Jennifer
Pero esa paz no durará mucho...
Brendon Galbraith , último miembro del desacreditado clan Galbraith, tiene grandes esperanzas de convertirse en el próximo administrador de Caerlaverock.
Sin embargo, aunque no tiene dinero y está a punto de quedarse sin hogar, posee otro motivo mucho más importante para desear el favor del duque de Blackmore.
Tras descubrir por accidente un terrible secreto, Brendon comprende que la única persona que tal vez pueda ayudarlo es el propio duque de Blackmore.
Mientras aguarda con desesperación la inminente visita de Nicholas Sinclair, descubrir que el duque ha enviado en su lugar a su hijo y heredero le supone un duro golpe.
No obstante, comprobará que Peter Sinclair es digno hijo de su padre y que no tiene la menor intención de huir del desafío que representa la impactante verdad que Brendon se ve obligado a revelar.
Por desgracia, la escandalizada reacción de quienes observaban la escena no era muy halagüeña. Nicholas Sinclair soltó un suspiro, con la certeza de que, en cuanto sus invitados se marcharan, empezarían a circular por la sociedad relatos cada vez más exagerados sobre la terquedad de su hija.
Como sabía lo que se esperaba de él, sus ojos adquirieron una frialdad invernal.
Al ver aquella mirada dura como el pedernal, Jennifer se encogió y al fin comprendió su metedura de pata.
La orden de su padre que llegó a continuación: «Vete a tu cuarto, Jennifer», sonó con un tono que ella jamás le había oído.
Jennifer tragó saliva, hizo una pequeña reverencia, inclinó la cabeza y salió de la habitación a toda prisa.
Mientras subía corriendo las escaleras, alcanzó a ver a la esposa de Anthony a través de una puerta abierta y no pudo evitar sofocar una risita.
La expresión horrorizada de Georgiana era una mezcla de preocupación por su amiga y un alivio inmenso por no haber sido ella quien había hecho el ridículo en público.
Al entrar en su alcoba, Jennifer se sentó en el banco bajo la ventana y esperó a que su padre reclamara su presencia, como estaba segura de que haría en cualquier momento.
No estaba demasiado preocupada, aunque la mirada de acero que su padre le había dirigido hacía un instante no auguraba nada bueno.
Aun así, él nunca la había puesto sobre sus rodillas para darle una azotaina, y no creía que fuera a empezar ahora, cuando ella ya tenía veintiún años.
Así, Jennifer subió los pies al asiento y se abrazó las rodillas.
Ella sabía muy bien que, durante los últimos dieciocho meses, habría puesto a prueba la paciencia de un santo.
Estaba en su segunda Temporada londinense y, pese al exceso de caballeros que competían por obtener su atención, aún no había encontrado a uno solo que le despertara siquiera una chispa de interés.
Suspiró y apoyó la cabeza en las rodillas.
Sus padres le habían prometido que no la obligarían a casarse.
Pero eso no significaba que fueran a quedarse de brazos cruzados mientras ella rechazaba pretendiente tras pretendiente con alegre despreocupación.
No era que no quisiera casarse. El problema era que deseaba un matrimonio como el de sus padres.
Y la mayoría de los caballeros con título que le habían presentado no eran más que cachorros arrogantes.
Estaban tan pagados de sí mismos que no tenían ni idea de qué hacer con una mujer que tuviera sus propias opiniones.
Jennifer sabía que las propuestas iban menguando, a pesar de ser hija del poderoso duque de Blackmore.
Incluso había oído murmullos del tipo: «¿Qué puede esperarse de la descendencia de la hija de un vicario? ».
Y ahora, con su franqueza, lo único que había conseguido era empeorar las cosas. Para su padre, para su madre y, desde luego, para ella misma. Con un gemido, Jennifer bajó los pies al suelo y fue a prepararse para dormir. Era evidente que su padre no la reclamaría hasta el día siguiente.
Y de nuevo recordó la expresión pétrea de su padre.
Quizá sí tenía motivos para preocuparse, después de todo...
—No puedo permitir que su comportamiento quede sin ninguna clase de castigo —declaró Nicholas, cansado, después de que se marchara el último de sus invitados—. Como mínimo, tendrá que regresar a Blackmore por lo que queda de Temporada.
—Lo sé. —Grace soltó también un suspiro agotado—. En muchos sentidos, la culpa es nuestra. Ha crecido en una casa poco común. Pero Jennifer jamás se someterá a un hombre y, a decir verdad, yo tampoco desearía que tuviera que hacerlo.
—Entonces se quedará soltera —replicó Nicholas.
—Tengo siete hermanas que comparten esos mismos rasgos con nuestra hija, y todas han logrado encontrar hombres que valoran su independencia —respondió Grace con acidez.
—Bueno, por supuesto, ella ha heredado esos rasgos díscolos de sus tías —contraatacó Nicholas con sequedad—, ya que su madre siempre ha sido la más obediente de las esposas.
Grace soltó una risita.
—Al principio de nuestro matrimonio tu mal genio me intimidaba, pero no tardé en darme cuenta de que se te puede persuadir con bastante facilidad si una sabe cómo.
—Para que lo sepas, mi temperamento es legendario entre mis pares.
Nicholas dejó escapar un gemido bajo cuando Grace se acomodó en su regazo.
—Ellos no te conocen como yo —murmuró ella, inclinándose para besarlo.
—Mi consejo se valora por encima del de la mayoría.
—Sin duda. —Grace hundió la nariz en el cuello de él.
—Mi sentido político goza del reconocimiento de cuantos me conocen. —Su voz se había vuelto un poco ronca.
—Muy firme, sí —convino ella, y le sopló con suavidad en la oreja.
Un fuerte golpe en la puerta hizo que los dos se separaran de un salto como adolescentes culpables. Grace se apresuró a ponerse en pie justo cuando la puerta empezaba a abrirse. Un segundo después, Peter, su hijo mayor, asomó la cabeza por el hueco.
—¿Interrumpo algo? —preguntó con una sonrisa.
A sus veintitrés años, Peter se parecía cada vez más a su padre y, al verlo entrar, Grace contuvo el aliento. Era como contemplar a su marido más de veinte años atrás. Sin el ceño fruncido, eso sí.
—¿Cuándo has llegado, cariño? —preguntó ella mientras Peter tomaba la mano de su madre y se la llevaba a los labios.
—Hace una media hora y, por lo que se murmura abajo, parece que mi llegada no podía ser más oportuna.
—No hace falta que escuches los chismes del servicio para enterarte de la última catástrofe —comentó Nicholas con sequedad—. Podrías preguntárnoslo sin más. No guardamos secretos.
—¿Y qué gracia tendría eso? —replicó Peter, dedicando a su padre una profunda reverencia.
Nicholas sacudió la cabeza y soltó una risita. Luego dio un paso adelante y envolvió a su hijo mayor en un fuerte abrazo.
—Con cuidado, padre, ni siquiera sabría decirle cuánto he tardado en conseguir que el nudo de mi pañuelo de cuello quedara justo como debe —se quejó Peter—. De veras, me ahorraría horas si me permitiera tener mi propio ayuda de cámara.
Nicholas se limitó a alzar una ceja.
—¿Cuánto ha tardado esta vez? —le preguntó a Grace.
—Creo que puede ser un récord —respondió ella con una risa cristalina—. Me parece que ni siquiera ha sido un minuto.
—Para ustedes es muy fácil —refunfuñó Peter, dejándose caer en un sillón—. Son viejos y cascarrabias, y a nadie le importa si su pañuelo está recto o si el cuello de su camisa lleva almidón suficiente. Yo tengo una reputación que mantener.
—Entonces, es una suerte que vaya a enviarte a Escocia —respondió su padre, sin el menor rastro de compasión.
Peter soltó un suspiro teatral.
—No soy más que un peón en sus interminables maquinaciones.
Nicholas resopló.
—Haces que parezca casi maquiavélico. Caerlaverock será tuyo algún día, y es importante dejar claro que no serás un propietario ausente.
—¿No lo seré? —Peter suspiró—. Se tarda casi una semana en viajar hasta allí, y estoy seguro de que Gifford lo tiene todo bajo control.
—Gifford se está haciendo viejo —replicó Nicholas—. Ha escrito para decir que tiene en mente a un sustituto. No podemos permitir que nos tomen por unos ingleses inútiles. Lo de Culloden ocurrió hace apenas un siglo, y los escoceses tienen buena memoria.
Peter asintió. A decir verdad, le apetecía inspeccionar las fincas que tenía su familia cerca de Loch Lomond. Había pasado demasiado tiempo desde su última visita. Y en aquella ocasión lo haría sin el duque vigilándolo por encima del hombro.
Pese a sus bromas, Peter era muy consciente de las responsabilidades que acompañaban al heredero del ducado, y le agradaba saber que su padre confiaba en él lo bastante como para tratar con sus ariscos arrendatarios al otro lado de la frontera.
—¿Cómo están Tempy y Adam? ¿Ha vuelto Jamie de Eton? —preguntó Grace, sentándose con un suspiro.
—Al parecer, ya está listo para ir a Oxford.
Tía Tempy dice que no tiene ni idea de dónde ha sacado el intelecto.
—Peter sonrió—. Tío Adam la persiguió hasta la rosaleda por su impertinencia, mientras Lily declaraba que jamás había visto indicio alguno de que su hermano tuviera entre las orejas algo más que aire.
—Sacudió la cabeza y se echó a reír—. En otras palabras, Ravenstone sigue sumido en su caos habitual.
Antes de que cualquiera de sus padres pudiera responder, un toque en la puerta anunció la llegada del ama de llaves con una bandeja de chocolate caliente.
—Señora Jenks, es usted nuestra salvación —suspiró Grace con una sonrisa agradecida.
—No tiene sentido que Su Excelencia se angustie sin un poco de azúcar en el cuerpo —dijo el ama de llaves, que no fingió desconocer la última calamidad caída sobre la casa.
Grace hizo una mueca.
—Parece que ir de una catástrofe a otra es el sino de los Sinclair...
—Se interrumpió y sonrió con pesar—. En realidad, quizá sea más bien un asunto de los Shackleford.
Mi pobre marido no hace más que quedar atrapado en medio.
—Grace dio un sorbo agradecido a su chocolate y sonrió al ama de llaves—.
Es tarde, señora Jenks, ya va siendo hora de que se acueste. Muchísimas gracias por su detalle.
—¿Puedo traerles algo más a Sus Excelencias?
Nicholas negó con la cabeza antes de añadir con expresión resignada:
—Descanse un poco, señora Jenks. Sospecho que el comportamiento de mi hija estará muy pronto en boca de todos los salones de este lado del Támesis, y contamos con usted para mantenernos informados.
—¿Qué ha hecho exactamente Jennifer para causar tantas murmuraciones? —preguntó Peter cuando el ama de llaves cerró la puerta tras de sí.
—Tu padre estaba calmando los ánimos por la aprobación en el Parlamento de la ley que autoriza el nuevo ferrocarril —respondió Grace, calentándose las manos alrededor de la taza de chocolate.
—El apoyo de Jenny a esta clase de innovaciones quizá sea admirable —dijo Nicholas—, pero aún no domina el arte de la diplomacia. ¿Quieres un brandy?
Ante el asentimiento de Peter, Nicholas se puso en pie y fue hacia el aparador.
—Y eso sin tener en cuenta que, según la sociedad, las damas en general no deberían albergar opiniones tan radicales.
—Ni opiniones de ninguna clase, en realidad —añadió Peter con sequedad.
—Exacto. —Nicholas le entregó a su hijo la copa de brandy—.
No deseo cortarle las alas a Jennifer. Y, aunque quisiera, no creo que lo lograra.
—Se encogió de hombros y soltó una risita cansada—.
Me encanta que tenga sus propias opiniones y sus propios ideales.
Me recuerda a su madre. —Volvió a sentarse y dirigió una mirada irónica a su esposa, que le respondió con un pequeño guiño—.
Dicho eso, no tengo más remedio que hacer algo para calmar a esos estirados.
Temen el cambio y harán todo cuanto esté en su mano para mantener las cosas como están.
—Nicholas negó con la cabeza—. La innovación no podrá detenerse y, a decir verdad, pienso lo mismo que Jennifer.
Pero, si queremos que ese cambio se produzca sin la resistencia de quienes ostentan el poder, habrá que conducirlo con tacto, por muy frustrante que resulte para quienes desean cambiar el mundo de la noche a la mañana.
—Así que Jenny debe recibir una reprimenda para apaciguar a los botarates.
Nicholas hizo una mueca.
—Si quieres expresarlo así... Yo seguiré usando mi influencia para alentar el cambio, pero que me tachen de radical no me ayudará a convencer a esos supuestos botarates. En cuanto a Jenny, pensaba más bien en el viejo dicho: «ojos que no ven, corazón que no siente».
—¿Por qué no la envía a Escocia conmigo? —Peter se inclinó hacia delante, con los ojos encendidos—. Hace una eternidad que no pasamos una temporada juntos.
Grace y Nicholas se miraron.
—No podría ir sin carabina —insistió la duquesa.
—Malcolm acompañará a Peter... —empezó a decir Nicholas.
—Y la presencia de Jennifer le daría a Felicity una excusa excelente para ir con él —concluyó Grace con una amplia sonrisa—. ¿Crees que Jenny pondrá muchas objeciones?
—Creo que estará encantada —respondió Peter—. ¿Cuánto hace que no viaja tan al norte?
—Creo que fue antes de que naciera Nicholas —respondió Grace—. Seguro que sabrá que la estamos desterrando.
—Tampoco es que vayan a encerrarla a pan y agua —se burló Peter.
—Jennifer puede ser impulsiva, pero es lo bastante lista para saber por qué la enviamos a Escocia. Y creo que Peter tiene razón: la idea de una aventura lejos de los chismosos le encantará.
—Nunca pensé que me oiría decir esto, pero me preocupa que se pierda casi toda su segunda Temporada... —Grace dejó la frase en el aire.
—Esa será la principal razón por la que Jennifer aceptará ir —replicó Peter con una breve risa.
Su madre suspiró y asintió.
—Tienes razón. No tiene paciencia para la bandada de petimetres de esta Temporada, pero deseo tanto que haga un buen matrimonio... Y, por buen matrimonio, quiero decir alguien que la ame por ser quien es y a quien no le importe lo franca que pueda mostrarse.
—Es muy poco probable que encuentre a un hombre así en una Temporada londinense —dijo Nicholas, y apoyó una mano reconfortante en el hombro de Grace—.
Siempre lo has sabido, querida. Quizá le estemos haciendo un favor al ampliar sus horizontes.
Para la próxima Temporada, los chismosos ya habrán encontrado a otra desgraciada víctima.
Si para entonces Jenny aún no está prometida, quizá podamos plantearnos concederle más libertad para elegir a su prometido. Dentro de unos límites, por supuesto.
Grace puso su mano sobre la de su marido. Era muy consciente del enorme compromiso que Nicholas estaba aceptando. Una cosa era ver a sus cuñadas hacer el ridículo una y otra vez mientras elegían a sus propios pretendientes, y otra muy distinta concederle esa misma libertad a su hija.
Reserva ahora Jennifer - El legado de las hermanas Shackleford - Libro 1