Anthony (Las Hermanas Shackleford 9) Capítulo 20
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Capítulo 20

—No la matarás. ¿Me oyes? —Simon Linfield se volvió hacia su esposa con un gruñido—. Estoy metido en este maldito lío por tu culpa —espetó—. Debería haberle retorcido el cuello a esa mocosa en cuanto su madre exhaló su último aliento.

Judith Linfield se apartó ante la ira en los ojos de su marido, pero no se echó atrás.

—Si le tocas un solo pelo, te juro que te delataré ante Ruteledge —siseó, repitiendo la amenaza que había mantenido a Georgiana con vida todos estos años.

Linfield levantó la mano a medio camino de golpearla, pero se detuvo y respiró hondo.

—Llegará un momento en un futuro muy cercano, querida esposa, en el que esa advertencia ya no servirá de nada —murmuró con frialdad—. Y entonces harías bien en velar por tu propia posición, o puede que la pequeña zorra no sea la única que desaparezca.

Su esposa palideció y tragó saliva. Sabía muy bien que la única razón por la que ella estaba a salvo era que su marido necesitaba el dinero de su familia.

Simon Linfield había vivido toda su vida al margen de la sociedad.

Las únicas dos cosas que se interponían entre él y la riqueza de un título eran Edward Linfield y Georgiana Huxley.

Judith habría denunciado a su marido hacía años si no hubiera creído que la vida de Georgiana con su abuelo sería aún peor de la que tenía ahora.

Judith había visto a Victoria. Encerrada en una habitación de la torre durante sus dieciocho años de vida.

No, tendría que esperar el momento oportuno y asegurarse de que ella y Georgiana estuvieran lo más lejos posible de Simon cuando el conde exhalara al fin su último aliento. No se hacía ilusiones de que ninguna de las dos sobreviviera ni un solo día cuando la noticia llegara a oídos de su marido.

Judith oyó el portazo y rezó para que su amenaza de delatarlo le impidiera hacer lo peor cuando él por fin tuviera a su presa en sus manos.

Anthony empezaba a quedarse dormido cuando George se incorporó de repente en la cama.

—Me había olvidado de Nelson —explicó ella al ver que él levantaba una ceja somnolienta—. Si me voy a quedar aquí contigo el resto de la noche, no podemos dejarlo solo ahí abajo.

—¿Por qué demonios no podemos? —protestó Anthony, tirando de la manta que ella había desplazado—. Estoy seguro de que está más que cómodo tumbado en tu colchón.

George negó con la cabeza y apartó las sábanas para bajarse de la cama.

—¿Siempre eres tan inquieta? —se quejó él, y arrastró de nuevo la manta.

George lo miró.

—Algunos no hemos tenido nunca el lujo de dormir bien toda la noche —lo reprendió—. Dormir con un ojo abierto significaba poder abrir los dos al día siguiente.

Anthony la observó y comprendió por primera vez, en toda su magnitud, lo difícil que debía de haber sido su infancia. Se volvió de lado y se apoyó en un codo.

—A partir de ahora, nunca más tendrás que dormir con un ojo abierto —declaró, y alargó la mano para acariciarle el brazo.

Ella respondió con una risita obscena.

—Mientras te caliente la cama, supongo.

Anthony negó con la cabeza y suspiró.

—Siempre calentarás mi cama, George, y yo la tuya. —Habló despacio y con suavidad, como si se dirigiera a una niña—. No me casaré jamás con otra mujer.

Ella no contestó. Apartó la cabeza con rapidez y salió de la cama.

—No tardaré —declaró mientras se ponía la camisa de dormir.

Anthony la vio escabullirse por la puerta. Luego suspiró, se incorporó para encender la vela de la mesilla y volvió a recostarse contra las almohadas, con las manos detrás de la cabeza.

Aunque comprendía en parte la persistente resistencia de George a casarse con él, era evidente que ella no había tenido en cuenta las posibles consecuencias de lo que habían hecho.

Él no podría protegerla si se quedaba embarazada, a menos que ella aceptara convertirse en su esposa.

Él le había prometido que esperaría, pero lo ocurrido entre ellos lo había cambiado todo.

De algún modo, la persuadiría de que casarse con él no sería la experiencia traumática que ella imaginaba.

Ninguna de las hermanas de Anthony pensaría siquiera en juzgarla; Dios sabía que no tendrían motivos para hacerlo, dado su propio comportamiento a lo largo de los años.

Solo tenía que lograr que George lo entendiera.

Y estaba seguro de que, en cuanto sus padres vieran su determinación, ellos también aceptarían lo inevitable.

Anthony soltó una risita amarga. George ya había conocido a su padre y era evidente que lo consideraba poco menos que un lunático; lo que ella pensaría de su madre cuando por fin la conociera era algo que Anthony no podía ni imaginar.

Un par de minutos después oyó pasos en la escalera, seguidos de un rasguño en la puerta. Cuando esta se abrió, un torbellino de tres patas se lanzó sobre la cama.

Anthony acarició al chucho y observó a George, de pie en el umbral.

—¿Qué ocurre? —murmuró él mientras ella recorría la habitación con la mirada.

George cerró la puerta, lo miró y se mordió el labio. Era evidente que algo la inquietaba y le impedía regresar a la cama. Anthony volvió a incorporarse y levantó una ceja, a la espera.

Al fin, ella suspiró y extendió el brazo hacia él.

—Necesito algún sitio donde esconder esto.

Sus dos guineas descansaban sobre las vendas de costumbre, ahora apretadas en su palma.

—¿Por qué necesitas esconderlas? —preguntó él con tono sereno.

George se encogió de hombros.

—Por si acaso.

Anthony esperó a que le diera más detalles, pero ella pareció considerar que la explicación era suficiente.

—¿Por qué no las guardas donde las has guardado siempre? —Él señaló con la cabeza sus pechos, visibles a través de la camisa. Sintió que la polla se le endurecía al ver con claridad los pezones marcados bajo la fina tela de lino.

—No puedo estar quitándomelas cada vez que quieras darte un revolcón —replicó ella con naturalidad—. Y, con tanto maldito baño, acabaré perdiéndolas.

Anthony frunció el ceño y le hizo un gesto para que se acercara.

Ella se sentó de mala gana en el borde de la cama.

Él se inclinó hacia ella y le abrió la camisa; solo entonces reparó en las marcas rojas que tenía entre los pechos.

Las tocó con suavidad, tentado de asegurarle que ya no necesitaba esconder su dinero, que ya no tenía que cargar sola con su miedo. En lugar de eso, murmuró:

—Deja que las lleve yo por ti.

—¿Y si me apetece a mí ese revolcón? —lo provocó ella.

—No las perderé —insistió él—. Mira a ver si la venda da de sí.

Tras una breve vacilación, George dejó las monedas sobre la cama y desenrolló el largo trozo de tela.

—Estarían mucho mejor en algún escondite, digo yo —se quejó ella mientras le pasaba la venda por debajo de las axilas.

Anthony no habría sabido explicar por qué sentía la necesidad de cuidar de las preciadas monedas de George, pero, en su mente, aquello simbolizaba de algún modo su compromiso de cuidar de ella.

Aspiró el aroma de su pelo mientras ella colocaba con cuidado las dos monedas sobre el pecho de él y las sujetaba bajo la venda.

Luego George se echó hacia atrás para contemplar su obra.

—No estoy muy segura de esto —se preocupó—. Creo que deberíamos...

George se calló al oír un ruido repentino. Nelson se puso en pie sobre la cama, con el pelo erizado, y dejó escapar un gruñido de advertencia.

Anthony frunció el ceño y se levantó de la cama.

Se llevó un dedo a los labios para indicarle a George que guardara silencio.

Se puso la camisa de dormir a toda prisa y fue hacia la ventana.

No había cortinas, así que se situó a un lado para evitar que la luz de la vela lo delatara.

George siguió sentada en la cama, aferrada a Nelson.

Observaba a Anthony sin decir palabra, lista para echar a correr.

Al principio, él no vio nada, hasta que logró distinguir entre las sombras el camino de entrada.

Al fin advirtió un leve movimiento justo dentro de la línea de árboles que bordeaba el camino.

Permaneció inmóvil, con la vista clavada en la oscuridad y, al cabo de unos segundos, cuatro hombres surgieron de entre los árboles.

Los vio avanzar con cuidado hacia la casa y, justo antes de que desaparecieran de su vista, el corazón le dio un vuelco al ver que uno de ellos sacaba algo parecido a una pistola.

Anthony masculló un juramento y se apartó de la ventana con cuidado. Estaba claro que los hombres se dirigían hacia la parte trasera de la casa.

—¿Dónde están tus pantalones? —le siseó a George.

Ella señaló hacia abajo. Con otra maldición, Anthony cruzó hasta el armario, sacó dos pares de pantalones y lanzó uno de ellos hacia la cama.

—Ponte esto —le ordenó a George en voz baja.

Ella no discutió. Se los puso de inmediato, se remetió la camisa lo mejor que pudo y ató la parte delantera con un nudo improvisado.

Su rostro se veía ceniciento en la penumbra, pero se puso en pie con valentía y esperó las siguientes instrucciones de Anthony.

—He visto a cuatro hombres —susurró él—. Creo que al menos uno lleva una pistola. Tengo mi espada, pero ninguna otra arma.

—¿Vienen a por mí? —murmuró George, en un intento de dominar su miedo.

Anthony se encogió de hombros.

—Lo único que sabemos con seguridad es que no han venido a tomar el maldito té.

—Respiró hondo—. No puedo arriesgarme a enfrentarlos.

Soy un espadachín aceptable, pero desde luego no puedo hacer nada contra un arma de fuego.

Nuestra única esperanza es escapar antes de que descubran dónde estamos.

—Fue hasta la puerta y echó el cerrojo; luego encajó una silla bajo el pomo.

A continuación, arrancó las dos sábanas de la cama y las anudó con rapidez—.

Escucha junto a la puerta, amor —le dijo a George antes de volver a toda prisa a la ventana—.

Avísame si oyes a alguien subir por la escalera.

Anthony abrió el pestillo de la ventana, apoyó el hombro contra el marco y empujó.

Al principio no ocurrió nada; luego, con un chirrido que les puso los pelos de punta, consiguió abrir una de las hojas de cristal.

Cuando el hueco fue lo bastante ancho para que pasara una persona, miró a George en una pregunta muda.

Ella negó con la cabeza, y él ató con rapidez un extremo de la sábana al armazón de la cama.

Examinó el nudo con ojo crítico y solo pudo esperar que la cama fuera lo bastante robusta para soportar su peso.

Después cogió la espada y le hizo una seña a George para que se acercara a la ventana.

—¿Han entrado? —le preguntó en un susurro.

Ella asintió.

—Abajo, en el salón, creo.

Anthony inclinó la cabeza y le dio un beso rápido y feroz en los labios.

—Voy a bajarte a ti primero. Luego a Nelson. En cuanto los dos estéis a salvo en el suelo, corre al establo.

Ella negó con la cabeza y abrió la boca para protestar, pero él la silenció con un dedo suave sobre su boca.

—Ensilla a Horatio si puedes. Te he enseñado cómo hacerlo. Te prometo que iré justo detrás de ti.

George no dijo nada más mientras él le ataba la cuerda improvisada a la cintura y la alzaba hasta el alféizar.

Anthony la sostuvo con firmeza cuando ella giró para quedar de cara a él.

George le dio otro beso rápido y duro en la boca antes de que él la bajara por la ventana.

Treinta segundos después pisaba tierra firme.

George se desató la sábana a toda prisa y observó, con el corazón en la garganta, cómo él la recogía y repetía todo el proceso con Nelson.

El perro gimió mientras Anthony lo descolgaba hacia George, pero no protestó cuando ella lo recibió en sus brazos y desató la sábana.

Se quedó allí, acunando al animal tembloroso mientras veía cómo Anthony tiraba de la sábana hacia arriba y empezaba a atársela a la cintura. En ese momento, un fuerte golpe indicó que alguien intentaba entrar por la puerta.

—Vete —le siseó él desde arriba.

George se tragó un sollozo, asintió y echó a correr hacia el establo, mientras los golpes se volvían más apremiantes a su espalda.

Cuando llegó al establo, dejó a Nelson en el suelo y corrió hacia Horatio.

Levantó la silla con manos torpes por el miedo.

Acababa de colocarla sobre el lomo del semental cuando un grito repentino la dejó clavada en el sitio.

Volvió corriendo hacia la puerta del establo y vio a Anthony de espaldas a la ventana del dormitorio.

Sonó un disparo, y George se metió el puño en la boca para no gritar al verlo deslizarse hasta el suelo.

La aparición repentina de un desconocido en la ventana la obligó a moverse.

Ahora ya lloraba sin contenerse. Regresó al lado de Horatio y siguió ensillándolo con movimientos febriles.

El caballo piafaba, nervioso, afectado sin duda por la angustia de ella.

Al fin, George consiguió asegurar la silla.

Con las manos temblorosas, cogió a Nelson y subió al tosco bloque de madera que usaban como estribo.

Pasó la pierna por encima del lomo del caballo y se sentó en la silla.

De pronto, temió que iba a vomitar. Tomó las riendas con una mano y guio a Horatio hacia la puerta abierta.

Una vez fuera, volvió a mirar hacia la ventana del dormitorio, pero esta vez no vio nada.

«No, no, no», gimió dentro de su cabeza mientras sujetaba a Nelson contra el pecho con una mano y se aferraba con fuerza a la silla con la otra.

Luego apretó los talones contra los flancos del caballo, tal y como Anthony le había enseñado.

El animal se preparó para salir disparado, pero, justo antes de hacerlo, una figura apareció en la puerta principal, con una pistola apuntando directamente hacia ella.

Otro disparo. Horatio se encabritó, presa del pánico. George sintió que resbalaba sin remedio hacia el suelo. Un dolor cegador la inundó y, después, la nada...