27
— El quince por la mañana me llamó. —Katrin miró el reloj de pared, la una menos veinte.
Luego la taza—. Desde una cabina de la estación central de Estocolmo.
Yo acababa de llegar del turno de noche y todavía no había visto la televisión.
Dijo: soy yo, estoy bien, no digas nada.
Le dije que la policía no había venido todavía.
Dijo: vendrán. Y que llamaría a su madre ella misma cuando estuviera instalada, en una semana, cuando ya nadie pudiera meterla en un coche.
—Una semana.
—Una semana. Lo dijo así. —Katrin bebió—.
La policía vino esa tarde. Y esa noche salió en las noticias.
El lago, las huellas, los buzos al día siguiente.
Yo miré la televisión de pie, con el abrigo puesto, y pensé: ahora llama.
Mañana llama. Llamó a los tres días. Desde el albergue.
Había visto las noticias en el vestíbulo, en una pantalla, con veinte mochileros alrededor.
Me preguntó si era verdad lo de los buzos.
Le dije que sí. Se quedó callada mucho rato y yo pagué esa llamada de mi bolsillo, porque era a cobro revertido.
Maja apoyó las manos en la mesa.
—Dijo que si llamaba ahora, con los buzos en el lago y su cara en todas las portadas, su madre iría a Estocolmo en el primer tren.
Que ya no era una chica que se había ido a trabajar; era la chica del lago.
Que esperaría a estar en la isla. Que desde la isla sería distinto.
—Katrin dejó la taza—. Yo le dije que esperar era peor. Ella dijo que ya lo sabía y colgó.
—¿Y después?
—Voló el veintiséis. Me lo dijo por teléfono el día antes, desde la misma cabina.
Y luego llamó desde allí, desde la isla, una vez al mes durante ese año.
Siempre a la misma hora, a las siete de la tarde de un domingo, porque sabía que no estaba de turno.
Me contaba el hotel, el calor, que los huéspedes suecos le preguntaban si era del norte por el acento y ella decía que de Umeå.
Le pregunté cada vez si había llamado a su casa.
Cada vez dijo que lo haría. —Katrin levantó los ojos—.
Iba a llamar. Eso decía. La semana siguiente, cuando pasara el aniversario, cuando terminara la temporada, cuando su madre saliera menos en la televisión. Y su madre nunca salía menos.
El reloj marcó menos cuarto.
—En 2002 dejó de llamar. Sin más. El domingo de enero no llamó, ni el de febrero.
Yo no tenía un número; ella siempre llamaba desde una cabina o desde el hotel.
Escribí al hotel una vez, a mi nombre, preguntando por una empleada sueca.
No contestaron. —Se pasó la mano por la boca—.
Y ya está. Eso es todo lo que sé de ella después del catorce de enero de 2001. Un año de domingos.
—¿Por qué cree que dejó de llamar?
—Porque yo era lo último que le quedaba de aquí.
—Katrin lo dijo sin dudar; lo había pensado durante veinticuatro años—.
Mientras me llamaba a mí, seguía teniendo un hilo.
Cuando lo cortó, ya no había nada que la obligara a hacer lo que iba a hacer la semana siguiente.
Me lo dijo un domingo, medio en broma: que si dejaba de llamarme, dejaría de tener que prometerme cosas. Se rio. Yo no.
Sobre la mesa, el sobre alargado con el sello de Canarias.
Había venido a Umeå a saber cómo se había ido su hermana, y lo sabía: una madre que llamaba a las siete, un anuncio en una sala de espera, un sobre con dieciocho mil coronas, cincuenta y un postes contados a las cinco de la mañana.
Tenía sentido. Era pequeño y tenía sentido.
Lo que no tenía sentido era lo de después, y Katrin acababa de decírselo con la misma calma: una semana se había convertido en un año de domingos, y el año de domingos se había convertido en silencio, y el silencio en veinticuatro años, y en cada tramo la razón había sido la misma.
Que su madre no salía menos en televisión.
Que la búsqueda no se apagaba. Que cada aniversario hacía más caro el teléfono.
—Yo la ayudé a irse —dijo Katrin, y ahora sí miró a Maja a la cara—.
Lo hice y lo haría otra vez, con lo que sabía entonces.
Pero después de eso ya no fui yo. Fue su madre en las noticias, y fue esa fundación con el nombre de ella en la puerta, y fue cada enero con las coronas en el hielo.
Cada vez que ella cogía el teléfono para llamar, había una cosa nueva que llamar significaba destruir.
—Se detuvo—. No se lo digo para quitarme nada.
Se lo digo porque usted lleva ocho años dirigiendo esa fundación y creo que tiene derecho a oírlo de alguien que no es su madre.
Maja giró la taza vacía entre las manos.
Katrin se levantó, cogió las dos tazas, las lavó en el fregadero con el mismo cuidado con que se había lavado las manos, y las puso boca abajo en el escurridor. Se secó. Miró el reloj: la una.
—Tengo que irme a las dos y media —dijo, de espaldas—. Puede quedarse hasta entonces si quiere. No tengo nada más que contar, pero puede quedarse.
—¿Le contó alguna vez por qué? —preguntó Maja—. No lo de la madre. Lo de quedarse. Lo de no volver nunca.
Katrin se volvió con el paño en las manos.
—Un domingo, en el verano de 2001. Le pregunté cómo estaba y me dijo: aquí nadie sabe dónde estoy. Y luego dijo: no sabía que se pudiera dormir así. —Colgó el paño—. No dijo más. No hacía falta.
Maja cogió el sobre de la mesa. Lo metió en la bolsa de plástico de documentos que llevaba en el bolso, escribió la fecha y el nombre de Katrin en la bolsa, y se la enseñó antes de cerrarla, como había hecho con la de Anneli.
—Esto lo tendrá la policía —dijo—. Con su nombre. La declaración de 2001 la volverán a leer. Puede que la llamen.
—Que me llamen.
—No voy a denunciarla. Por lo de entonces.
Katrin la miró un momento, con el paño colgado ya, y no dio las gracias. Asintió, como se asiente a un diagnóstico.
—No pensé en usted —dijo—. Ya se lo he dicho. Lo repito porque es lo único de todo esto que haría distinto.
—Tenía ocho años.
—Ya lo sé. —Katrin cogió la rebeca del respaldo—. Por eso.
Maja se puso el abrigo. En el pasillo se detuvo delante del mapa, el alfiler rojo en la costa, y Katrin, detrás de ella, no dijo nada de él esta vez.
—¿Fue feliz? —preguntó Katrin otra vez, en la puerta. La misma pregunta, con la misma voz—. Ya sé que no lo sabe. Se lo pregunto por si lo sabe un poco más que hace una hora.
—Hace una hora no sabía que había dicho lo de dormir.
—Pues ya sabe eso.
Katrin se quedó con la mano en el marco.
—A su madre no le diga nada de mi parte —añadió—. Lo he pensado veinticinco años y no hay nada que pueda decirle que no sea peor que el silencio. Si quiere odiar a alguien con nombre, dele el mío. Lo prefiero a que se lo dé a la chica.
Bajó la escalera. Fuera, la luz del río seguía baja y limpia, y el taxi que había pedido esperaba con el motor en marcha.
Doscientos setenta kilómetros hasta el lago; había alquilado un coche en el aeropuerto porque no quería volar de vuelta a Estocolmo y volver a subir al día siguiente.
Tres horas y media de carretera, con la bolsa de documentos en el asiento de al lado y un sobre con sello de Canarias dentro.
En Skellefteå paró a echar gasolina y llamó a Vikander desde el surtidor.
Le dijo dónde había estado y con quién, y qué llevaba en una bolsa de plástico: un sobre de un hotel de Canarias, de diciembre de 2000, a nombre de Katrin Lund.
Vikander escuchó sin interrumpir y al final dijo dos cosas: que releerían la declaración de 2001 y que la carta se la entregara mañana en Luleå, no la dejara en la casa.
Maja dijo que mañana tenía otra cita en Luleå de todos modos. Vikander dijo que ya lo sabía.
Condujo hacia el norte sin radio. Pasó Skellefteå, Piteå, la costa a la derecha, y en algún punto entre las dos, con la luz ya yéndose, entendió lo que Katrin había dicho sin decirlo del todo: que Elsa no había elegido no volver una vez, un día, con una razón.
Había elegido no volver cada domingo, durante un año, con una razón distinta cada vez, hasta que dejó de necesitar razones.
Y que en cada uno de esos domingos, en la otra punta, había una madre en la televisión y una niña en una ventana, y una fundación que todavía no existía y que iba a existir para hacer imposible lo que Elsa ya no hacía.
No pensó en su hermana como en una heroína ni como en una desertora.
Pensó en una mujer que había descubierto a los diecinueve años que se podía dormir de otra manera, y que había pagado ese sueño con su madre, con su hermana y, veinticuatro años después, con un lago.
Eso era todo. Era mucho y era pequeño, y lo peor era que Maja lo entendía.
Llegó al lago a las seis y media, de noche. Entre la casa y la de Britt, el pasillo de nieve entre los setos, con la cuerda de Tomas, seguía sin pisar.