BAJO EL SOL DE ROSWELL Museo y arte #2
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Museo y arte #2

Elena, ajena a la desesperación de James, miró a Noah. Él era un enigma, un hombre que parecía haber vivido mil vidas, y ella era una mujer que, por primera vez, estaba empezando a escribir la suya propia, sin guiones prestablecidos y, por fin, sin la sombra de un compromiso roto.

—Mañana en la emisora, entonces —dijo ella, con una sonrisa más firme—. Pero avísame si tu jefe es muy exigente. No soy de las que se dejan impresionar fácilmente.

Noah rio, sintiendo que, por primera vez, no necesitaba saber qué le deparaba el mañana; con que Elena estuviera allí, en el presente, era más que suficiente.

Elena caminó hacia el mostrador con paso firme, ignorando el peso de sus pendientes y la mirada inquisitiva de quienes la rodeaban. Allí, tras el escritorio, estaba la recepcionista, una mujer de expresión adusta y mirada severa que parecía haber hecho de la seriedad su armadura.

—Buenos días —dijo Elena con una sonrisa natural—. Me llamo Elena. Vengo para la entrevista con el señor Miller.

La mujer apenas levantó la vista de sus papeles. —¿Apellido? —preguntó con sequedad.

—Elena... —titubeó un segundo, ocultando su verdadero apellido para no levantar sospechas—. Elena Vance.

Antes de que la recepcionista pudiera responder, una puerta lateral se abrió y apareció el señor Miller, el jefe de la emisora. Era un hombre tosco, de mirada cansada, que no parecía estar de humor para rodeos.

—¿Quién es? —gruñó, dirigiendo su mirada hacia Elena.

—Me llamo Candance Fines —respondió ella, dándose cuenta de que debía tomar el control—. Pero mis amigos me llaman Candy. Encantada de conocerle.

El jefe la observó, sorprendido por su descaro. —¿Candy? —repitió, haciendo un gesto de desprecio—. Me recuerdas a esos caramelos masticables que se pegan a las muelas. Aquí no buscamos dulces, señorita, buscamos resultados.

Elena no se inmutó, pero al girarse hacia la recepcionista, vio cómo la mujer bajaba la guardia. La dureza en el rostro de la empleada se suavizó al escuchar el apodo.

—¿Te importa si te llamo así, Candance? —preguntó Elena, ignorando al jefe y dirigiéndose exclusivamente a la recepcionista—. Mi madre se llamaba igual, pero nadie más me dejaba llamarla así.

La recepcionista, asombrada, esbozó una sonrisa tímida, casi olvidada. —Por supuesto que no —susurró—. Me encantaría.

El jefe, perplejo, se detuvo en seco. Había visto a esa mujer durante años tratar a todo el mundo con una frialdad; tremenda era casi imposible verla esbozar una sonrisa, y sin embargo, en menos de una hora, Elena había roto su coraza.

—Como sea —dijo el jefe, recuperando la compostura y señalando a su despacho—.

Entra, Elena. Pero escúchame bien: esta emisora es el único entretenimiento real de Roswell.

Mis patrocinadores pagan fortunas, pero solo por lo que funciona.

Aquí la audiencia es soberana. Si tu programa o tu capacidad de ventas no generan resultados, te irás antes de que acabe la semana.

No tengo tiempo para juegos, ni para turistas buscando aventuras.

Elena caminó hacia el despacho con la cabeza alta.

Noah, observando desde la penumbra del pasillo, reprimió una sonrisa.

Sabía que Elena acababa de ganar su primera batalla sin necesidad de mencionar quién era su padre, ni de mostrar la cuenta bancaria de su familia.

Había usado algo mucho más poderoso: su capacidad innata para conectar con los demás.

El jefe se sentó tras su mesa, lleno de escepticismo, pero Elena ya no era la chica que huía de un altar; era una mujer que había decidido que, si iba a quedarse en Roswell, no sería como una simple espectadora.

El jefe, Mr. Henderson, dejó de lado su postura hostil en cuanto comprobó que Elena no era una turista despistada, sino alguien con un instinto natural para el negocio.

Se puso su traje de director de publicidad y, con un orgullo que rozaba la vanidad, se ofreció a hacerle una supervisión personal.

Recorrieron los estudios, los archivos de audio y las salas de edición; Henderson no paraba de presumir de los premios locales que decoraban las vitrinas, de las campañas que lanzaban cada semana y del prestigio que la emisora roswell fm tenía en todo el condado.

—Aquí no solo vendemos tiempo al aire, señorita Vance —decía Henderson, hinchando el pecho—, vendemos la voz del pueblo. Tenemos la máxima audiencia. Si usted entra aquí, entra en el corazón de Roswell.

Elena escuchaba, fascinada y absorbiendo cada detalle, hasta que la atmósfera en el pasillo cambió de repente. El ambiente se volvió un poco frío y los empleados, que hasta hacía un momento bromeaban entre sí, se enderezaron como si hubieran visto a un general entrar en el campo de batalla.

Noah apareció al final del corredor. Caminaba con una seguridad que no pasaba desapercibida, pero fue la reacción de los demás lo que hizo que a Elena se le helara la sangre.

—Señor, ¿qué le parece el avance del informe de ventas de la mañana? —preguntó un técnico, acercándose con exceso de deferencia.

Elena lo miró, confundida por el tono. El técnico, al ver que ella observaba la escena, cometió el error: —Es que, como el señor es el propietario, no podemos fallarle en los números de hoy.

El silencio que siguió fue absoluto. Elena sintió cómo el aire se escapaba de sus pulmones. Sus ojos encontraron los de Noah, quien ahora lucía una expresión de incomodidad absoluta. La fachada se había derrumbado. Él no era el colaborador externo; él era el dueño.

—¿El propietario? —repitió ella en un susurro, clavando su mirada en Noah. La decepción fue un golpe seco, mucho peor que la mentira en sí; era la acumulación de todos los secretos que ese hombre le había ocultado mientras ella se desnudaba emocionalmente frente a él.

Noah se acercó, pero Henderson y el resto del equipo se retiraron rápidamente, oliendo la tormenta.

—Elena, escucha... —empezó él, pero ella dio un paso atrás.

—¿Cuántos más, Noah? —preguntó ella con frialdad—. ¿Cuántos secretos más guardas detrás de esa falsa humildad? ¿Qué es lo siguiente? ¿Que eres el dueño de medio pueblo?

No hubo tiempo para más reproches, porque el reloj apretaba y la emisión no esperaba a nadie. Para su sorpresa, Henderson, intentando suavizar el ambiente ante la mirada fulminante de Noah, le propuso un desafío: entrar al aire en directo para probar su valía.

—Adelante, Elena. El micrófono es tuyo. Si tan lista eres, demuéstralo.

Sin apenas tiempo para asimilar el engaño de Noah, Elena se sentó ante el micrófono.

Estaba furiosa, pero esa furia se transformó en una elocuencia inesperada.

Su programa fue un éxito rotundo. Las líneas telefónicas se colapsaron.

Las mujeres de Roswell llamaban desesperadas, pidiendo consejos sobre hombres, sobre traiciones y desamores.

Elena, usando su propio dolor reciente como escudo, empezó a responder con una sabiduría que dejaba a la audiencia cautivada.

Noah, desde la cabina de control, la observaba a través del cristal. Su corazón latía con una mezcla de orgullo y terror. La había descubierto, sí, pero ahora ella tenía el poder de la audiencia, y con el micrófono delante, Elena no era precisamente una mujer a la que se pudiera engañar dos veces.

El éxito había sido arrollador. Los teléfonos seguían vibrando en la mesa de control incluso después de que Elena saliera del aire, pero ella no podía disfrutar de la victoria.

El ambiente en la emisora se sentía cargado; los empleados ahora la miraban con una mezcla de respeto y miedo, como si fuera intocable por ser "la protegida del jefe", cuando en realidad el jefe era el hombre que le había mentido durante todo el día.

—La prueba fue un éxito rotundo, señorita Vance —exclamó el director, frotándose las manos—. No podemos dejarla ir. ¿Cuándo firmamos el contrato?

Elena apenas lo escuchaba. Su mente estaba en otro lugar, intentando recomponer la imagen de Noah que se había fracturado hacía apenas una hora.

—Me lo pensaré —respondió con voz no muy convencida—. Por ahora, lo único que puedo hacer es retirarme. Necesito espacio.

Noah, que no la había perdido de vista ni un segundo, se acercó rápidamente, cruzando el estudio con pasos largos.

—Elena, espera. Voy a ir contigo, te llevaré a casa —dijo él, con una urgencia que no pudo ocultar.

Ella se detuvo y se giró, con los ojos brillando de una forma que él no sabía interpretar: no era solo dolor, era una mezcla de orgullo herido y revelación.

—No, por favor —dijo ella, firme—. Necesito estar a solas. De verdad.

Noah se quedó paralizado en el pasillo. Mientras ella caminaba hacia la salida, él se dio cuenta de que la distancia que los separaba era mucho más profunda que el engaño de la emisora.

Ella se sentía traicionada, sí, pero él sabía que, en el fondo, ambos estaban jugando al mismo juego.

Él había ocultado su fortuna, ella su origen acomodado; ambos habían levantado murallas de prejuicios por miedo a ser valorados por lo que tenían y no por lo que eran.

Elena se encerró en su habitación de hotel, sintiéndose profundamente sola.

El silencio de las paredes blancas le sirvió de refugio.

Sin encender apenas las luces, se sentó frente a su portátil y empezó a escribir.

Sus dedos volaban sobre el teclado, volcando en aquel artículo todo el resentimiento, la confusión y la magia eléctrica que sentía por Roswell.

Escribió sobre las máscaras, sobre la verdad que se oculta tras los secretos y, sin mencionarlo explícitamente, dejó que cada frase hablara de Noah, del hombre que la había cautivado y decepcionado al mismo tiempo.