Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 23
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Capítulo 23

Anthony nunca se había alegrado tanto de ver a su cuñado y, a juzgar por el recibimiento que este obtuvo, al resto de la familia le ocurría lo mismo. De hecho, ni Flossy ni Nelson se habían apartado del lado del duque desde que entró por la puerta.

—Está claro que tendré que marcharme más a menudo —comentó Nicholas con sequedad mientras Grace le ponía un brandy en la mano.

Saboreó el ardor del licor, paseó la mirada por la sala y volvió a fijarla en su esposa—.

No es que no me encante tener compañía, querida, pero, dada la naturaleza...

alarmada de tu carta, supongo que no se trata de una visita social.

—Entonces reparó en Anthony, sentado en un gran sillón orejero junto al fuego.

Al ver la palidez del joven, dejó la copa y preguntó sin más—: ¿Qué ha pasado?

Media hora después, el duque conocía ya todos los acontecimientos de las últimas semanas, y Malcolm había terminado de vendar como era debido la herida de Anthony.

—Dios Santo, no puedo dejaros solos ni cinco minutos.

—Fue el único comentario de Nicholas cuando terminaron, aparte de pedir otro brandy.

—Se dejó caer en el sillón situado frente a Anthony y se quedó unos instantes mirando el contenido de la copa—.

Creo que el conde de Ruteledge está implicado de algún modo —dijo al fin—.

No conozco a este Linfield en concreto, pero, puesto que comparte apellido con él, solo puedo suponer que será primo suyo o algo parecido.

—Frunció el ceño—. Según nos contó Felicity, el hijo del conde murió hace algunos años, así que es posible que el individuo que va detrás de la señorita Huxley sea en realidad el heredero de Edward Linfield.

Si es así, está claro que las malas artes son cosa de familia.

—Suspiró—. Por desgracia, no lo sabremos con certeza hasta que se lo preguntemos al canalla.

—Doy por hecho que mañana a primera hora iremos a visitar al buen obispo —dijo Malcolm con su suave acento escocés.

El duque asintió y volvió a mirar a Anthony.

—Tengo que decir que tienes un aspecto de mierda, Tony —declaró con franqueza, no sin dirigir una mirada de disculpa a su esposa y a su hija por el lenguaje—. Pero supongo que no hay forma de convencerte para que te quedes aquí.

Anthony negó con la cabeza.

—Ni hablar —dijo con voz áspera.

Nicholas asintió.

—Entonces sugiero que cenemos y nos retiremos temprano. Tendremos que ponernos en camino mañana al amanecer.

Percy se puso en pie.

—Iré a casa para explicárselo todo a Lizzy —anunció—, pero puede estar seguro, Su Excelencia, de que volveré antes del amanecer.

El duque arqueó las cejas, pero no hizo comentario alguno sobre el entusiasmo del coadjutor. En lugar de eso, miró a su esposa.

—Grace, preferiría que las damas os quedarais aquí, a salvo. Esos rufianes ya han demostrado que no tienen escrúpulos.

Nicholas soltó un suspiro de alivio cuando, por una vez, su amada no discutió. Sospechaba que se debía a la presencia de su hija.

—Tendremos a Nelson y a Flossy para protegernos —murmuró Grace, inclinándose para darle a su marido un beso rápido en la mejilla.

Anthony hizo un esfuerzo por ponerse en pie e inclinó un poco la cabeza.

—Estaré en deuda con usted para siempre, Su Excelencia —murmuró con formalidad y con la voz ronca por la emoción contenida.

Nicholas se acercó y le apoyó una mano en el hombro.

—Eres de mi familia —dijo con sencillez—, y sé que tú también me cubrirías la espalda si alguna vez lo necesitara.

Anthony puso su mano sobre la del duque, sin fiarse de su voz.

De pronto, un sonoro ronquido interrumpió aquel momento conmovedor, seguido del ruido de una botella al caer al suelo.

El reverendo suspiró y fue a recogerla.

—Rayos y centellas, se lo he advertido una docena de veces —refunfuñó mientras alzaba la botella vacía—.

Ese buhonero es un maldito charlatán. Si esto es el «Jarabe botánico y cordial restaurador para los nervios» del doctor Brodum, yo soy el arzobispo de Canterbury.

—Sacudió la cabeza con cansancio—. No es más que una botella de aguardiente.

—Hizo una pausa; luego se animó un poco y añadió—: Aun así, no creo que Agnes se despierte antes de mañana por la tarde.

Como el Todopoderoso nos demuestra una y otra vez, siempre hay una luz al final de cada túnel.

Simon Linfield había pasado las últimas horas caminando de un lado a otro del despacho.

¿Qué demonios iba a hacer? Aquel bastardo de su primo lo había engañado.

La ira lo desbordó, y vertió otro chorro de brandy en la copa.

Tendría que solicitar de inmediato la tutela de Victoria, pero nada garantizaba que se la concedieran.

Y, sin su dinero, el título no valía nada.

En un arrebato de furia, lanzó la copa contra la chimenea.

Sacar ahora a Georgiana a la luz no serviría de nada. ¿De qué le valdría demostrar a esas alturas que era hija de Roland? Seguiría sin tener nada, salvo un título sin valor.

A menos que se casara con ella.

No, con ella no. Con Victoria.

Si se casaba con Victoria, la fortuna de la joven sería suya para hacer con ella lo que quisiera. No habría complicaciones. ¿Por qué diablos no se le había ocurrido antes?

Pero primero tenía que arrojar a George al pozo más hondo que encontrara y librarse de la arpía de su esposa...

Llegaron a Exeter antes de que la mayoría de los campesinos y comerciantes empezaran a hacer cola para llevar sus productos al mercado de la ciudad.

—¿Es probable que el obispo esté levantado a estas horas intempestivas? —preguntó Malcolm.

—Me han dicho que es un hombre piadoso, así que sin duda llevará un buen par de horas de rodillas —replicó el reverendo con un encogimiento de hombros.

—Eso no le ha impedido aceptar dinero ilícito cuando le ha convenido —repuso el escocés con pragmatismo.

—Para ser justos, no sabemos si era ilícito —respondió Nicholas con calma.

—Bueno, inmoral sí que es, como poco. Y, aunque yo haya agarrado el rábano por las hojas, no creo que el canalla asesino al que buscamos pague dinero por caridad —resopló Malcolm.

—Sospecho que la única caridad que le interesa a Linfield empieza y acaba en él mismo —comentó Anthony con acidez—. Y creo que «bastardo asesino» es una descripción más exacta.

Nicholas miró a su cuñado con preocupación. Anthony estaba pálido y apenas había hablado durante el trayecto.

—¿Te encuentras lo bastante bien para seguir? —le preguntó el duque sin rodeos.

El joven asintió con expresión sombría.

—Creo que será mejor que Malcolm y yo interroguemos al obispo —continuó Nicholas—. Ese hombre tiene poder para retirarte de la parroquia, Augustus y, como supongo que eso es lo último que deseas, sugiero que Percy y tú os quedéis en el carruaje.

El coadjutor soltó un suspiro de alivio. Desde luego, no tenía ningunas ganas de repetir la visita al palacio episcopal. Incluso El arte ilustrado de la hombría declaraba que, en ocasiones, la discreción era la mejor parte del valor. Capítulo catorce: «Salvar el pellejo» .

El reverendo era, a todas luces, de la misma opinión y, por una vez, no discutió.

—Pues para tener un servicio tan leal, no se están dando mucha prisa en traernos de comer —refunfuñó George un par de horas después.

—Sin duda, Simon dejó a ese zoquete de Henry Atkins para vigilarlos —respondió Judith, poniéndose en pie para acercarse a la ventana.

—¿Atkins está aquí?

Un terror helado invadió a George y, durante un segundo, no pudo respirar. Al oír el pánico en la voz de la joven, Judith miró por encima del hombro.

—No se atrevería a tocarte —la tranquilizó—. No es más que el lacayo de Simon.

—Eso no le impidió al bastardo meter las manos donde no debía cuando me tenía bajo su techo —escupió George.

—¿Por eso huiste? —La matrona volvió a sentarse en la cama—. Me pregunté por qué elegiste precisamente ese momento.

—¿Por qué si no? —replicó George—. ¿Cuánto cree que habría pasado antes de que John y Frank pensaran que ellos también podían probar suerte?

—George sacudió la cabeza y se estremeció.

Guardó silencio un segundo, mientras imaginaba el horror de aquel destino.

Entonces se le ocurrió algo de pronto—. ¿Y cómo es que usted estaba allí aquel día?

—Solía vigilarte —respondió Judith con sencillez—. Me aseguraba de llevar siempre esas guineas en el bolsillo. Sabía que llegaría el día en que las necesitarías.

Las dos mujeres se miraron, y George tocó la mano de la matrona en un gesto de agradecimiento.

De pronto sonó una llave al girar en la cerradura.

Por instinto, George encogió las piernas y se arrastró hasta la cabecera de la cama, sin apartar los ojos de la puerta, que se abrió despacio.

Contuvo el aliento cuando Henry Atkins entró pavoneándose.

George arrugó la nariz. Podía oler al bastardo desde donde estaba sentada.

Lo seguía una doncella de aspecto nervioso con una bandeja en la que llevaba una jarra de agua y pan con mantequilla.

Las dos mujeres mantuvieron la mirada fija en Atkins mientras la criada dejaba la bandeja sobre un tocador. Entonces George reparó en que Henry tenía la mano envuelta en un montón de vendas.

—¿Te has cortado al afeitarte, Henry? —no pudo resistirse a decir.

Enseguida habría querido cortarse la lengua, porque él la miró con una malicia venenosa y avanzó hacia la cama.

—Ya tendrás tu merecido, zorra —le espetó, salpicando la sábana de saliva.

—Fuera —ordenó Judith, con una voz que rezumaba autoridad pese a llevar veinticuatro horas encerrada en un dormitorio.

Durante un segundo, George creyó que él ignoraría sus palabras, pero, al cabo, Atkins retrocedió, con los ojos llenos de puro odio.

Unos segundos después, él y la doncella se habían marchado.

—¿Qué demonios pretendías al provocarlo? —exigió Judith—. Ese hombre es un animal.

George no habría sabido decir qué la había impulsado a pinchar al bastardo.

—Tiene la mano podrida —dijo—. Lo que sea que se haya hecho, se le está infectando. —Le dedicó a su compañera una sonrisa feroz—. No creo que llegue al final de la semana.

—Bueno, no tenemos una semana —suspiró Judith, y se volvió hacia la bandeja para coger una rebanada de pan.

Debajo había un papel doblado.

Con una mirada triunfal hacia la joven, Judith lo cogió.

—¿Qué dice? —preguntó George en un susurro, poniéndose de rodillas sobre la cama.

—Es de Jane, mi doncella, y tienes razón: Atkins no está bien. —Judith levantó la vista—. Al parecer, recibió un tajo de espada en la mano.

—¡Anthony! —exclamó George, triunfante.

Judith asintió y volvió a mirar aquella letra menuda y enmarañada.

—Le ha dejado láudano donde él pueda verlo. Todo el mundo sabe que está sufriendo. Solo es cuestión de tiempo que caiga en la tentación. En cuanto se duerma, Jane subirá a liberarnos.

—¿Y si su marido vuelve mientras tanto? —preguntó George, inquieta.

—Ruteledge Hall está en Somerset —respondió Judith—. Es poco probable que Simon regrese antes de mañana.

—Entonces solo tenemos que esperar a que ese bastardo lascivo de ahí abajo se deje fuera de combate él solito.

—Linfield tiene una casa en Topsham —anunció Nicholas al subir de nuevo al carruaje.

—¡Vaya! ¡Qué rapidez! —exclamó el reverendo Shackleford.

—El duque sabe ser muy persuasivo cuando se lo propone —dijo Malcolm con una sonrisa mientras cerraba la portezuela.

—Digamos que el obispo se mostró encantado con mi donativo para un hospicio adicional junto a la catedral.

—Nada como matar dos pájaros de un tiro —comentó Malcolm, con un guiño.

—No es la mejor analogía, amigo mío —replicó Nicholas mientras el carruaje arrancaba con una sacudida.

—¿Tiene una dirección? —preguntó Anthony con voz áspera.

El duque asintió.

—No te hagas demasiadas ilusiones, Tony. No tenemos forma de saber si ella o Linfield están allí.

Anthony asintió a regañadientes.

—Lo sé, pero tenemos que empezar por alguna parte. Y dudo que Linfield quisiera llevársela demasiado lejos. —Esbozó una débil sonrisa—. George será muchas cosas, pero no le faltan recursos.

Los cinco hombres permanecieron un rato en silencio mientras las calles adoquinadas y las casas daban paso a pastos y trigales. Al cabo de una media hora, los campos empezaron de nuevo a ceder terreno a los edificios cuando se acercaron a la pequeña localidad de Topsham, junto al río Exe.

—¿Entramos por la puerta principal a la fuerza? —preguntó Malcolm.

Nicholas apretó los labios.

—Creo que al principio tomaremos la vía diplomática, a ver adónde nos lleva —respondió el duque.

—Deje que llame yo a la puerta —sugirió Anthony—. Sé qué aspecto tiene Linfield y, si el bastardo está allí, tal vez el hecho de verme lo desequilibre.

Nicholas hizo una pausa y luego asintió con rapidez.

—Yo iré contigo —intervino el reverendo Shackleford—. Puede que Linfield no sepa que soy tu padre, pero probablemente será reacio a apuntar con una pistola a un hombre de Dios.

—No haremos ningún disparo a menos que la vida de alguien dependa de ello —ordenó Nicholas.

—Todo eso suponiendo que Linfield esté en casa —añadió Malcolm.

—¿Quiere que me escabulla hasta la puerta trasera, Su Excelencia? —preguntó Percy—. Ya sabe, para detener al canalla si sale corriendo.

Los otros cuatro hombres se limitaron a mirarlo en un silencio perplejo.