Llanto y atracción #2
—No hablemos más de eso —atajó ella, tensándose—. Ya he escuchado suficientes disculpas. James se pasó el día pidiéndome perdón después de... bueno, después de todo.
—Espero que le arrojaras la tarta a la cara al menos —bromeó Noah, intentando aligerar el peso que oprimía el pecho de ella.
—Yo sé ser una señora y estar a la altura —respondió Elena con orgullo—. Lo dejé plantado en el altar y me fui, pero sí le arrojé el anillo de compromiso con fuerza. Creo que le hice un corte en el labio.
Noah soltó una carcajada genuina, admirándola. —Bien hecho. Eso mismo le habría dicho mi padre. De hecho, casi convence a mi madre de que dejarle disparar a James era una opción lógica. Al final, esa chica del catering te hizo un favor, aunque no lo parezca ahora.
Elena se mordió el labio, bajando la mirada. —Te habrás dado cuenta de que lloro con facilidad, ¿verdad?
Noah sintió una oleada de furia pura contra el tal James. Si ese imbécil hubiera sido la mitad de hombre de lo que decía ser, Elena no estaría huyendo al otro lado del país. Noah respiró hondo, esforzándose por elegir sus palabras.
—No hay nada malo en expresar lo que sientes, Elena.
—No es mi intención llorar —susurró ella, mientras una lágrima traicionera escapaba por fin de sus ojos, rodando por su mejilla como un cristal—. Pero es que las lágrimas me salen sin poder evitarlo.
Noah, vencido por la ternura, se acercó y, sin pedir permiso, le retiró la lágrima con la yema del dedo, observándola con una intensidad que prometía que, si alguien volvía a hacerla llorar, no habría abogado ni sheriff en el mundo que pudiera protegerlo de la justicia de Noah.
Noah escuchaba cada palabra, fascinado por la dicotomía que Elena presentaba: la fragilidad de sus lágrimas frente a la firmeza de su determinación.
Había abandonado su vida, su casa y su seguridad para cruzar el país en busca de sus raíces, y eso, a ojos de alguien que conocía bien el peso del pasado, era una proeza de valentía inaudita.
—¿No sufriste un shock? —preguntó él, queriendo entender qué había movido los engranajes de su huida.
—La verdad es que no —confesó ella, mirando hacia el horizonte infinito de Roswell—.
En cuanto puse el coche en la carretera, sentí como si una venda cayera de mis ojos.
Empecé a ver señales, una guía interna que me pedía avanzar.
Estoy contenta, Noah. He puesto kilómetros de distancia entre mi pasado y yo, y es la primera vez que siento que el aire me pertenece.
Elena suspiró, suavizando su expresión. —Algún día tendré que volver.
He trabajado muy duro por mi casa y mi vida en Washington; no puedo simplemente borrarlo.
Pero mis padres adoptivos me dieron las piezas de este rompecabezas, y todas las pistas me trajeron hasta aquí.
Necesitaba descubrir quién soy más allá de ese compromiso fallido.
Noah la miró, y por un instante, su fachada de hombre de negocios endurecido se desmoronó. La veía valiente, decidida, una mujer que no esperaba a que nadie le abriera las puertas.
—No pienses que soy tonta por ser sensible —añadió ella, alzando la barbilla con un destello de orgullo—. No confundas mi educación con sumisión. Mi madre es la dueña de un periódico local y allí he hecho de todo: desde vender publicidad hasta investigar mis propias columnas. Sé defenderme sola.
—No lo dudo —respondió Noah, sintiendo un respeto nuevo y profundo—. Pero, ¿por qué tienes prisa por volver? Tienes un trabajo, una vida, sí, pero alguien más puede atender el negocio. ¿No has pensado en quedarte? Roswell es un lugar que atrapa a quienes tienen algo que buscar.
Elena se quedó pensativa, observando las calles del pueblo. —Es extraño. Cuando llegué, me impresionó, sí... pero también sentí un déjà vu. Siento como si hubiera vivido aquí toda mi vida, como si perteneciera a este suelo.
Noah sintió una descarga de optimismo. Verla ahí, plantada bajo el sol del desierto, admitiendo su conexión con el lugar, le hizo desear con todas sus fuerzas ser el motivo por el cual ella no regresara a Washington.
Era una mujer tan auténtica, tan ajena a las intrigas que él solía manejar, que cada palabra suya se sentía como una verdad pura.
—Pues si sientes que perteneces aquí —dijo Noah, acortando la distancia entre ellos un paso más—, quizás no deberías luchar tanto contra ese destino. A veces, las respuestas que buscamos no están en el pasado que intentamos reconstruir, sino en el presente que nos estamos negando a vivir.
Elena lo miró, y por primera vez, el miedo en sus ojos dejó espacio a una pregunta silenciosa.
Noah no se movió, manteniendo la intensidad de su mirada, consciente de que, en ese momento, ambos estaban parados en el umbral de algo mucho más grande de lo que cualquiera de los dos hubiera planeado para su tarde de lunes.
La invitación se escapó de los labios de Noah antes de que pudiera censurarla.
«Quédate». La palabra flotó entre ellos, pesada y cargada de consecuencias.
Noah, un hombre que siempre había considerado los compromisos como grilletes y que evitaba el peso de la responsabilidad ajena como si fuera una plaga, no daba crédito a lo que acababa de proponer.
Sabía que Elena era una garantía de problemas, una tormenta emocional que amenazaba con desestabilizar su vida estructurada, pero el impulso de tenerla cerca era una fuerza incontrolable.
—¿Y de qué voy a vivir? —preguntó ella, con una sonrisa escéptica, aunque sus ojos brillaban con una chispa que antes no estaba allí.
—Tengo influencia en la emisora de radio local —se apresuró a explicar él, sintiéndose un poco ridículo en su papel de benefactor—.
Necesitamos vender publicidad. Y si tu madre tiene un periódico en Washington, podrías encargar se de coordinar una red de anuncios cruzados. Serías un puente entre ambas ciudades.
Elena arqueó una ceja, divertida por la audacia de la propuesta. —¿Me estás ofreciendo trabajo o estoy pagando por tu amistad? —bromeó ella, y por primera vez, el peso de su dolor se disipó cuando ambos estallaron en una risa limpia y natural.
Noah se relajó, disfrutando de ese breve instante de complicidad. Sin embargo, volvió a la realidad. —Primero las cosas importantes: tienes que conocer a Charlotte y confirmar si es tu hermana. Sería una locura irte sin saber la verdad.