Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 24
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Capítulo 24

Diez minutos después, el carruaje empezó a aminorar la marcha hasta detenerse a poca distancia de una hermosa casa de tres plantas.

—Malcolm y yo esperaremos aquí mientras tú consigues entrar, Anthony —declaró Nicholas—.

Tenemos buena vista de la puerta principal.

—Entonces carraspeó y miró al coadjutor, que parecía ansioso por intervenir—.

Sugiero que tú también esperes aquí de momento, Percy, al menos hasta que veamos cómo está el terreno.

Por algún motivo, el hombrecillo pareció decepcionado, aunque, al cabo de un instante, asintió.

Unos minutos después, el reverendo y Anthony llamaban a la puerta principal. No tardó en abrirles una mujer menuda con cofia y delantal.

—Está claro que al bastardo no le alcanza la bolsa para un mayordomo —murmuró Malcolm. No alcanzaron a oír bien la conversación, pero, al cabo, vieron que la criada se apartaba y los dejaba entrar. La puerta se cerró tras ellos como una campanada fúnebre.

—¿Te parece sensato que nos quedemos aquí cruzados de brazos? —gruñó Malcolm. Ya llevan dentro cinco minutos.

—Les daremos cinco más—respondió Nicholas—. Si Linfield y Georgiana no están ahí, entrar todos a la carga no ayudará en nada.

—¿Y si está?

El duque estaba a punto de responder cuando otro carruaje pasó junto a ellos y se detuvo justo delante de la casa. Enseguida, la portezuela se abrió. Un hombre alto y delgado salió del coche con rapidez y recorrió el sendero hasta la entrada.

—Que el diablo se lo lleve, ese tiene que ser Linfield —gruñó Nicholas, mientras lo veían sacar una llave del bolsillo.

—Muy mal momento para aparecer... —masculló Malcolm.

—O bueno —replicó Nicholas—. Seguiremos el plan de Percy y rodearemos la casa hasta la entrada trasera.

Los tres hombres bajaron del carruaje y observaron con cuidado la fachada de la casa para asegurarse de que nadie los vigilaba. Unos minutos más tarde, habían atravesado una puerta lateral y se deslizaban por el costado de la casa.

Anthony se secó las palmas sudorosas en los pantalones.

A decir verdad, no podía sentirse peor. Unas agudas punzadas le atravesaban el pecho al compás de los latidos de su corazón, pero no pensaba dejar en manos de otros el rescate de George.

Apretó los dientes y esperó hasta que, al fin, oyó pasos que se acercaban a la puerta.

Justo antes de que esta se abriera, miró a su padre.

—Deja que hable yo, hijo —murmuró el reverendo.

Anthony no discutió; se limitó a asentir.

La puerta se abrió por fin y dejó ver a una joven criada.

—¿Puedo ayudarles? —preguntó ella, con una mirada nerviosa por encima del hombro.

—Hemos venido a visitar a la señora de la casa —entonó el reverendo Shackleford con su mejor voz de vicario.

—Eh... La señora se encuentra indispuesta.

—Mi querida niña, nadie está indispuesto para el Todopoderoso.

Ten la bondad de anunciarle que estamos aquí.

—Con una sonrisa beatífica, Augustus cruzó el umbral y obligó a la criada a apartarse con rapidez—.

¿Hay algún lugar en el podamos esperar? —preguntó el reverendo, cruzándose de brazos y plantándose en mitad del vestíbulo.

—Yo... yo... —La criada se retorció las manos, a todas luces sin saber qué hacer.

Anthony esperó en silencio y luchó contra el impulso de zarandear a la mujer.

La criada no había dicho que su señora no estuviera, sino que estaba indispuesta, y era evidente que tenía miedo.

Empezaba a pensar que George se encontraba, en efecto, en algún lugar de la casa.

Tras unos segundos, la joven los condujo con vacilación a una pequeña antesala junto al vestíbulo.

—Si tienen la bondad... yo... iré a avisar a la señora —murmuró antes de salir casi corriendo.

—George está aquí —declaró Anthony en cuanto la puerta se cerró tras ella.

Su padre asintió.

—Me inclino a pensar lo mismo.

Anthony se acercó a la ventana y miró a través de la cortina. Ladeó un poco la cabeza y alcanzó a ver la parte delantera del carruaje de Nicholas. Aliviado, se volvió.

—Creo que debería investigar mientras usted espera aquí, padre —dijo Anthony con brusquedad—. En esta maldita habitación somos blancos fáciles.

Por un segundo creyó que su padre iba a discutir, pero el reverendo suspiró e hizo un gesto hacia la puerta.

—Ten cuidado, muchacho. Nada de heroicidades, por el amor de Dios. Muerto no le servirás de nada.

Anthony asintió brevemente, fue hacia la puerta y la abrió lo justo para poder ver el vestíbulo. Estaba vacío; el único sonido era el tictac de un gran reloj de pared. Sin más preámbulos, abrió un poco más y salió.

De vuelta en el vestíbulo, miró hacia el pasillo, que probablemente conducía a la cocina, y luego alzó la vista. Si George estaba allí, lo lógico era que la tuvieran encerrada en un dormitorio. Tomada la decisión, empezó a subir las escaleras sin perder tiempo.

George estaba sentada en la cama, manoseando la colcha con aire sombrío.

Había comido casi todo su escaso desayuno después de que Judith declarara no tener hambre, pero el pan seco se le había asentado en el estómago como una piedra.

No podía dejar de pensar en Anthony. Todavía le resultaba casi imposible creer que estuviera muerto.

Y todo por culpa de ella. Apretó los dientes y luchó contra el impulso de echarse a llorar.

Abrir las malditas compuertas del llanto no iba a servir de nada.

Lo único que le quedaba era la venganza.

Pero primero tenía que escapar. Luego enviaría a Linfield derecho al infierno.

Judith soltó un jadeo de pronto.

—Hay alguien fuera —dijo.

George se bajó de la cama a toda prisa y fue a mirar.

—¿Es un maldito clérigo? —masculló.

Durante un segundo de incredulidad, George se preguntó si sería el padre de Anthony, pero este beato, flaco como un palo de escoba, no se parecía en nada al reverendo Shackleford.

En ese momento, oyeron pasos en el rellano, seguidos de una voz familiar que llegaba con claridad desde abajo.

—Es Simon —susurró Judith, con la voz llena de terror.

—Mierda, mierda, mierda... —gimió George mientras miraba alrededor en busca de algo que pudieran usar como arma.

Agarró un candelabro pequeño y clavó la vista en la puerta, con el corazón desbocado cuando la llave giró en la cerradura. George se preguntó, casi histérica, cómo demonios había subido Linfield tan deprisa.

En cuanto la hoja de madera comenzó a abrirse, George miró a Judith y luego cargó hacia delante, blandiendo en alto su improvisada arma

Cuando la puerta se abrió por completo, George se detuvo en seco, incrédula, a menos de un paso de Anthony.

Ante la inesperada llegada de Linfield, Augustus Shackleford estuvo a punto de salir corriendo. De hecho, quizá se habría dado media vuelta si Anthony no estuviera en el piso de arriba.

—¿Qué demonios hace usted aquí?

En aquellos preciosos segundos, el reverendo Shackleford comprendió que Linfield aún no había establecido relación alguna entre la aparición repentina de un clérigo y el hombre al que había asesinado a sangre fría apenas dos días antes.

Lo único que debía hacer el reverendo era entretener al canalla el tiempo suficiente para que llegara Nicholas.

—Bendiciones, hijo mío —murmuró, y se tomó su tiempo para levantarse.

Linfield se limitó a quedarse allí plantado, mirándolo, tratando de recordar dónde había visto antes a aquel individuo.

Con el corazón desbocado, el reverendo dio un paso adelante y tuvo cuidado de mantener la cabeza baja con fingida piedad.

—He venido en nombre del... eh... del donativo para el tejado de la iglesia.

¿El donativo para el tejado de la iglesia? Augustus Shackleford hizo una mueca. Estaba claro que estaba perdiendo facultades.

Linfield dio un paso amenazador hacia él, pero se detuvo cuando se oyó el sonido de unos pasos que bajaban corriendo la escalera. Masculló una maldición y empezó a desandar el camino hacia la puerta mientras sacaba una pistola.

Rayos y centellas. El reverendo actuó sin pensar. Sin hacer caso del hecho de que la última vez que había saltado sobre alguien fue para salvar a la reina Carlota de un chapuzón en el estanque de los patos, Augustus se levantó la sotana, tomó carrerilla y se lanzó sobre la espalda de Linfield.

Los dos se estrellaron contra el suelo justo cuando Anthony llegaba al pie de la escalera, con Georgiana y Judith detrás.

Al ver que Linfield aún sostenía la pistola, Anthony se arrojó hacia las dos mujeres para apartarlas del peligro, justo cuando el arma se disparó y la bala rebotó por encima de sus cabezas.

Tras un segundo de estupor, George lanzó un grito salvaje, se puso en pie como pudo y recogió el candelabro que se le había caído al suelo. Antes de que Anthony pudiera detenerla, golpeó a Linfield en la cabeza y aulló:

—¡A ver qué te parece esto, bastardo asesino!

Se produjo un silencio de consternación y, de repente, otro disparo rasgó el aire. Georgiana gritó y cayó hacia atrás, agarrándose el brazo.

—¡Te mataré, zorra! —Henry Atkins avanzaba tambaleándose por el pasillo, con una pistola en su mano sana.

Anthony ignoró el dolor del pecho, se levantó de un salto y encaró al hombre, que echaba espuma por la boca.

—Tú —le espetó Atkins, mientras le apuntaba de nuevo, sin dejar de temblar.

Anthony no vaciló. Se lanzó contra el hombre que había causado tanta desdicha a Georgiana durante tantos años.

Sonó un segundo disparo y, Anthony, sin la menor piedad, le agarró la mano herida y la apretó con todas sus fuerzas.

Atkins aulló como un animal rabioso. Ya solo pendiente de escapar, el hombre corpulento lanzó una patada que alcanzó a Anthony en su herida y luego, de algún modo, consiguió ponerse en pie.

Entonces se volvió para huir hacia la cocina, pero se detuvo al oír un último disparo.

Henry Atkins cayó despacio hacia atrás, con los ojos desorbitados y un agujero de bala en mitad de la frente.

Mientras Nicholas y Malcolm pasaban a toda prisa junto al cadáver, Anthony señaló a George.

—Está herida —dijo con voz áspera, llevándose una mano al pecho.

Malcolm asintió y siguió adelante hasta arrodillarse junto a la joven, que se sujetaba el brazo.

Anthony cerró los ojos, incapaz de soportar la posibilidad de que estuviera muerta. Hasta que, de pronto, la oyó decir:

—Ay, mire lo que hace con esas manazas, pedazo de inútil.

Georgiana apretó la mano de Anthony cuando el carruaje giró por fin hacia el camino de entrada de Ruteledge Hall.

—¿Crees que le gustaré?

—Ella acaba de descubrir que tiene una hermana gemela —respondió Anthony con suavidad—. Es mucho que asimilar para las dos. Creo que ambas necesitaréis tiempo para adaptaros.

George tragó saliva y asintió, mientras se frotaba sin darse cuenta la marca de nacimiento en la parte alta de la pierna, la que demostraba que era nieta legítima del conde de Ruteledge.

No es que le importara. Para ella, aquel hombre no era más que un nombre, y, por lo que sabía, para su hermana tampoco había sido mucho más.

Habían pasado seis semanas desde que consiguieron desbaratar los planes infames de Simon Linfield y, solo ahora, ella y Anthony estaban en condiciones de viajar más allá de Blackmore.

Como era natural, eso significaba que Bovey Manor llevaba todo ese tiempo vacía.

Pero eso iba a cambiar. El otoño estaba a la vuelta de la esquina, y Anthony quería regresar a la mansión mientras aún hacía buen tiempo.

Pero antes había algo mucho más importante: Tenían que casarse.

Había costado convencer a Georgiana. De hecho, ella insistía en que, al final, había aceptado porque él le estaba provocando un maldito dolor de cabeza.

Ahora estaban allí no solo para que las dos hermanas se conocieran, sino también con la esperanza de que Victoria se sintiera lo bastante cómoda para asistir a la boda.

Cuando el carruaje se detuvo frente a la imponente fachada, George se estremeció.

De verdad, su hermana podía quedarse con aquel sitio si quería.

Era un maldito mausoleo. Vaya, nunca creyó que usaría ese término...

Pero el hecho de haber pasado varias semanas en cama tenía sus ventajas.

Su lectura y su escritura habían avanzado a pasos agigantados.

Medir sus palabras y guardar las formas aún se le hacía cuesta arriba, pero sin duda estaba mejorando, sobre todo, desde que había descubierto la expresión «que el diablo se lo lleve» para sustituir sus exabruptos más coloridos.

Mientras Anthony la ayudaba a bajar del carruaje, Judith apareció en lo alto de la escalinata, con Victoria rezagada detrás de ella.

El golpe que George le había propinado a Simon Linfield con el candelabro no había conseguido mandarlo al infierno, cosa que el reverendo había declarado sin rodeos que era una verdadera lástima, pero al menos había dejado al canalla sin sentido el tiempo suficiente para que lo arrestaran y lo llevaran a la cárcel del condado de Devon.

Judith, su exesposa, se había ofrecido a quedarse con Victoria y ejercer de acompañante de la joven mientras se resolvían las complejidades del testamento del difunto conde y su herencia.

George había rechazado cualquier derecho sobre el dinero de su madre, feliz de dejar que su hermana usara aquella fortuna para empezar por fin a vivir según sus propios términos.

Aferrada a la mano de Anthony, Georgiana subió despacio los escalones hacia su gemela, que la esperaba.

Para cuando llegó arriba, las lágrimas le corrían por las mejillas sin ningún pudor.

Pero, al detenerse para intentar recomponerse, vio que las mismas lágrimas resbalaban por el rostro de su hermana.

Con idénticas risas entrecortadas por el llanto, las dos muchachas, separadas desde su nacimiento, corrieron la una hacia la otra y se abrazaron por primera vez.