Museo y arte
Noah dejó la taza sobre la mesa, observándola con renovado interés. Aquella confesión sobre su faceta artística encajaba perfectamente con la sensibilidad y el aura de sofisticación que ella proyectaba.
—¿El Anderson Museum of Contemporary Art?
—Noah arqueó una ceja, impresionado—. Tienes buen gusto.
La mayoría de la gente que viene a Roswell solo pregunta por el museo de ovnis y los avistamientos alienígenas.
Es refrescante encontrar a alguien que busca el alma del arte en medio de tanto folclore espacial.
—El arte ha sido mi refugio toda la vida —respondió Elena, con una sonrisa más serena que las de los días anteriores—. Cuando todo lo demás falla, los colores y las formas siempre tienen sentido. Me ayuda a poner orden en el caos, supongo.
Noah se puso en pie, haciendo que su silla chirriara contra el suelo de madera. Se acercó a ella, y aunque seguía manteniendo esa distancia prudente que ambos habían acordado, sus ojos escaneaban el rostro de ella como si estuviera intentando descifrar un cuadro complejo.
—¿También pintas? —preguntó, recordando su comentario anterior.
—Sí —admitió ella, bajando un poco la mirada, como si revelarlo fuera una parte íntima de sí misma que aún no estaba lista para exponer—. Paisajes, mayormente. Es mi forma de intentar capturar un momento antes de que se escape.
Noah la observó durante unos segundos, fascinado por la profundidad que escondía tras esa fachada de mujer "sensible". Había un fuego creativo bajo esa aparente timidez que él no había sabido ver hasta ese momento.
—Por lo que veo, eres una caja de sorpresas, Elena Miller —dijo él, con un tono que dejaba claro que ella le estaba resultando mucho más fascinante de lo que su orgullo le permitía admitir—.
Llegas huyendo de un pasado, portando un spray de pimienta, y terminas siendo una artista con un ojo clínico para la estética.
Elena se levantó, alisándose el vestido rosa palo que parecía haberse convertido en su uniforme en aquel lugar. Le devolvió la mirada con una chispa de desafío que, a Noah, le pareció lo más excitante que había visto en años.
—La gente nunca sabe a quién tiene delante, Noah —respondió ella con elegancia—. Es la ventaja de que te subestimen.
—Bien —dijo Noah, extendiendo la mano hacia la puerta con un gesto galante que, por una vez, no llevaba ninguna intención oculta—. Vamos al museo. Si vas a quedarte catorce días en mi mundo, lo mínimo es que te enseñe los rincones donde realmente vale la pena detenerse.
Elena pasó a su lado, y el aroma a rosas volvió a invadir su espacio, dejándole claro a Noah que, mientras ella estuviera allí, no iba a poder concentrarse en nada que no fuera esa mujer que, paso a paso, estaba empezando a desmantelar todas sus defensas.
El teléfono de Noah vibró en el bolsillo de su chaqueta con una insistencia que le resultó molesta, casi invasiva.
Al sacar el dispositivo, la pantalla iluminó el nombre de la mujer con la que mantenía una relación informal, una de esas conexiones sin etiquetas que, hasta hacía apenas unas horas, le parecían el escenario perfecto.
Pero ahora, mientras Elena caminaba a su lado, admirando la luz que se filtraba por los ventanales del museo, la presencia del móvil en su mano le quemaba como si fuera carbón encendido.
Se sintió atrapado en una red de su propia creación.
No podía permitir que ella viera quién llamaba.
Si Elena descubría que él tenía una pareja —aunque fuera algo sin importancia para él—, la decepción en esos ojos verdes sería devastadora.
Ella, que acababa de sufrir la traición más pública y dolorosa, lo metería inmediatamente en el mismo saco que a William.
Noah deslizó el teléfono hacia la opción de "silenciar" con un movimiento rápido y disimulado, guardándolo de nuevo en el bolsillo antes de que Elena pudiera notar el más mínimo cambio en su expresión.
—¿Todo bien? —preguntó Elena, volviéndose hacia él con una sonrisa suave. Estaba genuinamente relajada, disfrutando del momento.
—Solo trabajo —mintió él, sintiendo una punzada de culpa que le recorrió el pecho—. Problemas con la gestión de la empresa.
Elena asintió, ajena al mundo de sombras que él acababa de crear para proteger lo que sentía por ella.
Para Elena, aquella amistad estaba siendo un salvavidas.
Noah no solo la estaba escuchando; le estaba ofreciendo un terreno sólido en Roswell, actuando como su guía, su protector y, sobre todo, como un compañero que no le exigía nada a cambio.
Se sentía a salvo con él, y esa sensación era la que, irónicamente, estaba empezando a destruir las defensas de Noah.
Mientras recorrían la sala de exposiciones, Noah no dejaba de observar a Elena.
Ella se detuvo ante un óleo de gran formato, fascinada por los trazos.
Él se quedó un paso atrás, mirándola a ella en lugar de al cuadro.
El contraste entre la situación en la que se encontraba —con un compromiso informal que ya no significaba nada para él— y la mujer que tenía delante, que estaba transformando su escala de valores, le provocó una crisis silenciosa.
Sabía que, si quería que Elena confiara en él, esa verdad tarde o temprano tendría que salir a la luz. Pero no ahora. No mientras ella estuviera intentando sanar.
—Es una obra fascinante, ¿verdad? —comentó ella, señalando el lienzo.
—Sí —respondió Noah, con la voz un poco más tensa de lo habitual—. Es... reveladora.
Demasiado reveladora, pensó, mientras el teléfono, oculto en su bolsillo, volvía a vibrar, recordándole que el pasado —o al menos, la parte de su vida que él creía controlada— estaba llamando a la puerta justo cuando él empezaba a desear un futuro diferente.
Elena se detuvo en seco frente a la entrada del Museo de Arte Contemporáneo, dejando que la brisa del desierto le alborotara el cabello, que brillaba bajo el sol de la tarde.
Tras la intensidad de sus revelaciones anteriores, necesitaba un cambio de aires, un espacio donde el alma pudiera respirar sin la presión de las palabras.
—Noah —dijo ella, girándose hacia él con una pequeña y repentina sonrisa—, creo que ya he tenido suficiente conversación por un día.
Necesito perderme en algo que no sea mi propia vida.
Me gustaría ir al Anderson Museum of Contemporary Art.
Siempre me ha fascinado el arte, toda mi vida ha sido mi refugio, y necesito ver esas obras ahora mismo.
Noah la observó, sorprendido por el cambio de ritmo, pero enseguida se sintió contagiado por su entusiasmo.
—¿El Anderson? —respondió él, con una sonrisa cómplice—. Vaya, resulta que eres una caja de sorpresas. La mayoría de la gente viene buscando alienígenas y se olvida de que este pueblo tiene rincones que valen mucho más que un informe gubernamental.
—La gente nunca sabe a quién tiene delante —replicó ella con un deje de misterio—. ¿Me acompañas?
Noah no lo dudó. Sabía que acompañarla a ese museo era solo la excusa perfecta para seguir descubriendo las capas de aquella mujer tan magnética.
Mientras caminaban hacia el coche, con la silueta del museo recortándose contra el cielo infinito de Roswell, el ambiente se tornó más ligero, aunque la electricidad entre ambos seguía presente, recordándoles que cada paso que daban juntos los arrastraba un poco más hacia lo inevitable.
—De verdad, Noah, no quiero quitarte demasiado tiempo —dijo Elena, deteniéndose un instante en la acera mientras el atardecer empezaba a teñir de violeta el cielo de Roswell—. Ya es hora de que vuelvas a casa, descanses o hagas tus cosas. No puedo ser tu sombra todo el día.
Noah se detuvo también, clavando sus ojos oscuros en ella con una intensidad que hizo que Elena olvidara por un segundo la incomodidad de la calle.
—Estoy bien, Elena. Precisamente, tu compañía es lo más agradable que me ha pasado en mucho tiempo.
Elena bajó la mirada, sonrojándose ligeramente. —Me alegro. Es solo que, a veces, pienso que no soy la mejor compañía. Demasiadas lágrimas, demasiadas dudas... Pero, supongo que podemos pasar más tarde por casa de Charlotte y James. Le haría mucha ilusión, seguramente.
—Me parece perfecto —asintió él—. Y mañana a primera hora, ¿te vendría bien que pasáramos por la emisora? Para esa entrevista. Si decides quedarte esos quince días, al menos tendremos algo en qué ocupar el tiempo.
Mientras caminaban, el contraste entre ambos mundos pesaba en la mente de Elena como una losa invisible.
Pensó en su casa en Washington, una propiedad señorial cargada de historia y de un amor de película que sus padres adoptivos habían construido contra todo pronóstico social.
Su madre, proveniente de una familia acomodada, se había enamorado del sheriff local contra la voluntad de sus ancestros, demostrando que el amor genuino podía romper las barreras de clase.
Había crecido viendo ese ejemplo, esa lealtad inquebrantable, y siempre había soñado con replicarla.
Pero con James, todo había terminado en una farsa.
Se guardó todas esas memorias para sí misma.
Aún no sabía hasta dónde llegaba el interés de Noah; no quería ser solo una curiosidad o una figura intrigante en su vida.
Además, el destino de Charlotte era tan diferente: una familia humilde en Roswell, una vida construida desde abajo, lejos de la opulencia de la casa de los padres de Elena.
Mientras tanto, a miles de kilómetros, en Washington, la realidad se desmoronaba para James.
En la casa de sus padres, el silencio era ensordecedor.
James, consumido por el remordimiento y la cruda realidad de haber cambiado un amor de por vida por una tentación barata y vacía, se encontraba frente a los padres de Elena.
La respuesta que recibió fue un golpe seco, casi tan doloroso como el anillo que había impactado contra su cara:
—No sabemos dónde está, James. Y aunque lo supiéramos, no te lo diríamos. Ya has hecho suficiente daño.