El secreto bajo el hielo 23
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E l rotulador rojo era el único que pintaba. Tomas lo había comprobado antes de que llegaran las otras dos, uno por uno, en la esquina de la pizarra blanca de la sala pequeña, y había dejado los otros tres en la papelera.

Eran las siete y cinco. Britt había llegado del aeropuerto con el abrigo puesto y un bolso de viaje que dejó en el suelo, junto a la puerta, sin deshacerlo; era la primera vez que pisaba la sede desde el inventario y no había mirado hacia el pasillo del armario.

Se sentó en la silla más cercana a la puerta.

Tomas tenía el portátil abierto y el cuaderno, y una carpeta de plástico con los correos de la migración impresos, ordenados por fecha, con pestañas de colores.

Maja tenía el mapa de permisos de Fredrik, la traducción de las siglas que había llegado a las nueve de la mañana, el listado de incidencias y su excepción firmada, y no había abierto ninguno de los cuatro.

Quería verlo en la pizarra, no en el papel.

—Tres preguntas —dijo—. Por qué se escaneó el libro. Quién podía ver el escaneo. Quién podía ver los expedientes. Vamos por orden y sin adjetivos.

Tomas se levantó y destapó el rotulador.

—Por qué. —Escribió «JUNIO» arriba a la izquierda—.

Britt anuncia que se jubila en febrero. El libro está en papel y en su cabeza.

Tú decides que el vínculo entre códigos y nombres no puede depender de una persona y ordenas escanearlo a una carpeta restringida, con acceso de dirección y gestora.

—Escribió «CARPETA: DIRECCIÓN + GESTORA» y lo subrayó una vez—.

Me nombras coordinador de la migración porque venía de software y porque entiendo a Nordcase. Eso es junio.

—Eso es junio —dijo Maja.

—Quién podía ver el escaneo. —Tomas escribió «OCTUbrE» y debajo «PB_LIbrO_ESCANEADO»—.

Nordcase sube el escaneo a la carpeta. La carpeta hereda, por defecto, el grupo de proyecto que ellos crearon en septiembre con los interlocutores que yo les di.

—Escribió «MIGRACION_COORD» y una flecha corta hacia la carpeta—. Tres cuentas.

Cogió el papel de Fredrik de la mesa, lo miró, y escribió tres líneas bajo el nombre del grupo, con letra clara:

M. NYBERG. Patrocinadora.

T. WIKLUND. Coordinador.

O. LIND. Administrador, Nordcase.

Dejó el rotulador quieto un segundo sobre la última línea.

—Oskar Lind es el técnico de Nordcase que llevó nuestra migración. Tiene acceso de administrador a todo lo nuestro mientras dure el contrato. Está en el grupo porque alguien de ellos tiene que estar.

—¿Y tú? —dijo Maja.

—Yo estoy porque me pusiste. —Lo dijo sin cambiar el tono—.

Podía ver la carpeta desde el uno de octubre.

La abrí una vez, el seis, para comprobar que el escaneo se había subido entero y que se leía.

Cuarenta y tantas páginas. Miré que estaban, cerré, y anoté aquí que el punto estaba hecho.

—Señaló el cuaderno sin tocarlo—. No he vuelto a abrirla.

Eso es lo que puedo decir. No puedo demostrarlo, porque el registro que lo demostraría se aplazó.

—¿Por qué la abriste tú y no yo? —preguntó Britt—. Era mi libro.

—Porque estabas en Boden con un caso y Nordcase pedía confirmación en veinticuatro horas para cerrar el punto.

—Tomas abrió el cuaderno por una página de octubre y lo giró hacia ella sin soltarlo: «6 oct, PB_LIbrO subido, 43 pág.

, legible, ok», con su letra apretada—. Te lo dije por teléfono al día siguiente.

—Me lo dijiste.

—Lo aplacé yo.

—Lo aplazaste tú.

Nadie miró a nadie un instante. Britt tenía las manos en el regazo, quietas.

—Quién podía ver los expedientes. —Tomas escribió a la derecha «PB_EXP» y debajo «MÓDULO DE CASOS»—.

Los expedientes codificados no llevan nombre ni domicilio: código, ciudad, sector, canal, riesgo.

En la especificación de junio se consideraron anónimos y se migraron al módulo general, con los demás casos.

Los ve el rol de responsables de área. —Miró el papel—.

Cinco cuentas: tú, yo, Elin, Gunilla y Petra, que tiene el rol por sustituir a Britt desde el veintinueve.

Escribió los cinco nombres.

Maja los miró. Petra estaba ahí desde hacía trece días; antes de eso, cuatro. Ella misma, la primera, en las dos listas. Tomas, la segunda, en las dos.

—Y ahora la pregunta que no está en el papel —dijo Maja—. Qué hace falta para escribir un folio como el de Gävle.

Tomas dibujó, entre la carpeta y el módulo, una línea horizontal, y sobre la línea escribió: «CÓDIGO + NOMbrE». Y debajo: «CÓDIGO + CIUDAD + SECTOR». Y unió las dos con una llave.

—Hace falta ver las dos cosas. En la carpeta, el código con el nombre; en el módulo, el código con la ciudad y el sector.

Con un solo lado no hay folio. Con los dos, se cruza en un minuto.

Y el contacto del denunciante está en el expediente de búsqueda antiguo, que lo ve todo el mundo.

—Tapó el rotulador—. Así que, en el sistema, quien podía escribir ese folio tenía que estar en las dos listas.

Tú y yo. Y Oskar Lind, si además entró en el módulo, que como administrador puede.

—Tres —dijo Maja.

—Tres. —Tomas se volvió hacia Britt—. Y fuera del sistema, una cuarta: el libro en papel. Que está en el armario desde 2018 y que no necesita ninguna carpeta para cruzarse con nada. Perdona, Britt. Hay que decirlo.

—Hay que decirlo —dijo Britt—. Lo tengo desde 2018. Con Gunilla al lado cada vez. Y los expedientes los veía en el sistema antiguo, sola, como gestora. No necesito que nadie me dibuje una flecha. —Miró la pizarra—. Lo que no tenía es un ordenador en casa que hable con esa carpeta. Ni ganas.

—No se trata de ganas —dijo Tomas, con suavidad.

—Ya lo sé de qué se trata.

Maja fue hasta la pizarra y se quedó mirándola con los brazos cruzados.

Junio, octubre, una carpeta, un módulo, una llave dibujada, tres nombres a la izquierda, cinco a la derecha, y su nombre en las dos columnas, el primero, con la palabra «patrocinadora», que no recordaba haber pedido y que era exacta.

Había pasado tres semanas buscando a alguien que había cruzado dos listas.

Tenía delante las dos listas, y tenía delante por qué eran una sola habitación: porque ella había ordenado escanear un libro para que no dependiera de una cabeza, había puesto los expedientes en el módulo general porque no llevaban nombre, había nombrado a la persona más competente de la casa para coordinarlo, y había firmado, sin leer el punto ocho, que la puerta entre las dos cosas se revisaría el quince de febrero, después de que la plataforma luciera delante de los financiadores en un lago.

Nadie había forzado nada. Alguien había entrado por una puerta que ella había dejado sin revisar.

—Fotografía la pizarra —dijo—. Tal como está. Y luego bórrala.

Tomas sacó el móvil y la fotografió tres veces, de frente y desde los dos lados.

—Esta noche mando a Sundell el mapa de Fredrik, el listado de incidencias, mi excepción y esta fotografía —siguió Maja—.

Con una carta mía. Lo que dice la carta es esto: la fundación ha identificado que tres cuentas podían ver el libro escaneado y cinco los expedientes codificados; que la directora es una de las tres y una de las cinco; que la directora firmó el aplazamiento de la revisión de permisos; y que la fundación pide que se investiguen las tres cuentas, empezando por la mía. —Miró a Tomas—. Y la tuya.

—Y la mía.

—Y la de Nordcase.

—Y la de Nordcase.

Britt se levantó de la silla, despacio.

—Y el papel —dijo—. Ponlo. Si no lo pones tú, lo pongo yo en mi declaración.

—Lo pongo.

—¿Nordcase guarda algo por su parte? —preguntó Maja—. De quién abre qué.

—Lo suyo, supongo. Son ellos; tendrán lo que tengan. Lo nuestro, el registro de dentro, no existe hasta que se active. —Tomas tapó el rotulador—. Pregúntaselo a Fredrik. Yo no sé qué guardan.

—Se lo pregunto.

—¿Y Petra? —dijo Britt—. Está en la lista de la derecha desde hace trece días. Quiero que conste que está ahí porque la puse yo, al irme, y que no ha visto la carpeta.

—Consta —dijo Maja—. Petra ve el módulo, no la carpeta. Está en una lista y no en la otra. Como Elin, como Gunilla.

—Entonces, en el sistema, sois dos y un técnico.

—Dos y un técnico.

Britt asintió, como quien anota un dato que no le gusta y que es exacto.

Tomas borró la pizarra con la esponja, en tres pasadas, hasta que solo quedó una sombra roja donde había estado la llave.

Recogió los correos en la carpeta, cerró el portátil, y dijo que se iba a casa a terminar la valoración de Lovisa, que había salido esa mañana pero que quería releer una vez más.

Dio las buenas noches a Britt. Britt dijo buenas noches. Se fue.

Maja escribió la carta en el despacho, a las nueve, con Ingrid al teléfono leyendo cada párrafo en voz alta y cambiando una palabra por otra en tres sitios: «reconoce» por «comunica», «error» por «decisión», y un adverbio que Maja no recordaba haber escrito y que Ingrid tachó sin decir cuál.

Adjuntó el mapa, el listado, la excepción, la fotografía.

Miró el correo entero antes de mandarlo: su nombre en la firma de abajo, su nombre en la excepción adjunta, su nombre en la primera línea de la lista de la pizarra.

Lo mandó a las nueve y veintidós. Sundell contestó a las nueve y treinta: «Recibido.

Lo estudio. Gracias por ponerse la primera».

Había cambiado algo esa noche y Maja lo sabía sin haberlo formulado.

Tres semanas antes buscaba un nombre dentro de su casa.

Ahora había entregado su casa entera a una fiscal, con su propio nombre delante, y había pedido que la investigaran a ella primero.

No era heroísmo; era el único orden posible.

Si el filtrador era una de las tres cuentas, la única manera de que las otras dos significaran algo era que la primera estuviera limpia y lo estuviera por escrito.

Y si no lo era ninguna de las tres, si era el papel, entonces Britt tenía razón y hacía falta decirlo también con su nombre.

Lo que ya no podía hacer Maja era mirar la lista de la izquierda y buscar un culpable en ella como si su propio nombre no estuviera arriba.

Britt se había quedado en la sala pequeña con el bolso de viaje. Cuando Maja bajó, seguía sentada en la misma silla, con el abrigo puesto, mirando la pizarra vacía.

—¿Dónde duermes?

—En el hotel de la plaza. Ya está pagado. No me mires así; lo he pagado yo.

—¿Mañana?

—Mañana el primer vuelo. Tu madre no sabe que he venido y prefiero que siga sin saberlo.

—¿Se lo vas a decir a tu madre esta noche?

—Sí.

—Dile que la puerta la abriste tú. —Britt se abrochó el abrigo—. Y dile también quién la ha cerrado esta noche, con su nombre delante. Aunque no te lo agradezca. Que conste.

Maja le sostuvo la puerta. Britt cogió el bolso, pasó, y en el pasillo se detuvo delante de la escalera que subía al armario, y no subió.

Cuando se quedó sola, Maja llamó a Helena.

Helena contestó al primer tono, desde el hotel, a dos calles de allí.

—Son las diez.

—Ya lo sé. Es corto. —Maja se apoyó en la mesa de recepción—.

La carpeta donde se escaneó el libro heredó un grupo de permisos que no se revisó.

Firmé yo que no se revisara hasta febrero, para llegar a tiempo al acto del catorce.

Quien mandó los folios entró por ahí. La puerta la abrí yo.

Se lo he mandado a la fiscal esta noche, con mi firma, y te lo digo a ti antes de que lo leas en otro sitio.

Silencio. Maja oyó, al otro lado, el ruido de un televisor que se apagaba.

—Ya lo sabía —dijo Helena.

—No podías saberlo.

—No lo de la carpeta. Lo otro. —La voz de Helena no subió ni bajó—. Encuentras a todo el mundo menos a la gente que importa.

Colgó.

Maja bajó el teléfono despacio, en la recepción a oscuras, con la persiana bajada y el paquete de Elin sobre el mostrador donde Elin lo había dejado.

No lo cogió. Subió a apagar el portátil, y al pasar por la sala pequeña vio la pizarra por la puerta abierta, blanca, con la sombra roja de una llave que la esponja no había terminado de quitar, y no encendió la luz para verla mejor.