Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Epílogo 2 #2
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Epílogo 2 #2

—Bueno, espero que te equivoques, cariño. Al fin y al cabo, esa es la razón por la que prácticamente toda la alta sociedad aceptó tu invitación.

—Pues yo, desde luego, no tengo ningún deseo de ver a Anthony avergonzado —protestó Temperance.

Nicholas y Adam se echaron a reír.

—¿Qué? —preguntó ella con irritación—. ¿No os importa que nuestro hermano pequeño se enfrente a un posible ostracismo? Adoro a George, pero hay que admitir que su desenvoltura en sociedad es el equivalente a un sopapo en plena cara.

—Teniendo en cuenta que la última vez que Tony estuvo en compañía refinada le preguntó a lord Penbury si su mal humor se debía a que llevaba demasiado tiempo sin darse un buen revolcón, yo diría que están hechos el uno para el otro.

—Como de costumbre, Patience no hizo ningún esfuerzo por suavizar sus comentarios para los oídos de las damas.

—Como siempre, es un placer verte, queridísima hermana. Pero, hablando en serio, ¿podrías ser más directa?

—Sin duda, Patience se esfuerza para que George se sienta como en casa.

—Patience ni siquiera se esfuerza para que yo me sienta como en casa. —Maximilian Wolverton, marqués de Guildford, adoptó una expresión dolida que a su esposa le resbaló por completo.

—Si no recuerdo mal, te lo advertí —dijo Gabriel Atwood, vizconde de Northwood y esposo de Hope, con una risa oscura.

—Lo único que conseguiste fue despertar mi interés —suspiró Max.

—¿Y ya se ha dormido? —preguntó Patience con un guiño, enlazando su brazo con el de él.

—Cada día es una nueva aventura —confesó Max con una sonrisa, antes de inclinarse para besarla con suavidad en los labios.

—Este baile es para nuestras tres debutantes —intervino Hope—.

Y dudo que Tony se aparte del lado de George si puede evitarlo.

—Hizo una mueca maliciosa antes de añadir—: Y, si lo hace, mientras una de nosotras permanezca lo bastante cerca de su amada para poder oírla, estoy segura de que todo irá bien.

Todas sabemos perfectamente cómo comportarnos cuando estamos rodeadas de un montón de señoritingos pomposos y egocéntricos.

—No repitas eso durante la velada, querida —replicó Grace, conteniendo una risa.

Un tirón repentino en la falda la hizo bajar la vista. Flossy brincaba alrededor de sus tobillos. Lo que significaba que su padre no podía andar muy lejos.

Acertó de pleno.

—Muy bien, ¿quién va a asegurarse de que ningún invitado acabe la maldita noche criando malvas por culpa de una de las pociones de Agnes o de la lengua de George?

—Estás preciosa, Georgiana.

El tono de su hermana no dejaba lugar a dudas sobre su sinceridad. Como respuesta, George tironeó del escote de su vestido de baile azul hielo.

—Casi se ve lo que he desayunado —se quejó.

—No lo toquetees —suspiró Felicity—. Victoria tiene razón, querida. Estás realmente encantadora.

—Esta celebración no es por mí. —George se encogió de hombros—. A nadie le importará un comino el aspecto que tenga.

—Eso no es cierto, y lo sabes —respondió Felicity con viveza—. Puede que no participes en la Temporada, pero, para la alta sociedad, haber crecido en los bajos fondos de Exeter te convierte en un misterio aún mayor que tu hermana. Por tanto, serás objeto de un escrutinio considerable.

Georgiana frunció el ceño. Sabía de sobra que Felicity solo intentaba prepararla lo mejor posible para cuanto pudiera depararle la velada.

De hecho, durante los últimos tres días, la matrona había hecho cuanto estaba en su mano por orientarla en el poco tiempo disponible, y Georgiana tenía la cabeza llena de normas, advertencias y cosas que debía y no debía hacer.

—¿Habéis visto a Jennifer y a Mercy? —preguntó, cambiando de tema para apartarse de aquella incomodidad.

La respuesta de Victoria fue una amplia sonrisa.

—Las tres vamos perfectamente conjuntadas —dijo, riendo.

Sin proponérselo, George le devolvió la sonrisa.

Apenas podía creer cuánto había cambiado su hermana desde que se conocieron seis meses atrás.

A decir verdad, no podía atribuirse aquel mérito.

George no sabía nada de lo que suponía haber vivido una existencia tan solitaria como la de Tory.

Y, aunque Judith Linfield había hecho por ella todo lo que pudo, el verdadero cambio había empezado cuando la duquesa de Blackmore tomó a Victoria bajo su protección.

Victoria había trabado una firme amistad con Jennifer Sinclair y Mercedes Stanhope. Esta última era hija del conde de Cottesmore, aunque todo el mundo la llamaba Mercy. Como su padre se había casado con Chastity Shackleford, Blackmore le resultaba tan familiar como su propia casa en New Forest.

Unos nudillos llamaron a la puerta y, acto seguido, esta se entreabrió.

—¿Está George lista ya, Tory? —Jennifer asomó la cabeza por la abertura antes de entrar en la habitación, con Mercy pisándole los talones.

—Estás impresionante —declaró Mercy, sonriendo ante la incomodidad de George—. Anthony volverá a enamorarse de ti.

—Tía Grace nos ha pedido que te avisemos de que ya ha llegado el resto de la familia —añadió Jennifer—. Peter dice que te des prisa porque está muerto de hambre.

—Juro que su estómago es un pozo sin fondo —declaró Felicity, entregándole el chal a Georgiana—. Vamos, señoritas. Cuando Peter tiene hambre no espera a nadie, sea hombre o mujer.

George siguió a Jennifer hasta el salón y se quedó un instante en el umbral, de pronto aterrada ante la idea de que el baile hubiera empezado ya.

La estancia parecía abarrotada. Se le subió el corazón a la garganta hasta que, al fin, distinguió a Anthony abriéndose paso hacia ella.

Casi se le aflojaron las piernas de alivio, pero logró ponerse en marcha para salir a su encuentro.

—Esto parece el maldito día de feria en Paddington —siseó, olvidándose en su ansiedad de que no debía decir palabrotas.

—Bueno, esperemos que nadie acabe esta noche en el extremo de una soga —replicó su marido con sequedad, y luego se inclinó para besarla con delicadeza—. Estás preciosa —murmuró—. ¿Cómo demonios pude confundirte con un muchacho?

Antes de que ella pudiera responder, una cabeza apareció por encima del hombro de Anthony.

—Está usted radiante, tía Georgiana —comentó Peter con un guiño.

George se sonrojó y le hizo una pequeña reverencia burlona.

—Muchas gracias, milord —dijo ella con su voz más obsequiosa—. Es una amabilidad inmensa por su parte mencionarlo.

—Puaj, esto no me gusta nada —respondió Peter, frunciendo el ceño—. ¿Quién eres y qué has hecho con la esposa de mi mejor amigo?

Anthony sonrió y negó con la cabeza.

—No le hagas caso, amor mío. Tus modales han sido impecables. No me cabe duda de que mi sobrino ha hecho apuestas sobre tu comportamiento de esta noche, así que no permitas que te provoque.

—Diez a uno a que le preguntarás a la condesa de Bletchley si tiene un gusano en la cabeza —dijo Peter con alegría, antes de inclinarse hacia George y añadir en un susurro demasiado alto—: Si quieres, te señalo quién es y luego nos repartimos las ganancias.

Sin poder evitarlo, George se echó a reír. Peter era incorregible.

—Eso es hacer trampas —declaró una voz divertida detrás de ella—. Y, de todos modos, creo que yo he conseguido mejores apuestas que tú.

Prudence...

George se volvió de golpe y se dejó envolver de buen grado por el cálido abrazo de su cuñada menor. De toda la familia de Anthony, era con Pru con quien sentía más afinidad.

—¡No puedo creer que hayas apostado por mí! —exclamó George con expresión dolida.

—Pamplinas —respondió Pru—. Si estuvieras en mi lugar, habrías sido la primera en apostar. —Sonrió antes de añadir—: Y, además, no sabes cuál fue mi apuesta. Tal vez aposté a que te comportarías de forma intachable.

—Por supuesto, tú sabes muchísimo de comportamiento intachable, cariño —replicó con sequedad Jamie Fitzroy, el marido de Pru—. Hola, George —dijo enseguida con una sonrisa—. Me alegro mucho de volver a verte.

—¿Por qué? ¿También has apostado por mí? —exigió George, solo medio en broma.

—Naturalmente —resopló Prudence—. Vamos, George, acompáñame a la mesa del bufé antes de que Peter la vacíe por completo.

La cena fue muy animada, y Georgiana escuchó una historia tras otra, todas extrañas y a menudo hilarantes, sobre cómo cada una de las hermanas había conocido a su marido.

Para cuando los ocho hermanos terminaron su relato, George había comprendido dos cosas.

La primera, que su cortejo con Anthony no había sido más insólito que los que había habido en aquella familia.

La segunda, que nada de lo que pudiera decir o hacer durante la velada se acercaría siquiera a las bochornosas meteduras de pata del reverendo Shackleford a lo largo de los años.

Al fin, cuando todos se levantaron de la mesa para prepararse antes de que el baile comenzara, George descubrió con sorpresa que tenía mucho menos miedo que al inicio de la velada.

De hecho, al participar en las ruidosas y afectuosas pullas de su nueva familia, comprendió que tenía mucho más en común con los Shackleford de lo que jamás habría imaginado.

Ya fuera por sangre o por matrimonio, el vínculo que los unía era absoluto, y George entendió que nada de lo que pudiera hacer o decir conseguiría que dejaran de quererla o que la apartasen de su lado.

Por fin había encontrado su hogar.

Fin

Aunque Anthony pone fin a la serie Las hermanas Shackleford , quienes aún no estéis preparados para despediros de esta alocada familia, podréis reencontraros con el reverendo y todos los demás Shackleford en Jennifer , primera entrega de El legado de las hermanas Shackleford , la nueva saga protagonizada por sus nietas.

¡Disfruta ahora del primer capítulo!