Epílogo 2
—Yo no… Quiero decir, no tengo ningún vestido lo bastante elegante para un baile.
—Lo sé, amor. Precisamente por eso Grace propone que lleguemos cuatro días antes. En cuanto estemos allí, mandará llamar a su modista.
—¿Para qué? Por mucho que Su Excelencia me enfunde en un vestido bonito, seguiré siendo una mona vestida de seda. Victoria se las arreglará muy bien sin que yo vaya a fastidiarle la fiesta.
Anthony suspiró al ver la expresión rebelde de su esposa. Sabía de sobra cuál era el verdadero motivo por el que George armaba tanto revuelo respecto a su inminente visita a Londres.
—Puede que Grace organice ese baile para presentar en sociedad a Jennifer, Mercy y Victoria, pero no se trata solo de eso —dijo Anthony—.
Los tribunales os han reconocido oficialmente a ti y a tu hermana como nietas legítimas del conde de Ruteledge.
Como eres la mayor, aunque solo sea por unos minutos, basta con que hagas esta breve aparición para satisfacer a los chismosos de la alta sociedad.
Después, si así lo deseas, no tendrás que volver a poner un pie en Londres nunca más.
—La alta sociedad puede irse al maldito infierno —replicó George, antes de mirar a su marido con aquella sonrisa feroz que ocultaba tanto—. ¿Ya te arrepientes de haberte casado conmigo?
Sin previo aviso, Anthony tiró de ella y la estrechó entre sus brazos. George soltó un chillido, y Nelson se incorporó de un salto con un ladrido.
—Nunca —declaró Anthony con vehemencia, antes de cubrirle la boca con la suya en un beso que los dejó a ambos sin aliento y deseando más.
Habían pasado casi seis meses desde su boda y, en ese tiempo, Bovey Manor se había vuelto casi irreconocible, sin embargo, aún estaban ellos dos solos —y Nelson— en esa inmensa casa.
La señora Parsons acudía a diario, pero, por más que Anthony insistiera, George había descartado contratar más personal.
Anthony sabía muy bien por qué, y estaba más que dispuesto a darle a George todo el tiempo que necesitara para adaptarse a su nueva situación; aunque, a decir verdad, ella ocupaba un lugar mucho más alto que él en la anticuada escala social inglesa.
Por desgracia, cada vez que Anthony se lo recordaba, George le respondía con una retahíla de improperios que habría obligado a cualquier joven bien educada a salir corriendo en busca de sus sales.
Así, Anthony decidió recurrir no al derecho que tenía George a asistir a un baile celebrado, en parte, por su hermana, sino a un argumento que sabía que ella no podía discutir.
—Victoria querrá que estés allí, George. Y lo sabes —le dijo con suavidad, pero la sujetó con firmeza para impedir que ella se apartara en un arrebato de irritación.
Una irritación que, en realidad, no era más que miedo.
Con una mano la mantuvo pegada a él y, con la otra, le acarició la mejilla con el pulgar, sin apartar la mirada de sus ojos inquietos.
—Te amo más que a mi propia vida, Georgiana Shackleford —susurró Anthony con voz ronca—. Nada ni nadie volverá a hacerte daño jamás. No tienes por qué tener miedo.
George abrió la boca para protestar, pero volvió a cerrarla con un suspiro. Giró la cabeza, le besó el dorso de la mano y luego apoyó la frente contra el pecho de él.
—Sé que tienes razón —murmuró—. Es solo que no quiero dejarte en ridículo. Aún no he conseguido hablar siempre como es debido, por mucho que lo intente, y no soportaría que esos lechuguinos estirados se rieran de ti por haberte encadenado a una zoquete como yo.
Anthony se apartó un poco para mirarla, y sus pupilas se iluminaron de pronto con una chispa de diversión.
—No conoces todavía a mi familia, cariño.
De los Shackleford se han reído, se han burlado, y también nos han menospreciado...
Podría seguir durante horas. Créeme, George, estás en muy buena compañía.
—Le tomó el rostro entre las manos con delicadeza—.
Sé tú misma, amor mío. Ni más ni menos. Yo estaré a tu lado en todo momento.
—¿Te he dicho alguna vez cuánto te amo, Anthony Shackleford? —susurró ella, con los ojos brillantes por algo más que la risa.
—Mmm... —murmuró él contra su boca—. Pero nunca está de más que me lo demuestres...
Para cuando llegaron a Londres, la determinación de George de ser la esposa perfecta se había evaporado por completo.
Al contrario, se mostró como una arpía deslenguada.
Declaró con toda soltura que tenía el culo tan aplastado como las tortitas de la señora Parsons y que, si tenía que pasar un minuto más en aquel condenado carruaje, quizá se arriesgara a acabar en la horca con tal de retorcerle al cochero su escuálido pescuezo.
Y, además, ¿cuándo demonios se había visto un cochero con una sola maldita pierna?
Después de que Anthony le dijera sin rodeos que podía bajarse y continuar a pie, si así lo prefería, él volvió la atención a su libro y Nelson se retiró al rincón más alejado, donde empezó a roncar con una paz irritante.
George se calmó de mala gana y observó con envidia a su marido, perdido en su lectura.
Ella había aprendido a leer con bastante aprovechamiento desde que Anthony empezó a enseñarle, pero aún no sabía lo suficiente como para concentrarse durante más de unas pocas páginas.
Con un suspiro, George giró la cabeza hacia la ventanilla.
Llevaban dos días interminables de viaje y, pese al cansancio, no pudo evitar reír para sí al comprender que su esposo había decidido hacer el trayecto en el menor tiempo posible, seguramente para que ella no tuviera ocasión de cambiar de opinión.
En realidad, George se había rendido ya ante lo inevitable.
Al casarse con Anthony Shackleford, había aceptado a regañadientes que debía amoldarse a lo que se esperaba de su esposa.
Y, aunque a ella le importaban un rábano su difunto abuelo y su recién adquirido título de lady , sí le importaban su marido y su hermana.
Por ellos haría reverencias, mediría sus palabras, cuidaría sus modales y, desde luego, no soltaría una sola maldición.
Resultaba irónico que el actual conde de Ruteledge languideciera en prisión a la espera de juicio por el asesinato del anterior conde.
Según Victoria, como no parecía haber ningún primo lejano escondido en un armario, si Simon Linfield acababa en la horca, el título pasaría al siguiente varón de la familia.
Y, al ser George la gemela mayor, el hijo que tuvieran Anthony y ella tendría prioridad como heredero.
Mientras había escuchado la explicación de su hermana, George solo pudo pensar que «prioridad» era una palabra demasiado grande para un bebé que ni siquiera había nacido aún.
Se removió en el asiento, intentando aliviar una vez más el entumecimiento de su pobre trasero.
Al parecer, el duque y la duquesa viajaban a Londres en el carruaje más cómodo con los padres de Anthony.
Le habían informado de que el segundo coche llevaría a Percy y a su esposa, Lizzy, junto con Malcolm y su «casi» esposa, Felicity.
Todo era muy complicado y, a decir verdad, la afirmación de su marido de que Sus Excelencias no se andaban con ceremonias quedaba más que demostrada por las personas que formaban su círculo más cercano.
Pero, en aquel momento, su voz interior, de un humor negrísimo, protestaba porque el coche en el que ella viajaba estaba para echarlo a una maldita hoguera, mientras un coadjutor y un ayuda de cámara viajaban tan ricamente en un carruaje con elegantes y mullidos asientos.
George soltó una risita sombría. Tal vez sí podía darse los aires suficientes como para encajar entre lo más refinado de Inglaterra.
—Gracias, Bailey. Es maravilloso verlo tan bien.
Con cuidado, Temperance le entregó su pelliza al anciano mayordomo, preguntándose si el peso de la prenda no acabaría por derribarlo.
Él le dedicó una sonrisa desdentada e intentó hacer una pequeña reverencia y, durante un espantoso segundo, ella creyó que iba a desplomarse.
Quizá la piadosa mentira que Temperance le había dirigido no había sido muy sensata, pues el pobre hombre parecía tan frágil que una simple ráfaga de viento podría rematarlo.
—Gracias, Bailey —dijo Grace con una cálida sonrisa—. El conde y la condesa de Ravenstone son los últimos en llegar. Creo que la señora Pidgeon lo espera en la cocina con su chocolate caliente.
El anciano mayordomo le devolvió el gesto a la duquesa e hizo otra reverencia temblorosa. Grace, Temperance y Adam lo observaron conteniendo el aliento y luego soltaron un suspiro de alivio cuando Bailey avanzó, vacilante, por el vestíbulo hacia las dependencias del servicio.
—De veras, Grace, uno de estos días Bailey va a pasar a mejor vida sentado en tu recibidor —dijo Temperance, sacudiendo la cabeza mientras abrazaba a su hermana.
—Nicholas no tiene corazón para pedirle que se retire —replicó Grace con pesar, a la vez que los conducía hacia el gran salón—.
Casi todo lo hace Carter, nuestro nuevo mayordomo.
Es muy amable con Bailey y lo anima a hacerse cargo durante breves intervalos cuando solo viene la familia.
Como es natural, en cuanto los invitados empiecen a llegar al baile esta noche, Bailey estará arropado en la cama con su chocolate caliente.
—Nosotros nos encontramos en la misma situación —suspiró Adam—. La mayoría de los criados de Ravenstone ya estaban al servicio de mi padre y se llevarían un disgusto terrible si les dijéramos que son demasiado mayores para continuar.
—Adam, Tempy, me alegro de veros.
Nicholas Sinclair, duque de Blackmore, se dirigió hacia ellos con el rostro iluminado por una sonrisa.
Adam arqueó una ceja.
—¿A qué se debe ese buen humor? Siempre tienes cara de funeral antes de la celebración de un baile.
—Ah, pero este promete ser bastante entretenido —respondió Nicholas con un guiño, y luego le dio una palmada en la espalda a su mejor amigo.
—No seas ridículo, Nicholas —replicó Grace, exasperada—. Estoy convencida de que Georgiana no dará ni el más mínimo motivo de cotilleo.