BAJO EL SOL DE ROSWELL Sombras bajo el sol de Roswell
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BAJO EL SOL DE ROSWELL

BAJO EL SOL DE ROSWELL

Por EUGENIA ORTIZ TORRES

© inepub.com

Sombras bajo el sol de Roswell

Roswell: Donde los secretos tienen nombre.

El sol de la tarde caía sobre Roswell como metal fundido, tiñendo el polvo del desierto de un cobrizo irreal.

Para Elena Miller, el silencio reverencial de este lugar era el único antídoto contra el ruido de su vida anterior.

Atrás, en la capital, había dejado una boda convertida en cenizas, un prometido infiel y la seguridad de un futuro que, de pronto, se había revelado como una mentira.

Aquí, en el árido corazón de Nuevo México, solo estaba ella, su equipaje emocional y una desesperada necesidad de saber quién era antes de que la vida la obligara a ser alguien más.

—Nena, te he estado esperando.

La voz era un barítono profundo, una vibración que le recorrió la columna como una descarga eléctrica.

Elena se giró. Ante ella, un hombre de hombros imponentes y andares de depredador llenaba el espacio con una seguridad que intimidaba.

Era Noah. Incluso bajo el sol inclemente, su ropa de marca parecía desafiar el clima.

Elena no sabía que aquel hombre no solo dominaba el paisaje, sino que era el pilar de un imperio forjado en generaciones de ambición y sangre.

—¿Qué pasa, preciosa? —inquirió él, inclinándose con una confianza que rozaba la arrogancia.

Cuando Noah acortó la distancia para rozar su mejilla, el instinto de Elena —el de la hija de un sheriff educada en la desconfianza— saltó antes que su razón. Un movimiento felino, el frío del metal en su mano y, de repente, el spray de pimienta apuntando al rostro de aquel extraño.

—Da un paso más y te aseguro que tu día se volverá mucho más interesante —espetó ella, con el pulso a mil por hora.

Noah se detuvo en seco. Sus ojos, analíticos, recorrieron el rostro de Elena con una intensidad que la hizo sentir, por primera vez en días, peligrosamente expuesta.

Las palabras que siguieron fueron un torbellino: embarazo, Charlotte, la tienda de artículos infantiles.

El error se hizo evidente: Noah la había confundido con su cuñada.

—Eres idéntica a ella —confesó Noah, y en su mirada hubo un destello que fue más allá del puro asombro.

Más tarde, impulsada por una intuición sombría, Elena llegó al cementerio. Buscaba respuestas, pero encontró un enigma. Bajo una capa de hiedra seca, una lápida antigua se erguía como una advertencia: Elena Valerius.

El crujido de la grava anunció su presencia antes de que ella lo viera. Noah estaba allí, sosteniendo un crisantemo, con la misma expresión indescifrable que antes.

—No te estoy siguiendo, Elena —dijo él, rompiendo la tensión del aire—. Pero este pueblo tiene una forma muy extraña de obligar a los muertos a hablar.

Cuando Elena se acercó, la magnetismo entre ambos fue una cuerda tensa a punto de romperse.

Sin una palabra, fue un impulso; una descarga eléctrica que ignoró la razón.

Elena acortó la distancia y rozó sus labios con los suyos.

Fue un contacto fugaz, un chispazo que encendió un incendio instantáneo.

Noah no perdió un segundo. Sus manos rodearon la cintura de Elena con una posesividad que le cortó el aliento.

La atrajo hacia su pecho, sólido como la piedra, y selló el beso con una urgencia que no pedía permiso, sino que exigía rendición.

No era un beso de cortesía; era el reconocimiento de dos mundos chocando.

—¿Qué has hecho? —susurró ella, retrocediendo con las mejillas encendidas.

Noah le dedicó una media sonrisa cargada de desafío. —Nada. Solo otro impulso. Ten cuidado, Elena. Roswell no guarda los secretos que los vivos esperan encontrar.

El motor del coche alquilado rugía, pero no lograba silenciar el caos en su cabeza. Elena Valerius. El nombre le quemaba en la lengua. Aparcó frente a Pequeños Sueños con los nudillos blancos de tanto apretar el volante.

La campanilla de la puerta tintineó, una nota alegre que contrastaba con la tormenta en su pecho. El aire olía a talco, a infancia perdida, a un hogar que nunca tuvo. Al fondo, una mujer doblaba ropa de algodón. Cuando levantó la vista, el tiempo se detuvo.

Elena dejó de respirar.

No era un parecido. Era un espejo. Los mismos ojos verdes, la misma curva en la mandíbula, la misma sombra de duda. La mujer dejó caer la prenda al suelo, con el rostro descompuesto por una conmoción absoluta.

—Es imposible… —susurró Charlotte.

La distancia se acortó en un instante. Charlotte, venciendo su propio miedo, envolvió a Elena en un abrazo que se sintió como una pieza encajando en un rompecabezas maldito.

—Bienvenida a Roswell —susurró Charlotte.

Desde el umbral, Noah observaba. Su expresión de arrogancia había desaparecido, sustituida por una frialdad calculada.

Sabía lo que venía. Sabía que con ese encuentro, las puertas de un secreto familiar —uno que Roswell había mantenido enterrado bajo llave durante décadas— acababan de saltar por los aires.

Noah cruzó el umbral de la tienda, su presencia llenando cada rincón del local, cargado de un aura de autoridad que parecía intimidar incluso al aire. El ambiente se volvió denso, eléctrico.

—¿Por qué no empezáis por vuestras fechas de nacimiento? —soltó, directo, sin preámbulos.

Elena y Charlotte se miraron. La sincronía fue aterradora.

—Seis de septiembre —dijeron ambas al unísono.

El silencio que siguió fue absoluto. Elena dio un paso involuntario hacia Noah, buscando un ancla.

Había huido de la gran ciudad con la esperanza de encontrar paz, no un espejo de sí misma.

Sus rasgos, sus ojos, la curva de su mandíbula…

todo coincidía con una precisión matemática que desafiaba la lógica.

—Interesante —una voz nueva resonó desde la penumbra del fondo—. Ambas han nacido el mismo día.

Un hombre alto, moreno y con el mismo porte imponente que Noah apareció en escena. Charlotte soltó un suspiro de pura devoción y corrió a sus brazos. El beso que compartieron, apasionado y desinhibido, fue un destello de pura luz en la tienda.

—James —exclamó ella, radiante.

Noah se cruzó de brazos, observándolos con una ironía que no llegaba a ocultar un deje de protección.

—Este es mi hermano, James. Perdónalos, parecen adolescentes que no se han visto en años, aunque solo han pasado unas horas.

Llevan casados apenas seis semanas, el romance todavía les nubla el juicio.

Elena sintió un pinchazo en el pecho. No era envidia —o eso se decía a sí misma—, sino el peso de su propia realidad.

Mientras veía la forma en que James miraba a Charlotte, con una intensidad que parecía prometer la eternidad, no pudo evitar que el recuerdo de William golpeara su mente.

William, su exprometido, el hombre que le había sido infiel y que le había dejado tan claro que su prioridad no era el corazón de ella, sino la anatomía de otra mujer.

Frunció el ceño, alejando el recuerdo con un escalofrío de desprecio.

Aquello era agua pasada, pero la herida seguía abierta.

Entonces, sus ojos se toparon con los de Noah.

Él la observaba con una calma inusual, una expresión que desarmaba sus defensas.

A pesar de su determinación de no dejarse llevar por fantasías románticas, no pudo ignorar la calidez en la sonrisa de Noah.

—¿Estás bien? —le preguntó él, bajando el tono, ignorando el espectáculo romántico de su hermano y su cuñada.

Elena levantó la vista. La preocupación en el rostro de Noah y la estampa de la pareja enamorada le hicieron soltar un suspiro cargado de resignación.

—Parece que están realmente enamorados —murmuró ella, con la voz apenas un hilo.

Noah soltó una carcajada breve, aunque en sus ojos brillaba una chispa de seriedad. —Eso espero. Con un niño en camino y todo lo que eso conlleva, más les vale.

El ambiente se volvió más pesado. La idea del futuro, de la familia, de los secretos que compartían esas dos mujeres idénticas, flotaba en la estancia.

Elena se dio cuenta de que no solo estaba buscando sus orígenes; estaba entrando en un terreno peligroso donde las certezas se desvanecían.

Y, para su consternación, Noah era el único guía en ese laberinto.

La atmósfera en la tienda se cargó de una electricidad estática, una mezcla de revelaciones biológicas y la cruda realidad del corazón roto de Elena.

Noah, observando desde la periferia, se sentía como un elefante en una cacharrería.

Su instinto le gritaba que la rodeara con sus brazos, que ahuyentara ese dolor, pero el recuerdo del spray de pimienta seguía ahí, latente, recordándole que ella era un terreno minado de desconfianza.

—¿He oído bien? —preguntó James, rompiendo el silencio, con la mano aún firmemente anclada en la cintura de Charlotte—. ¿Habéis nacido el mismo día?

—El seis de septiembre —confirmó Elena, con la voz plana, tratando de procesar el maremoto de información.

—Podría ser una coincidencia —intentó racionalizar Noah, aunque sus ojos no se despegaban del asombro reflejado en las dos mujeres.

—Pero es que somos idénticas —protestó Charlotte, su voz vibrando con una intensidad casi sobrenatural—. Yo nací en el hospital central de Roswell, a las doce del mediodía. ¿A qué hora naciste tú?

Elena sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.

—En el mismo hospital —susurró—. A las doce y media. Pero en mi certificado de nacimiento no hay rastro de un parto múltiple.

—El mío tampoco lo menciona —respondió Charlotte, con una mirada lúcida—.

Pero ya sabes cómo son las adopciones privadas...

a veces modifican los documentos para que la integración sea "limpia".

Si tú fuiste a las doce y media y yo a las doce y veinticinco...

eso te convierte en la menor, Elena. Apuesto a que somos gemelas.

Elena, como el destino empezaba a llamarla— levantó el mentón con una rigidez defensiva. La idea le resultaba abrumadora, casi una intrusión en su propia identidad.

—Es muy pronto para saberlo —espetó ella—. Tal vez somos primas. Las primas pueden parecerse, ¿sabes?