Cielo estrellado
La noticia sobre el estado de James llegó a oídos de Elena a través de sus círculos sociales, casi como un eco lejano de una vida que ya era parte suya.
Le contaron cómo vagaba por Washington, entre la bruma del alcohol y el arrepentimiento, arrastrando el peso de una pérdida que él mismo había provocado.
Por un instante, la Elena del pasado —la que siempre cuidaba de todos, la que sentía compasión incluso por quienes la herían— habría sentido el impulso de llamarlo.
Pero la Elena que regresó del desierto era otra.
Esa noche, mientras miraba las estrellas desde la terraza de sus padres, Noah se acercó por detrás, rodeándola con sus brazos. El silencio entre ellos no era vacío; era una paz absoluta.
—He oído lo de James —murmuró ella, sin ni siquiera darse la vuelta—. Dicen que está destrozado, deambulando por ahí.
Noah tensó ligeramente la mandíbula, pero ella apoyó su mano sobre la de él, deteniendo cualquier posible arrebato de celos o defensiva.
—No te preocupes por él, Noah. Ya no hay lugar para sentimientos de lástima, ni para el rencor, ni para las humillaciones. James es solo ruido, y he decidido que no voy a permitir que ninguna distracción barata me saque de este momento. Ya he perdido demasiado tiempo viviendo en la superficie.
Elena cerró los ojos, sintiendo el latido de Noah contra su espalda.
Fue entonces cuando la verdad terminó de asentarse en su interior con una claridad aplastante.
Durante años, ella había creído que el sexo y la intimidad eran algo mecánico, un trámite dentro de una relación formal.
Pero con Noah había sido distinto. Había sido una entrega total, un bautismo de fuego que le había abierto los ojos.
—¿Sabes qué es lo más curioso? —dijo ella, girándose para encararlo—. Nunca me había enamorado de verdad. Y esta última noche... contigo... he comprendido la diferencia. Por primera vez en mi vida, he hecho el amor de verdad. No solo fue un acto físico, fue encontrarme a mí misma a través de ti.
Noah la miró con una intensidad que parecía desnudarla. Se inclinó y, con una suavidad que contrastaba con su fuerza, la besó en los labios.
—Tú también me has cambiado a mí, Elena. Antes de ti, vivía en un desierto mucho más árido que el de Roswell, uno que yo mismo construí a base de trabajo y frialdad. Contigo, ese desierto ha florecido.
La posesividad de Noah no era un secreto, ni siquiera para ella.
A veces, cuando se quedaban en silencio, Elena podía notar cómo sus ojos oscuros la recorrían con una mezcla de adoración y una sombra de ansiedad que él apenas lograba contener.
No era solo celos por James; era un instinto primario, una necesidad casi desesperada de blindarla contra un mundo que él consideraba indigno de ella.
Una noche, mientras estaban en la terraza de la mansión de sus padres, con Washington brillando a sus pies como un mar de luces frías, él se lo confesó con una franqueza que la dejó sin aliento.
—Si por mí fuera —dijo él, trazando con sus dedos el contorno de su hombro—, te metería en una cajita de cristal.
No por desconfianza hacia ti, sino porque me aterra pensar que alguien más pueda siquiera rozarte, o que el mundo exterior pueda devolverte a ese estado de tristeza en el que te encontré.
Te quiero tanto que a veces siento que el aire que te rodea me pertenece, y me vuelvo loco sabiendo que no puedo retenerlo.
Elena lo escuchó, lejos de sentirse aprisionada, se sintió vista por primera vez.
Entendía esa oscuridad en él, porque ella misma sentía la urgencia de arrancarlo de su vida en Roswell y traerlo permanentemente a su lado, para que ningún otro compromiso, ninguna otra responsabilidad, se interpusiera entre ellos.
El regreso a Roswell se sintió como volver a un origen que, hace apenas dos semanas, ni siquiera sabía que existía. Al aterrizar, el calor seco del desierto les dio la bienvenida, pero esta vez no había huida, sino un reencuentro.
En cuanto Elena vio a Charlotte, el tiempo pareció detenerse.
No hicieron falta palabras; se fundieron en un abrazo que contenía todos los años de ausencia, todas las dudas y la certeza final de la sangre compartida.
Las lágrimas corrieron libres, sellando una conexión que ya no necesitaba pruebas de laboratorio.
—Hermana —dijo Elena, secándose los ojos con una sonrisa radiante—, me quedaré contigo hasta que nazca Ruth. Ya he hablado con mis padres, han entendido que mi lugar está aquí, cerca de ti. Y nos instalaremos en el apartamento de Noah.
Charlotte, conmovida, miró a su hermano y luego a Elena, notando el brillo en los ojos de ambos.
—Noah —dijo Charlotte con una sonrisa cómplice—, ¿te has dado cuenta?
Nunca, en todos los años que llevamos aquí, te habías ido de Roswell acompañado de una mujer.
Siempre eras tú, tus negocios y esa frialdad que te rodeaba.
Me alegra tanto que hayas encontrado a alguien que te haga mirar más allá de los números.
Noah rodeó la cintura de Elena con orgullo.
—Tienes toda la razón, Charlotte. He descuidado nuestra herencia familiar demasiado tiempo por estar encerrado en mi propio despacho. Pero eso se acaba hoy. A partir de ahora, pienso estar aquí, presente, apoyándote y viviendo esta felicidad al lado de la mujer que ha cambiado mi vida.
William, que observaba la escena con la satisfacción de quien ve una pieza de un rompecabezas encajando por fin, intervino con una propuesta lógica:
—¿Y por qué os complicáis con el piso de Noah?
—sugirió—. Esta casa es grande, pero si vamos a ser cuatro, y con el bebé en camino, ¿por qué no vendéis el apartamento o lo alquiláis y buscamos algo realmente enorme?
Un lugar donde podamos vivir los cuatro juntos, o incluso ampliar nuestra propiedad.
Elena y Noah se miraron, y en sus ojos se reflejó la misma idea: una vida compartida, sin muros, sin distancias.
—Es una idea perfecta —respondió Noah, sintiendo por primera vez que el éxito no estaba en su cuenta bancaria, sino en los vínculos en construir una familia—.
El ambiente en la sala de Roswell se sentía distinto, cargado de esa electricidad que solo surge cuando las barreras caen definitivamente.
Noah estaba sentado al borde del sofá, observando a Charlotte y a William, mientras Elena, con una energía renovada, caminaba de un lado a otro, incapaz de contener lo que le bullía en la cabeza.
—A ver, escuchadme un segundo —dijo ella, deteniéndose frente a ellos con una sonrisa impulsiva—.
He estado dándole vueltas al camino de vuelta.
¿Por qué nos empeñamos en que tenemos que elegir entre Roswell y Washington?
Mi casa allí tiene más de veintipico habitaciones.
Es ridículamente grande. Podríais instalaros todos perfectamente, tendríais vuestra propia ala, vuestra independencia...
y los padres de Elena estarían encantados de tener el hogar lleno de vida por fin.
Noah soltó una risita, mirando a su hermano con complicidad.
—¿Te imaginas a Liam intentando gestionar el caos de los cuatro en una mansión así?
—dijo él, divertido—. Pero, pensándolo bien, tiene sentido.
Si fusionáramos las empresas, la logística sería mucho más sencilla.
Mi negocio aquí es bueno, pero unir fuerzas con la estructura de la familia de Elena... eso sí que sería jugar en otra liga.
Charlotte se echó a reír, aunque sus ojos brillaban con un punto de nostalgia.
—Sería un cambio radical, la verdad. Pasar del desierto a la capital...
pero si lo planeamos bien, ¿por qué no? Podríamos tener lo mejor de los dos mundos.
Además, me encanta la idea de que Ruth crezca rodeada de familia, y no solo de negocios y números.
William asintió, entrando de lleno en la dinámica. —A ver, logística aparte, es una jugada maestra. Podríamos montar un centro de operaciones allí y dejar Roswell como nuestra base de operaciones más... "tranquila", por así decirlo. Un sitio al que volver cuando queramos desconectar de verdad.
Elena se acercó a Noah y se sentó en el brazo de su sofá, rodeándolo con el brazo.
—Es que, pensadlo, no sería solo mudarse.
Sería crear algo nuevo entre todos. Mis padres están deseando conoceros, y creo que esta es la forma perfecta.
¿Qué os parece si empezamos a planificar el traslado sin prisas, pero con cabeza?
Noah dejó escapar un suspiro de alivio, consciente de que el peso de la soledad que había cargado durante años se estaba evaporando frente a ellos.
—Pues si vosotros estáis dentro, yo firmo —respondió él, mirando a Elena con una adoración que ya no intentaba ocultar—.
Vamos a convertir esa "casa de muñecas" de tus padres en una verdadera sede para esta familia.
—¡Pues está dicho! —exclamó Charlotte, animada—. Voy a empezar a hacer una lista de lo que no puede faltar en el equipaje. ¡Esto va a ser una locura, pero una locura fantástica!
Elena sentía que el corazón le iba a estallar en el pecho. Estaba nerviosa, pero era un nerviosismo feliz, de esos que te hacen vibrar. Miró a Noah, que le apretó la mano dándole toda la seguridad que necesitaba, y luego a Charlotte y William, que esperaban en silencio en el salón.
Sacó su teléfono móvil y, sin dudarlo más, marcó el número. El tono de llamada sonó apenas dos veces antes de que su madre contestara.
—¿Elena? ¿Ha pasado algo, hija? —la voz de Emma sonó instantáneamente alerta, como siempre que recibía una llamada inesperada.
—No, mamá, nada malo. Al contrario —Elena soltó una risita nerviosa y puso el manos libres para que todos pudieran escuchar—.
Estoy aquí con Noah, con Charlotte y con William.
Hemos estado dándole vueltas a todo lo que ha pasado estos días, al tema de nuestra hermana, a la fusión de nuestras empresas... y hemos llegado a una conclusión.