Noche en Roswell #2
Elena levantó la vista justo cuando Noah llamaba a la puerta.
El corazón le dio un vuelco. Verlo allí, tan fuera de lugar en aquel entorno modesto pero tan presente en su mente, le hizo comprender que, sin importar los secretos de su origen o los fantasmas de Washington, Noah se había convertido en una pieza fundamental de su nueva realidad.
—Noah —susurró ella, levantándose de la mesa—. ¿Qué haces aquí?
Él no respondió de inmediato. Sus ojos, que delataban una vulnerabilidad que nunca antes había dejado ver, se posaron en ella, ignorando por completo la presencia de Charlotte.
—Solo necesitaba saber que estabas bien —dijo él, con una sinceridad que dejó el ambiente cargado de una tensión eléctrica—. Y necesitaba decirte que no voy a dejar que te pierdas en el pasado sin que yo esté cerca para ver cómo lo superas.
—Claro que estoy bien —respondió Elena, con una luz en los ojos que Charlotte nunca había visto—. Mejor que nunca, la verdad.
Noah se quedó en el umbral, con la mano aún apoyada en el marco de la puerta, sintiendo cómo esa frase le quitaba un peso de encima. Elena se volvió hacia Charlotte, que observaba la escena con una mezcla de sorpresa y complicidad, y continuó:
—He venido para hablar sobre todas las cosas que nos preocupan con Charlotte.
¿Verdad, Charlotte? Vamos a hacernos las pruebas de ADN de una vez por todas.
Si los resultados confirman lo que ambas intuimos, vamos a unir fuerzas.
Entre las dos, seremos imparables para localizar nuestra historia, nuestro origen.
Cuento con todo el apoyo de mis padres adoptivos en Washington, y de verdad, Noah, siento que finalmente estoy empezando a ver el camino claro.
Noah entró lentamente en la pequeña estancia, cerrando la puerta tras de sí. Su presencia, aunque imponente, se sentía ahora inofensiva, casi protectora.
—Es un plan admirable —dijo él, dirigiendo una mirada respetuosa hacia Charlotte antes de centrarse de nuevo en Elena—. Me alegro que te hayas decidido a dar los pasos
Charlotte, con una sonrisa tímida, rompió el silencio que se había formado. —Elena me alegra que contemos con el apoyo de tu familia. Me alegra saber que, pase lo que pase con los resultados, no estamos solas.
Charlotte, que había estado observando la dinámica entre ambos con una sonrisa comprensiva, se levantó de la mesa con delicadeza.
—Elisa, Noah —dijo con suavidad—, creo que los preparativos para la prueba pueden esperar diez minutos. ¿Por qué no salís un momento a tomar el aire? El ambiente está un poco cargado aquí dentro.
Elena asintió y, tras un cruce de miradas con Noah, salieron al porche de la pequeña casa, donde la luz del desierto bañaba el paisaje. Apenas la puerta se cerró tras ellos, Noah se giró hacia ella. Su expresión ya no era la del magnate seguro de sí mismo; había una honestidad cruda en su gesto.
—No puedo fingir más, Elena —dijo él, bajando la voz—. Fui a buscarte al hotel porque no podía dejar de pensar en lo que vi anoche. Me puse a buscar... a investigar quién eras, y te vi en todas esas fotos. Con él.
Elena lo miró, sorprendida por la intensidad de su tono.
—Noah, eso es pasado...
—No me importa si es pasado —la interrumpió él, dando un paso hacia ella, sin poder ocultar la vulnerabilidad en su voz—.
Me puse celosísimo. Ver cómo te miraba, ver el mundo que compartían...
me hizo sentir un intruso, alguien que no tiene derecho a estar aquí.
Y la verdad es que esto me está superando.
No soy un hombre de medias tintas, y desde que llegaste, me estás quitando el sueño.
Estoy empezando a sentir cosas... cosas que no me atrevía ni a nombrar, y me aterra que tengas tanta prisa por volver a esa vida, o por volver a él.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. Se acercó a él, acortando el poco espacio que los separaba, y le puso una mano en el pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la camisa.
—¿De verdad pensabas que después de lo que hemos vivido estos días, después de haber empezado a conocernos de verdad, me importa lo que dejé atrás en Washington?
—le preguntó, con los ojos brillando por la emoción—.
Noah, estos últimos días contigo han sido más intensos, más reales y más vivos que todos los años que pasé con él.
No tengo ninguna prisa por volver a esa vida.
Noah la miró, buscando la verdad en sus pupilas.
—Entonces, ¿por qué esa urgencia con las pruebas? ¿Por qué parece que te vas a escapar en cualquier momento?
—Quiero volver a Washington, sí, pero no para retomar nada —explicó ella, con una sonrisa sincera que le iluminó el rostro—.
Quiero volver solo para ver a mis padres, para abrazarlos y agradecerles que me hayan dado la vida y el apoyo que siempre necesité.
Y la verdad... me encantaría que me acompañases.
Quiero que conozcas mi espacio, mi gente, mi familia.
Que veas de dónde vengo, no para que compares, sino para que seas parte de mi presente.
Noah soltó un suspiro largo, sintiendo cómo la tensión que había arrastrado desde la noche anterior se disolvía.
—Si me invitas a ir contigo —dijo él, recuperando su media sonrisa—, no solo acepto.
Te aseguro que no habrá ni un solo segundo en el que no sepa lo afortunado que soy de tenerte frente a mí.
Olvida a James y olvida mis celos. De ahora en adelante, solo existimos nosotros dos y este camino que estamos empezando a recorrer.
Elena se apoyó en su hombro, sintiendo que, el futuro no era una aventura que estaba deseando empezar a su lado.
El ambiente en el porche, que hace unos minutos estaba cargado de tensión y confesiones, se suavizó con la brisa cálida del desierto. Noah se quedó un momento en silencio, procesando la apertura de Elena, y decidió que era el momento de bajar el ritmo.
—Ya que nos hemos quitado tantas máscaras esta mañana —dijo Noah con una sonrisa suave—, ¿qué te parece si aparcamos los planes serios un momento? ¿Y si te invito a almorzar?
Elena sintió que el nudo en su estómago se deshacía por completo. La idea de una comida formal o de seguir hablando de ADN y laboratorios le resultaba agotadora en ese preciso instante.
—Claro que sí, me encantaría —respondió ella, dándole un apretón en la mano—. Pero te advierto una cosa: no me importa el lugar. No quiero sitios elegantes ni cartas complicadas. Me apetece algo realmente sencillo. Solo me importa tu compañía.
Noah la observó con curiosidad, intrigado por el giro de sus preferencias.
—¿Y qué es exactamente lo que te apetece? —preguntó él.
Elena suspiró, como si estuviera recordando un sabor que tenía prohibido hace años.
—Me apetece una hamburguesa de verdad, bien grande, con una montaña de patatas fritas al lado. Y un batido. Hace muchísimo tiempo que no me permito nada de eso; siempre he estado bajo el yugo de lo que se espera de alguien como yo.
Noah no pudo evitar que una sonrisa lenta y cómplice se dibujara en su rostro. La imagen de Elena, vestida con esa elegancia innata que ni el desierto podía apagar, devorando una hamburguesa grasienta en un local de carretera, le resultó infinitamente más atractiva que cualquier cena de etiqueta.
—Entonces está hecho —dijo él, con firmeza—. Conozco el sitio perfecto. Y si te apetece una Coca-Cola para acompañar...
—Ay, no, Coca-Cola no —lo interrumpió ella, riendo mientras negaba con la cabeza—. Hace años que no tomo una, casi me he olvidado de su sabor.
Noah la miró desafiante, divertido por el juego.
—Bueno, pues si tú te tomas una Coca-Cola conmigo, yo también me tomo una. Acepto el reto.
Elena soltó una carcajada espontánea, contagiándole a él.
—Pues no se hable más —dijo ella—. Estamos tardando en salir.
Entraron juntos a la casa para disculparse con Charlotte, que los observaba con una sonrisa en los labios. Elena, al pasar junto a la puerta, agarró la chaqueta negra que había dejado colgada. Se la puso al salir, pero el calor seco de Roswell la golpeó al instante.
—Ay, ¡qué calor hace! —exclamó, quitándose la chaqueta casi de inmediato.
—Vas a acabar perdiéndola, Elena —bromeó Noah, tomándola de la cintura para guiarla hacia el coche.
—Menos mal que no la he perdido —respondió ella, soltando una pequeña risita mientras la llevaba al brazo—. Siempre termino dejando atrás todas mis chaquetas, en cualquier restaurante elegante de Washington. Creo que, en el fondo, es mi forma de intentar dejar atrás esa vida.
—Pues hoy olvídate de dejar nada atrás —dijo él, abriéndole la puerta del copiloto—. Hoy vamos a disfrutar de lo ordinario. A veces, los mejores planes están en la máxima sencillez, y contigo me he dado cuenta de que he dejado pasar demasiado tiempo sin valorar lo que realmente importa.
Mientras el coche arrancaba, Elena se recostó en el asiento, sintiéndose ligera. No había rastro de los celos de hacía unos minutos, ni de la presión de los secretos familiares. Solo quedaba el hambre, la carretera y la promesa de una hamburguesa compartida.
La tarde transcurrió entre risas y confesiones, pero cuando el sol comenzó a teñirse de tonos cobrizos sobre el horizonte de Roswell, Noah se giró hacia ella con una mirada cargada de intención.
—Elena, ya que te quedan tan pocos días aquí y el tema de las pruebas de ADN es nuestra prioridad... ¿qué te parece si pasamos la noche juntos en mi apartamento? Te invito a conocer mi espacio.
Ella no lo dudó. Había algo en la invitación que iba mucho más allá de la cortesía; era una puerta abierta a la intimidad real que tanto habían estado buscando.
Al llegar, Elena entró con curiosidad, recorriendo la estancia con la mirada.
Noah la dejó explorar a sus anchas, observándola mientras ella acariciaba los libros, los muebles y se acercaba a los detalles más personales.
—Pero, ¡qué fijona eres, mujer! —soltó Noah, soltando una carcajada al verla inspeccionar hasta el último rincón de la estantería.