24
L a cafetería de enfrente tenía una mesa junto al cristal desde la que se veía el salón entero, y Maja estaba en esa mesa, con un café que no había pedido y el teléfono en la oreja, cuando el hombre de la parka verde abrió la puerta sin llamar.
No corrió. Eso fue lo primero que Maja registró, con la parte de ella que registraba cosas: que no corría.
Entró como se entra en una tienda, cerró la puerta detrás de sí, y se quedó de pie en la entrada con las manos en los bolsillos de la parka, mirando al fondo, donde Lovisa peinaba a una mujer de pelo blanco en el sillón de la ventana.
Maja vio a Lovisa levantar la vista al espejo.
Vio que la mano con el peine se detenía.
Vio, en el reflejo, que Lovisa no miraba al hombre sino la esquina rota del espejo, un segundo, como si comprobara algo.
Y luego Lovisa dijo algo, corto, y se apartó del sillón hacia la trastienda sin darle la espalda al hombre, con el peine en la mano.
—Tengo que colgar —dijo Maja a Vikander, y colgó, y marcó el ciento doce mientras se levantaba.
La mujer del sillón se había puesto de pie con la capa puesta.
Malin salió de la trastienda con la escoba, y no como quien barre.
Se puso entre el hombre y la puerta de la trastienda, con la escoba cruzada delante como una barrera absurda, y dijo algo que Maja no oyó.
El hombre dio dos pasos hacia el fondo. Al fondo, en la mesa donde media hora antes Tomas había estado revisando con Lovisa los papeles del piso, Tomas se levantó de la silla, con el portátil abierto delante, y se colocó junto a la puerta de la trastienda, del lado de Malin, sin levantar las manos, hablando. Maja vio moverse su boca.
—Emergencias.
—Un hombre acaba de entrar en una peluquería de la calle…
—Dio la dirección. Dio el nombre de Lovisa.
Dijo «denuncias previas», dijo «orden pendiente», dijo lo que hacía falta decir en el orden en que hacía falta decirlo, y cruzó la calle con el teléfono en la mano, sin mirar los coches, con el operador diciéndole que no entrara.
No entró. Llegó a la puerta en el momento en que se abría desde dentro.
El hombre salió. Cuarenta y tantos años, la cara ancha, una parka verde con el cuello subido, las manos vacías.
Pasó junto a Maja a medio metro, sin mirarla, sin prisa, y echó a andar por la acera hacia la parada del autobús.
Luego más allá de la parada, y dobló la esquina.
Maja lo vio irse. Se quedó en la puerta con el móvil pegado a la oreja, oyendo al operador preguntar si seguía ahí, y no lo siguió, porque no había nada que seguir que la policía no pudiera seguir mejor, y porque dentro había tres mujeres y un hombre y una puerta cerrada.
—Se ha ido —dijo al teléfono—. Por la calle, andando, hacia el norte. Parka verde. La policía…
—Está en camino.
Entró.
La mujer de pelo blanco estaba sentada en la silla de espera, con la capa de peluquería todavía puesta, muy derecha, con las manos en las rodillas.
Malin seguía con la escoba delante de la trastienda, y cuando vio a Maja la bajó despacio, como si acabara de darse cuenta de que la tenía.
Tomas estaba junto a la puerta de la trastienda, hablando a través de la madera en voz baja: «Lovisa. Se ha ido. Soy Tomas. Se ha ido».
—¿Ha pasado algo? —preguntó Maja.
—No la ha tocado —dijo Malin. Le temblaba la escoba—.
Ha dicho su nombre. El de antes, el completo, con el apellido de él.
Lo ha dicho como quien pasa lista. Y luego ha dicho «así que aquí», y ha mirado el local, todo, el espejo, los sillones, como si fuera a comprarlo.
—Tragó aire—. Yo le he dicho que se fuera.
Y se ha ido. Así, sin más. Como si ya tuviera lo que quería.
—Tenía lo que quería —dijo la mujer de la capa, desde la silla, con una voz muy tranquila—. Ha venido a mirar. Yo tuve uno así.
Nadie contestó a eso.
La puerta de la trastienda se abrió. Lovisa salió con las tijeras en la mano derecha, cerradas, apretadas contra el muslo, y el peine en la izquierda. Miró el salón entero, como el hombre lo había mirado, y luego dejó las tijeras en el mostrador con un ruido que sonó a más de lo que era.
—Ha dicho «así que aquí» —dijo.
—Sí —dijo Malin.
—Entonces ya está.
Se apoyó en el mostrador con las dos manos. No lloró. Miró a Tomas, que había dado un paso atrás para dejarla salir, y luego a Maja, que seguía junto a la puerta con el móvil ya apagado.
—¿Has llamado?
—Vienen.
—¿Lo has visto irse?
—Hacia el norte. Andando.
—Andando. —Lovisa cerró los ojos un segundo—. Siempre anda. Nunca corre. Es lo peor de él.
La policía tardó seis minutos. Dos agentes, una mujer y un hombre, jóvenes, que hicieron las preguntas en el orden correcto y apuntaron la parka, la dirección, la hora, la frase.
Lovisa dio la descripción sin sentarse, mirando el espejo.
La mujer de la capa dio su nombre y dijo que ella no había visto nada que no fuera un hombre que entraba y salía, y que con eso bastaba, y que no volvería a ese salón, y que lo sentía mucho.
Se quitó la capa, la dobló, la dejó en el sillón, pagó la mitad del corte que no le habían terminado y se fue.
—¿Qué le has dicho? —preguntó Lovisa a Tomas, mientras los agentes apuntaban—. Desde la mesa. Te he oído la voz por la puerta y no las palabras.
—Que la policía venía. —Tomas lo dijo sin bajar la mirada—. No sabía si era verdad. Lo dije de todos modos. Y que el salón tenía cámara, que tampoco es verdad.
—No tiene cámara.
—Él no lo sabe.
Lovisa asintió despacio.
—¿Se ha acercado a ti?
—No. Me ha mirado. Ha mirado a Malin y la escoba. Luego ha mirado el local y ha dicho lo del «aquí». —Tomas se pasó la mano por la nuca—. Yo estaba entre él y la puerta de la trastienda. No sé si eso ha servido de algo o si él ya había terminado.
—Había terminado —dijo Lovisa.
Malin se sentó en el sillón de la ventana cuando la mujer se fue. Se quedó mirando la escoba, que había dejado apoyada en la pared.
—No puedo —dijo—. Lovisa. Lo siento. No puedo abrir mañana sabiendo que puede volver a entrar. No es por mí. Es que no puedo.
—Ya lo sé.
—Ayer te dije que me quedaba.
—Ayer no había venido.
Lovisa cogió el móvil del mostrador y llamó a Jonas. Le dijo tres cosas, sin adornos: que Mikael había estado en el salón, que ella estaba bien, y que recogiera a Nova del colegio a las tres y la llevara a casa, a la de verdad, no al piso. Jonas dijo algo. Lovisa dijo «esta noche» y colgó.
Luego miró a Maja.
—Tus tres páginas —dijo—. ¿Están en su mesa?
—Tomas las mandó el seis. Entregado. Y una valoración el once.
—Entonces la fiscal tiene una mujer con dos denuncias, tres páginas, una valoración y un hombre que ha venido a mirar su peluquería a las doce del mediodía. —Lo dijo sin elevar la voz—. Que decida.
Maja sacó el móvil, buscó el número de Sundell, y lo marcó delante de todos, allí, en el salón, con los agentes todavía dentro. Le saltó el contestador. Dejó un mensaje de cuatro frases con la hora, el lugar, la frase del hombre y la palabra «hoy».
Tomas cerró el portátil, lo guardó, y se acercó a Lovisa.
—Voy contigo a la policía si hace falta. Y mañana estoy aquí a la hora que digas.
—Mañana no hay nada aquí. —Lovisa miró el sillón vacío, la capa doblada—. Mañana veremos.
Lovisa cogió la agenda del mostrador, la de papel, con las citas escritas a bolígrafo, y llamó una por una a las tres de la tarde para decirles que el salón cerraba hoy por un problema, sin decir cuál.
Dos lo entendieron. La tercera preguntó si era «lo de las noticias» y Lovisa dijo que no y colgó.
Luego se quedó con el teléfono en la mano mirando la lista de la tarde, tres nombres tachados con una raya recta.
Los agentes se fueron con las notas y una promesa de patrulla. Malin cerró la puerta con llave por dentro, sin girar el cartel, y se quedó con la mano en el cerrojo.
Maja se sentó en la silla de espera donde había estado la mujer de la capa.
Tenía el abrigo puesto y el teléfono apagado, y se quedó allí porque no había ningún sitio al que ir que fuera mejor que ese, y porque Lovisa había dicho «mañana veremos» y eso significaba que había un mañana que decidir, y que lo decidiría ella, y que hasta entonces alguien tenía que quedarse sentado en ese salón.
A las dos Jonas llamó para decir que tenía a Nova, que estaba bien, que no le había contado nada y que Nova había preguntado por qué él y no mamá.
Lovisa dijo que esa noche. Colgó y se quedó mirando el espejo, la esquina rota con la pegatina, y Lovisa miró el espejo sin nadie sentado delante, cosa que Maja no le había visto hacer.
Fuera empezó a nevar, mezclado con lluvia, sobre la nieve gris de los bordillos.