Museo y arte #3
Las horas pasaron. El sol se puso sobre el desierto, tiñendo las ventanas de un azul profundo. Cuando la noche ya se había adueñado del pueblo, unos golpes suaves pero firmes sonaron en su puerta.
Elena se levantó, sintiendo un vuelco en el corazón.
Al abrir, encontró a Noah. No tenía la actitud arrogante del dueño de la emisora, sino una expresión de vulnerabilidad que no le había visto nunca.
En sus manos sostenía un ramo de flores sencillas, silvestres, y en su mirada había una súplica silenciosa.
—No vengo a pedirte que me perdones por ser quien soy —dijo Noah, con la voz rota—. Vengo a pedirte disculpas por no haber confiado en que eso no importaba.
Le extendió las flores y, con la otra mano, le mostró una nota que contenía una invitación para cenar en un lugar discreto, lejos de las miradas de sus empleados y de las expectativas de Roswell.
—He pasado el día intentando descifrar por qué tenía tanto miedo de que supieras la verdad —continuó él—. Quizás porque, en el fondo, sabía que si te enterabas, dejarías de mirarme como me mirabas esta mañana. Y para mí, Elena, esa mirada ha sido lo único real que he tenido en años.
Elena miró las flores, luego sus ojos, y sintió cómo el muro que había levantado empezaba a agrietarse. La honestidad en su voz era tan cruda que la desarmaba. Quizás ellos dos, con sus mentiras y sus escudos, eran exactamente lo que el otro necesitaba para empezar a decir, por fin, la verdad.
—Acepto la cena, Noah. Pero me la debes —dijo Elena, dejando que una media sonrisa se dibujara en su rostro mientras aceptaba el ramo—.
Y espero que estés listo para una conversación de corazón a corazón.
Si queremos una amistad sincera, la verdad es el único requisito no negociable. ¿Te parece bien?
—Claro que me parece bien —respondió él, con un brillo de alivio y renovado respeto en la mirada—. Gracias por la oportunidad.
El trayecto al restaurante fue silencioso, pero esta vez era un silencio diferente.
Elena miraba por la ventanilla, tratando de poner orden en sus sentimientos.
Se repetía a sí misma que aquello era estrictamente una cuestión de amistad; después de la humillación pública que había vivido en Washington, su corazón no estaba para aventuras.
Sin embargo, no podía ignorar cómo su pulso se aceleraba cada vez que Noah la miraba, ni cómo él ocupaba cada uno de sus pensamientos desde que llegó a Roswell.
Era un autoengaño constante, un juego mental donde ella insistía en que solo quería a un aliado, negándose a reconocer la atracción volcánica que sentía por él.
Al llegar al restaurante, el ambiente era íntimo. A pesar de que algunos comensales lo reconocían como el propietario de la emisora y un magnate local, Noah se mantuvo centrado exclusivamente en ella, ignorando los cuchicheos.
Cuando el vino llegó a la mesa, Elena decidió que era el momento de romper el hielo.
—Noah, tenemos que ser honestos —comenzó, mirándolo directamente a los ojos, evitando que sus sentimientos se filtraran en su voz—.
He venido aquí buscando respuestas sobre mi origen, no buscando volver a empezar.
Me siento muy vulnerable, y la verdad es que la decepción de lo que viví hace poco aún me duele.
Lo único que quiero de ti es una amistad real.
Alguien en quien pueda confiar y que no juegue a los secretos.
Noah asintió, comprendiendo la distancia que ella necesitaba mantener.
—Entiendo perfectamente, Elena. Y te lo agradezco. Yo también he estado viviendo tras una máscara, creyendo que ocultar quién soy me protegía de personas interesadas. Al final, lo único que conseguí fue alejar a la única persona que realmente me ha interesado conocer en años.
La conversación fluyó con una sinceridad que los sorprendió a ambos.
Elena le habló de su hogar, de la historia de amor de sus padres y de cómo esa integridad le había marcado el camino, aunque en su propia vida romántica se sintiera fracasada.
Él, por su parte, le confesó el esfuerzo que le costó construir su emporio desde la nada, lejos de la arrogancia que muchos le atribuían.
Mientras hablaban, Elena observaba los gestos de Noah, la forma en que su rostro se suavizaba al hablar de sus inicios, y sentía una punzada de algo que no quería nombrar.
Se obligaba a recordar que venía de una ruptura dolorosa, que debía protegerse, que una "relación" era algo que ni siquiera quería considerar.
Aun así, mientras él hablaba, no podía evitar sentirse atraída por la profundidad de sus valores, unos que iban mucho más allá de lo que su imaginación le había permitido ver.
Noah, por su parte, estaba más fascinado que nunca.
Se daba cuenta de que tenía frente a él a una mujer con una calidad humana inmensa, una mujer que, a pesar de sus intentos por cerrarse al amor, emanaba una luz que lo hacía querer ser una mejor versión de sí mismo.
Ambos, sin admitirlo del todo, sabían que esa "amistad sincera" era solo el comienzo de algo mucho más complejo de lo que ambos estaban dispuestos a aceptar en ese momento.