26
E l vuelo de las siete la dejó en Umeå a las ocho y diez, con luz ya, una luz baja y limpia que venía del río.
Cogió un taxi hasta el barrio del hospital, un conjunto de bloques de ladrillo de los ochenta con balcones estrechos, y se quedó veinte minutos en un café de la esquina hasta que fueron las doce, porque Katrin Lund trabajaba de tarde y a las doce estaría en casa.
No había llamado. Subió al segundo piso por una escalera que olía a limpiador y llamó al timbre una vez.
En el pasillo había un mapa de Norrbotten, enmarcado, con un alfiler rojo clavado en un punto de la costa, y Maja lo vio antes de ver a la mujer que había abierto la puerta.
—Katrin Lund.
—Sí.
—Maja Nyberg.
La mujer no preguntó nada. Se quedó con la mano en la puerta, mirándola, con la cara de quien lleva veinticinco años esperando un timbre y de pronto lo oye.
Tenía cincuenta y seis años, el pelo gris recogido, un uniforme azul claro de centro de mayores debajo de una rebeca, y unas zapatillas de suela blanca. Entraba a trabajar a las tres.
—Sabía que vendría alguien —dijo Katrin—. Desde enero. Cada vez que salía en las noticias pensaba: hoy. —Miró el pasillo detrás de ella, el mapa—. No pensé que fuera usted. Pensé en la policía.
—La policía tiene su declaración de 2001. No la ha releído.
—Ya. —Katrin soltó la puerta—. Pase. Voy a lavarme las manos.
El piso era pequeño, de dos habitaciones, en un segundo piso de un bloque de ladrillo cerca del hospital, y la cocina daba a un patio interior con nieve sucia y un contenedor.
Katrin se lavó las manos en el fregadero, con jabón, despacio, y se las secó con un paño que luego colgó del tirador del horno.
Solo entonces se sentó, frente a Maja, y miró el reloj de pared, que marcaba las doce y diez.
—Tengo dos horas y media —dijo—. No sé si bastan.
—Cuéntemelo en orden. Como lo contaría en un parte.
Katrin asintió, como si la instrucción le sirviera.
—Ella alquiló la habitación en agosto de 2000.
—Dijo «ella», no Elsa, y Maja notó que iba a seguir diciéndolo—.
Yo tenía treinta y uno, trabajaba en Sunderby, en el hospital, y me sobraba un cuarto.
Ella estudiaba en la universidad, segundo curso.
Pagaba el día uno. No hacía ruido. —Puso las manos sobre la mesa, una sobre otra—.
Su madre llamaba todos los días. A las siete de la tarde.
Al teléfono fijo de mi casa, porque el móvil de ella lo cogía la mitad de las veces.
Si no la encontraba, me preguntaba a mí dónde estaba.
Un día se presentó en Luleå sin avisar, un martes, con una tarta, y se quedó a dormir en el sofá.
Ella no dijo nada. Al día siguiente me dijo que aquello era normal en su casa.
Maja se acordaba de aquel martes: Helena había vuelto del norte con la tarta a medias y había dicho que Elsa estaba muy delgada y que la casera era «una chica seria». Nada más. Maja tenía siete años y había pensado que una casera era una cosa que se tenía, como una bicicleta.
Katrin siguió mirando el reloj a intervalos, como se mira un monitor.
—En noviembre me pidió si podía recibir cartas a mi nombre.
Le dije que sí. Llegaron dos, de España, con sello de Canarias, y una tercera en diciembre.
Era un hotel. Un hotel de suecos en el sur de la isla que buscaba gente para la temporada.
Ella había contestado a un anuncio de un periódico escandinavo que había en la sala de espera de mi hospital.
Me lo contó cuando llegó la segunda carta: que la habían cogido, que empezaba en marzo, que quería irse en enero para tener unas semanas de sol antes de trabajar.
—Katrin se detuvo—. Que su madre no lo sabía y no iba a saberlo hasta que ella estuviera allí.
—¿Por qué no?
—Porque su madre habría ido a buscarla al aeropuerto.
Eso dijo. No lo dijo con rabia. Lo dijo como se dice el tiempo que va a hacer.
—Katrin giró la taza vacía que aún no había llenado—.
Una noche me dijo otra cosa. Estábamos en la cocina, ella con un libro, yo con el turno del día siguiente.
Dijo que quería vivir un año en un sitio donde nadie supiera a qué hora entraba ni a qué hora salía.
Un año. Dijo un año. Luego volvería, dijo, y ya sería mayor de una manera que su madre no podría deshacer.
—Katrin miró la mesa—. En diciembre sacó dinero del banco.
Poco a poco. Me pidió que le guardara el sobre en mi armario, porque en su cuarto no había llave.
Dieciocho mil coronas. Lo contó delante de mí dos veces, y luego me lo dio.
—¿Y usted?
—Yo pensé que una chica de diecinueve años que quiere irse a trabajar a un hotel tiene derecho a hacerlo.
Y que si su madre se presenta un martes con una tarta y duerme en el sofá para vigilarla, más todavía.
—Katrin la miró—. Eso pensé. Puede que fuera lo que quería pensar.
Tenía una madre parecida. Menos, pero parecida.
El reloj marcó y cuarto.
—Se fue a pasar las Navidades al lago el veintidós de diciembre.
Con el pasaporte en el bolso; me lo enseñó.
El plan era este: el catorce de enero, de madrugada, saldría de la casa sin despertar a nadie, cruzaría el lago por la ruta de invierno hasta la carretera de enfrente, y yo la recogería a las cinco y media.
No quería pasar por el pueblo porque el camino de la casa se ve desde el pueblo y desde la ventana de su madre.
El lago no. —Katrin lo dijo despacio, como quien reconstruye una dosis—.
Yo salí de Luleå a las cuatro. Noventa kilómetros con placas.
Llegué al ensanche de la carretera a las cinco y veinte y apagué los faros.
Hacía veintidós bajo cero y no había viento; me acuerdo porque el parabrisas se heló por dentro y tuve que rascarlo con la uña.
A las cinco y treinta y cinco la vi subir por el talud, con una mochila azul, con el gorro hasta los ojos y la bufanda hasta la nariz, con las botas de nieve del pueblo.
Se metió en el coche y dijo: cincuenta y uno. Los postes. Los había contado.
Maja tuvo que apoyar la espalda en la silla.
—No dijo nada más en todo el viaje. Llegamos a Luleå a las siete.
Le hice un café. Cogió el tren de las nueve a Estocolmo, con billete pagado en efectivo, con la mochila, con el sobre.
Desde la ventana de mi cocina se ve la estación; la vi cruzar la plaza.
—Katrin volvió a mirar el reloj—. Eso fue el catorce. El quince por la tarde vino la policía.
—¿A su casa?
—A mi casa. Un agente y una agente. Preguntaron si la inquilina había vuelto de las fiestas.
Dije que no. Preguntaron cuándo la había visto por última vez.
Dije que el veintidós de diciembre, cuando se fue al lago.
—Katrin lo dijo sin bajar la vista—. Mentí.
Fue la única vez en mi vida y fue esa. Me dijeron que había desaparecido en el lago, que sus huellas terminaban en la orilla, que se estaba buscando.
Me preguntaron si sabía de algún problema en casa. Dije que no. Se fueron.
—Me preguntaron si tenía novio, si había hablado de irse, si le habían visto algún problema.
Dije que no a todo. Lo del novio era verdad.
—Levantó un poco los hombros—. Yo entonces vivía sola y sigo viviendo sola; me casé en 2006 y me divorcié en 2011, sin hijos.
Lo digo por si le sirve para entender que aquella chica de diecinueve años, en mi cocina, con un libro, era lo más parecido a una hermana pequeña que he tenido. No es una excusa; es lo que había.
—¿Por qué mintió?
—Porque estaba en un tren. —Katrin abrió las manos—.
Porque si yo decía la verdad, la policía la paraba en Estocolmo y la devolvía a una casa de la que se había ido a las cuatro de la mañana por un lago helado para no tener que despedirse.
Porque pensé que llamaría ella. Porque tenía diecinueve años y un contrato y un pasaporte, y ninguna de esas cosas es un delito.
—Bajó la voz—. Y porque no pensé en usted.
Se lo digo ahora: no pensé en usted. Sabía que había una niña. No pensé en ella.
Por la puerta de la cocina se veía el mapa, el alfiler rojo en la costa.
—Ese punto es Luleå —dijo Katrin, siguiendo su mirada—. Lo puse en 2004, cuando me vine a Umeå. Para acordarme de dónde no volvía.
Se levantó, fue al fogón y puso agua a calentar sin preguntar si Maja quería algo. Sacó dos tazas. Mientras el agua se calentaba, se quedó de pie, de espaldas, con las manos en la encimera.
—Nadie me volvió a preguntar —dijo—. Nunca.
Ni la policía ni nadie. Vi la búsqueda en las noticias.
Vi a su madre. Vi los buzos. Y yo tenía en el armario el sobre vacío donde había estado el dinero y en el buzón una carta de un hotel de Canarias dirigida a mi nombre, y nadie llamó a mi puerta.
—Se volvió—. Pensé cada día durante un año que iban a llamar.
Al segundo año dejé de pensarlo. Al cuarto me fui de Luleå.
Abrió un cajón de la cocina, el de abajo, el que en todas las cocinas guarda lo que no se sabe dónde poner, y sacó un sobre alargado con un sello de Canarias y el nombre de Katrin Lund escrito a máquina. Lo puso sobre la mesa.
—La tercera carta. La de diciembre. Ella se llevó las dos primeras.
Esta llegó cuando ya estaba en el tren y no supe qué hacer con ella.
La he cambiado de cajón cinco veces. —No la abrió—.
Es la confirmación del contrato. Fecha de incorporación, marzo de 2001.
Puede llevársela. Es la única prueba en papel de que yo sabía adónde iba, y llevo veinticinco años sin enseñársela a nadie.
Maja no la cogió todavía.
El agua hirvió. Katrin llenó las dos tazas con té, las puso en la mesa, y se sentó.
—Eso es cómo se fue —dijo—. Lo que quiera saber de después, se lo cuento después. Pero antes dígame una cosa, porque llevo veinticinco años sin poder preguntársela a nadie. —Rodeó la taza con las manos—. ¿Fue feliz?
Maja rodeó la taza con las manos. Pensó en Anneli, en Lovisa, en cuarenta y un informes con una línea al pie, en una cooperativa cuyo nombre todavía no conocía, en un billete comprado un sábado.
—No lo sé —dijo—. Nadie que la conociera después lo ha dicho con esa palabra.
Katrin asintió, como si fuera la respuesta que esperaba y no la que quería, y miró el reloj: la una menos veinte. Todavía quedaba lo de después, y Maja vio que Katrin lo tenía ordenado igual, por fechas, como un parte que llevaba veinticuatro años sin firmar.