25
H abía cajas en el pasillo del piso protegido, cuatro, de cartón, con las tapas abiertas, y en una de ellas asomaba la cuerda azul con un ocho hecho en un extremo.
Lovisa las estaba llenando sin orden, con la ropa de Nova en una y los libros en otra, cuando Maja llegó a las diez con Tomas y con una llamada de Sundell recibida en el coche, a las nueve y media, que no había dejado de sonarle en la cabeza en los veinte minutos que llevaba en Örebro.
Sundell había sido breve.
—Lo vi en pantalla. Entregado. El seis, a las nueve y doce.
—Aquí no ha entrado nada con esa fecha. Mándemelo hoy, usted, a mi dirección, la que tiene. Y luego averigüe qué pasó con el primero, porque a mí también me interesa.
Eso había sido a las nueve y media. Maja no se lo había dicho a Tomas en el coche. Se lo dijo en la cocina del piso protegido, con Lovisa en el pasillo llenando cajas y Jonas, que había subido las cajas del coche, de pie junto a la ventana sin saber dónde ponerse.
—Sundell no tiene el complemento del seis.
Tomas la miró. Sacó el portátil de la mochila sin decir nada, lo abrió sobre la mesa de la cocina y entró en su correo. Enviados. Seis de febrero, nueve y doce, «complemento expediente Ek», tres adjuntos. Lo abrió.
—Ahí está —dijo—. Entregado al servidor. Nueve y doce y cuarenta y uno.
—Lee la dirección.
Tomas la leyó. Despacio, letra por letra, la dirección larga con guiones y puntos que había escrito hacía once días.
Se detuvo a dos tercios. Volvió atrás. Maja, que estaba de pie detrás de él, la leyó al mismo tiempo, y vio lo que él estaba viendo: en la parte del dominio, donde tenía que haber dos letras iguales, había una sola.
Una letra menos. Un servidor que existía o no existía, pero que no era el de la unidad de víctimas de Örebro.
—Joder —dijo Tomas, en voz baja.
Se quedó mirando la pantalla.
—La escribí a mano —dijo—. De la tarjeta que me dio la agente el cuatro. No la copié de ningún sitio, porque no venía en ningún correo, venía en una tarjeta. La escribí y la mandé. —Se pasó las dos manos por la cara—. Una letra. Once días. Joder, Maja.
—¿Tienes la tarjeta?
Tomas abrió el cuaderno por la funda de la contraportada y sacó una tarjeta blanca con el escudo de la policía: unidad de víctimas, un nombre, un teléfono, la dirección de correo impresa, con las dos letras que tenían que estar.
La dejó sobre la mesa, junto al portátil.
Maja miró la tarjeta y la pantalla, una y otra, y la diferencia era una letra.
—¿Y el aviso?
—¿Qué aviso?
—Cuando un correo no llega, vuelve. Un aviso de entrega fallida.
—No me llegó ninguno. —Buscó en la bandeja de entrada, en el spam, con los dedos rápidos—.
No hay nada. Si el dominio no existe, a veces no vuelve nada; se pierde.
O vuelve tarde. No lo sé. No soy… —Se detuvo—.
Debería haber llamado el lunes para confirmar.
Llamé el miércoles, me dijeron que tenían «lo nuestro», y entendí que lo tenían todo.
Tenían la valoración, que mandé el once a la dirección de la tarjeta.
Bien escrita esa vez. —Miró la pantalla—. Y la del seis, mal.
Maja sacó el móvil y fotografió la pantalla con la dirección entera y la línea del servidor, dos veces, y comprobó que la foto se leía.
—Para la fiscal —dijo.
—Sí. Para la fiscal.
—Y la tarjeta.
Fotografió la tarjeta también, al lado de la pantalla, en el mismo encuadre.
El registro de auditoría de la plataforma se había activado el lunes dieciséis, un día después de la fecha de la excepción; Fredrik lo había confirmado por correo esa misma mañana, a las ocho.
Servía para lo que pasara desde el dieciséis.
Para el seis, para octubre, para noviembre, no había nada, y Maja lo sabía sin necesidad de que nadie se lo dijera, porque lo había firmado ella.
Se sentó en la silla de al lado, apartó el portátil de Tomas y abrió el suyo.
Entró en su propio correo. Escribió a la dirección de Sundell, la que tenía en la agenda desde el veintidós de enero, y pidió a Tomas que le pasara los tres archivos.
Los adjuntó: la declaración de tres páginas, la copia de la denuncia de 2019, los antecedentes de 2021.
Escribió dos líneas: que reenviaba el complemento que debía haber llegado el seis y que adjuntaba una captura del envío original.
Lo mandó. Diez y cuarenta y uno. Luego llamó a la secretaria de Sundell y le pidió que confirmara por teléfono que lo había recibido, y esperó con el móvil en la oreja hasta que la secretaria dijo que sí, que estaba, que lo pasaba.
Solo entonces miró a Tomas.
Él seguía con las manos sobre la mesa, mirando la letra que faltaba.
—Lo siento —dijo—. No sé qué más decir.
—No digas nada.
En el pasillo, Lovisa había dejado de llenar cajas. Estaba en la puerta de la cocina con una camiseta de Nova en la mano, y había oído lo suficiente.
—¿No llegó?
—No —dijo Maja—. Acaba de llegar. Ahora.
—Once días.
—Once días.
Lovisa dobló la camiseta, despacio, y la puso encima de la caja más cercana.
—Vale —dijo—. Entonces esto es lo que hago.
—Miró a Jonas, que seguía junto a la ventana—.
Me voy a Gävle. Mi prima tiene una habitación y Nova puede ir al colegio de allí una temporada.
Nos vamos hoy, con esto. —Señaló las cajas—.
Malin se queda con el local hasta que decidamos qué hacer con él. Y yo me voy sola con la niña.
—Lovisa… —dijo Jonas.
—No. —No subió la voz—. Tú tienes un trabajo aquí y una vida aquí y yo no voy a hacer que otro hombre se mude por mí. Ya lo hice una vez al revés, y mira. —Cogió otra camiseta—. Vienes los fines de semana si quieres. Nova te va a querer ver. Yo también. Pero no vienes a vivir a casa de mi prima.
Jonas se quedó mirándola. Luego cogió una caja, la cerró, y la bajó al coche sin decir nada, y volvió a por otra.
Maja ayudó a cerrar las cajas. Tomas bajó las dos últimas. A las doce el piso protegido estaba vacío otra vez, con las sábanas quitadas, y Lovisa se quedó un momento en el pasillo con las llaves en la mano, mirando la puerta.
—Dile a Petra que gracias —dijo—. El piso estaba bien. Olía a hotel, pero estaba bien.
—Se lo digo.
—Y dile a la fiscal que si decide algo ahora, que lo mande a Gävle. —Le dio las llaves—. Me llamas cuando haya algo que decir. No antes.
Nova llegó del colegio a mediodía, con Jonas, y vio las cajas en el coche antes de subir.
Preguntó si se iban de vacaciones raras otra vez.
Lovisa dijo que a casa de la prima Sara, en Gävle, unos días, y que había un colegio al lado.
Nova preguntó si Jonas iba. Lovisa dijo que los fines de semana.
Nova miró a Jonas, que estaba cerrando el maletero, y no preguntó nada más; se metió en el asiento de atrás con la cuerda y el libro.
Se fue en el coche de Jonas, con Nova, que iba en el asiento de atrás mirando por la ventanilla sin preguntar nada más. Jonas conducía. Lovisa iba al lado, con la cara hacia la carretera.
Tomas y Maja volvieron a Estocolmo en el coche de la agencia. Tomas conducía. No habló hasta pasado Arboga.
—Habría llegado tarde de todos modos —dijo entonces, a la carretera—. Aunque hubiera llegado el seis. La fiscal tarda lo que tarda. Con todo en la mesa, una decisión así son dos o tres semanas. Él ha venido el dieciséis. —Miró el retrovisor—. No lo digo para quitarme nada. Lo digo porque es verdad.
—Es verdad.
—Hay que presionar desde arriba. No con llamadas de la unidad. Tú, con Sundell. O Ingrid. Que sepan que hay un hombre que ya ha entrado en una peluquería.
—Ya lo saben. Se lo dije ayer al contestador y hoy a la secretaria.
—Entonces que lo sepan dos veces.
Nieve sucia, sal, un camión con matrícula polaca.
Le creía. Lo había visto leer la dirección letra a letra y detenerse en el sitio exacto, lo había visto pasarse las manos por la cara, lo había oído decir «joder» con la voz de alguien a quien se le cae algo.
Le creía porque no tenía nada que le permitiera no creerle, y porque él había estado ayer entre un hombre y una puerta.
Y tenía una foto en el móvil con una dirección a la que le faltaba una letra, hecha delante de él, para la fiscal.
Y había reenviado ella misma los tres archivos, desde su cuenta, sin pedírselo a él.
Y había llamado a la secretaria para oírlo con sus oídos.
Tres cosas que una persona que creía del todo no habría hecho, y que ella había hecho una detrás de otra, sin pensarlas, como se aparta la mano de un fogón.
No dijo ninguna de las tres. Tomas tampoco preguntó por qué las había hecho.
A las dos y media llamó Malin, a Maja, no a Lovisa: el casero del local había llamado por la mañana, había visto un coche de policía en la puerta el lunes, y quería saber si «había un problema con el negocio».
Malin le había dicho que no. Preguntó a Maja si tenía que decirle que sí.
Maja dijo que eso lo decidía Lovisa y que se lo preguntara a ella el jueves, no hoy.
Malin dijo que vale, y luego dijo que ella también había mirado la puerta toda la mañana, en su casa, sin salón, y que no sabía cómo se quitaba eso.
A las tres llamó Petra: Lovisa había llegado a Gävle. Maja le dio las gracias por el piso, de parte de Lovisa, y Petra dijo que no había que darlas; era la segunda persona de la casa que decía eso.
Esa noche, en el piso, abrió el expediente policial de 2001 que Vikander le había enviado en enero, en copia, como a la familia le correspondía: veintitrés páginas escaneadas, la mayoría partes de búsqueda.
En la página once había una declaración de dos párrafos, tomada el 15 de enero de 2001 en Luleå, de la persona a la que Elsa alquilaba una habitación: Katrin Lund, treinta y un años, enfermera.
Decía que la inquilina se había ido a pasar las fiestas a casa de su madre y no había vuelto. Firma. Nada más.
Maja buscó el nombre. Tardó cuatro minutos: una enfermera de geriatría en un centro de Umeå, con la edad que correspondía. Reservó el primer vuelo. No llamó antes. Con Britt había avisado y Britt había tenido cinco días para ordenar la sintaxis; con Katrin Lund quería llegar a la puerta.