BAJO EL SOL DE ROSWELL Noche en Roswell
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Noche en Roswell

El aire de la noche de Roswell parecía vibrar, cargado de una electricidad que no venía de ninguna tormenta, sino del roce de sus pieles.

Noah la acompañó hasta la entrada del hotel, deteniéndose bajo la luz mortecina de la farola.

El ruido lejano de un coche pasando por la avenida principal se desvaneció, dejando solo el sonido de su respiración contenida.

Él no dijo nada, simplemente acortó la distancia que quedaba.

Su mano, cálida y firme, se posó en la mejilla de Elena, un gesto que ella recibió cerrando los ojos, entregándose a la corriente que la recorría.

Cuando sus labios finalmente se encontraron, el beso fue un torbellino: suave al principio, casi como una duda, y luego profundo, intenso, con el sabor de la honestidad que acababan de estrenar.

Fue un beso que cerró de golpe la puerta a las mentiras y abrió un universo de posibilidades inciertas.

Cuando Noah se separó, con la mirada encendida, se despidió con un último roce de dedos, dejándola allí, plantada, mientras ella intentaba recuperar el aliento.

Elena subió a su habitación como si caminara sobre nubes, aunque el corazón le latía con una fuerza que le dolía en el pecho.

Nada más cerrar la puerta tras de sí, se dejó caer sobre la cama, sin siquiera quitarse los zapatos.

Se quedó mirando al techo, con una sonrisa boba que no podía borrar, sintiendo cómo el beso de Noah le recorría cada centímetro de la piel.

Se revolvió entre las sábanas, feliz, exhausta, repasando una y otra vez la presión de sus labios, la forma en que él la había mirado, la intensidad de aquel momento.

Todo su ser vibraba con una euforia que no recordaba haber sentido jamás.

Es increíble, pensaba, llevándose las manos a la cara. Este hombre no me abandona ni un segundo.

Después de un largo rato, cuando su pulso empezó a calmarse, se dio cuenta de que el silencio de la habitación la traía de vuelta a la realidad.

Se sintió un poco culpable; habían pasado días desde la última vez que habló con su familia en Washington.

Necesitaba ese ancla, necesitaba su voz.

Se sentó, estiró el brazo y tomó el móvil.

—¿Papá? ¿Mamá? —dijo cuando al fin escuchó el tono de llamada, con la voz todavía teñida por la emoción de la velada—. Soy yo. Llevo días queriendo llamar, pero ha sido un caos de emociones.

Del otro lado, la voz de Liam, su padre, sonó protectora pero tensa, como si estuviera conteniendo algo que le quemaba los labios.

—Elena, hija, qué alivio oírte. Roswell no es el lugar más tranquilo, y nos tienes preocupados.

—Estoy bien, de verdad, la gente es... sorprendentemente amable —respondió ella, evitando entrar en detalles sobre el hombre que acababa de besarla.

Entonces, la voz de Emma, su madre, se filtró por el auricular con un matiz diferente, mucho más grave. Liam soltó un suspiro pesado: —Elena, no digas nada todavía, escúchala...

—Cariño, tienes derecho a saber —la interrumpió Emma, con urgencia—.

No eres una niña y este secreto nos está asfixiando.

James no ha dejado de llamarte al móvil viejo.

Se presentó aquí mismo, en la casa, buscándote como un loco.

No podemos seguir ocultándote lo que está pasando en Washington mientras tú intentas buscar respuestas ahí lejos.

Las palabras de su madre golpearon a Elena como un jarro de agua fría, empañando el brillo que aún conservaba tras el beso de Noah.

La realidad, con sus sombras, acababa de encontrarla, recordándole que, aunque estuviera empezando a sentir algo nuevo, el pasado seguía ahí, esperándola al otro lado de la línea.

El apartamento de Noah era un refugio de cristal y acero, una fortaleza de lujo con vistas a las luces de Roswell que, por primera vez, se sentía terriblemente vacío.

Dejó las llaves sobre la encimera de mármol y se sirvió un trago, pero sus manos, generalmente firmes, temblaban ligeramente.

El beso que le había dado a Elena hacía apenas una hora se repetía en su mente como una película en bucle; el sabor, la suavidad de sus labios, la forma en que ella se había entregado por completo.

¿En qué momento se había dejado atrapar?

Él, que siempre había considerado a las mujeres como un entretenimiento pasajero, una distracción para cuando el tedio de los negocios se volvía insoportable.

Pero Elena... ella era diferente. Tenía algo en la mirada, un verde esmeralda que parecía ver a través de todas sus corazas, y esa fineza que no lograba disimular, ni siquiera en una emisora de pueblo.

La curiosidad, alimentada por un miedo irracional, se apoderó de él.

Se sentó frente a su portátil y, con el corazón acelerado, tecleó su nombre.

Los resultados fueron un torrente de información que, lejos de tranquilizarlo, encendieron una llama de celos en su pecho.

Allí estaba ella, en fotos donde la elegancia no era una opción, sino su estado natural.

Aparecía impecable en galas, en eventos benéficos, siempre con una sonrisa radiante y siempre acompañada por él: James.

Ese tal James. Un tipo que, a juzgar por las imágenes, nadaba en la misma opulencia que ella.

Noah escaneó cada foto, analizando los trajes de diseño, los viajes a destinos exclusivos y la forma en que la gente hablaba de Elena en los comentarios de sus artículos.

Ella no era solo una chica bonita; era una escritora brillante, admirada por miles, una mujer capaz de impactar con sus palabras tanto como con su sola presencia.

—Maldita sea —gruñó para sí mismo, cerrando la tapa del ordenador con violencia.

La rabia le quemaba. Le resultaba insoportable imaginarla de vuelta en Washington, en ese mundo de seda y privilegios que ella conocía tan bien, y sobre todo, le atormentaba la idea de que pudiera perdonar a James.

Sabía que él estaba ahí, que no la había dejado marchar fácilmente.

¿Y si ella solo estaba en Roswell buscando una aventura de quince días para olvidar el dolor?

¿Y si, en cuanto apareciera James con una disculpa lo suficientemente convincente, ella volvería a su vida de lujos y a los brazos de ese hombre?

Se puso en pie y caminó hacia el ventanal, mirando hacia el hotel donde ella descansaba.

Se sentía patético, un hombre que tenía el mundo a sus pies pero que, por primera vez, se sentía desarmado frente a una sola posibilidad: la de perderla.

No quería que ella fuera un capítulo más en su vida, una anécdota de paso.

La quería para él, con esa intensidad posesiva que apenas empezaba a reconocer en sí mismo.

—No volverás con él, Elena —susurró hacia la noche, como si pudiera convencer al destino—. No si tengo algo que decir al respecto.

El deseo de protegerla luchaba con la inseguridad de saberse un desconocido en su mundo.

Mañana sería un nuevo día, y Noah sabía que debía jugar sus cartas.

Ya no se trataba de mantener sus secretos a salvo; ahora, su prioridad absoluta era demostrarle a Elena que, más allá de la fineza de Washington y la fortuna de Roswell, solo él era capaz de ver a la mujer que se escondía detrás de la escritora.

Su corazón, cerrado a cal y canto durante años, latía ahora con un ritmo que no estaba dispuesto a dejar apagar.

La luz del sol apenas se filtraba por las persianas del hotel cuando Noah, impulsado por una urgencia que no le cabía en el pecho, llegó a la recepción.

Al enterarse de que Elena ya se había marchado, sintió un vacío.

No tenía una dirección exacta, pero algo en su intuición le decía que ella estaba buscando respuestas sobre su pasado.

Mientras conducía sin rumbo, su teléfono vibró insistentemente.

Era la mujer con la que solía pasar el rato, una presencia insistente que ahora le resultaba insoportable.

Ella no estaba dispuesta a soltarlo; su orgullo herido y su interés por la enorme fortuna de Noah la mantenían pegada al auricular.

—Olvídalo —le cortó Noah con voz seca antes de colgar y apagar el dispositivo—. Ya no hay espacio para juegos.

Sin dudarlo más, se dirigió hacia la zona humilde donde sabía que vivía Charlotte. El amor —o lo que fuera esa fuerza irrefrenable que lo consumía— lo empujaba hacia ella con más potencia que cualquier estrategia empresarial.

Mientras tanto, en la casa de Charlotte, el ambiente era una mezcla de café caliente y emociones a flor de piel. Elena, aún procesando el impacto, observaba a la mujer que tenía enfrente. Habían terminado desayunando entre confesiones; la barrera inicial se había roto.

—Es una locura, Charlotte —dijo Elena, revolviendo su café—. Hemos acordado hacernos la prueba de ADN. Si resulta que somos hermanas... no me cabe en la cabeza por qué mis padres nunca intentaron adoptarte. Podríamos haber crecido juntas.

Charlotte le tomó la mano, con los ojos brillando de una mezcla de alegría y melancolía. —No pienses en el pasado, Elena. Lo importante es el ahora. Si somos hermanas, eso se acabó. Nunca más estaremos solas. Te tengo a ti, y tú me tienes a mí.

Elena sentía una felicidad inmensa, pero un dolor agudo le atravesaba el corazón al pensar en los años de infancia que habían pasado separadas. Ese dolor se vio interrumpido por el sonido de un coche frenando en seco afuera.

Cuando Noah bajó del vehículo, caminó hacia la casa con la determinación de un hombre que ha descubierto lo que realmente le importa.

Al llegar a la puerta, que estaba entreabierta, se detuvo en seco.

A través de la rendija, pudo verlas: dos mujeres, conectadas por un lazo de sangre que apenas empezaban a descubrir, sentadas frente a frente.