El secreto bajo el hielo 22
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E l cigarrillo era de Elin.

Elin salió detrás de ella un minuto después, sin abrigo, con los brazos cruzados sobre el jersey, y se apoyó en la pared a dos metros.

—No hay fotos.

—Hoy no.

Se quedó lo que dura un cigarrillo a medias y luego dijo que tenía frío, que era verdad, y entró.

El humo le supo a lo que era. Tosió a la segunda calada y no a la tercera.

Desde el patio se veían las ventanas de la planta de familias, encendidas, y la de Tomas, con la persiana medio subida y él dentro, al teléfono, con una mano en la nuca. Maja apartó la vista. Sacó el móvil y llamó a Lovisa.

—Estoy en el piso —dijo Lovisa, antes de saludar—. Son las cinco y cuarto. Hoy he cerrado antes.

—¿Pasa algo?

—No. Que Nova tenía dentista y he querido llevarla yo. —Un ruido de puerta—. Ahora está en su cuarto con la cuerda. Lleva seis días haciendo ochos. Ochos en la cortina, ochos en la mochila, un ocho en el asa de la nevera que no he podido deshacer.

—¿Duerme?

—Mal. Se despierta a las tres y viene a mi cama y dice que huele raro. Huele a hotel, tiene razón. —Lovisa bajó la voz—. Le he dicho que es el olor de las casas donde no vive nadie mucho tiempo. No sé si es mejor eso o mentirle.

—No lo sé.

—Ya. Tú tampoco sabes nada, ¿eh? —Lo dijo sin maldad, cansada—.

En el salón bien. Malin ha cambiado el cartel de la puerta, ahora pone «solo con cita», y la gente llama, así que sabemos quién viene.

Se le ocurrió a ella. Es lo más útil que ha hecho nadie por mí en dos semanas y ha costado una cartulina.

Maja dio una calada corta.

—Ha venido una clienta a preguntarme por «lo de las noticias» —siguió Lovisa—. Si yo era de esas. Le he dicho que yo era peluquera. Se ha cortado el pelo y ha dado propina.

—¿Y Jonas?

—Jonas viene a cenar los días pares. Lo hemos acordado así. Los impares no. —Un silencio—. ¿Se sabe algo de mis tres páginas?

—Tomas ha hablado hoy con la unidad. Me lo cuenta ahora.

—Pues que te lo cuente. Yo tengo que hacer la cena y pelearme con la nevera.

Colgó. Maja miró el cigarrillo, que se había consumido hasta la mitad sin que lo notara, y lo apagó en la nieve del alféizar.

El gato de la vecina apareció por encima del muro, la miró como se mira a alguien que ocupa un sitio ajeno, y volvió a bajar por donde había venido.

Era la primera criatura en tres semanas que la trataba como a un estorbo y no como a una noticia. Un descanso.

La puerta del patio se abrió detrás de ella. Tomas, con el plumífero sin cerrar y el cuaderno en la mano.

—Elin me ha dicho dónde estabas. —Miró el cigarrillo apagado, no dijo nada de él—. He hablado con Örebro.

—Cuenta.

—Han recibido lo nuestro. Lo tienen. La fiscal lo ha visto.

—Tomas abrió el cuaderno por una página con la fecha—.

Y ha pedido un complemento más. Una valoración actualizada del riesgo, firmada por alguien de la fundación con fecha de este mes, no la de 2021.

Con lo de las cartas y con lo de Gävle. Dicen que sin eso no puede valorar bien si lo de Lovisa es lo mismo que lo de las otras o es otra cosa.

—¿Cuándo te lo han dicho?

—Hoy a las cuatro. Me han llamado ellos. —Se pasó la mano por la nuca—. Ya lo tengo casi. Lo escribo esta noche, lo firmo mañana y sale mañana. Con esto ya no falta nada.

—Con esto ya no falta nada —repitió Maja.

—Eso me han dicho.

Maja miró la ventana de Tomas, encendida, con la persiana medio subida, donde él había estado un rato antes con la mano en la nuca.

Pensó en las tres páginas, en el viernes a las nueve y doce, en «entregado», y en una fiscal que ahora pedía una valoración actualizada de un riesgo que ella misma podría haber visto en dos informes escritos a mano en noviembre y diciembre.

No había culpables en eso; solo el orden de las cosas. Y era lento.

—Mañana llamo a Sundell —dijo—. Yo. No a la unidad; a ella. Le digo que la valoración sale mañana y le pido que decida con lo que tiene.

—No creo que sirva de mucho.

—No. Pero constará.

Tomas asintió. Cerró el cuaderno.

—Mañana a las siete —dijo—. Con todo lo de la migración. Ya lo tengo preparado.

—Bien.

—¿Estás bien?

—No.

—Ya. —Miró el patio, la nieve, las huellas del gato—. Voy a terminar la valoración.

Entró. La puerta se cerró.

Maja se quedó más bajo el saliente, con el paquete de Elin en el bolsillo y el frío entrando por el cuello del abrigo.

Pensó en Nova a las tres de la mañana, en una cama que olía a hotel, con un ocho en el asa de la nevera.

Pensó en una cartulina que decía «solo con cita» y que era lo más útil que nadie había hecho por Lovisa en dos semanas.

Pensó en su propia firma, arriba, en el portátil, con fecha de octubre.

Salió del patio por la puerta del muro, que daba a la calle lateral, y dio la vuelta a la manzana andando, con las manos en los bolsillos, porque no quería subir al despacho todavía.

La calle principal estaba vacía de cámaras.

Un autobús pasó con la luz encendida y dos personas dentro.

En la esquina, un hombre sacaba bolsas de basura de un restaurante y las apilaba junto a un montón de nieve.

Maja anduvo hasta el semáforo, esperó a que cambiara sin que hubiera coches, cruzó, y volvió por la otra acera.

Preparó la llamada de Sundell como preparaba las llamadas difíciles, en tres frases: la valoración sale mañana; la mujer no va a mudarse y el salón tiene el nombre en la puerta; decida con lo que tiene.

Tres frases. Sundell contestaría con dos.

Cuando llegó a la puerta principal, Elin ya había cerrado y se había ido, y había dejado el paquete de tabaco en el mostrador con una nota: «Quédatelo. O no». Maja lo dejó donde estaba.

Mañana la valoración. Mañana la llamada a Sundell. Mañana la pizarra.

Y hasta mañana, una mujer con un salón, una campanilla y una niña con una cuerda, esperando a que un hombre de Norrköping decidiera si aparecía.