El secreto bajo el hielo 28
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E l sobre venía de Luleå, no de España, pero dentro llevaba tres páginas con membrete español y un sello de una cooperativa agrícola de un pueblo llamado Valleseco, y Vikander se lo había dejado a Maja en la comisaría del pueblo a primera hora, con una nota: «Segunda parte.

Léalo usted; yo ya lo he leído y no sé más».

Maja lo leyó en la mesa de la cocina de la casa del lago, a las nueve de la mañana, con Helena enfrente.

Helena había vuelto al lago el miércoles por la noche, sin avisar, en el último vuelo; Maja se la había encontrado en la cocina al llegar de Umeå, con la lista de medios doblada en el bolsillo del abrigo y la televisión apagada, y las dos habían dicho «hola» y nada más.

Era la primera noche en la misma casa desde el once.

Por la mañana Helena había hecho café para dos, cosa que no hacía desde enero, y había puesto las dos tazas en la mesa sin decir para quién era cada una.

—Ha salido en el periódico de Luleå lo de Örebro —dijo Helena antes de que Maja abriera el sobre—. Una peluquería. Un hombre que entra. «Una de las mujeres de la lista de la fundación». No dan el nombre.

—No lo dan porque no lo tienen.

—¿Está bien?

—Se ha ido a otra ciudad. Con su hija.

Helena asintió una vez, como se asiente a una noticia de otra familia, y no preguntó más.

—Es de España —dijo Maja—. Lo que faltaba.

—Léelo.

Maja leyó en voz alta, porque era más fácil que resumirlo y porque no quería que Helena la viera leer primero y decidir qué contaba.

Elsa Nyberg había causado baja en el hotel del sur de la isla en abril de 2004.

En mayo de 2004 había sido dada de alta como empleada de oficina en una cooperativa agrícola de Valleseco, un municipio del interior, a cuarenta kilómetros de la costa, en la zona de medianías.

Categoría administrativa. Contrato indefinido desde 2006.

Veintiún años y ocho meses de cotización ininterrumpida hasta enero de 2026.

Último domicilio conocido: el mismo municipio, una calle con nombre de árbol, sin número en el documento, que alguien había tachado con una línea antes de enviarlo.

Nada más: ni pareja, ni cuenta, ni propiedad.

Eso, decía la nota de Vikander, vendría o no vendría.

Maja dejó las tres páginas sobre la mesa.

Valleseco. Lo buscó en el móvil sin que Helena se lo pidiera: un pueblo en la ladera de un monte, casas blancas, plataneras abajo y bosque arriba, nubes que se quedaban enganchadas a media altura, según las fotos.

Ni un turista sueco en tres páginas de resultados.

Un mercado los domingos, con las fotos de siempre: quesos, mieles, una plaza con una iglesia y mujeres con delantal.

Una cooperativa de agricultores con una tienda y una oficina de dos personas.

—2004 —dijo Helena.

—Mayo.

—La fundación es de 2003.

—Sí.

Helena cogió las tres páginas, las miró sin leerlas, y se detuvo en la línea tachada.

—Han tachado el número de la calle.

—Es la práctica. No es nuestro.

—Hasta muerta. —Dejó las páginas—. Hasta muerta hay que tachar dónde vivía para que su madre no lo sepa.

Maja no dijo que el tachón no era por Helena. Habría sido verdad y no habría servido.

—Se fue del hotel el año siguiente de que yo fundara esto. —Miró la ventana, el lago—. Del hotel donde hablaba sueco todo el día con suecos que leían periódicos suecos. Se fue a un pueblo donde no hay suecos. Para que nadie pudiera reconocerla.

—Sí.

—Para que yo no pudiera.

Maja tardó en contestar. Repasó las páginas, el sello, la línea tachada sobre el número de una calle con nombre de árbol.

Había visto las mismas tres páginas que Helena y había leído lo mismo, y no era lo mismo.

Ella había leído: 2003, la fundación, el nombre de Elsa en la puerta de una casa de Estocolmo, en la web, en los actos, en las noticias de cada enero; y 2004, un pueblo del interior donde ninguna sueca de vacaciones iba a mirarla dos veces en un mercado.

Su hermana no se había escondido en 2001; en 2001 se había ido a un hotel de suecos, a recibir suecos.

Se había escondido en 2004, cuando la búsqueda dejó de ser una madre en un lago y se convirtió en una institución con retratos y campañas y una hija pequeña delante de las cámaras diciendo «la esperamos».

Cuando Helena, sin saberlo, la buscó en serio, Elsa se metió en un pueblo sin turistas.

Y cuando la fundación lanzó un retrato envejecido en 2019, la encontró un mercado, no un hotel.

Lo que había hecho imposible la vuelta era la búsqueda. El trabajo de Maja.

—Se escondió de mí —dijo Helena.

—Se escondió de que la encontraran.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. —Maja lo dijo sin levantar la voz—. En 2001 se fue a un sitio donde cualquiera podía verla. En 2004 dejó de poder. En 2004 tú salías en la televisión con su foto y yo salía a tu lado. Eso es lo que cambió.

—Y eso te parece una razón.

—No me parece nada. Es la fecha.

Helena se levantó. Fue al fregadero, abrió el grifo, lo cerró, como aquel lunes de enero. Se quedó de espaldas.

—Yo fundé esto para encontrarla —dijo—. Y tú me estás diciendo que fue lo que la hizo esconderse.

—Te estoy diciendo que en 2004 cambió de trabajo.

—Es lo mismo, Maja.

Maja se calló. Habría podido seguir: que no era lo mismo, que una cosa era el motivo y otra la fecha, que la búsqueda de Helena no era una culpa sino una causa y que las causas no se juzgan.

Habría podido decir que Katrin Lund había dicho lo mismo el día anterior con otras palabras, en una cocina de Umeå, con un reloj de pared y un paño colgado del horno.

No lo dijo. Recogió las tres páginas, las metió en la bolsa de plástico junto al sobre de Katrin, y sacó el móvil.

—Voy a Luleå —dijo—. Tengo que entregar una cosa a Vikander. Y voy a pedir cita con la fiscal para mañana.

—¿Para qué?

—Para saber qué tiene sobre Elsa. Sobre la muerte. Llevo un mes hablando con ella del protocolo y de Lovisa. No le he preguntado por el lago.

Helena se volvió.

—Pregúntale por qué no llegó a la casa.

—Se lo preguntaré.

—Y pregúntale si sabía que yo estaba en Estocolmo esa noche. Si vino sabiéndolo.

Maja miró a su madre: el pelo blanco recogido, la rebeca, las manos en la encimera, la cara que en los actos no se movía y que ahora tampoco se movía.

Pensó que era la pregunta más honesta que le había oído en un mes, y la más dura, porque Helena estaba preguntando si su hija había elegido la única noche del año en que la casa estaba vacía de madre.

—Se lo preguntaré —repitió.

Llamó a Sundell desde el coche, con la bolsa en el asiento. La secretaria le dio hora para el viernes a las diez. Maja dijo que allí estaría.

En Luleå, Vikander la recibió en un pasillo de la comisaría, de pie, con el cuaderno, y cogió la bolsa con el sobre de Canarias como se coge una cosa que ya se esperaba.

Le hizo firmar un recibo. Preguntó por Katrin Lund con tres preguntas: si había mentido en 2001, si lo había reconocido, si tenía algo más. Sí, sí, no. Vikander lo apuntó.

—La llamaremos —dijo—. No para 2001. Para enero.

—No sabe nada de enero.

—Eso lo decidimos nosotros. —Cerró el cuaderno—. Mañana con Sundell, ¿no?

—A las diez.

—Yo estaré. Lo de la muerte lo repasamos allí, con ella delante. Lo que tenemos y lo que no. Prefiero decírselo una vez, con la fiscal, que dos veces por pasillos.

—De acuerdo.

Maja no insistió. Con Vikander no servía de nada, y además había aprendido, en un mes, que Vikander decía las cosas donde quedaban dichas.

Al pasar por delante de la casa de Britt vio la ventana lateral encendida y una figura que se apartaba del cristal, con el pelo blanco.

No paró. Britt sabía que Maja había estado en Umeå porque Maja se lo había dicho por mensaje la noche anterior, en dos líneas, y Britt había contestado con una sola: «Katrin. Sí. Ella».

Al arrancar miró la casa por el retrovisor. Helena estaba en la ventana de la cocina. No la saludó, ni Maja a ella. Pero estaba en la ventana, mirando el coche irse, y desde enero Maja no la había visto mirar otra cosa que el lago.