BAJO EL SOL DE ROSWELL
Elena salió huyendo de Washington con el alma rota y el corazón cargado de decepciones.
James, con sus mentiras y su vacío, había sido el punto final de una vida que ya no reconocía como suya.
Huía buscando un lugar donde no tuviera que fingir, donde el eco de las humillaciones no pudiera alcanzarla.
Pero el destino, caprichoso y sabio, tenía otros planes.
Dicen que no elegimos a quienes encontramos en el camino, sino que simplemente nos reconocemos. Cuando, en medio de la nada, sus miradas se cruzaron bajo aquel cielo inmenso de Roswell, no fue el azar lo que los puso frente a frente, sino un antiguo acuerdo firmado en el tiempo.
Existe un hilo invisible, una hebra de seda roja tejida con el destino de nuestras almas, que se estira a través de los años, se enreda en los errores y se tensa ante la distancia, pero que jamás, ni por un instante, se atreve a romperse.
Ese hilo, que mantuvo a Elena y a Noah cautivos en vidas solitarias, fue el mismo que, con una fuerza sutil e ineludible, los arrastró el uno hacia el otro hasta hacerlos colisionar.









