BAJO EL SOL DE ROSWELL Noche en Roswell #3
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Noche en Roswell #3

Elena se giró hacia él con una sonrisa pícara. —Soy así. Tenía que haber sido detective de joven. La verdad es que se me da muy bien seguir el rastro; una casa dice mucho de su dueño, Noah.

—¿Y qué te dice esto de mí? —preguntó él, acercándose para quedar a escasos centímetros.

Ella se dirigió hacia el gran ventanal, señalando la inmensa terraza.

—Tienes unas vistas preciosas, seguro que se ven las estrellas mejor que en cualquier otro sitio.

Pero lo que me dice es que eres un hombre terriblemente ordenado, quizás demasiado.

Y no he podido evitar preguntarme... ¿cuántas mujeres han estado aquí antes de mí?

Noah arqueó una ceja, disfrutando del juego. —¿Ah, sí? ¿Estás celosa?

—¿Yo? ¿Celosa? —replicó ella con una carcajada, aunque su mirada decía lo contrario—. ¡Ni lo sueñes! Así que te crees tú la última Coca-Cola del desierto, ¿eh?

Noah dio un paso adelante, capturando su mirada con un brillo travieso.

—Pues para no gustarte la Coca-Cola, bien que te la bebiste toda en el almuerzo, ¿eh?

—bromeó, recordándole el pacto de hace unas horas—.

Pero mira, te diré algo: sí me siento la última Coca-Cola de este desierto, pero solo de tu desierto.

Y para tu tranquilidad, no he traído a nadie aquí.

Me niego a que la gente venga a desordenar mi intimidad y mi espacio. Este es mi templo.

Elena se quedó callada, procesando la revelación. —¿Entonces... eres virgen? —preguntó con un tono burlón, aunque su corazón latía más rápido.

—¡No, graciosa! —respondió él, riendo—. Pero suelo quedar con la gente fuera, en cualquier otro sitio.

No tengo por qué dar mi dirección ni dejar entrar a cualquiera.

Aquí es donde me quito los zapatos, me aflojo la camisa, me sirvo mi copa y descanso de este mundo.

Antes de conocerte, ni siquiera tenía días libres.

Este era el único lugar donde podía respirar, y ahora...

—hizo una pausa, acercándose a ella hasta que sus alientos se mezclaron— ahora te he dejado entrar a ti.

Elena sintió que el aire de la estancia se volvía pesado y eléctrico.

La honestidad de sus palabras borró cualquier rastro de ironía.

Se dio cuenta de que, en ese apartamento, entre las estrellas que empezaban a asomarse por la terraza y el silencio de Roswell, acababa de encontrar el lugar donde, por primera vez, ambos iban a dejar de ser personajes para empezar a ser, simplemente, ellos mismos.

—¿Quieres un poquito de vino? —preguntó Noah, acercándose a su cuidada vinoteca—. Soy un amante de las buenas añadas, tengo algunas botellas que guardo como verdaderos tesoros.

Elena lo observó con curiosidad. La casa reflejaba una sofisticación que él intentaba ocultar tras su fachada de hombre de negocios rudo. —¿Tinto o blanco? —inquirió él, con una mano sobre dos botellas de etiquetas elegantes.

—Sorpréndeme —respondió ella con una sonrisa, acercándose para ver mejor—. A mí también me apasiona el vino.

Noah eligió un tinto de cuerpo profundo y, tras descorcharlo con precisión, llenó dos copas de cristal fino, de esas que parecen hechas a mano.

Salieron a la terraza. El calor del día se había disipado, dejando paso a una brisa fresca que recorría el desierto.

Ante ellos, la inmensidad de Roswell se extendía bajo un manto de estrellas que parecían al alcance de la mano.

Elena apoyó la copa en la barandilla, sintiendo una extraña familiaridad con el lugar; como si cada rincón, cada sombra del desierto, fuera un déjà vu que le susurraba que, después de tanto tiempo, finalmente estaba llegando a casa.

Mientras tanto, en una realidad mucho más terrenal, Charlotte recibía a su marido, William, en casa. —Noah no ha pisado la oficina en días —comentó William, negando con la cabeza—. Solo llama para dar órdenes y delegar todo lo que antes era incapaz de soltar. Está fuera de sí.

Charlotte sonrió, sirviéndole un poco de café. —Se nota que le importa Elena. Creo que, de verdad, es mi hermana. —Yo también lo creo —respondió William—. Si todo sale bien con los resultados, esto terminará quedando en familia. Sería increíble.

Aquella noche, en la terraza de Noah, el vino y la música lenta crearon una atmósfera de ensueño.

Bailaron despacio, bajo la luz de la luna, y la conexión que habían sentido desde el primer momento alcanzó su punto más alto.

Terminaron la velada en la habitación, entregándose a una pasión que era, al mismo tiempo, un alivio y una promesa.

Durmieron abrazados, sintiendo por fin que el caos de los últimos días se había calmado.

Al amanecer, Elena despertó con la energía renovada.

El día de la verdad había llegado. Noah la acompañó al laboratorio, donde ya esperaban Charlotte y William.

Fue un momento tenso, lleno de silencios cargados de significado.

Tras realizar las pruebas, todos regresaron a casa de Charlotte.

El ambiente era agridulce; la espera de los resultados se mezclaba con la despedida, pues Elena estaba lista para emprender su viaje de regreso a Washington.

Noah, con una mirada cómplice hacia William, decidió abordar el tema pendiente. —William —dijo, ganándose la atención de todos—, espero que podáis arreglároslas sin mí por una temporada.

William soltó una carcajada, aunque se le notaba cierta preocupación. —Bueno, necesitarte te necesitamos siempre, hermano. Tendré que quedarme yo al mando, pero no te acostumbres a estar ausente tanto tiempo. Eso sí, esperamos que vuelvas.

Elena miró a Noah, con el corazón lleno.

El viaje a Washington no era solo para ver a sus padres; era el comienzo de algo que ninguno de los dos se atrevía a definir, pero que ambos sabían que cambiaría el curso de sus vidas para siempre.

El desierto de Roswell se quedaba atrás, pero la verdad sobre ellos dos, apenas acababa de comenzar.

El vuelo transcurría con una calma que a ambos les parecía irreal, comparada con el torbellino de emociones vividas en el desierto. Noah tenía el brazo rodeando los hombros de Elena, y ella, apoyada contra su pecho, sentía que el resto del mundo se había disuelto en las nubes.

—¿Sabes? —rompió el silencio Noah, bajando la voz y acercándose a su oído—. Jamás en mi vida pensé que encontraría a una mujer como tú. Me siento como un adolescente cada vez que te tengo así, entre mis brazos.

Elena sonrió, cerrando los ojos al sentir el calor de su aliento.

—Al principio —continuó Noah, con una honestidad casi descarnada—, te vi... no sé, quizás un poco inexperta, vulnerable. Más frágil de lo que imaginaba, y eso, lo confieso, me daba cierto respeto. Pero mira dónde estamos ahora. Has logrado volverte una obsesión recurrente en mi mente. Es peligroso.

Ella se rió, rozando su mejilla contra la de él.

—¿Ah, sí? ¿Y qué piensas hacer al respecto?

Noah soltó una carcajada baja, una sonrisa de suficiencia que, por una vez, no tenía rastro de arrogancia, sino de puro afecto.

—Tengo algo que decirte: si vas a seguir dando vueltas en mi mente de esta forma, al menos vístete, que me estás distrayendo —bromeó, guiñándole un ojo.

Elena le dio un toque suave en el brazo, sonrojándose ligeramente. —¡Qué gracioso eres, Noah! ¿No tienes miedo de que te abofetee por ese comentario?

Él se giró hacia ella con una mirada traviesa, acercando su rostro al de ella tanto que casi se rozaban los labios.

—Seguro que estás pensando en abofetearme, pero te aconsejo que no lo hagas. Si me tocas, te voy a llenar de besos. Ya sabes que los hombres no somos como las mujeres; a nosotros nos gusta besar por cualquier motivo, y ahora mismo, tengo mil razones para hacerlo.

Ella soltó una carcajada cristalina, sintiéndose más ligera que nunca.

Estaban abrazados, disfrutando de la complicidad, viendo cómo el tiempo pasaba y la distancia hacia Washington se acortaba.

Por fin, el hogar estaba cerca. Sin embargo, un pequeño matiz de nerviosismo apareció en la conversación cuando el paisaje empezó a cambiar desde la ventanilla.

—Noah... ¿cómo reaccionarán mamá y papá cuando te vean llegar? —preguntó Elena, ajustándose el asiento—. Son muy protectores, especialmente después de todo lo que ha pasado con James.

Él se encogió de hombros con una seguridad que intentaba transmitirle calma.

—Me imagino que sentirán que has ganado la lotería al traerme a casa, es lo normal —dijo, soltando una carcajada cómplice para quitarle hierro al asunto—.

Pero, siendo sincero, estoy un poco nervioso.

Estoy acostumbrado a imponer en mis negocios, a que la gente se ponga de pie cuando entro en una sala, pero esto...

esto es diferente. Quiero causar una muy buena impresión.

Quiero que vean que, aunque sea un hombre de negocios, sé valorar lo que realmente tengo delante.

Elena le tomó la mano, entrelazando sus dedos con fuerza.

—No intentes imponer nada, Noah. Solo sé tú mismo. Si lograste entrar en mi "templo" y ordenar mi desorden, creo que puedes sobrevivir a una cena con mis padres.

Él le besó la mano, sintiendo que, por primera vez, el éxito ya no se medía en balances financieros, sino en la mirada de la mujer que, en pocas horas, lo presentaría ante su pasado.