Llanto y atracción #3
—¿Y tu plan es que me meta a vivir con unos recién casados?
—Elena puso los ojos en blanco, aunque sin dejar de sonreír—.
Noah, ¿no conoces el dicho? Dos son compañía y tres es multitud.
No quiero ser una carga, ni molestar en su burbuja de amor.
Además, todavía no tengo pruebas de que sea mi hermana.
Noah asintió, comprendiendo perfectamente. Él mismo se sentía un extraño observando la felicidad ajena de James y Charlotte; no podía culpar a Elena por querer evitar esa incomodidad, especialmente cuando su corazón estaba todavía en proceso de reparación.
Noah sentía una batalla interna: su instinto de "héroe galante" quería resolverle la vida, ofrecerle su casa, sus recursos, su protección absoluta.
Pero, al mismo tiempo, su intelecto le susurraba que debía tener cuidado.
No quería que ella se sintiera humillada, ni obligada a aceptar una limosna por compasión.
—Entiendo —dijo él, tratando de mantener un tono equilibrado—.
No quería que te sintieras comprometida.
Solo... me parece una pena que te vayas cuando apenas estás empezando a descubrir quién eres aquí, en Roswell.
Si necesitas independencia, hay apartamentos disponibles en el centro. No tienes por qué vivir con ellos.
Se dio cuenta de que su afán por protegerla lo estaba metiendo en un terreno pantanoso.
Estaba ofreciendo soluciones, trabajo y un motivo para quedarse, cuando hacía apenas media hora ni siquiera sabía cómo tratar con las lágrimas de una mujer.
Se estaba involucrando demasiado, y en Roswell, donde los secretos familiares son tan profundos como la arena del desierto, ese tipo de involucración solía ser el principio de un desastre.
Elena lo miró, observando cómo él intentaba medir sus palabras, y por un segundo, el escepticismo de ella cedió paso a una curiosidad mucho más cálida.
—¿Por qué te importa tanto, Noah? —preguntó ella, suavemente—. No tienes que cuidar de mí.
Noah la miró fijamente, con una honestidad que le asustó incluso a él. —Porque en Roswell, Elena, las cosas no ocurren por casualidad. Y si te he encontrado, algo me dice que el destino no espera que te vayas sin más.
—Solo te llevará unas semanas averiguar la verdad —insistió Noah, tratando de mantener un tono práctico, aunque sus ojos no perdían esa chispa de intensidad—.
Unas pruebas de ADN, un poco de paciencia...
Es el tiempo suficiente para saber si realmente tienes una familia aquí.
Si yo estuviera en tu lugar, no me iría sin respuestas.
Has cruzado el país, Elena; no puedes dejar que el miedo a la incertidumbre te haga dar media vuelta ahora.
Elena se quedó en silencio, con la mirada perdida en sus manos.
Con un gesto inconsciente, se tomó el dedo anular con el pulgar.
El espacio donde debería haber estado el diamante se sentía extraño, una ausencia que le recordaba constantemente lo mucho que su mundo había cambiado en cuestión de horas.
—Nunca me gustó ese anillo —confesó ella de repente, rompiendo la tensión—. Era grande, ostentoso... nunca sentí que fuera mío. Tal vez era una señal y yo estaba demasiado ocupada intentando ser la novia perfecta para darme cuenta.
Noah observó el gesto, notando el temblor casi imperceptible en sus dedos.
—Si me quedó... —Elena dudó, buscando las palabras exactas, como si estuviera tanteando un terreno inestable—.
Son doce, catorce días... depende de cuánto tiempo tarde el laboratorio, supongo.
Y de cuánto tiempo tarde yo en ser capaz de mirar a Charlotte a la cara sin sentir que estoy invadiendo una vida que no me pertenece.
—No invades nada —la interrumpió Noah, con una convicción que la sorprendió—. Si el ADN confirma lo que creo, esa vida también es tuya.
Elena lo miró, y por primera vez, el peso de la decisión pareció aligerarse un poco. Noah no le estaba pidiendo que se casara con sus planes, ni que se convirtiera en su protegida; le estaba dando una razón lógica y necesaria para permitirse quedarse.
—¿Y tú qué harás en esas dos semanas? —preguntó ella, con una sonrisa pequeña y cautelosa—. ¿Seguirás vigilando mis pasos como si fuera una fugitiva o me dejarás investigar este misterio por mi cuenta?
Noah soltó una carcajada grave, esa que parecía disipar la electricidad estática entre los dos.
—Roswell es un pueblo pequeño, Elena. Vigilando tus pasos o no, terminaremos cruzándonos. Pero si te quedas, prometo que mi única intención será asegurarme de que no te sientas tan sola en esta aventura.
Elena bajó la mano, dejando de tocar su dedo anular. El vacío donde antes brillaba el diamante ya no le parecía tan aterrador; era simplemente espacio libre.
—Catorce días —repitió ella, más para sí misma que para él—. Supongo que, después de dejar plantado a un novio en el altar, dos semanas en un pueblo del desierto no es el peor de los destinos.
—Es el mejor —aseguró Noah, y por primera vez, no hubo sarcasmo en su voz, solo una promesa silenciosa que ambos entendieron, aunque ninguno se atrevió a ponerle nombre.