Beverley Watts nos trae una historia llena de risas y un romance chispeante en esta última entrega de «Las hermanas Shackleford».

Anthony Shackleford llevaba mucho tiempo familiarizado con el sentido del deber.

De hecho, desde que pudo caminar, su madre había disfrutado inculcándoselo cada viernes entre las dos y las cuatro de la tarde, siempre acompañado de té y tarta de manzana, un postre por el que ella sentía casi la misma devoción.

Y el deber de Anthony se resumía en lo siguiente: no se podía esperar que el duque de Blackmore, su cuñado, mantuviera a sus suegros en su vejez.

Aunque las hermanas de Anthony habían hecho matrimonios muy ventajosos, como hijo único, su responsabilidad era garantizar que sus padres vivieran con comodidad en sus últimos años.

Así que, en teoría, su deber siempre había parecido bastante simple: casarse con una heredera, preferiblemente con título.

Y aunque Anthony era lo bastante apuesto como para atraer la atención de cualquier debutante, el hecho de que el duque hubiera considerado oportuno regalarle una casa solariega y cuatro hectáreas, sin duda le ayudaría a ganarse el beneplácito de la madre más ambiciosa.

Sin embargo, aunque agradecía la generosidad de su cuñado, Anthony también estaba decidido a no vivir bajo la sombra de su benefactor, por lo que insistió en encargarse él mismo de las reparaciones de la mansión Bovey.

Por desgracia, eso significaba que tendría que posponer la búsqueda de esposa, ya que las reformas probablemente le llevarían algún tiempo…

Georgiana no sabía cuál era su apellido.

De hecho, había descubierto por accidente su propio nombre.

Criada en los barrios bajos de Exeter, todos la habían llamado George desde que tenía memoria, y nadie, al margen de su familia adoptiva, sabía que en realidad era una chica.

No tenía ni idea de cuáles eran sus orígenes, solo sabía que Henry y Martha Atkins recibían un pago mensual por su manutención.

Aunque siempre había sido una molestia para su padre adoptivo, todo cambió en cuanto

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