del trece, en la casa. Qué hiciste. Hora por hora.

Un segundo de silencio. No más de un segundo.

—Llegué a las cinco. Encendí la estufa, abrí las contraventanas del salón, saqué lo del acto.

Cené a las ocho, una lata. Hablé con Elin a las nueve por lo del catering.

Me acosté a las diez. —Otro segundo—. Hacia las once oí un ruido.

En la sauna, o en el porche de la sauna, algo que golpeaba.

Me levanté, cogí la linterna del vestíbulo y salí por la sauna.

No había nadie. Había huellas en la nieve, hacia el hielo.

Anduve un poco tras ellas, hasta el embarcadero y algo más, veinte pasos, con la linterna, y no vi a nadie.

Grité «hola» dos veces. Nada. Pensé que era un periodista buscando un plano de la casa de noche; ya habían venido dos ese fin de semana.

Volví, cerré la sauna con llave, me acosté.

—Una pausa—. En enero dije que no oí nada.

Es verdad que no oí nada que me pareciera algo.

Debí decirlo entonces. Lo diré el lunes.

—¿Por qué no lo dijiste?

—Porque el sábado tu madre estaba en la orilla diciendo «es ella» y yo estaba conteniendo a la prensa, y cuando Vikander me preguntó por la noche pensé en un periodista y en una linterna y me pareció que no era nada. —La voz no cambió—. No lo es. O no lo era. ¿Ha pasado algo?

—Te lo cuento el lunes.

Colgó. Volvió a la sala. Repitió a Vikander lo que Tomas había dicho, palabra por palabra, como Britt repetía las cosas, y Vikander lo apuntó entero y leyó en voz alta lo apuntado para que Maja confirmara.

—Encaja con la línea corta —dijo Vikander.

—Encaja.

—Y no explica la larga. Ni la manga.

—No.

—El lunes.

Elin las acompañó a la puerta. En la calle, con el frío, dijo:

—¿Voy a tener que declarar? Por la tarjeta.

—Sí.

—Vale. —Se subió la cremallera del abrigo hasta arriba—. Yo también cerré el vídeo a los diez segundos. Lo digo por si me lo preguntan.

Maja no volvió a la sede. Fue al piso, hizo una bolsa con ropa para tres días, y reservó el vuelo de la tarde a Luleå y una habitación en el hotel del aeropuerto, el mismo donde su hermana había dormido el lunes doce de enero con una tarjeta de crédito a su nombre.

No lo eligió por eso. Lo eligió porque estaba lejos del lago y porque no pensaba volver a dormir en la casa mientras Tomas tuviera llave, y no pensaba decirle a nadie por qué.

Antes de salir escribió a Helena: «Estoy en Luleå esta semana por la fiscalía. Duermo en el aeropuerto. Voy el martes». Helena contestó con una palabra: «Bien».

En el avión, con la bolsa bajo el asiento de delante, Maja cerró los ojos y vio la pantalla: la línea desordenada que iba hacia las balizas, ciento setenta metros, y la línea doble, veinte, que volvía.

Dos personas al hielo desde esa casa; una de vuelta.

Tomas había dicho veinte pasos y una linterna y un periodista.

Cabía. Cabía en el hielo y cabía en él. Lo que Maja no podía hacer ya, desde las nueve y doce de esa mañana, era creerlo sin haber visto la manga, y ya la había visto.

No pensó «fue él». No podía sostenerlo. Pensó: qué pasó entre ellos dos en esos veinte metros, y cómo se demuestra. Era una pregunta distinta de la de hacía cinco semanas, y era la suya.