Capítulo 21
Durante unos segundos, Anthony creyó de verdad que lograrían escapar, pero, cuando la puerta del dormitorio empezó a ceder, comprendió que no le daría tiempo a bajar por la cuerda improvisada.
Ordenó a George que se marchara, se volvió hacia la habitación y se soltó la sábana de la cintura para aferrar la espada con ambas manos.
Lo único que podía hacer ya era contenerlos todo el tiempo posible y darle al amor de su vida el margen suficiente para huir.
Con las palmas resbaladizas por el sudor, Anthony avanzó hacia la puerta, que se estremecía bajo los golpes.
Cuando la silla apoyada contra el pomo se deslizó por fin, una mano apareció por el hueco de la puerta entreabierta.
«Un error temerario», pensó Anthony con feroz deleite.
Alzó la espada y la descargó de un solo golpe, cercenando los dedos.
La mano desapareció con un aullido sobrenatural y Anthony retrocedió para darse más espacio, justo cuando la puerta se abrió por completo.
Con sombría satisfacción, alcanzó a ver a un hombre retorciéndose de dolor en el pasillo antes de que su atención se centrara en un individuo bien vestido, de nariz aguileña, que le apuntaba con una pistola.
—Bueno, supongo que cortarle los dedos es una forma de hacer que el idiota se los guarde para sí —comentó el hombre con una risita.
—¿Quién es usted? —escupió Anthony—. ¿Qué quiere?
El hombre ladeó la cabeza y chasqueó la lengua.
—Ya sabe lo que queremos. Hemos venido a por George, eso es todo.
De veras, esto no tenía por qué acabar así.
—Suspiró antes de dirigir una mirada desdeñosa hacia la cama revuelta—.
Pero, por lo visto, usted ya ha deducido que es una muchacha y ha catado la mercancía.
Eso hace que... bueno, digamos que preferiría que ese conocimiento no saliera de esta habitación.
—El hombre cerró los ojos un instante antes de ladrar de pronto—: Por piedad, cállate ya, Henry.
Tus balidos me están dando un maldito dolor de cabeza.
Diles a los otros que vayan tras la chica. No puede haber ido muy lejos.
Atkins se puso en pie a trompicones, sin dejar de lamentarse, y bajó la escalera.
—Hay gente que no tiene el menor carácter, me temo —continuó el caballero en tono casual.
—¿Quién demonios es usted? —repitió Anthony entre dientes—. ¿Y qué quiere de George?
El hombre volvió a suspirar y avanzó un poco más hacia Anthony, apuntándolo con la pistola para obligarlo a retroceder hacia la ventana.
—Supongo que no hay inconveniente en darle mi nombre —murmuró—, ya que no estará en condiciones de divulgarlo.
Me llamo Linfield —continuó—. Pero, como nunca tendremos ocasión de ser presentados como es debido, debo decirle que conozco su relación con el duque de Blackmore.
—Hizo un pequeño mohín—. Por desgracia, me temo que esa conexión ha sellado su destino.
—Sacudió la cabeza con tristeza—. No puedo permitir que todo este sórdido asunto llegue a oídos del santurrón de Nicholas Sinclair.
Entonces, sin decir una palabra más, levantó la pistola y disparó a Anthony en el corazón.
George despertó al notar que alguien le colocaba un paño húmedo sobre la frente. Durante un segundo no se movió; su mente intentaba procesar qué había ocurrido exactamente. Cuando los recuerdos acudieron en tropel, soltó un jadeo. Lo último que recordaba era su caída del caballo.
«¡Anthony!».
Abrió los ojos de golpe y agarró la mano que flotaba sobre su rostro.
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz áspera mientras intentaba incorporarse.
—Por favor, quédese quieta —suplicó una voz suave—. Se ha dado un golpe muy feo en la cabeza.
Al oír aquellas palabras, como si hubieran sido una señal, un dolor agudo le atravesó el cráneo. George se inclinó sobre el borde de la cama y vomitó.
Con un gemido, volvió a hundirse en la almohada y cerró los ojos.
La mano le colocó de nuevo el paño frío sobre la frente.
Luego oyó a alguien moverse alrededor de la cama, sin duda para limpiar el desastre que ella había dejado.
George se sentía demasiado agotada, confusa y destrozada para que eso le importara.
Anthony estaba muerto. Lo había visto recibir un disparo a bocajarro. Quienquiera que hubiese disparado tenía muy pocas probabilidades de haber fallado.
Contuvo un sollozo, con ganas de acurrucarse y morirse sin más.
—¡Georgiana!
La voz suave regresó. George abrió los ojos a regañadientes y vio a una mujer que la miraba con el ceño fruncido por una preocupación evidente.
Su rostro le resultaba familiar, pero George no lograba recordar dónde la había visto antes.
Entonces se dio cuenta de que la dama intentaba alzarle la cabeza hacia un vaso de agua.
De pronto, la sed la abrasó, y George consiguió incorporarse sobre los codos.
Ignoró el dolor de cabeza y bebió con ansia, aunque la mitad del líquido le resbaló por el pecho.
Durante un segundo, al desplomarse de nuevo sobre la almohada, creyó que iba a vomitar el agua, pero, al cabo de un momento, las náuseas disminuyeron y observó en silencio cómo la dama se sentaba en el borde de la cama.
George la miró con los ojos entornados y comprendió de pronto dónde la había visto. Era la misma señora que le había dado las guineas cuando ella escapó de los Grimm.
—¿Quién es usted? —le preguntó George.
—Me llamo Judith Linfield. Soy... era... la mejor amiga de tu madre. Duerme ahora. Te lo contaré todo por la mañana.
George abrió los ojos para protestar, para decir que necesitaba escapar, que necesitaba saber qué le había pasado a Anthony, a Nelson y a Horatio, pero la lengua no le obedeció.
Su último pensamiento fue que aquella maldita mujer le había dado un brebaje para dormir, y entonces descendió sobre ella una negrura acogedora.
Lo despertaron los lametones. Eso y los quejidos, que al principio creyó tener dentro de la cabeza. Abrió los ojos despacio, y tardó varios minutos en enfocar lo suficiente para distinguir a Nelson. Al ver que su amo despertaba por fin, el perro se sentó sobre sus cuartos traseros y meneó la cola.
Débil, Anthony extendió la mano para tocarle el pelo áspero y luego volvió la cabeza despacio hacia un lado. Vio la cama, con las mantas derramadas por el suelo.
«¡George!».
Luchó por incorporarse, pero volvió a caer al suelo con un gemido ronco. Todo el pecho le ardía. Con la vista clavada en el techo, intentó respirar y cerró los puños para contener el pánico. Poco a poco, su respiración se calmó; al parecer, siempre que no intentara moverse.
Le habían disparado. ¿Cómo demonios seguía vivo?
Despacio, levantó la mano y se palpó el pecho con cuidado.
Deslizó los dedos hacia el centro del dolor y al fin encontró un bulto de metal retorcido.
Frunció el ceño, agarró un borde y tiró.
Casi gritó al darse cuenta, demasiado tarde, de que parte del metal se le había incrustado en la piel.
Jadeante, alzó el objeto ante su rostro.
Era una moneda. Si no le hubiera dolido tanto, habría soltado una carcajada. Una de las guineas de George le había salvado la vida.
Dejó caer la moneda al suelo y miró hacia la ventana. Una luz débil se filtraba por el cristal. Estaba claro que era temprano. Si Nelson estaba allí, significaba que habían atrapado a George.
Intentó incorporarse de nuevo, pero volvió a caer con un jadeo estrangulado.
Minutos después, cuando por fin recuperó el aliento, soltó una débil maldición.
Podía pasarse días allí tendido antes de que alguien lo encontrara.
Nada garantizaba que la señora Parsons sospechara que algo iba mal y subiera al piso de arriba, sobre todo, porque él no podía gritar.
Miró a Nelson, que meneaba la cola y gemía en voz baja.
—Nelson, busca a la señora Parsons.
El perro ladeó la cabeza y luego se tumbó, con el hocico apoyado en una pata delantera. Anthony suspiró. Estaba claro que no era Freddy.
Tenía que levantarse de aquel maldito suelo de algún modo. George lo necesitaba. Anthony se negó a considerar la posibilidad de que ella hubiera corrido la misma suerte que él. Necesitaba creer que los intrusos la querían viva. La alternativa era demasiado terrible para contemplarla.
Linfield... Así se llamaba aquel bastardo.
Anthony hizo una mueca. ¿Qué demonios era George para esa gente?
Por lo que sabía, ella no le había importado un comino a nadie hasta ahora.
La habían dejado valerse por sí misma en los barrios miserables de Exeter.
Estaba claro que alguien la había vigilado, pero fuera quien fuese no le importaba lo más mínimo si estaba viva o muerta.
Pero todo eso había cambiado cuando ella huyó.
Entonces se había convertido en un cabo suelto.
Anthony apretó los dientes e intentó moverse de nuevo. Esta vez consiguió deslizarse hacia la cama sin sentir que las costillas estuvieran a punto de estallarle. Se quedó allí jadeando hasta que, de pronto, oyó el sonido de un caballo que subía por el camino hacia la casa.
¿Habían vuelto esos bastardos para terminar lo que habían empezado?
No. Linfield estaría convencido de haberlo matado.
Escuchó el sonido de alguien que desmontaba bajo la ventana del dormitorio, aún abierta.
Anthony respiró hondo e intentó gritar, pero solo logró emitir un graznido bajo.
Las lágrimas de frustración le corrieron por las mejillas.
Por suerte, Nelson decidió de pronto estar a la altura de su amo. Se levantó de un salto, se irguió sobre sus dos patas traseras y ladró con todas sus fuerzas.
—¿Conocía a mi madre? —Fueron las primeras palabras que George susurró cuando despertó por fin.
A la luz débil que se filtraba por la pequeña ventana, podía ver el rostro de la mujer con mucha más claridad.
La mujer asintió y volvió a sentarse en el borde de la cama.
Se inclinó hacia delante y cogió un vaso de agua de la mesilla, pero George se incorporó y se lo arrancó de la mano.
Oyó con sombría satisfacción cómo el cristal se estrellaba contra la pared.
—No pienso beber ninguna de sus malditas pócimas para dormir —masculló, antes de desplomarse otra vez en la cama.
La mujer apretó los labios un segundo, pero no intentó recoger los trozos de cristal. En lugar de eso, respiró hondo.
—No tenemos mucho tiempo —comentó—. No sabes por qué esta noticia es importante, pero tu abuelo murió anoche.
George se limitó a mirarla sin entender.
—¿Sabes algo de tus orígenes? —le preguntó la mujer.
George se encogió de hombros.
—Sé que me llamo Georgiana Huxley y que usted es Judith Linfield. Y sé que se supone que era amiga de mi madre... —Hizo una pausa antes de añadir con dureza—, que ahora seguramente esté criando malvas.
Judith se mordió el labio y asintió.
—Tu abuelo es... era... el conde de Ruteledge. Mi marido es su heredero.
—Eso suena como una sarta de malditas patrañas —escupió George—. Y no me interesa ningún aristócrata estirado que me dejó vivir en una maldita pocilga durante dieciocho años.
La mujer negó con la cabeza.
—El conde nunca supo de tu existencia.
Georgiana la miró, de pronto sin palabras. Luego negó con la cabeza.
—Nada de eso importa. Ahora mismo lo único que me importa es Anthony Shackleford y si su maldito marido lo asesinó.
Judith Linfield entrelazó las manos con angustia.
—Dudo que Simon lo dejara con vida. No habría querido testigos.
—¿Se lo ha preguntado? —exigió George, luchando por contener las lágrimas—. ¿Le dijo ese bastardo que Anthony estaba muerto?
—No he hablado con él —susurró Judith—. Se marchó en cuanto le llegó la noticia de la muerte del conde. —Señaló la habitación con un gesto de la mano—. Antes, por supuesto, nos encerró aquí a las dos.
—¿Por qué la encerró a usted? —preguntó George, intrigada a pesar de su angustia.
—Sospecho que piensa acabar conmigo también —respondió la matrona con sencillez—. Matar dos pájaros de un tiro, como suele decirse.
George se hundió en la almohada y bajó la vista hacia sus manos.
Dejó de intentar contener las lágrimas. Anthony estaba muerto.
Apenas parecía real, pero lo había visto caer.
La angustia creció dentro de ella y, para sorpresa de su acompañante, George se cubrió la cara con las manos y dejó escapar un largo y desgarrador lamento.
—Por piedad, para —le pidió Judith, sujetando a la joven por los hombros para zarandearla—. Te estás comportando como una niña.
George alzó la vista, con los ojos encendidos de furia. De pronto retiró la mano y abofeteó a la otra mujer.
La sorpresa las paralizó a ambas y, durante los siguientes segundos, solo se oyó el canto de los pájaros al otro lado de la ventana.
—Lo siento —susurró George con voz rota—. Yo...
Judith le agarró la mano y se la apretó mientras negaba con la cabeza.
—No. Soy yo quien debería disculparse —replicó, con la voz llena de vergüenza—. Permití que él te dejara en aquel lugar espantoso. Debí sacarte de allí hace años.
George sorbió por la nariz y suspiró.
—Y, si lo hubiera hecho, lo más probable es que ahora estuviéramos bajo tierra junto a mi madre. —Tocó la mejilla enrojecida de la mujer—. Me salvó la vida cuando hui de Atkins. Sin aquellas guineas, ni siquiera habría conseguido salir de Exeter.
George obligó a retroceder el recuerdo de sí misma envolviendo las monedas alrededor del pecho de Anthony. ¿De veras había ocurrido apenas unas horas antes?
—Dígame de dónde vengo —exigió—. Dígame cómo la nieta de un maldito conde acabó pasando dieciocho años en un agujero de mierda.