29
E l aparcamiento de la fiscalía era una placa de hielo con dos filas de coches y un cartel que pedía precaución, y Maja lo cruzó a pasos cortos, con la bolsa de documentos ya vacía, a las diez menos cinco de la mañana.
Sundell la recibió en un despacho de esquina con dos ventanas y una mesa sin nada encima salvo tres carpetas y un vaso de agua.
Era más joven de lo que su voz decía por teléfono, cuarenta y pocos, con el pelo corto y unas gafas que se quitaba para hablar y se ponía para leer.
Vikander ya estaba, en la silla de la ventana, con el cuaderno cerrado sobre la rodilla.
—Dos cosas antes de lo suyo —dijo Sundell, sin sentarse aún—.
Lovisa Ek. La medida está decidida desde ayer.
Ella lo sabe; se lo comunicaron en Gävle ayer por la tarde.
Él también lo sabe. No le digo más porque no hay más que decir en esta habitación.
—Se sentó—. Y el sellado: sigue en estudio. Lo digo para que no lo pregunte.
—No iba a preguntarlo.
—Bien. —Sundell abrió la carpeta de en medio y se puso las gafas—. Ahora lo suyo. Vikander se lo cuenta, porque es suyo, y yo digo lo que falta.
Vikander no abrió el cuaderno. Lo sabía de memoria.
—Ahogamiento. Sin duda sobre eso. Agua en los pulmones, agua del lago.
Sin lesiones en la cabeza, sin fracturas.
—Habló mirando a Maja, sin adornos—. Dos cosas que no cuadran con una caída limpia.
Una: los hematomas en los dos antebrazos.
Cuatro en el derecho, tres en el izquierdo, en la cara interna, del tamaño de yemas de dedos, en línea.
Recientes; del mismo día que la muerte, o de horas antes, no de días.
La forense dice «compatibles con sujeción».
No dice más porque no puede decir más. Dos: la manga.
Desgarrada por la costura del hombro y por el codo, hacia atrás.
No hacia delante, como cuando alguien se engancha yendo. Hacia atrás.
Maja tenía las manos en el regazo y las dejó ahí.
—Lo que tenemos de la noche del trece —siguió Vikander—: el hotel de Luleå, con salida a las dieciséis y diez.
El coche en el apartadero, visto el miércoles temprano por el conductor de la quitanieves.
El abrigo, las botas, la llave. El agujero fuera de la ruta, a treinta metros de las balizas.
La exportación del dron, donde se ve la ruta marcada con huellas y una mancha ya cerrada.
Y una persona en la casa esa noche: Tomas Wiklund, que llegó el martes por la tarde, según su declaración de enero, cenó solo, se acostó temprano y no oyó nada.
—Y el teléfono de su hermana —añadió Vikander—.
Tenía uno español; consta por el hotel y por la agencia.
El aparato no ha aparecido. La operadora española ha contestado que lo que puede dar sobre esa noche tarda meses por el camino que tiene que seguir, y que no lo dará antes.
Cuando llegue, si llega, la situará en una celda, no en una casa.
—Lo que no tenemos —dijo Sundell— es nada que sitúe a su hermana dentro de la casa.
Ni fuera de ella. Sabemos que aparcó, que cruzó por la ruta, que murió a treinta metros de las balizas con marcas de dedos en los brazos y una manga rota hacia atrás.
Entre el embarcadero y el agujero no sabemos nada.
No sabemos si llamó a la puerta. No sabemos si alguien abrió.
—Mi madre quiere saber si Elsa sabía que ella estaba en Estocolmo esa noche.
Sundell se quitó las gafas.
—No lo sabemos. El acto del catorce era público; lo anunció la fundación; salió en prensa desde diciembre.
Cualquiera que buscara el nombre de su hermana en internet sabía dónde iba a estar su madre el miércoles y, si leía con cuidado, el martes por la noche.
Que lo supiera no significa que viniera por eso.
—Volvió a ponerse las gafas—. Dígale eso a su madre. Es lo que hay.
—Y por qué no llegó a la casa.
—No sabemos si llegó.
Las tres carpetas. Pensó en la puerta de la sauna, en el pasillo de nieve, en Tomas fregando tazas la mañana del sábado.
—Lo de la manga —dijo—. Hacia atrás.
—Alguien la sujetó por detrás, o ella tiró hacia delante con alguien sujetándola. O se enganchó en algo al caer de espaldas. —Vikander lo dijo con la voz de las tres opciones—. La forense no elige.
—¿Y usted?
—Yo no elijo hasta que pueda.
Sundell cerró la carpeta.
—Le voy a decir lo que voy a hacer, para que no se lo cuente otro.
Vamos a volver a hablar con el señor Wiklund.
Con más detalle. No como sospechoso: como la única persona que estaba en esa casa.
Le preguntaremos por cada hora. Y voy a pedirle a usted una cosa: que no hable con él de esto antes de que lo hagamos nosotros.
—¿Cuándo?
—Lunes. —Sundell miró a Vikander—. Y la señora Lund, la de Umeå, también el lunes, por teléfono. Hemos releído su declaración de 2001. Dos párrafos. Se le pueden hacer veinte preguntas que nadie le hizo, y ninguna cambia lo de enero, pero las haremos.
—¿Y hasta el lunes?
—Hasta el lunes usted es su directora y él es su responsable de familias, y hablan de Lovisa Ek, del patronato, de lo que hablen. No de la manga.
Maja asintió. Nadie le había pedido nunca que callara algo a Tomas, y notó, al asentir, que no le costaba.
El teléfono le vibró en el bolsillo. Elin. Lo dejó vibrar. Volvió a vibrar.
—Conteste —dijo Sundell—. Si es dos veces, es algo.
Maja salió al pasillo.
—Estoy catalogando las tarjetas —dijo Elin, sin saludar, con la voz rápida que ponía cuando algo la superaba—.
Las del dron. El operador nos las devolvió el lunes, con la campaña parada, porque no las necesita y porque las pidió Ingrid en enero para tenerlas nosotros.
Ocho tarjetas. Estoy volcándolas una por una, con fecha y contenido, para el archivo, como me dijiste que hiciera con todo lo del acto.
—Tomó aire—. Hay un archivo del día catorce que no está en la exportación que mandé a la policía.
—¿Qué archivo?
—Un vuelo. De las ocho y cincuenta de la mañana.
Dura seis minutos. Es de antes del acto, cuando el operador hizo la prueba de luz para el plano de la orilla.
En la exportación solo metió el vuelo del acto, el de las doce, porque fue lo que le pedimos: el acto.
Este es la prueba. —Elin bajó la voz—. Es en alta resolución, Maja.
La exportación estaba comprimida a un cuarto.
Esto es el original. Y el plano no es solo de la orilla.
Sube. Hasta la mitad del lago, o más. Lo he abierto diez segundos y lo he cerrado.
—¿Por qué lo has cerrado?
—Porque se ve la casa. Y el hielo entero. Y no sabía si tenía que verlo yo.
Maja se apoyó en la pared del pasillo. Al otro lado de la puerta, Sundell y Vikander esperaban.
—No lo vuelvas a abrir —dijo—. No lo copies. No lo mandes. Déjalo en la tarjeta, apunta en el catálogo la hora y la duración, y guarda la tarjeta con llave. Mañana estoy en Estocolmo con Vikander y lo vemos juntas. Las tres.
—¿Las tres?
—Las tres. Tú también. Tú lo has encontrado.
Colgó. Volvió al despacho. Sundell la miró y esperó.
—Hay un segundo vuelo del catorce —dijo Maja—.
A las ocho y cincuenta. Original, sin comprimir, con la mitad del lago.
No estaba en la exportación porque el operador solo exportó el acto.
Las tarjetas las tiene mi responsable de comunicación desde el lunes.
Lo veo mañana en Estocolmo, si Vikander quiere venir.
Vikander ya se estaba levantando.
—Quiero. Mañana a las nueve. Y hoy mismo alguien de Estocolmo se lleva esa tarjeta a comisaría, y ustedes lo ven allí, no en su sede. —Miró a Sundell—. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. —Sundell apuntó algo—. Y el lunes con Wiklund sigue en pie. Con lo que se vea mañana o sin ello.
Maja cruzó el aparcamiento helado de vuelta al coche a pasos cortos, con el bolso vacío y el teléfono en el bolsillo, y en el coche, antes de arrancar, se quedó con las manos en el volante.
Tres cosas nuevas en una hora. Marcas de dedos en línea en los dos antebrazos. Una manga rota hacia atrás. Y seis minutos de lago, a las ocho y cincuenta de la mañana del catorce, sin comprimir, en una tarjeta que Elin había cerrado a los diez segundos porque se veía la casa.
Había pedido a Vikander en enero el material del acto y lo había mandado Elin, comprimido, y Vikander había dicho: es lo que hay.
Nadie había mentido. La prueba de luz no era el acto.
Y Maja había firmado en 2018 un protocolo que decía que la dirección no ve los casos en los que tiene relación personal, y llevaba cinco semanas viendo el suyo, y mañana iba a ver el hielo entero desde arriba, con la casa en el borde, y a alguien que había dormido en esa casa la noche del trece y que le había puesto delante un vaso de agua en un patronato sin que nadie se lo pidiera.
Puso el motor en marcha y salió del aparcamiento despacio, por el hielo, como había entrado, y no miró el edificio por el retrovisor.